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El hombre que silba

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Conversaciones urbanas en Moscú sobre el árbitro argentino que dirigirá la final, Néstor Pitana. Y lo que todavía suena y suena del Mundial.

Por Ariel Scher desde Moscú

Suena lo más maravilloso del mundo en Moscú: un cuarteto de cuerdas, todo de pibas, que va de la solemnidad a la ternura o de Brahms a Despacito, en la estación Tretiakovskaya del subte de Moscú, para que los turistas sin apuro y los laburantes apurados no puedan desfilar delante de sus músicas sin frenarse aunque sea durante un minuto.

Suena lo más soñador del mundo en Moscú: un chiquito ruso aferrado a los dedos de su abuela rusa que atraviesa los verdes del Parque Gorki cubierto por los colores del Spartak y, de una sola vez, promete y se promete: «Voy a ser futbolista».
 
Suena lo más increíble del mundo en Moscú: un croata afincado hace semanas en la capital rusa porque su equipo se empecinó en marchar hasta la final de la Copa del Mundo, se asombra de que una propaganda de Qatar 2022 se erija pegada a la estatua de Carlos Marx, reconoce el celeste y el blanco de un hincha argentino e interroga: ¿Néstor Pitana es buen árbitro?
 
Suenan aventuras y rutinas en la Moscú del Mundial y casi todo suena, previsiblemente, más que el nombre y el apellido del árbitro argentino designado para dirigir el último partido del campeonato. A los muchos croatas que brindan y cantan en el Centro, o palpan mapas del metro de la ciudad con la expectativa de bajar las escaleras justas y no perderse de nuevo, o se saludan en la calle Arbat con el regalo que compraron para la hermana, para la suegra o para un vecino, Pitana es una pregunta con calma y no una preocupación sufriente. A los menos franceses que buscan desviarse en la calle precisa para llegar al rincón que homenajea al gran escritor ruso Alexander Pushkin, o que conjeturan si las orillas urbanas del preciso río Moscova se parecen a las de su río Sena, o se sonríen con la más flamante de las frases buenas de Antoine Griezmann sobre la selección blue, Pitana es el hombre que silbó para notificarle al planeta que el Mundial empezaba y, seguro que por algún mérito, el hombre que le avisará al mismo planeta que la fiesta se acabó.
 
Suena como un sonido escaso entre tantos sonidos abundantes en Moscú, la certeza de que croatas, franceses y algunos que no vienen ni de una ni de otra de esas fronteras saben que la de Pitana y su equipo de asistentes será la presencia única en la circunstancia deportiva que más mirará la humanidad. «Son muy buenos los árbitros argentinos», asevera un croata, acaso surcado por el recuerdo de que, en el Mundial del 2006, Horacio Elizondo, compatriota de Pitana, también inauguró y también despidió al Mundial o tal vez arrimado a ningún recuerdo y sólo con la voluntad de endulzar los oídos argentinos.
 
Suena inevitable que cualquier oído argentino asocie las referencias elogiosas a los árbitros argentinos en Moscú con las valoraciones no idénticas que se registran cada fin de semana en el país en el que esos árbitros nacieron. ¿Dirigía tan diferente Elizondo y dirige tan diferente Pitana en un Mundial que sobre el césped de Buenos Aires, de Rosario o de Córdoba? ¿O lo que es distinto es eso que dirigen, no distinto porque en la Argentina ya no hay ni once contra once en el fútbol sino porque en las canchas de la Argentina ocurren situaciones -simulaciones, protestas, trampas,presuntas vivezas, otras acciones- que en el Mundial (y no sólo en el Mundial) no son tan frecuentes? Suena un argentino que se entremezcla con croatas en las adyacencias de la Plaza Roja: ¿no será que los árbitros nuestros aprenden a dirigir en medio de tanto despelote que, entonces, los partidos que no tienen ese despelote les resultan más fáciles? Suena como una hipótesis que, de momento, sólo es eso.
 
Suena como suenan Pitana, y el entusiasmo de los muchos croatas y de los no tantos franceses, y las consultas sobre el arbitraje argentino, y los vaticinios dedicados a la final, y las promesas de franceses, de croatas y de los de cada patria para conversar sobre esa final alguna vez en algún otro encuentro, y la música hermosa y libre de los artistas callejeros, y los pibes que prometen y que se prometen en la extremidad del universo que corresponda que sí serán futbolistas. Suena el Mundial que se va quedando sin sonidos y suena la vida que siempre seguirá sonando. 

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