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La alegría que nos queda

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La pregunta de una madre rusa sobre la importancia del fútbol, en medio de la caravana de argentinos de Moscú a Kazan. El FMI, Pavón, el ajuste, Sampaoli, Soriano y el partido de mañana ante Francia. Otra crónica mundialista más acá de la pelota.

Por Ariel Scher

A esa mamá rusa, que sonríe como se sonríe cuando en el aire hay verano y en los brazos hay un bebé propio y precioso, corresponde contestarle con el corazón, con la energía, con la historia y con la verdad.
 
-A ustedes, ¿por qué les importa tanto el fútbol?
 
Pregunta, con el sol que la abraza y con su bebé abrazado, esa mamá rusa porque cree y no cree que desde Moscú a Kazán haya argentinos en caravana, ansiosos y verborrágicos, desbordados por llegar y complicados porque no abundan las formas de llegar, detrás de algo que, al cabo, es un partido de fútbol. Los ve esa mamá rusa que sabe bien que nada en el universo es más importante que ese bebé y que ese sol, pero que en ese rato hasta duda porque adelante y atrás suyo, indagando cómo se viaja desde Moscú hasta Kazán o quiénes serán los titulares o a qué juegan los franceses, argentinos de a miles parecen darle a ese partido (uno por los octavos de final del Mundial 2018, pero eso no lo domina en detalle la mamá rusa) la dimensión que ocupan una vida o un sol.
 
De entrada, como una devolución de memoria, en Moscú, en Kazán o en algún punto de la ruta que las une, un argentino o una argentina dirán que el fútbol es una identidad, una pasión, una marca del padre o de la madre, una reunión en el barrio, mil conversaciones de trasnoche, los amigos y las amigas un domingo a la tarde, el punto de encuentro con un hermano, los insomnios y los sueños, la patria vuelta mundiales, Maradona, muchos cracks y Messi, desde hace rato Messi. Y en eso, en todo eso, cualquiera, incluida la mamá rusa, aceptaría que reside la argumentación inmensa de esa peregrinación colectiva desde la capital rusa hacia la cancha en la que los argentinos procurarán escribir una historia dulce frente a Francia, un equipo que, por su sólido ciclo preparatorio y por el talento de una generación de futbolistas, surge como un obstáculo muy difícil.
 
Pero hay más.
 
Hay más y lo contesta un argentino muy joven, que juntó guita en los últimos años para ser testigo del Mundial y que ahora, luego de emocionarse casi como Marcos Rojo en el segundo gol a Nigeria porque acaricia un pasaje hacia Kazán, va abandonando Moscú con la ilusión en las pestañas:
 
-Y si no nos da alegría el fútbol, ¿qué nos queda?
 
Jura el argentino muy joven, a metros de la mamá rusa y de su bebé, debajo del sol del verano, que eso que le flota en los labios le salió así como así y no por haber escuchado o leído a Osvaldo Soriano, escritor mayúsculo, futbolero sin fisuras, que en la mitad de la década del noventa, entre los resobalones rumbo al desastre colectivo que encarnaba el menemismo, sintetizó: «El fútbol es lo único que nos queda».
 
Cierto que quienes se pintan de celeste y blanco en el Mundial conversan más sobre la posibilidad de que Cristian Pavón sea titular por primera vez en Rusia o sobre las señales de que Enzo Pérez, más o menos repuesto de sus dolores, habite entre los once del comienzo ante los franceses que de las noticias bravas que suenan desde el país lejano. Pero, entre las idas y vueltas por Moscú o por Kazán, donde el cuerpo los ubique ahora en la Rusia de la historia y del fútbol, el escenario de los argentinos articula dos costados del planeta, dos preocupaciones. Una invita a la fiesta o a la tristeza deportiva, consecuencias que valen para un rato; la otra establece un eje, la realidad política y social, que determinará la existencia de millones de manera perdurable.
 
Algunas y algunos sólo refieren a la pelota, pero, con las orejas afinadas, se oye todo mezclado en los caminos y en las esquinas mundialistas copadas por la argentinidad: Armani, despidos, FMI, Otamendi, Mercado, mercado, Rojo, turbio, sueños, angustias, Tagliafico, aplausos, Mascherano, dólar, Banega, de nuevo dólar, Pérez, Messi, qué pasará, Messi, magia, Messi, clasificación, Messi, ajuste, Pavón, más despidos, Di María, con qué nos encontraremos al volver.
 
«Que Messi nos dé una buena entre tantas pálidas», se esperanza una piba porteña que marcha en tren rumbo a Messi y que le especifica a otra piba que encandilarse con la seducción del Mundial no supone desligarse del resto de la jodida realidad.
 
«Messi es un farol», sintetiza, a la misma hora, Jorge Sampaoli, el entrenador nacional, en la conferencia de prensa que comparte con Ever Banega, quien, luego de su excelente desempeño con Nigeria, aparece etiquetado como el socio ideal que necesitaba Messi, inclusive por algunas voces «periodísticas» que en pasados no distantes ubicaron a Banega como un socio para nadie. «Messi tiene tanta claridad para ver el fútbol que nos permite ver cosas que sólo un genio puede ver», enfatiza el director técnico, que sabe y que no oculta en su exposición que, entre tantas cuestiones rotas, la Argentina desembocó en este campeonato con un ciclo de excesivos despeñaderos, a diferencia de Francia, que lleva años tratando de jugar como Francia. Como la piba porteña, como Sampaoli, como Banega, como los miles que se desplazan sobre el suelo mítico de Rusia, como los millones que aguardan en el sur del sur del mundo, la mamá rusa, que no ejerce de experta en fútbol, también está enterada de lo que representa Messi.
 
«Si no nos da alegría el fútbol, ¿qué nos queda?», es la síntesis del argentino muy joven y se huele, se palpa, se ve, que la Selección Argentina y la alegría se asociaron lindo por el desahogo que significó la victoria sobre Nigeria, por la sensación de que, a pesar de algunos límites en el juego y algunas adversidades que no retratan la lógica de ese juego (el penal que falló Messi con Islandia, la macana de Caballero con los croatas), algo bueno podía ocurrir. Lo bueno fue poner el corazón y ganar, proclamarían muchos de los que en San Petersburgo o en cualquier rincón de la Tierra celebraron aquel triunfo merecido y agónico. En el plantel argentino, sin grandilocuencias, la aspiración es un poquito mayor.
 
«Queremos imponer desde el juego no desde la actitud», plantea en su conferencia Sampaoli, a quien ni tropezones ni clasificaciones parecen moverlo de las expectativas que lo sedujeron para navegar en el barco que tripula. «Siempre con la pelota», abrevia, para trazar la lógica de lo que pretende. «Sueño con ver a Argentina con mucha pasión, pero, sobre todo, con mucho fútbol», se sincera. Detrás de esas declaraciones, persiste -para coincidir o para diferir pero seguro para pensar- la ambición legítima pero muy compleja de que eso «que nos queda» restaure algún vínculo con un estilo de fútbol al que alguna vez mil públicos reconocieron como argentino.
 
Sería largo desmenuzar todo eso. Pero la cita de Kazán con Francia está demasiado cerca. En busca de lo que importa mucho y en busca de una alegría posible en medio de tanta alegría esquiva, el fútbol de los argentinos va por lo que va.
 
Parece tenerlo claro la mamá rusa, que desea suerte pero mucha suerte y abraza a su bebé de nuevo, siempre debajo del sol.
 

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Infierno Infantino

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Desde Europa, la visión de una escritora y dramaturga sueca sobre el conflicto FIFA-UEFA y quiénes son los dueños del fútbol.

Por América Vera-Zavala

Para lavaca.org, desde Suecia

Mientras el resto del mundo se ocupa de teorías conspirativas sobre «La Selección» y de firmar una petición para expulsar a Argentina del Mundial para siempre -la campaña «Argentina Out» ya reunió más de 23 millones de firmas-, los argentinos hacen aquello en lo que son campeones mundiales: componer cánticos de fútbol. Nosferatu 2.0 se define como una ópera rock villera y está dedicada al presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Una de sus frases dice:

«Le robaste el fútbol a los pobres

y se lo diste a los ricos

 a cambio de un sobre con dinero».

Infantino, desde luego, no se queda de brazos cruzados. Cuando leo sobre la propuesta de poner a la venta los torneos de fútbol, ​​acudo a mi estantería y saco el libro de portada rosa de Erik Niva, el periodista de fútbol más destacado de Suecia. Busco la sección dedicada a Eric Cantona y leo la historia de aquel futbolista que, tras su primer entrenamiento con su nuevo club-el Manchester United- le pidió a su entrenador que le prestara dos jugadores.

«¿Para qué?», ​​se preguntó Alex Ferguson.

«Para entrenar», respondió Cantona.

Corría el año 1992 y la Premier League aún no existía.

Cantona hizo historia en el fútbol. Infantino también está haciendo historia.

La FIFA ha sido un infierno desde hace décadas. Infantino la ha conducido hacia los círculos más profundos del Infierno de Dante, con particularidades específicas que nos permiten llamarlo el ”Infierno Infantino”. Un ejemplo basta: instituir un premio de la paz solo para otorgárselo a un asesino. Otro ejemplo, que en realidad es el mismo: durante el Mundial aceptó perdonar una tarjeta roja por pedido del presidente de Estados Unidos.

Si el Mundial de 1978 en Argentina se celebró en un país gobernado por una dictadura militar —donde la tortura se intensificó durante el torneo mientras el mundo exterior fingía que todo era normal— el Mundial de 2026 en Estados Unidos se celebra en un país regido por una democracia parlamentaria que, durante el torneo, bombardeó Irán y fue cómplice activa del genocidio en curso en Palestina. Ese era el panorama geopolítico cuando comenzó el Mundial, y nada ha cambiado. Durante unas semanas, hicimos exactamente lo mismo que el mundo hizo con respecto a Argentina en 1978. La diferencia fue que, esta vez, era imposible decir que no sabíamos nada.

Como dice la ópera villera dedicada a Infantino

 ”Tu nombre sabe a sospecha,

 hasta en las cosas bien hechas”.

¿Por qué queremos politizar aún más el fútbol cuando ya es tan político? El fútbol es una pasión, el deseo se impone al intelecto. Puedo entenderlo. Así es como debo entenderme a mí misma y mi persistente atención hacia el campo de juego menor, plenamente consciente de que el terreno de juego mayor dicta que no debería estar mirando el pequeño. Porque se trata de una elección.

Al mismo tiempo, soy plenamente consciente de que el sentimiento que albergo hacia la selección argentina es pura pasión, algo totalmente ajeno al razonamiento intelectual. Pero esta vez y por alguna razón explícitamente  política con la Selección se abrieron las compuertas: un rasgo distintivo de nuestros tiempos. Hablé con personas y leí publicaciones que afirmaban que la FIFA había decidido que Argentina ganaría la Copa del Mundo. La razón aducida era que el Presidente del país apoya a Israel y el genocidio. Vi imágenes del primer ministro de Israel vistiendo la camiseta de la selección argentina, presentadas como prueba de que el país es sionista. Vi publicaciones que aseguraban que hay una gran cantidad de nazis en Argentina —que fue allí donde huyeron tras la Segunda Guerra Mundial, y que eso explica el racismo. Leí que Argentina es un país extremadamente racista del que se ha expulsado a la población negra. Escuché a amigos decir que Messi es detestable porque representa al capitalismo. Como suele ocurrir con las teorías conspirativas, algunos elementos pueden ser ciertos mientras que otros son mentiras, pero la mezcla resultante es tóxica y exige constantemente nuevos ingredientes. Aquello no cesaba y, por momentos, me dejaba totalmente atónita y desconcertada. ¿Por qué existe la necesidad de buscar agendas ocultas cuando todo está a la vista? ¿Qué necesidad de buscar lo oculto en un mundo donde todo se exhibe descaradamente ante nuestros ojos?

Ahora, la noticia es que la FIFA quiere vender acciones en todos sus torneos.

Luego, la noticia es que la UEFA, la federación europea de fútbol que está jerárquicamente bajo la FIFA, ha declarado que boicoteará todos los eventos de la FIFA.

En tanto, canta la ópera villera:

“Infantino

llagara tu hora

no importa si no fue ahora”.

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¿Por qué miramos fútbol?

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¿En el fútbol se apoya a equipos moralmente íntegros? ¿La pasión se decide políticamente? La escritora y dramaturga sueca América Vera-Zavala envió a lavaca desde Malmö estas reflexiones a partir de sus días y noches (poniendo el despertador a las 3 de la madrugada) para seguir con sus hijos a la Selección argentina, de la cual la familia es hincha. Una idea sobre el Mundial, pese a la derrota final y los desvelos: “Igual fue lindo”.

Por América Vera-Zavala

¿Por qué miramos fútbol?
Imagen de 2018, en Malmö. La escritora y dramaturga sueca América Vera-Zavala con camiseta de Atlanta (y el Nunca Más) y sus hijos Ernesto, Bartolina y Camilo.

Apenas termina la final del Mundial, mi hija se ha dormido y mis hijos están furiosos. Estoy en la cama cuando recibo un mensaje de Claudia, mi mejor amiga en Buenos Aires. Escribe: «Igual fue lindo». Las mismas palabras había pensado segundos antes.

Igual fue lindo.

Antes de seguir adelante e intentar reinventar la vida después del Mundial, hay algunas cosas sobre las que quiero reflexionar, preferiblemente en compañía de otros.

Una pregunta que quiero hacerme a mí misma y a ustedes es: ¿Apoyan a equipos que consideran moralmente íntegros? ¿El equipo que apoyan es una decisión política, o su elección de equipo complica sus posturas políticas?

Todo el fútbol es político, al igual que todo el teatro. Todo es político. Al mismo tiempo, todo está sujeto a cambios, y el fútbol sin duda ha cambiado en los últimos 20 o 30 años. Este Mundial se derramó de política, y tal vez me puso a la defensiva, lo que me llevó a reflexionar más de lo habitual sobre el papel del fútbol en nuestras vidas.

En una escena de El secreto de sus ojos, la película que le valió a Argentina el Óscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa en 2010, se busca a un asesino. El detective, interpretado por Ricardo Darín, está convencido de que el sospechoso aparecerá en un partido de fútbol. Como dice su colega: Puedes cambiarlo todo: cara, casa, familia, novia, religión, Dios; pero nunca podrás cambiar tu pasión.

Durante la Copa del Mundo, vi publicaciones en redes sociales de personas que decían apoyar al equipo de Pedro Sánchez frente al de Milei. Otros escribían que apoyaban a España porque representaba una victoria moral. Había argumentos expresados ​​con elocuencia para cambiar de equipo basándose en motivos políticos.

¿Pero es realmente esa la razón por la que vemos fútbol?

¿No es la elección del equipo al que apoyar algo fundamentalmente irracional? ¿No nace de factores totalmente ajenos a las posturas políticas?

He alentado a la Selección argentina desde que tengo memoria. No sé cuándo empezó, pero estoy convencida de que nunca terminará. Es, además, el único equipo de fútbol capaz de ponerme nerviosa, hacerme llorar, llevarme a realizar pequeños rituales y hacerme gritar de alegría. No tiene nada que ver con la política. Muchas veces he intentado situar ese sentimiento en un contexto político –dar una explicación racional a algo irracionalmente emocional– pero el fútbol siempre es algo más.

En la película Buenos Aires 1977 (o “Crónica de una fuga”), hay una escena en la que dos hombres están en la cocina de una casa que sirve como centro clandestino de tortura. Escuchan un partido de fútbol por la radio. Cuando Argentina marca un gol, se abrazan. Uno es torturador; el otro está siendo torturado. Uno es el verdugo del otro. Y, sin embargo, ahí está ese abrazo apasionado.

Es una escena desgarradora, cargada de múltiples perspectivas. Pienso en ella hoy porque refleja cómo el fútbol me hace perder la cabeza. Hace apenas unas semanas, me encontré en un bar, fundida en un abrazo apasionado con un completo desconocido cuando Argentina empató 2-2 contra Egipto. Cada cuatro años pierdo la cabeza, y cada vez la sensación es igual de extraña. ¿Cómo es posible que me conmueva tanto un grupo de hombres corriendo con el objetivo de meter un balón en el arco? Es inexplicable.

Al mismo tiempo, veo a gente a mi alrededor haciendo lo mismo cada semana por un equipo inglés con el que no tienen una conexión, salvo que estarían dispuestos a dar la vida por él. O por un equipo de “Allsvenskan” que les genera frustración y euforia a partes iguales, en las buenas y en las malas, y en Suecia, generalmente en el frío.

Quizás el fútbol, ​​más que una elección política o moral, sea una forma de escapar de la realidad. Una forma de olvidar, por un momento por qué se debería luchar políticamente.

Pero también es algo más. El fútbol une a la gente para crear una nueva bandera para el próximo partido. Hace que la gente viaje largas distancias, cante al unísono y comparta la alegría con completos desconocidos. Al mismo tiempo, impulsa a la gente a cometer actos atroces. Abarca tanto lo feo como lo bello.

Una breve nota al pie: Claudio Tamburrini –cuya historia personal sirvió de base para Buenos Aires 1977, obra sobre un centro de torturas clandestino durante la dictadura argentina– se exilió posteriormente en Suecia. Actualmente es filósofo e investigador en la Universidad de Estocolmo. Y mira fútbol.

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Para quienes la ven de lejos

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por Claudia Acuña

Para la gente amiga que mira esto desde lejos, ya sea porque habita otros puntos del planeta o porque se aísla en el laboratorio virtual: ustedes motivan estas líneas escritas con el corazón en la boca en tiempos que nos obligan a escupir latidos.

Si hablamos estrictamente de la Copa del Mundo, tras el partido semifinal entre Francia–España quedó claro –hasta para mí que no sé nada de fútbol– que estábamos ante un desafío insuperable: cómo jugar contra un rival entrenado para que no puedas jugar. Había entonces que enfrentarse a un equipo sin delanteros brillantes porque está integralmente dedicado a construir un muro para que nunca puedas patear al arco. No encuentro mejor manera de definir la situación política argentina: es tan literal que impacta.

Hay que reconocer que a lo largo de nuestra historia en muchas oportunidades el fútbol –con sus gambetas y anti héroes– nos señaló líneas de fuga, horizontes o como prefieran llamarlo. A mí me gusta pensarlo como ventanas: esas que cuando abrís te renuevan el aire.

En esta ocasión el primer soplo emergió del funeral del Indio Solari, músico, poeta y símbolo de una tradición cultural autogestiva que mostró en ese adiós su poder real, más popular y más profundo que cualquier otro lustrado con el aparato corporativo. El antecedente no es caprichoso: la música del Indio estuvo presente desde el primer minuto de este Mundial, acompañando imágenes y mensajes relacionados con la selección nacional, como parte de la construcción de su identidad. Algunos hicieron notar la paradoja, ya que se extraían del under a la cima las herramientas capaces de crear un vínculo emocional masivo y eficaz. Para fundamentarlo prejuicios sobran: los jugadores son millonarios, se dan la mano con Trump, viven en otros mundos, pero le musicalizan sus mensajes con cumbias o el Indio para que los algortimos lo hagan circular en loop. Lo siguiente, sin dudas, es que la construcción de esas idolatrías sirva para vender más zapatillas y más comida chatarra. O algo peor.

Fue entonces cuando quiso el gobierno aprovechar la distracción Mundial para lograr la sanción de una Ley de Defensa de la Propiedad Privada –si: en esta tierra en la que se recuperaron centenas de puestos de trabajo al grito de Ocupar, Resisitir Producir– especialmente dedicada a favorecer y regalar el territorio argentino a capitales extranjeros. Quiso también invitar por decreto a las corporaciones globales al festival de explotación marítima de petróleo en el Atlántico de Mar del Plata. Y quiso, de paso, regular para peor la ya escandalosa Ley de Reforma Laboral, logrando algo que parecía imposible: perjudicar aún más la negociación por la actualización salarial.

Pero estamos en Argentina y lo que siguió lo determinó la pelota partido tras partido, hasta llegar al enfrentamiento con Inglaterra, simbólicamente convertida en la madre de todas las batallas de la actualidad.

Fue entonces cuando ganamos nuestro propio Mundial, con media sábana y unos brochazos de pintura negra que alertaron “Las Malvinas son argentinas”, frase bordada con declaraciones a la prensa por parte de varios integrantes del equipo y afirmadas con moño por el Capitán Messi, al dedicar el triunfo a las muchas personas que en Argentina “la están pasando mal porque no tienen trabajo ni llegan a fin de mes”. El director técnico, Lionel Scaloni, fue quien entregó en público el presente durante su conferencia de prensa:

“Estos jugadores son como indios”, definió

“Se han criado en condiciones extremas y no le temen a nada”.

Ajá.

Indios, como Solari y también como aquellos ancestros que resistieron ayer y como estos contemporáneos que sobreviven hoy enfrentando día tras día, partido tras partido, dificultades extremas.

Fue entonces cuando, en pocas horas, la tela pintada a mano por un grupo de amigos se fue convirtiendo en varias cosas.

Primero se convirtió en trapo escondido en los testículos para eludir el control policial.

Luego, el trapo se convirtió en bandera para agitarla en la tribuna.

Después, la bandera se convirtió en saeta para arrojarla a la cancha y la saeta se convirtió en mensaje que descifra de un vistazo un jugador de fútbol.

Finalmente, el mensaje se convirtió en trofeo que se levanta frente a la tribuna, las cámaras de televisión, los teléfonos celulares, el corazón social de Argentina.

Ajá.

Eso que llamamos política es exactamente esto: millones reflejados en medio metro de tela, el punto de encuentro entre un pueblo y su exacta representación.

Luego de aquel partido inolvidable –el único en el que el fútbol de la selección brilló– el tercer tiempo se jugó en las calles. La sociedad, en las de asfalto; las del poder, en las virtuales, tal como ordenan las ágoras vigentes. En unas, a puro baile y atrayendo multitudes; en otras a puro insulto –la calificación presidencial de “mono–neuronales” a los responsables de esos mensajes resonó menos vulgar que su tono habitual– y con escasa repercusión. Quizá para forzarla, el vocero presidencial –obligado sucesor de quien ahora está en riesgo de ir preso por corrupción– remarcó:

“El gobierno no coincide con esto de que la gente no llegue a fin de mes”.

“Esto” es Messi.

La consecuencia directa fue que El Senado de la Nación postergó el tratamiento de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada decodificando exactamente la dirección de los vientos que sacuden la actualidad política al agitar la palabra mágica “Malvinas”.

La otra la comprobaremos mañana miércoles cuando a la habitual ronda de jubilados y jubiladas se sume la CGT y el corte de uno de los puntos de conexión entre el conurbano con la Capital: el emblemático Puente Pueyrredón.

La noticia es que aquí la pelota está haciendo su juego, que ningún gobierno hoy representa a su sociedad, que cualquier símbolo puede transformarse en un emblema si se escucha el corazón social y que, tal como nos demostró este Mundial, no alcanza con esperar hasta el minuto final para saber si el resultado nos favorece: el partido es la eternidad. En tanto, en este campeonato, estamos aprendiendo cómo ganarle a un rival entrenado para no dejarte jugar.

El resto que circula es aire viciado por la intoxicación virtual: no olviden –y menos cuando el gobierno está en pleno diseño de su estrategia reelectoral– que se ha instalado en estas tierras el laboratorio del Dr. Thiel, especializado en extraer emociones para diseñar manipulaciones que faciliten los intereses corporativos sin consecuencias ni legales ni fiscales ni morales. A eso hoy lo llamamos inteligencia artificial.

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