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El tren de Babel

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Una charla en medio de un tren ruso rodeado de guardias ferroviarios que no hablan castellano pero que comparten un mismo lenguaje: el fútbol. Gago, la importancia de «los Cincos», el Mundial, las lesiones y los representantes. Una historia sobre una pasión que trasciende límites, fronteras e idiomas.
Por Ariel Scher desde Rusia

En ese tren lleno de rusos que hablan de Rusia, y de oficiales ferroviarios que realizan un excelente trabajo pero no lo pronuncian en castellano, y de turistas futboleros que, en parvas de idiomas, nombran marcadores de punta, resultados recientes, catedrales visitadas en la última semana, clasificados a los octavos de final y pasajes para llegar a destinos que no logran deletrear, el argentino siente que esa es una tarde en la que la suerte elige hacer un guiño y que se lo hace justo a él.
A él, que se siente entre ajeno y ajenísimo a todas esas personas porque no lo entienden y no les entiende, que viene suponiendo que está y estará condenado a once horas de ruido de ferrocarril y no a sonido de conversación, que sale a caminar por los pasillos para matar al tiempo o para que el tiempo no lo mate a él. A él, que levanta la cabeza, y en la cabeza privilegia a los ojos, y en los ojos detecta una luz. A él, que en medio de tanta gente, y de tantos diccionarios que jamás abrió, y de tanta soledad rodeada de multitud, se le aparece adelante, en la primera cucheta del tercer bloque de asientos, un pibe, un rubio, uno envuelto en la camiseta de Boca, uno con el apellido Gago en la espalda, un -ni dudarlo, ni dudarlo- argentino.
«El que busca encuentra», se elogia hacia adentro el argentino mientras esquiva a un chiquito cubierto por una remera de la selección rusa que parlotea fuerte vaya a saber si porque le augura a su madre que serán campeones del mundo o porque, nada más, le pide que le cuente un cuento. «De Boca no soy, pero este pìbe tiene buenas vibraciones futboleras», se susurra al mismo tiempo que una dama de décadas desliza, apasionada, un sándwich de fiambre y pepino entre sus labios que ojalá conserven esa pasión para el amor. «Una a favor me tenía que tocar en este tren con el que no tengo nada que ver», balbucea con ganas de gritar.
Pero, respetuoso, no grita. Sólo expone, expone de fútbol, expone de frente a ese socio futbolero que le brota de golpe, en medio del vagón ajenísimo y ruso:
-Gago nos hubiera venido fenómeno. No sé si te ponés su camiseta para tenerlo presente en el Mundial o por fana de Boca nomás. Pero lo interpreto como un mensaje. Argentina mejoró contra Nigeria, controló el partido y supo controlarse cuando la mano pintaba fulera, ¿no? Banega, como dicen todos, fue el socio que a Messi le andaba faltando. Pero Gago, puta madre, qué bronca cuando Gago se jodió contra Perú en la Bombonera. Increíble destino: si Sampaoli lo metió aquella vez en un momento bravo significa que lo tenía recontraencuenta para que jugara acá, en Rusia. Meados con las lesiones anduvimos: Funes Mori, que no terminó de recuperarse, Romero, Lanzini sobre la hora. Demasiada contra para un equipo que es obvio que junta buenos jugadores y que sale a la cancha con el mejor futbolista de todos, pero que se está armando acá mismo. Y encima ahora nos tocan los franceses, que, al revés que nosotros, llevan años de laburo. Una generación de tipos hábiles y rápidos que se conocen muy bien. A veces lo charlo con mi gente y pregunto, ¿por qué mierda no hicimos las cosas mejor? No digo como los franceses, claro, porque seguro tienen más guita que nosotros, pero no es sólo cuestión de guita, ¿viste? Mejor, un poquito mejor. Vos lo entenderás perfecto: ¿cómo puede ser que el fútbol argentino no tenga cinco mediocampistas como Gago? Cinco es lo que pido, no veinte ni treinta: cinco. Por ahí te contaron la cantidad que había para ese puesto hace veinte o treinta años, no me acuerdo bien cuánto. Pero lo que sucede es que nuestro fútbol está embromado de la cabeza a los pies. «¿Para qué vas a ser mediocampista si la guita y la fama las juntan los goleadores?» es lo que -te lo firmo- le imponen los entrenadores y los representantes a los más jóvenes. Re-pre-sen-tan-tes, así de horrible como suena. Vos sos mucho más pendejo que yo, pero supongo que no te cabe en la cabeza que uno que todavía está en séptimo grado ya tenga representante. Y así se hace mierda todo. Mierda. Y lo que nos faltaba es este show del periodismo. Cada vez peor, viejo. Un ejemplo es esa camiseta que llevás puesta: las barbaridades que se dijeron de Gago, de sus lesiones. No me jodas: cómo vamos a construir un fútbol sano si la sociedad le pone los ojos todos pero todos los días a ese montón de mentiras y de estupideces. Qué cagada, loco. A este paso, un día vamos a subirnos a un tren ruso como este y los rusos van a saber más de fútbol que nosotros y van a tener un fútbol mucho más lindo que el nuestro y nos van a dar cátedra sobre cómo formar mediocampistas como Gago. Bah, son cosas que vos, que te gustan Boca y Gago, debés ver cada mañana. ¿O no? Linda camiseta esa…
Entonces, él, el argentino, se da cuenta de que el pibe es un buen interlocutor, un enamorado del fútbol, alguien que escucha un análisis de fútbol y, con paciencia, no interrumpe, permanece pensando, evidentemente meditando y tratando de aprender. Más divertido toparse con un pibe así que con el resto de los pasajeros, no por nada, pero señoras y señores con otros intereses que quizás le prestan atención al fútbol una vez cada cuatro años, en los mundiales, no como este pibe, al que se le nota en la cara que respira fútbol. Está convencido el argentino de que a pibes así hay que darles la oportunidad de la reflexión, pero también hay que escucharlos porque son capaces de enseñar un montón.
-¿Vos cómo ves al fútbol argentino, che?
El pibe, el de la camiseta de Boca, el de la camiseta de Gago, sonríe dos veces y se hace cargo del silencio que empieza a expandirse.
-I’m sorry, sir. I’m russian. I spike a little english. I don´t understand spanish. Have a good day.
El argentino, perplejo pero cortés, devuelve media sonrisa.
-Tren de mierda, el pibe este es ruso y no me entendió un carajo-, se le escapa, aunque advierte que el tren está bárbaro y el que no está bárbaro es él.
Después camina hasta el asiento de la dama de décadas y le pregunta si no le queda un poquito de fiambre o, aunque sea, un cacho de pepino.

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