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¿Qué refundación?

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«Hay que refundar la selección». La frase resuena en la tevé, en los bares y en las canchas. Sin embargo para refundar, antes, hay que cuestionar lo fundado ¿Qué es lo que gobierna el fútbol y el periodismo argentino y cómo salir de la lógica de ganar o ganar? Preguntas, anécdotas y referentes en un texto imprescindible de Ariel Scher.

Por Ariel Scher desde Moscú

Kira está más cómoda con el castellano que con el inglés y, entonces, en la línea 6 del subte de Moscú, de regreso de la casa bancaria que le paga un salario y rumbo al hogar que le estimula la vida, lanza palabras sueltas que algún día serán una oración o hasta un párrafo: «nombre», «hambre», «gente», «esperanza», «Messi», «mujer». En estos días, en su Moscú cotidiana, en su ruso cotidiano, practica lo que puede con colombianos, con mexicanos, con mundialistas hispanoparlantes del origen que sea. Con argentinos, desde luego, también. Cuenta que uno la sorprendió hace un rato. No le dijo ni «nombre» ni «hambre» ni «gente» ni «esperanza» ni tampoco «Messi». Le dijo un término que Kira jamás había oído. Le dijo que a Argentina le había ido más o menos en el Mundial de Rusia. Y, después, le dijo «refundación».

«¿La refundación es algo que pasa con el fútbol en la Argentina?», indaga Kira entre las vibraciones que provoca el andar veloz del subte. Tiene una curiosidad que reivindica a la condición humana, algo que resulta una virtud casi siempre y que constituye una macana en este instante porque no hay más remedio que contestarle que no. ¿Cómo desencantar a alguien que luce la buena voluntad de Kira en el subte de Moscú o a cualquiera de los pibitos o de las pibitas que en Flores, en San Miguel de Tucumán, en Paraná o en Santa Rosa podrían haber formulado una pregunta idéntica bajo la expectativa de que el fútbol -ese afecto- y la Argentina -ese otro afecto- quedaran asociados en una refundación?
 
Lo que sigue no está charlado con Kira. Sería un abuso. El fútbol en la Argentina funciona, en el fondo, como un abuso, pero un abuso que los abusados no advertimos y no advierten. EL abuso: se acepta y aceptamos que el fútbol es eso que está siendo sin asumir que podría ser radicalmente algo distinto. ¿Por qué hasta en la línea 6 del subte de Moscú vuela con cierta naturalidad el vocablo «refundación»? ¿Qué significa, más allá de los esfuerzos para explicárselo a una dama rusa, una «refundación»? Una refundación supone volver a ubicar las raíces de algo que ya está creado, hecho, fundado. ¿Y qué es lo que está fundado?
 
El antropólogo Eduardo Archetti no fue traducido al ruso, a pesar de que buena parte de su obra, a causa de que el genocidio de los setenta lo obligó al exilio, la desplegó en Oslo, Noruega, lejos de la línea 6 del subte de Moscú, pero bastante menos lejos que su Santiago del Estero natal. Antes que nadie y mejor que nadie, Archetti trató de pensar a la Argentina desde el deporte, en particular a partir del fútbol. Uno de los ejes en los que desembocó su trabajo gigante puede resumirse en una frase: «El fútbol en la Argentina migró de ritual alegre a ritual trágico», es decir, de punto de encuentro pasional y festivo a escenario sufriente y poblado de violencias simbólicas y hasta físicas.
 
Con ese y con muchos otros conceptos, Archetti planteaba ya en la década del ochenta que en la Argentina, aun sin idealizar a las etapas antiguas, el fútbol había atravesado una serie de cambios culturales y que los cambios culturales no son una pavada o un desvelo innecesario de científicos sociales a los que les sobra tiempo. En la línea 6 del subte de Moscú, ni Kira ni nadie porta libros del uruguayo Eduardo Galeano, pero Galeano, en cierta sintonía con Archetti aunque no centrando el foco en la Argentina, escribió: «El fútbol hizo un triste viaje del placer al deber». Archetti y Galeano, a su vez, leyeron a Dante Panzeri, el periodista  que más denunció los cambios culturales que avizoraba en el fútbol argentino en los sesenta y en los setenta. Y Panzeri dejó puesta una bandera hoy pisoteada: «El fútbol se inventó para liberar al hombre de sus padecimientos de lunes a sábado, no para agregarle uno más».
 
En la Plaza Roja, en las horas en las que cierra lo que define como su «escapada» al Mundial, lo asume Gustavo, sesentón, disgustado no sabe bien con quién porque Argentina no avanzó más en el torneo y devoto de un equipo que compite en la Primera B Nacional: «Cuando yo era chico, me importaban todos los jugadores de todos los clubes, discutía sobre estilos de juego, leía los comentarios de El Gráfico, quería que mi equipo jugara de una manera o de otra. Algunos fines de semana me iba a ver a otros cuadros. La pasaba fenómeno a pesar de que muchas veces terminaba triste y hasta lloraba. Triste, digo, y no tenso como lo vivo ahora. Es que ahora lo único que me interesa es que mi equipo gane como sea y alguna vez, por fin, ascienda. Con la Selección es igual: si gana, le banco todo; si no, casi nada. No sé bien por qué cambié».
 
¿Qué es lo que pretenden refundar los dirigentes deportivos y no deportivos, los periodistas que se esmeran en el periodismo y los fabricantes de shows que desparraman bostas y risas según les convenga, los jugadores y los entrenadores, los pedagogos que se arriman al fútbol y los pedagogos que huyen espantados de él porque el sistema del fútbol los expulsa? ¿A qué se refieren los y las que pronuncian «refundación» cuando aluden al fútbol argentino? ¿Quieren refundar la relación social con el fútbol y hacerlo revirtiendo los recorridos que retrataron, entre otros, Archetti, Galeano y Panzeri? ¿Sueñan refundar para redireccionar los sentimientos de Gustavo y de miles o de millones como Gustavo, tipos y tipas que cabalgan sin conocer por qué marchan con ese itinerario «de ritual alegre a ritual trágico»? ¿Hablan de refundar para instalar otras bases culturales desde las que la tristeza y los dolores deportivos -se insiste: el fútbol es un afecto; se insiste: el fútbol no es sólo un afecto- no se confundan con la histeria, con el drama y con la agresividad? Quienes enarbolan que hay que refundar, ¿poseen una ambición de volver a ubicar al juego -cuesta evocarlo, pero el fútbol, en el comienzo, es un juego- en el nudo de la escena y sacar de allí a las minucias, a las operaciones políticas groseras pero cuya grosería no es fácil de decodificar para multitudes que sudan largo y mucho para sobrevivir cada día, al chismorreo consecutivo, a las nadas maquilladas con envergadura de algo?
 
¿O es bastante al revés? ¿O la mentada refundación apunta a que las cosas permanezcan más o menos como están salvo que hay que encontrar el modo de ganar más partidos y más títulos así millones se alegran y nadie jode con las críticas? ¿Los usuarios de la palabra «refundación» gastan saliva, precisamente, en esa palabra porque los satisface la cultura dominante en el fútbol de la Argentina, pero los incomoda que esa cultura, de vez en vez, los someta a la frustración de no salir campeones? ¿Qué creen que (SOBRA) los promotores de refundar que es esencial refundar: que la Selección no haya vencido en tres finales de competiciones internacionales o que parte de la sociedad -inclusive, en alguna medida, los propios competidores- haya sido empujada a la interpretación de que no vencer en las finales (o no vencer, en general) es un indicativo del fracaso? ¿Qué labor ideológica y práctica creen esos mismos promotores -gente diversa, con intenciones diversas, con nobleza o sin ella, con negocios futboleros o sin negocios futboleros, con negociados o sin negociados- que conviene desplegar para que el lazo social con el fútbol deje de ser ese de matar o morir, exaltar al triunfante y despedazar al caído, hay que ganar o ganar y luego ganar o ganar, y después ganar o ganar?
 
Si el castellano de Kira no perdurara entrampado en desovillar eso de «refundación» y si la línea 6 no tuviera una aceleración tan eficiente como ruidosa, valdría la pena sugerirle que reparara en otras expresiones. Por ejemplo, esta: «La crisis del fútbol argentino es tan grande que no se resuelve ni ganando el Mundial», había afirmado el entrenador César Luis Menotti, en el diario español El País, antes del campeonato. Con la misma lógica cultural que se palpa cada fin de semana en los estadios con público proscripto por ser visitante, con la misma mugre que barniza los ciclos constitutivos de los jugadores menos que jóvenes, con la misma exaltación de la minucia (así la bautizó el investigador Carlos Mangone) de parte del periodismo y del showmanismo deportivo, con la misma minusvaloración del juego y la misma maxivaloración del sitio en la tabla de posiciones, ¿los auspiciantes de las refundaciones las auspiciarían si la Selección se llevaba el título del mundo?
 
Está planteado que Kira prefiere el castellano al inglés y esa es otra barrera para que se sumerja en un artículo de Jorge Valdano, en el diario británico The Guardian y de hace apenas una semana, en el que detalla las mutaciones de la cultura futbolística argentina y parece tirar paredes con Archetti y con Panzeri: «Al gusto por el juego se le impuso una necesidad un poco delirante por ganar. ‘Ganar como sea’, según reza el lugar común, barre con todos los valores de referencia. Dividir el mundo en ganadores y perdedores fue una enfermedad que también atacó al fútbol en la etapa formativa». Y más: «En la cancha le dijimos adiós a los ‘olés’ y le dimos la bienvenida a un mundo donde los ‘huevos’ son mas importantes que el talento». Paredes con Archetti, con Panzeri y, habría que añadir, con un interlocutor asiduo de Valdano en los años final del siglo XX, el escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán, quien evaluó al fútbol como «la droga dura de las democracias» porque «permite responder tanto a la falta de proyecto de las sociedades globalitarias como a la paradójica soledad de las masas». Pensado desde la trama futbolera argentina del presente, se quedó corto: la droga dura es ganar.
 
Ni en la línea 6 del subte de Moscú ni en ningún otro sitio hay respuestas enteras para algunas preguntas que, al menos por ahora, Kira, silabeando «re-fun-da-ción», no ensaya: ¿quiénes fabricaron este fútbol y esta conceptualización del fútbol?, ¿a quién le conviene que la cultura futbolística sea esta?, ¿a quién le conviene que el fútbol sea esto?, ¿quiénes se benefician de que el fútbol argentino sea «el paraíso de los brutos», como lo caracterizó el periodista español Rafa Cabeleiras?, ¿quiénes modelaron audiencias, públicos, cantidades enormes de personas que funcionan como «el gordo sillonero» (que es «amo y señor de las redes sociales», que «sabe de todo»), de acuerdo con el lúcido análisis que, con la firma de Javier Garfias, publicó la revista Panamá?, ¿qué autonomía y qué enlaces con otros ciclos políticos, económicos y sociales de la Argentina expresa el fútbol? ¿Se puede refundar de verdad si los enunciadores de refundaciones son los actores habituales en la mayoría de los ámbitos o sea los que armaron esto que ahora proclaman que habría que refundar? ¿Por qué cabría esperar que estos actores alteraran algo si son las expresiones de un sistema que no por azar apela a estos actores? ¿No avisaba Rodolfo Walsh lo que no sólo para el fútbol conviene leer seguido: «El sistema no castiga a sus hombres: los premia. No encarcela a sus verdugos: los mantiene»?
 
Entre amabilidades y castellanos en progreso, Kira avisa que desciende en la estación Kitai-Gorod, barrio emblemático de Moscú, a unas pocas cuadras del Kremlin. Recomienda, generosa, acercarse hasta el Mausoleo de Lenin, donde el cuerpo del símbolo de una revolución que cumple un siglo se exhibe en este mes para el asombro de lluvias de individuos que llegaron a Rusia con el propósito de ser espectadores de fútbol. Lenin, justo Lenin, avisó en aquel tiempo que «la praxis hace a la conciencia». Puede retumbar irrespetuoso con semejante jugador, pero, bajado al dilema futbolero argentino, ¿cómo se puede cambiar la comprensión de lo que es o de lo que debe o puede ser el fútbol si todo funciona bajo prácticas que se repiten, se repiten, se repiten y no se ponen en cuestión?
 
Dan ganas de charlarlo con Kira, pero ella sonríe una sonrisa rusa y, cuando las puertas de la línea 6 del subte se cierran, dice su último «refundación» de la jornada y se va.
 

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