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Operación Walsh

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A 50 años de Operación Masacre. Es un libro clave para comprender a la generación que ardió en los 70 y una herramienta fundamental para abordar el difícil tema de los sobrevivientes de la impunidad asesina. Aquí, una hipótesis sobre su lectura hoy –en plena movida revisionista– que intenta recuperar la sensibilidad y el optimismo desaparecidos.

“Articular históricamente el pasado
no significa conocerlo
como verdaderamente ha sido.
Significa adueñarse de un recuerdo
tal como éste relampaguea
en un instante de peligro.”
Walter Benjamin
 
Hay un fusilado que vive. Ésa es la clave de Operación Masacre. El password que le permite a Rodolfo Walsh pasar al otro lado del espejo y ver qué hay detrás de la escenografía que le pintaron hasta entonces los colores de su profesión, su clase, su cultura.
Leer hoy Operación Masacre produce el mismo efecto. Es un libro acontecimiento, como define tan precisamente Daniel Link para ubicarlo en su debido contexto. Link lo dice de cara al canon que pretende “normalizarlo” a través de una operación clasificatoria: si es ficción es literatura, si es periodismo es testimonio, si es proclama es manifiesto, si es…
Pero la maravillosa rebeldía de Operación Masacre le permite sacarse de encima esos bozales porque funciona como una máquina que le otorga vida propia a un relato perfecto en más de un sentido.
Está tan bien escrito que permite trazar ironías históricas: Walsh es Borges.
Es cierto.
Está tan febril y minuciosamente apegado a los hechos, que marca el techo del periodismo de investigación, género que inventó y clausuró al mismo tiempo.
Y también es cierto: ningún periodista dedicó –ni antes ni después– tanto esfuerzo a un tema que no tenía ninguna posibilidad previa de ser publicado.
Pero la fuerza maquínica de Operación Masacre revela su potencia en el ineludible marco histórico que le da sentido.
Los años 70 nacieron allí.
Hay un fusilado que vive.
Y desde Operación Masacre nos dice por qué eso que hoy tantos simplifican, normalizan, demonizan, pudo convertirse en una fuerza política capaz de sacudir con violencia todo lo que sacudió.
 
Sobre héroes y traidores
¿Hay que pedirle al fusilado que vive que aclare, rinda cuentas, explique? ¿O alcanza con que señale a los culpables y escupa la mierda y sangre que tragó? Reduzcamos las opciones a estas dos, aun sabiendo que en casos en donde toda una sociedad se hundió en el lodo no hay salidas simples. Ana Longoni intenta adentrarse en este difícil territorio con un libro de título aún más difícil: Traiciones, la figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes de la represión. No es casual la aparición de este libro, ni que su autora pertenezca a la generación que más preguntas sin respuestas acumula sobre este tema. Habrá que festejar, entonces, que este libro demuestre que no hay en juego piezas de museo, sino carne que aún supura dolor y rencor.
El trabajo de Longoni es arriesgado, su forma de abordarlo, inquietante y sus conclusiones, ambiguas. Desde el prólogo pone el dedo en una llaga: menciona el caso de Julio López, el fusilado que vive y que desapareció luego de dar testimonio en el juicio a su asesino, el ex comisario Etchecolatz. Menciona las declaraciones de Hebe de Bonafini, cuando la fundadora de las Madres niega a López su identidad de “desaparecido” al no considerarlo un militante arquetípico. Entiende entonces Longoni que lejos de estar saldada, la discusión sobre la sospecha de traición que pesa sobre todo sobreviviente es aún una condena. Su libro intenta responder por qué.
A partir de allí, la autora recorre tres textos literarios: Recuerdo de la muerte, de Miguel Bonasso; El fin de la historia de Liliana Hecker, y Los compañeros de Rolo Diez. Todo autor es un rey que elige a sus súbditos. Y los que escogió Longoni tienen una estatura que le permite someterlos sin resistencia hasta alinearlos en fila para armar su conclusión. Quizá haya justicia en ese ordenamiento, pero es una justicia fácil.
Sostiene Longoni: “La traición no es un parámetro de descalificación o impugnación nuevo, pero es funcional a la concepción crecientemente militarista de la izquierda armada que obturó la posibilidad de comprender la política en términos que no estuvieran estrictamente dentro de esa lógica de guerra”.
Y tiene razón: una cosa es funcional para inferir sólo la otra.
Se mete luego con algo más inquietante: las mujeres militantes, secuestradas y vejadas por sus torturadores. El capítulo lleva por título “Las traidoras como putas” y la elección de estas palabras provoca a todas las que siguen después. Una vez más, los tres textos escogidos le facilitan el material para avanzar sobre un territorio minado en el que siembra preguntas que se responden solas. “¿La mujer militante, su sexualidad y sus sentimientos, son tomados como dominio o propiedad de la organización política? ¿Será por eso que no tienen derecho a entregarlos sin cometer traición?”
Longoni piensa bien cuando define el rol de los victimarios. “Los militares argentinos, de alguna manera, lo sabían. Quisieron hacer suyos a los hijos y a las mujeres de los vencidos. Se enfrentaron a fuerzas opositoras que integraban muchísimas mujeres. Las violaron, se ensañaron con ellas, pero también las admiraron y las desearon. Se apropiaron de su prole, borrándole la identidad.” Pero piensa poco cuando reflexiona sobre las víctimas. Y no tan solo sobre esas mujeres capturadas y vejadas, sino sobre todo aquello que en ese análisis debería ponerse en juego: esa generación de militantes, universitarias, obreras, profesionales, artistas, desobedientes y rebeldes que debieron soportar los mandatos del poder patriarcal, expresados en su organización tanto como en cada uno de los artefactos políticos de la época. Recordarlos nos permitiría reconocerlos en los movimientos sociales paridos en la última década por esa mayoría femenina que sigue poniendo el cuerpo y el silencio.
Sin embargo, esta generalización sobre el rol de las mujeres en la política es cuanto menos insuficiente para pensar a las sobrevivientes en tanto putas y en tanto traidoras. En realidad, para pensarlas desde cualquier otro lugar que no sea el de mujeres vejadas.
Sobre el final, Longoni enfrenta a la muerte. En temas como éstos no hay lugar para ironías, pero sólo para alegar la audacia de la autora recordemos que cualquier humano sabe que ésta es una batalla perdida de antemano. Quizá la mayor pretensión de Longoni sea entonces concluir poco sobre todo. Y su mayor logro es haberse atrevido a esa sensación de vacío intelectual, de quedarse sin piso racional para explicar lo que ya no se entiende. No encuentro mayor dimensión de la grieta que dejaron esas voces desaparecidas de los setenta que la imposibilidad de comprender hoy cómo gente como uno, como Longoni, como su seguro joven lector, creyó y actuó de acuerdo a la lógica de la violencia armada. ¿Por qué matar? Y lo que es peor, conociendo ya el resultado, ¿por qué morir?. Y, si aún queda aliento para otra pregunta, ¿cómo sobrevivir?
“Vivir. Vivir sin gloria” es la respuesta de Longoni. Vivir sin héroes “aunque sí con otras pequeñas cosas, deleites y dolores”. Así, este “aprendizaje alejado de la épica setentista” suena a resignación. A aceptación de lo que hay de mejor en lo peor, entendiendo como mejor esa operación política de la memoria que convirtió aquella “gloria” en mera retórica y como peor, su merchandising, destinado a traficarla en los escaparates (museo, escuela, universidad, etc.) que vejó la exitosa fuerza triunfante: el mercado.
 
Los cinco gritos
En Operación Masacre, Rodolfo Walsh abraza a los fusilados que viven. Los recoge del basural a donde los arrojaron la censura y la impunidad, ilumina ese agujero negro y amplifica las voces allí acribilladas. Construye así lo que debería ser un piso para abordar a los sobrevivientes. Y si ese piso resulta ahora demasiado alto no es porque Walsh sea excesivo, sino porque revela nuestras propias limitaciones.
Walsh lo hace, primero, como joven periodista que busca justicia. Cree en ella y golpea su puerta para llamar su atención. Sostiene Walsh en la introducción de la primera edición, de marzo de 1957:
 
“Suspicacias que preveo me obligan a declarar que no soy peronista, no le he sido ni tengo intención de serlo. (…) La mayoría de los periodistas y escritores llegamos, en la última década, a considerar al peronismo como un enemigo personal. Y con sobrada razón. Pero algo tendríamos que haber advertido: no se puede vencer a un enemigo sin antes comprenderlo. (…) La represión al peronismo, tal como ha sido encarada, no hace más que justificarlo a posteriori. Y esto no es sólo lamentable: es idiota”.
 
Lo hace, después, como un escritor que denuncia su época, golpeando con los puños el teclado y exigiendo no ya justicia, sino algo más importante: castigo social. Sostiene Walsh en el prólogo para la edición de julio 1957:
 
“Escribí este libro para que fuese publicado, para que actuara, no para que se incorporase al vasto número de las ensoñaciones de ideólogos. Investigué y relaté estos hechos tremendos para darlos a conocer en la forma más amplia, para que inspiren espanto, para que no puedan jamás volver a repetirse”.
 
Lo hace, por tercera vez, para confesar su desencanto. Sostiene Walsh en el epílogo de la segunda edición, en 1964:
 
“Cuando escribí esta historia, yo tenía treinta años. Hacía diez que estaba en el periodismo. De golpe me pareció comprender que todo lo que había hecho antes no tenía nada que ver con una cierta idea del periodismo que me había ido formando en todo ese tiempo, y que esto sí, – esa búsqueda a todo riesgo, ese testimonio de lo más escondido y doloroso, tenía que ver, encajaba en esa idea. Amparado en semejante ocurrencia, investigué y escribí enseguida otra historia oculta, la del Caso Satanowsky. Fue más ruidosa, pero el resultado fue el mismo: los muertos bien muertos, y los asesinos probados, pero sueltos. Entonces me pregunté si valía la pena, si lo que yo perseguía no era una quimera, si la sociedad en que uno vive necesita realmente enterarse de cosas como éstas. Aún no tengo respuesta. Se comprenderá, de todas maneras, que haya perdido algunas ilusiones, la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia, en todas esas palabras, y finalmente en lo que una vez fue mi oficio y ya no lo es”.
 
Lo hace, por cuarta vez, como una confesión pública de su inútil búsqueda. Sostiene Walsh en el epílogo a la tercera edición, en 1969:
 
“Era inútil en 1957 pedir justicia para las víctimas de la Operación Masacre, como resultó inútil en 1958 pedir que se castigara al general Cuaranta por el asesinato de Satanowsky. (…) Dentro del sistema, no hay justicia”.
 
Y lo hace, por último, como un grito de guerra, en el apéndice a la cuarta edición, escrita ya en 1972:
 
“En 1971 Jorge Cedrón decidió filmar Operación Masacre. La filmación se realizó en las condiciones de la clandestinidad que la dictadura de Lanusse impuso a la mayoría de las actividades políticas y a algunas actividades artísticas. (…) La película tiene un texto que no figura en el libro original. Lo incluyo en esta edición porque entiendo que completa el libro y le da su sentido último:
(Voz de Troxler, uno de los fusilados que vive) Volví de Bolivia, me metieron preso, conocí la picana eléctrica. Mentalmente regresé muchas veces a este lugar. Quería encontrar la respuesta a esa pregunta: qué significaba ser peronista. Qué significaba este odio, por qué nos mataban así. Tardamos mucho en comprenderlo, en darnos cuenta de que el peronismo era algo más permanente que un gobierno que puede ser derrotado, que un partido que puede ser proscripto. El peronismo era una clase, era la clase trabajadora, el eje de un movimiento de liberación que no puede ser derrotado. (…)
El peronismo probó todos los métodos para recuperar el poder, desde el pacto electoral hasta el golpe militar. El resultado fue siempre el mismo: explotación, entrega, represión. Así fuimos aprendiendo. (…)
Lo que nosotros habíamos improvisado en nuestra desesperación, otros aprendieron a organizarlo con rigor, a articularlo con las necesidades de la clase trabajadora, que en el silencio y el anonimato va forjando su organización independiente de traidores y burócratas, la larga guerra del pueblo
el largo camino
la larga marcha
hacia la Patria Socialista”.
 
Causa y afectos
Cada una de las ediciones de Operación Masacre funciona como una advertencia, como un anuncio de este proceso, de esta mutación de gorila a montonero que opera en Walsh al igual que en tantos otros como él, contaminando todas las lógicas ideológicas de la época. Quien quiera experimentar esa sensación puede viajar ahora mismo hasta los barrios de Caracas y recorrer esas villas abonadas con la miseria liberal. Observar las sonrisas, los pechos inflados, la ciega fe en el líder, la absoluta determinación a no entregarse y no entregarlo. Podrá comparar entonces esos gritos caribeños clamando dignidad con los gritos piqueteros que hace pocos años atravesaron el conubarno y llegaron a la Capital con capuchas y palos. Y notarán la diferencia entre la esperanza y la desesperanza. ¿Qué Chavez es Perón? De ninguna manera, pero es indudable que en los pobladores de los barrios de Caracas se puede oler ese aroma a movimiento profundamente popular que despierta ese odio de clase que alguna vez impregnó las calles de Santiago en tiempos de Salvador Allende (y así evitamos las simplificaciones meramente criollas). Porque las historias como éstas nunca comienzan en un campo de concentración, como sucede en el análisis de Longoni. Nacen en la rebeldía. Comenzar a contarlas desde el horror tiene la siniestra consecuencia de perpetuarlo, de rehusarse a hacer la propia tarea copiando los procedimientos judiciales.
Otra opción es escuchar al fusilado que vive en Operación Masacre. Afinar el oído y sentir cómo la sensibilidad de Walsh se estremece al escucharlo, se sacude, se indigna, se rebela (y aquí la b larga es clave), lo saca de su lugar y lo arroja al abismo. Walsh tuvo que moverse porque todo seguía en el mismo lugar, a pesar de su revelación. No transformó al mundo, pero su mundo quedó conmovido por ese encuentro con otro diferente, prohibido, excluido hasta ese momento de su sistema de pensamiento e intereses. Esa inteligencia sensible no está anclada en una facultad lógica, sino afectiva. (Es la inteligencia que le permitió a Walsh no sólo escribir sino leer las claves de su época. Desde descifrar qué hay detrás de la frase “hay un fusilado que vive” hasta escribir la carta que dirigió a la dirección de Montoneros para advertir que ya no, que así basta, que el final ya estaba escrito y solo había que aceptarlo, me apunta un amigo.) Una inteligencia capaz de comprender que solo con lo diverso se crea lo único.
Esa comunión selló el destino de una creación que se llamó Operación Masacre y que es libro, pero funciona como una llave que abre a un mundo perdido. La pregunta entonces es: ¿qué se perdió?
 
Cadena de optimismo
En Operación Masacre puede reconocerse, también, otra característica de esa generación desaparecida: su optimismo, su fe en el futuro, en ese nosotros que hoy sabemos derrotado. Walsh escribe como escribe porque da por supuesto a un lector que es digno de esa prosa, de su contenido y de su forma. Y no imagina que es uno, sino muchos. Ese mismo optimismo sostiene –tantos años después– su Cadena Informativa. No hay acto de fe más sobrecogedor que imaginar a Walsh tecleando con papel carbónico la leyenda con la que culminaba cada uno de los partes. Sostiene Walsh:
 
“Cadena Informativa es uno de los instrumentos que está creando el pueblo argentino para romper el bloqueo de la información. Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las están esperando. Millones quieren ser informados. El Terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad”.
 
Pregunta imposible: ¿seguiría hoy Walsh siendo optimista? Arriesgo mi respuesta: cuando busco la sensibilidad de Walsh encuentro, allá a lo lejos, a Juan Gelman. Cuando busco su optimismo, encuentro a los vecinos autoconvocados de Famatina, desafiando al gigante minero Barrick “Bush” Gold con un piquete porfiado, a casi dos mil metros de cordillerana altura.
Mientras tecleo estas líneas, mientras alguien las lee, siguen pasando las cosas que a Walsh tanto lo incomodaron. Regresemos entonces a la llaga que señala Longoni en la introducción de su libro: Julio López. Pensemos entonces el tiempo que ha pasado desde su desaparición, las cosas que hemos hecho, las que no hicimos. Analicemos cómo el reloj siguió corriendo y cómo el de Walsh funcionó distinto. Si al enfrentar al fusilado que vive, al escucharlo, al finalmente saber y entender, el reloj de Walsh comenzó a sintonizar otro tiempo, a construir otras lógicas, que no son mejores o peores que las actuales, sino diferentes, sin duda extremas, pero que no se parecen en nada a lo que hoy nos acostumbramos.
Sincronizar relojes de otras épocas no sólo es lamentable: es idiota.
Como apunta un amigo que acaba de leer estas líneas, sería como asimilar la desaparición de Julio López al plan sistemático que aplicó la dictadura. No me está diciendo que López no es un “desaparecido”, sino que se trata de una desaparición que nos obliga a pensar qué es un grupo de tareas hoy y cuáles son las dinámicas, los planos y horizontes de la represión y la lucha que nos toca enfrentar en éste, nuestro tiempo.
Quizás, entonces, lo que nos queda como asignatura pendiente es reconocer los delicados matices de las diferencias –entre ese ayer y este hoy, entre ese nosotros derrotado y este nosotros fragmentado–, para que la memoria de la impunidad no nos alimente la resignación, sino la creación, la rebeldía, el optimismo.

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