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¿Dónde queda la izquierda?

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Las elecciones demuestran que la política está en otra parte, y la izquierda también. En plena transformación, ¿dónde se genera el cambio social?, ¿cuáles son los nuevos desafíos? Compartimos estos interrogantes con quienes, desde la acción, nos ayudan a pensar qué significa ser de izquierda hoy.

El chico tiene 16, la chica 17, están en la puerta de un colegio. Sonríen ante la consulta, y contestan con una naturalidad asombrosa.
–Izquierda es una palabra que no me gusta. Es confusa –dice él acomodándose la mochila.
–Lo que yo sé bien es qué es la derecha. Y estoy en contra –agrega la chica de rulos.
Son dos ideas más claras que muchas de las que se encuentran en los 27 millones de páginas sobre la izquierda que los buscadores de Internet detectan en 0,13 segundos. O las que describen montañas de libros. Cada uno de esos textos puede resultar maravilloso, imbécil, fundamental o nulo –y será más estimulante buscar siempre los maravillosos– pero ahora choco con esas sonrisas a las que les respondo con palabras agudas, esdrújulas y, sobre todo, graves: revolución, organización, resistencia, compromiso…
–Ya sé, obvio. El asunto es: ¿qué significa todo eso en la práctica? –me dicen con una mirada demasiado limpia, y entran al colegio.

Un apellido para la izquierda
Un militante de uno de los más emblemáticos partidos de la izquierda argentina, que ha estado en contacto con cantidad de jóvenes sub 20 que pertenecen a movimientos como el de Cromañón, me dice: “Yo jamás les diría a estos chicos que entren a un partido político”. ¿Por qué? “Lo harían estallar. Un partido no soporta a jóvenes con pensamiento propio, críticos. Estos pibes son la rebeldía. ¿Para qué se van a meter en un partido que va a tratar de encorsetarlos?” No lo nombro por temor a que sea excomulgado de su organización (todo un síntoma del estado de las cosas). Me dice que ya no le sirve que alguien le diga que es de izquierda. “Se lo he escuchado a tanta gente que después hace todo lo contrario, que ahora prefiero no guiarme por lo que la gente supuestamente es, sino por lo que está haciendo”.
Si es así, me pregunto qué es lo que hace él mismo. Lo he visto siempre –siempre– en la calle, y eso que caminar no le resulta demasiado sencillo. Pero como por un milagro lo he visto correr, para proteger a esos chicos cuando han tenido rounds con la policía. “Ya aprendí a seguirlos, a ir detrás de ellos” me cuenta con una sonrisa, y me está diciendo demasiado. Lo he visto desolado frente a la esclerosis de su propio partido, al que no renuncia casi por modales, después de tanto tiempo, aunque sigue decidido a que su vida transcurra más por la calles que por los comités. Siguiendo a los chicos.
Raúl Godoy, militante del trostkista Partido de los Trabajadores Socialistas, les dice estas cosas a los jóvenes con los que habla: “Les explico que nos están matando, que con este sistema no tenemos futuro. Lo único que hay y va a seguir habiendo es guerra y explotación. Hay que cambiar la sociedad de raíz”. Raúl es trabajador de Zanón, la fábrica sin patrón de Neuquén que acaba de cumplir 6 años de autogestión obrera, y secretario del Sindicato Ceramista de la provincia. Cree que parte de la confusión referida a la izquierda es porque le hace falta un apellido. “Para mí todo se aclara si hablamos de clase, de izquierda clasista”. ¿Qué quiere decir eso en términos prácticos? “Que de todas las cosas que hay que redefinir, la primera es la voluntad de los marxistas de volver a la clase obrera como sujeto de la revolución”. Godoy va a las fuentes de la izquierda: la revolución sólo será posible a través de la toma del poder por parte de un partido o un frente que sea conducido por la clase trabajadora. Cree que demasiados teóricos dieron por muerto al proletariado con teorías como la del fin del trabajo, “mientras viajan en trenes manejados por trabajadores, hablan por teléfonos de empresas que funcionan por los trabajadores, y comen galletitas fabricadas también por obreros”. La cuestión se resolverá a través de la lucha de clases “y frente a eso te encontrás con las burocracias sindicales o el cáncer de la conciliación de clases expresada por el peronismo desde hace años, con Menem, Duhalde, Kirchner, Cristina, todos atravesados por esa idea. Y encima, hasta el discurso populista se acaba cuando van a Naciones Unidas o a la Bolsa de Wall Street a tocar la campanita”.

Milanesas y granos
Así habla Godoy. Pero, ¿qué es lo que hace? Lo conocí en el comedor de Zanón, y vino a servirnos milanesas con papas fritas a mí y a varios trabajadores de la fábrica (tal vez esto no le importe a nadie, pero he visto a tanto imbécil con ínfulas de ser servido, y he visto tanto lo que eso significa luego en términos prácticos, que aquella milanesa me quedó grabada). Pertenece al pts pero también a la asamblea de Zanón. Uno de los obreros me dijo: “Mirá, él hablará con su partido y después viene a la asamblea. Yo hablo con mi señora y después vengo a la asamblea. Y en la asamblea vemos entre todos qué decidimos”. Al menos queda planteado un estilo de relación que mucha gente de Neuquén le atribuye a Godoy más que al partido, aunque él diga que la cosa es al revés. Zanón y los ceramistas hacen trabajar la enorme fábrica, pero destinan siempre algún tiempo a que algunos de ellos estén en la calle. La administración Sobisch, los crímenes como los de Fuentealba, las luchas docentes y de tantos sectores de la sociedad neuquina son una fuente de movilización perpetua, de la que ha surgido la Coordinadora del Alto Valle. ¿Qué representa Zanón misma? Godoy: “La fábrica es un granito de muestra de que sin patrón los trabajadores podemos producir”. Tal vez se podría pensar que cada fábrica sin patrón, cada una de las empresas recuperadas, es una pequeña revolución donde los trabajadores, en la práctica, se hicieron cargo de la producción, mientras toman decisiones en asamblea. Particularmente en Zanón empalman eso con la salida hacia la comunidad con sus trabajos para escuelas y hospitales, y hacia la calle frente a cada conflicto.

De las armas a dos ideas
«Yo veo dos cosas a tener en cuenta para pensar en un concepto nuevo de izquierda. En lo económico, las fábricas recuperadas. Y en lo político, experiencias como Gualeguaychú” dice Luis Mattini tomando un café en la confitería Ideal.
Fue uno de los inspiradores y conductores del Partido Revolucionario de los Trabajadores (prt) y de su rama armada, el Ejército Revolucionario del Pueblo (erp). En realidad se llama Arnold Kremer, pero es infinitamente más conocido por su viejo nombre de guerra (Luis por admiración a Beethoven, Mattini como versión italianizada del apodo que le pusieron de tanto tomar mate). No se puede negar que en términos de pensar la toma del poder y una revolución, él y sus compañeros fueron al menos explícitos: partido y lucha armada. No reniega de nada de lo hecho, aunque no le esquiva a criticarlo a fondo. Pero cree que cambiaron la época y el mundo, y aquellos instrumentos, pero sobre todo aquellos modos de pensar, quedaron para el museo.
Mattini postula que todos los intentos de enfrentar al capitalismo son rescatables, que Marx sigue siendo imbatible en su análisis del sistema económico, que está más vigente que nunca el fetichismo de la mercancía (la sociedad dominada por el mercado, como pueden confirmarlo entre otros los que miran televisión).
Pero ya no espera que la revolución venga de la idea de un partido que lucha por el poder (ni electoral ni militarmente), lo consigue, y luego realiza una transformación radical de la sociedad. Para Luis, con la caída de los países comunistas esa historia está enterrada. “Creo que hay que mirar a los movimientos sociales más que a los partidos para tratar de entender ahí qué es lo que hay de transformador y revolucionario”. Según esta percepción, en esas experiencias está la clave de transformaciones que finalmente derivarán en un cambio de las formas de poder, aunque nadie sabe bien cuándo ni en qué términos. Lo nuevo está constituido por formas más libres y horizontales de organización (frente a las verticales y más encuadradas de los partidos políticos), más asamblearias y abiertas, menos doctrinarias, pero también más inciertas (confesiones de primavera: eso de tener un pensamiento libre, crítico y creativo sobre la propia vida y el mundo es mucho más fácil de proponer que de ejercitar. Un buen dogma suele cumplir funciones ansiolíticas).
Se trataría entonces de lo siguiente: más que pensar en la revolución como un artefacto futuro a partir del cual se cambiará el mundo, tomar el presente como el momento de las transformaciones de los modos de relación entre las personas, que pueden ir experimentándose ya, y que acaso tengan el adn de una transformación de la sociedad.

Economía y política
Entonces, ¿qué es lo que hay que mirar para entender por dónde puede pasar un proceso transformador? Luis postula las fábricas recuperadas y Gualeguaychú. ¿Por qué? “En un caso el tema es económico. Yo creo que una ruptura con el capitalismo es la de la explotación salarial. Las sociedades socialistas se pensaron al revés, asalariando a todo el mundo con un gran patrón que era el Estado. No sé cómo puede ser esto en términos prácticos, pero al menos las fábricas sin patrón son una fuente para experimentar otros modos de relación, algunas tienen sistemas salariales clásicos, pero en otras hay que investigar cómo funciona el concepto de ingreso, de ganancia, de un modo que en algunos casos, no en todos, me parece más cercano al comunismo que al capitalismo. Lo digo porque en algunos casos se da aquello de a cada cual según su necesidad que había planteado Marx. Lo que digo es que al menos son experiencias donde estudiar cómo funcionan o no estas hipótesis”. Lo llamativo es que la mayoría de los trabajadores de estas fábricas no se reconocen como izquierdistas, marxistas ni mucho menos, aunque llevaron adelante luchas de una radicalidad tremenda para evitar la desocupación. Otra vez, conviene mirar lo que se hace, más que lo que se dice.
¿Y Gualeguaychú? “Eso lo veo como cuestión política. Tampoco digo que sea la Revolución Rusa pero, ¿cómo una población logra condicionar la política exterior de dos países? ¿Cómo se organizaron? Yo puedo meter en la bolsa los errores del gobierno, la cooptación de figuras o lo que sea, pero ahí me parece que hay mecanismos de relaciones totalmente novedosos. La asamblea, la democracia más directa, la falta de dirigentes” (o al revés, como todos son de algún modo dirigentes y participantes, no hacen falta caudillos).
Gualeguaychú refleja además toda una crisis del sistema representativo, si se sigue este razonamiento. “Cuando se lee el artículo 22 de la Constitución, eso de que el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de los representantes… esa expresión es clave. En el parlamento, el club, el sindicato, el partido de izquierda, el representante va en representación de los representados, pero decide por las suyas. El sistema representativo, entonces, anula la democracia, y la opinión sobre los representantes aparece apenas uno charla con cualquiera por la calle”. Gualeguaychú sería entonces un ensayo de algo distinto. “Claro, ver de qué nuevos modos se puede organizar la gente, con toda una movilización social, asambleas abiertas, pluralidad y una legitimidad que no existe en la política partidaria. Para mí lo social –Gualeguaychú– puede ser más político que lo político: Cristina, Carrió, la izquierda y demás”.
¿Qué hace Mattini? Es empleado, escritor, y autor de ensayos como Los perros, sobre la vida cotidiana de la guerrilla de los 70, y El encantamiento político sobre las encrucijadas del presente. Le gustan los tangos que pasan en la Ideal.

El Talmud en el subte
El tema es que hay que bañar a Ciro. Se programó una conferencia de prensa a las 7 de la tarde de los delegados de subterráneos en el Hotel Bauen. Están los canales de televisión, las radios, hay clima de reivindicación y pelea contra la empresa Metrovías, cuya oficina de Recursos Humanos cataloga a los trabajadores poco dóciles como “terroristas” (mu número 5). Los delegados forman una de las organizaciones sindicales más jugadas y exitosas: ya tienen los salarios más altos del país. Roberto Beto Pianelli sabe que la conferencia, o al menos su participación en ella, debe terminar a tiempo para estar a las 8 de la noche en su casa y bañar y darle de comer a su hijo Ciro, de un año, mientras su compañera va a estudiar periodismo. Pianelli forma parte de uno de los partidos más poblados del siglo xxi: el de ex militantes de organizaciones políticas. “Somos muchos los troscos que nos fuimos del mas (Movimiento al Socialismo) en los 90” me cuenta en el baño, mientras Ciro chapotea con muñecos de plástico. “Yo me tuve que replantear todo, porque venía de la izquierda que se agarra de los elementos dogmáticos. El gran problema es que abandonamos el Talmud (libro sagrado judío) y cada uno se pelea por ver quién quedó como el dueño. Después uno dice: hay que defender principios. ¿Pero cuáles son los principios? ¿Estarán bien? Algunos sí: no ser delator, no venderse”.
Le digo que ésa es casi una cuestión de modales, Pianelli se ríe y Ciro nos salpica. “El asunto es que cuando te metés en el movimiento real, te das cuenta de que los dogmas no existen, volvés a percibir el sentido común, el contacto con seres humanos normales, y aprendés a escuchar lo que te dicen para modificar las cosas”.
No se trata, ni lejos, de una posición desideologizada. “Lo esencial es vencer a la clase enemiga que utiliza cualquier herramienta para seguir explotando y reventando a millones de personas llevándolas a la guerra y al hambre” dice, pero a la vez cree que “el gran problema para un ideario socialista es romper con los dogmas. Creerse que estamos en 1917 es una estupidez. Si no das respuestas al presente, te morís”. Y en ese punto, en esa salida al mundo real, Pianelli cuenta que descubrió algo que no había percibido en lo que llama “la secta” (la militancia partidaria): “Plantear que la burocracia sindical es una losa que tienen que quebrar los trabajadores que tienen que tomar el poder, hacer la revolución y cambiar el sistema es una idiotez absoluta. Si vas a elecciones libres te ganan los burócratas. El problema es otro, el problema es que hoy los trabajadores no quieren cambiar el sistema”.
Para colmo, Pianelli tampoco digiere la idea del “determinismo histórico” (que durante todo el siglo xx compartieron la izquierda y la derecha) según la cual inexorablemente uno de estos días se producirá la revolución. “No papá: eso ya fue revisado, podés ir a la revolución o a una barbarie total. No hay nada que te indique ninguna cosa inexorable”. ¿Y qué significa todo esto en términos prácticos, cuando se conduce un gremio del núcleo combativo? “Que tenés que aprender a escuchar, a hablar con la gente. Hablar del tiempo libre, de la cultura, de estar con la familia, de disfrutar, es absolutamente revolucionario en una sociedad que te quiere hacer laburar 14 horas por día”. Ciro patalea divertido sobre la cama mientras Pianelli lo seca.
El cuerpo de delegados tiene un mecanismo asambleario y democrático de toma de decisiones. ¿Eso es izquierda? Pianelli admite la posibilidad, pero no vende buzones. “Yo me he replanteado el problema de la democracia en los sindicatos. No nos engañemos”. Ejemplo: entre las famosas conquistas de los trabajadores hace 60 años, figuraba la jornada de ocho horas. “Si hacés cumplir eso, es revolucionario. Pero si lo sometés a votación, capaz que te sale en contra por el miedo de la gente a perder el trabajo”. Me confiesa que si la pelea por los guardas que dieron en el subte hubiese sido sometida a votación, habrían perdido 9 a 1. “Entonces el terror patronal se puede terminar imponiendo por métodos democráticos. Hay gremios donde con la formalidad democrática hicieron desastres”. Me cuenta el caso del smata, donde los sindicalistas aparecían diciendo “quieren echar a 1.000 compañeros pero hemos luchado para que les paguen el 40% de indemnización y queden como reserva de puestos de trabajo”. La votación terminaba siendo por esta moción, y no por la de rechazar los despidos. “Yo creo que la democracia es un instrumento, pero no para aceptar cualquier cosa”.
Pero entonces, ¿dónde está la izquierda? Ya en la cocina, Pianelli mira de reojo el noticiero, mientras prepara una hamburguesa para Ciro: “La actitud de izquierda para mí es saber que si uno piensa en Marx, estás hablando de un movimiento político social, no de una ciencia. No es un partido. Es mirar el antagonismo social y tratar de tener una actitud modificadora para ver qué se puede hacer para cambiar esa relación social existente en el régimen capitalista”.

Átomos y mundos ficticios
Ya se sabe qué significa para Mattini la cuestión del sistema representativo. “Lo que pasa es que por una serie de cuestiones burocráticas me quedó la ciudadanía sueca, y te confieso que no he hecho nada por quedar habilitado para votar” cuenta. Nada de lo que pase el 28 de octubre parece sacudirlo demasiado. “No soy sólo yo, se nota una enorme falta de interés” dice. Da para pensar algo que decían las chicas que se reunieron con Osvaldo Bayer (y que se puede leer en la nota que está al lado): la sensación de la votación como obligación más que como elección. Para colmo la idea del voto útil del que quisiera votar por la izquierda, estalla contra la cantidad de opciones que aparecen. ¿Por qué pasa eso? Pianelli (que va a votar por algún partido de izquierda, pero no anda con un espíritu apasionado al respecto) cree que el origen de estas fragmentaciones es “el mundo ficticio de los militantes”. En cambio Raúl Godoy cree que es un reflejo de la “atomización de la clase obrera”.
Pianelli: “Si yo soy dogmático, la realidad es hostil porque las cosas no se amoldan exactamente a lo que yo quiero. El militante se mete en su mundo ficticio, en la secta donde está cómodo. Claro, en una asamblea se topa con gente normal, con prejuicios, que le discute. Pero los del partido son todos bárbaros, progresistas, marvillosos, empiezan a tener parejas entre ellos, amigos, y todo gira en el grupo”. El siguiente problema, describe Pianelli, se nota en muchas situaciones: “La secta esconde la desconfianza en los demás actores sociales, y sólo confía en sí misma, por eso se fragmenta todo. Una vez escuché que un tipo trotskista decía: ´si el mas (que también es trosco) llega al poder, me suicido´. Yo pensé: este tipo no quiere una sociedad mejor, sino tener razón en la interna. Este no sirve para nada”.
Godoy, y lo electoral: “Para mí la fragmentación es reflejo de la atomización en la clase obrera, en los sindicatos y hasta en los movimientos de desocupados. Así no puede haber un movimiento clasista rozagante”. Defiende además a los partidos de izquierda: “Creo que hay que valorarlos de forma más abierta, sin prejuicios, porque son una herramienta fundamental. Que haya gente que se agrupe para grandes ideas y proyectos es lo que falta. Si no, el que se vayan todos termina en que se quedan todos los monstruos. También es cierto que la izquierda ha sido perseguida, asesinada, golpeada, y muchas veces todo eso hace surgir rasgos sectarios. Pero la norma en el sistema es la represión, y muchas veces sin querer se reproduce eso, y a mucha gente le jode más un tipo de izquierda que uno de derecha”. Hay zonas de la izquierda a las que califica como “oportunistas”. “Ponen una colateral piquetera, manejan planes sociales. Se adaptan y no hay una voluntad de ir a la clase”. Para Godoy, al margen de todo esto, la peor opción es no participar en lo electoral: “Si no votás terminás soportando gobiernos que siguen siendo totalmente poderosos, no les minimizás el poder. En Estados Unidos vota el 40% de la gente y no tienen para nada el poder disminuido”. ¿Y cómo se para en esta dicotomía que parece surgir entre los partidos como estructura, y los movimientos sociales? Godoy: “Ya en el año 2001 nos sentíamos parte de los movimientos antiglobales. Si no existiera eso, no duraríamos mucho tiempo. Zanón duró porque hubo un 2001, asambleas, movimientos sociales. Si no, olvidate. Lo que discutimos es cómo organizar la sociedad con los trabajadores manejando los medios de producción, pero con todo el pueblo”.

Buscando la vuelta
Esteban es uno de los estudiantes del colegio Mariano Acosta, la escuela que ha pasado los últimos años en conflicto en el cual toda la comunidad educativa dio batalla para que los chicos puedan tener clases, mientras el edificio amenazaba derrumbarse y las obras de refacción se transformaban en obras de corrupción. Me dice: “Algo no encaja. Tenés 20 partidos de izquierda y se matan entre ellos”. Me comenta que, para explicar lo que piensa, prefiere no dar definiciones sino descripciones: “Nosotros tenemos un Centro de Estudiantes que es una forma distinta de hacer política, aunque no hacemos política de los partidos, ¿no? Nos reunimos entre todos, no hay presidente ni jerarquías ni jefes, y todos los estudiantes son parte del centro. Tenemos delegados de los cursos, y todo se resuelve en asambleas por cursos, o de todo el colegio”. ¿Y los partidos? “Está bueno tener algunos militantes porque pueden traer información que no conocés. El tema es para qué lo hacen. Si para que no se nos caigan los techos encima, o para ganar ellos dos militantes más. Pero bueno, ya nos conocemos”. ¿Por qué hicieron un centro horizontal en lugar de uno vertical? “Porque no queremos copiar los errores de la sociedad” me dice muy serio, y me lee un fundamento del centro: “Si queremos cambiar nuestra realidad no podemos imitar la organización de quienes la quieren mantener”.
Más allá de las palabras, ¿qué hacen? “Y… este año hicimos cortes de calle, rodeamos la escuela, reuniones con todos los funcionarios todo el tiempo, más de 30 marchas. Si no salíamos a la calle a pelear, nos cocinaban. Al final recuperamos el edificio”. De tanta experiencia ha extraído algunas impresiones. “Esto que hay en el país no es una democracia. Es una especie de democracia. Democracia es que todos decidan y participen. Nosotros lo podemos hacer porque la escuela es un lugar chico. Pero en un país no sé cómo se hace. Capaz que hay que buscarle la vuelta”.

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