La escena del crimen

Mar del Plata después de Lucía. El femicidio de Lucía Pérez, 16 años, marcó a la ciudad en el mapa de la violencia contra las mujeres. Desocupación, narcotráfico y la policía bonaerense forman parte del paisaje de la crueldad. Qué ilumina esta impune oscuridad. Por Sergio Ciancaglini.

La pregunta golpea como las ráfagas de 80 kilómetros por hora de viento marplatense que van maltratando a la gente por la calle:

¿Por qué ocurre este infierno? Palizas que desfiguran y rompen cuerpos, huesos y miradas. Violaciones de mujeres como actos de una cacería. Torturas y asesinatos que sería mejor no poder imaginar. Abusos innombrables.

Lo único real es el crimen y no la explicación de lo inexplicable, pero la pregunta sigue ahí, como una maldición.

Quienes la escuchan son víctimas que han sufrido esas palizas, violaciones, o el asesinato de su niña. Buscan la respuesta en el techo o en sus manos.

Todas estas personas, sin conocerse, sin haber hablado entre ellas, respondieron usando un mismo concepto inesperado, una misma imagen: la oscuridad.

Para comprender el significado de esa respuesta conviene conocer antes sus historias, que son la herida de una época.

Y la crónica de un infierno.

Mar del Plata está hecha de bahías, pliegues, curvas, olas y lomas, como los poetas y los amantes suelen imaginar al cuerpo de las mujeres. La ciudad juega con quienes la recorren. El mar es una maravilla que puede estar a la derecha y a la izquierda al mismo tiempo. Al norte y al sur. Las calles rectas pueden llevarnos a destinos oblicuos. Ni la voz robótica del GPS sabe qué caminos elegir, o elige mal. La luz es un poco mágica, tal vez por el sol y el aire. O por el mar, el lugar en el que los estudiosos afirman que comenzó la vida. Como toda vida, Mar del Plata también está hecha de muerte.

No hace falta conocer el número de la casa de la familia Pérez, porque al llegar se ve un patrullero instalado allí desde que hubo amenazas. Dos mujeres de la Policía Local tocan el timbre para que Marta y Guillermo abran la puerta.

El día de Lucía

Marta Montero es enfermera de un geriátrico, Guillermo Pérez es chapista. No está Matías, el hijo mayor, 19 años. Hay cuatro perros y seis gatos. Dos conejos en jaulas. “Nos gusta cuidarlos” cuenta Marta mientras prepara unos mates. El gato de Lucía es Monono, y Gema es la ovejero alemán que le regalaron cuando cumplió 15 años. “Ella quería estudiar Biología o Veterinaria”.

Tenía 16 años.

Gema gruñe y ladra si alguien se acerca al cuarto de Lucía. Y la busca por la casa.

“Le gustaba pintar y dibujar, armarse pulseritas, bijou, hizo un curso de uñas esculpidas y uno de Telefónica en el colegio para el primer empleo. No era la abanderada en la escuela, pero tampoco el último orejón” informa Marta.

“Miraba Los Simpson, andaba con la compu, no era de mucho salir, menos de noche, tenía los revires que hemos tenido todos a esa edad; cuando yo me iba me decía ‘pá, no te olvides de mí’, para que le trajera caramelos” cuenta Guillermo.

Marta habla de algo que ocurrió hace muy pocos días, o una eternidad: “El 8 de octubre era sábado, estaba horrible. Le dije a la nena ‘quedate que está feo’. Me dice ‘bueno, quedate tranquila’. Le dejé plata, se iba a encontrar con unas amigas: 100 pesos. Me fui al geriátrico a las 5 y cuarto de la mañana, me llevó Guillermo”.

Guillermo Pérez compró el auto, un Corsa, hace cinco años “para poder llevar a los chicos; al taller siempre fui y volví en bicicleta los 9 kilómetros”. Acercó a Marta al trabajo, y volvió a la casa que fueron haciendo durante los últimos 20 años moneda a moneda, empezando por el garaje que usaban de dormitorio. “Para salir adelante en la vida hay que tener garra” describe Guillermo, y vuelve al aquel día: “Ella sentada acá, con la compu, y me cebaba unos mates. A eso de las 9 y media me fui al taller”. Lucía se quedó sola.   

Marta volvió del trabajo a las 3 de la tarde. La sorprendió ver la notebook de Lucía abierta y encendida. Los animales no estaban en el patio sino adentro. “Llegó mi hijo Matías que estaba haciendo un reparto de agua. ‘¿Sabés algo de Lucía?’ le digo.

No sabía.

Le mandó un whatsapp y ahí decía que la última conexión era a las 10 de la mañana”. Marta llamaba y saltaba el contestador. “Algo me sonaba en el cuerpo, algo pasaba”. Trató de dormir una siesta.

No pudo.

El teléfono pegado a la mano y a la ansiedad.

Llamaba.

Nada.

Guillermo: “Matías vino al taller. De golpe lo llamaron y se fue corriendo”. Marta: “A mi marido no le dijo nada porque tiene problemas de corazón. A Matías lo había llamado una amiga diciéndole que la policía lo buscaba porque Lucía había tenido un accidente”. Matías pasó a buscar a su madre. Curiosamente, los citaban en la comisaría del barrio Alfar.

Allí, ante el asombro de Marta, el comisario pronunció siete palabras absurdas: “Lo lamento señora, su hija ha fallecido”.

A Marta se le vuelven a abrir los ojos de desesperación: “Yo no entendía, me dijeron que la habían dejado en la sala de salud de Playa Serena, ya fallecida. Les pregunté si habían dejado ir a los que la llevaron. Me dijeron que sí, porque mi hija había muerto de una sobredosis. Como que era un problema de ella. Yo los miraba. Me estaban diciendo algo imposible”.

Matías Farías, 23 años, y Juan Pablo Offidani, 41, habían llevado a Lucía a la sala, explicando que había fallecido por una sobredosis.   

El corazón de Guillermo tuvo que enterarse un poco más tarde. “Nos destruyó. Es algo que no se puede entender. Es algo que no se puede pensar” dice, y le rasca la cabeza a Gema que nos mira extrañada porque hemos quedado todos en absoluto silencio. 

El crimen

El abismo recién comenzaba. El domingo 9 apresaron a Farías y Offidani en una Fiat Strada gris de patente inolvidable -KGB789- donde se encontraron 38 gramos de cocaína y 250 de marihuana.

La fiscal María Isabel Sánchez llamó a una conferencia de prensa el 12 de octubre para informar lo ocurrido. “Nos preguntó si aceptábamos que contara todos los detalles, y le dijimos que sí”, explica Marta.

Explicó la fiscal que Lucía no era consumidora habitual como se había pensado en la sala de salud, que fue voluntariamente a la casa de la calle Racedo 4825 en el barrio Alfar, para encontrarse con Farías y Offidani. Los había conocido el día anterior, cerca de su Escuela Nº 3, a través de una de sus compañeras. Les había comprado “un porro” y había comenzado una “relación medio de amor, o sentimental”, dijo la fiscal, con Farías. Pero el sábado, en esa casa del barrio Alfar, la niña “fue presa de la voluntad de los autores del hecho”.

Informó que “se encontraron cucharas con las que se calentó cocaína, y marihuana, y objetos que pueden haber sido usados para el sometimiento sexual de la niña”.

Detalló: “El abuso fue por vía vaginal y por vía anal. La violación no fue únicamente perpetrada por miembro viril masculino por lo cual la niña en principio habría muerto por lo que se llama un reflejo vagal. La muerte se produce justamente por el acceso violento con un objeto romo por vía anal, y el reflejo vagal es provocado por un excesivo dolor que provoca un paro cardíaco”, según el informe de la forense Claudia Carrizo.

La nariz estaba morada y quemada por la inhalación de droga. El cuerpo había sido prolijamente lavado y vestido para simular la teoría de la sobredosis, y no presentaba ningún signo de defensa: estaba inconsciente cuando hicieron lo que hicieron.

La causa fue caratulada abuso sexual seguido de muerte.

Matías Farías mide 1,60, pesa 60 kilos, y parece haber funcionado como la llave para acercarse a jóvenes de escuelas. Juan Pablo Offidani, con antecedentes de adicciones, es hijo del escribano marplatense Eduardo Offidani. Su primer defensor fue Cristian Prada, Director General del programa de Control y Supervisión de los Servicios de Seguridad Privada del municipio marplatense. El intendente PRO, Carlos Arroyo, que ha coleccionado algunos papelones en su gestión, debió echarlo mientras la familia optaba por despegarse del vástago. Hubo un tercer detenido, Eduardo Maciel, 61 años: además de ser acusado por ayudar al lavado del cuerpo muerto (encubrimiento agravado) era acompañante terapéutico de Offidani.    

Los Pérez no tienen acompañante terapéutico. “Tenemos amigos que están acá apenas los llamamos. Y toda la gente que se está moviendo en las marchas, que vienen, te saludan, te dan un beso, un abrazo. Eso te da ganas de vivir. Uno se tiraría en la cama para no levantarse más. Pero yo sé que Lucía se enojaría si nos viera así”.

Marta calla, mirando el retrato con uniforme de enfermera que le hizo su hija. Guillermo se mira las manos: “No puedo entender qué son las personas que le hicieron esto a mi hija. No son locos. Son otra cosa: son gente oscura”.

Dólares y Tetris

Mar del Plata es bella e intensa, pero no es tan obvio que sea una ciudad feliz. Poco después de la conferencia de la fiscal, una pareja fue a tomar posesión de la casa que habían comprado en Falucho y Grecia, y encontraron allí el cadáver de una mujer que había sido ahorcada con un cinturón. Se le adjudicó el crimen a su pareja, de 61 años, que huyó con los 35.000 dólares de la operación. No se supo más.

Dos días después falleció Yazmín Milagros, de 11 meses, víctima de maltratos y abuso sexual por parte de sus padres, Lucía Sosa y Héctor Picart, tema también atravesado por las drogas. La madrina de la beba, enterada de su muerte, fue a ver a su comadre: “Pensé que estaría abatida pero estaba tranquila, jugando al Tetris”.

Los casos potenciaron las noticias sobre lo ocurrido con Lucía, y el 19 de octubre se organizó el primer Paro Nacional de Mujeres acompañado por movilizaciones masivas en todo el país. “Eso fue un alivio, la idea de que no estamos solos” dice Marta.

Matías Pérez había publicado una carta contando cómo el día del crimen había podido ver el cuerpo de Lucía: “Estaba en una camilla, con los ojitos entreabiertos, como acostumbraba a dormir”. Llamaba a salir a las calles: “Para gritar todos juntos, ahora más que nunca: Ni una menos. Solo así  evitaremos que maten a miles de Lucías más. Y solo así podremos cerrar sus ojos, para verla descansar en paz”.

En la carta revelaba que la familia había sufrido amenazas. Guillermo: “Estaba hablando con una mujer de los derechos humanos en la vereda. Pasó una moto con dos tipos, con casco. El de adelante me gritó: ‘Negro de mierda, te vamos a meter un tiro’. Le dije a la mujer que fuera conmigo a hacer la denuncia, me dijo que sí, pero no apareció. Los derechos humanos nos dejaron tirados”. ¿Quién era la mujer? “Virginia Sosa, sale en los medios de vez en cuando”. La señora Sosa, alias La Rusa, es en realidad una ex sargento de la policía bonaerense que ronda los actos de Cambiemos. Casualmente estaba allí cuando ocurrió la amenaza, que no denunció.

Mundo narco

El crimen de Lucía mostró el paisaje que todos ven en Mar del Plata: el mundo narco. Marta: “Estamos en el consumo total. Hay más kioscos de venta de droga que de carga de tarjetas para el colectivo. Hay delivery. Esta gente ronda los colegios, como dijo la fiscal, y vende droga a los chicos”. María Marta Iacoi, abogada voluntaria de la familia a través del Centro de Atención a la Víctima, plantea: “Lucía fue captada, como una presa”.

Guillermo suma matices: “Los pibes son rebeldes, y también inocentes. Es todo junto. Los adultos somos los que tenemos que cuidarlos”. Su esposa crispa el puño: “En los colegios hacen la vista gorda. Se lo dije a una inspectora en una de las marchas por Lucía. Si veo algo mal y no hago nada, soy cómplice”.

José Dicciano es el director de la Escuela Secundaria Nº 3 a la que iba Lucía. “Estamos procesando todo esto, haciendo charlas, talleres con los equipos psicológicos”.

¿Hay venta de droga en la puerta de las escuelas?

“Pasa en todos lados, las escuelas, los clubes, los boliches. Acá no nos consta, pero en una avenida como esta (Juan B. Justo al 700) si hay captación es afuera. Es lo que se ve en los noticieros. Dicen que la camioneta de lo de Lucía daba vueltas por acá. Si la veíamos hubiésemos sido los primeros en denunciarlo. Imagínese: tengo a mi hija acá, casi de la edad de Lucía. Pero el control de las calles es para otra fuerza”.

Economía de mercado

Fernando Telpuk es el jefe y organizador de la Policía de Prevención Local de Mar del Plata. Fue máxima autoridad de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), encargado de investigar y esposar al ex jefe de la policía de Santa Fe, Hugo Tognoli, por su complicidad con el narcotráfico. Fue recomendado para la Policía Local marplatense por su ex jefe en la PSA, Marcelo Sain, y el especialista en temas de seguridad, Alberto Binder. Asumió en 2015. Los vecinos pudieron analizar sus antecedentes y hubo votación unánime del Concejo Deliberante. Comenzó con un intendente kirchnerista, Gustavo Pulti, y continúa con el macrista Arroyo. 

“Mar del Plata está atravesada por muchos puntos minoristas de venta de droga. Como la justicia federal trabaja con grandes organizaciones, al que tiene menos de 5 gramos de cocaína ni se le inicia una causa, solo se le secuestra la sustancia. Y capaz que está vendiendo. Y al día siguiente está con otros 5 gramos. Con un kilo de cocaína, tenés 100 puntos de venta. Entonces habría que pensar otro tipo de pena, que por ahí no sea el encierro, pero sí conductas de reparación social. No puede ser que no pase nada”.

Según los intercambios telefónicos de Farías y Offidani, los 25 gramos de marihuana se ofrecían a los chicos a 500 pesos. El gramo de cocaína se vende a 100, aunque hay una variante cortada, a 50.

Telpuk considera que un nivel de criminalidad tiene que ver con la exclusión. Según el Indec, Mar del Plata es una de las ciudades con mayor desocupación del país: 11,6%. La CGT local asegura que la cifra real asciende al 19%.

Otra cuestión, apuntando a la Policía Bonaerense: “Mar del Plata no es insegura por la delincuencia, sino por la policía que sigue siendo funcional al delito. Las zonas supuestamente impenetrables son funcionales a la recaudación de los comisarios. Han cambiado 6 ó 7 jefes departamentales en los últimos dos años, pero ni un jefe de calle, para mantener la estructura recaudatoria. Hubo un operativo de fuerzas federales en Luro e Independencia contra los arbolitos. Secuestraron más de un millón de dólares en un rato, a media cuadra de la Comisaría 1º. Yo sería un tipo feliz si sacaran a toda esa policía. Toda. Nos quedamos con un número menor de policías locales nuevos. Y a los que sacaste, vos como Estado los podés controlar. No es tan difícil”.

La Policía Local tiene 880 integrantes, contra unos 2.700 de la Bonaerense: “Nosotros vamos a hacer nuestro trabajo. Habrá intereses afectados, pero no nos podemos mover de acuerdo a esos temores. Hay que recuperar el Estado de Derecho”.

Leandro Favaro, titular de la Fiscalía de Estupefacientes, aclara que la poca cantidad de sustancia (50 gramos de marihuana, 5 de cocaína) vale para el consumo personal, pero no para los dealers. “Si vendés 10 gramos de marihuana vas preso igual. Lo que ocurre es que no hay posibilidad de que funcione la venta de estupefacientes sin conocimiento de la policía bonaerense. Haber puesto en la calle en la provincia 30.000 policías más durante la etapa anterior (Scioli) fue la peor decisión, en lugar de haber formado la Policía Judicial prevista en la Constitución. Hay que diversificar a la policía, quitarle poder de discrecionalidad”. 

Favaro relata que en teléfonos secuestrados a transas aparece el hartazgo ante la irrupción de los pitufos, los policías locales de uniforme azul: “Empiezan a molestar en la estructura delictiva”.

Favaro instruyó en un comienzo la causa de Lucía: “Sobre la droga cerca de los colegios no hay denuncias muy concretas. Más allá del caso de Lucía, no creo que sea algo sistematizado con punteros en la esquina. Más bien la lógica sería reclutar pibes y pibas de la escuela para que hagan el trabajo. Claramente hay una clientela de menores de edad. Oferta y demanda. En lo de Lucía, una de sus amigas se quedó sin puntero para comprarle y le pasaron el teléfono de Farías. Ahí empezó todo”.

Va quedando diseñada otra ciudad.

Un sistema hecho de silencio, impunidad, manipulación policial y política, vista gorda, crisis, desempleo, miles de micropuntos de venta de droga que además funciona como un modo de control social, y una cultura de la que participan la oferta y la demanda: una dinámica a la vez económica, social, en un contexto patriarcal. En ese sisterma ya se sabe quiénes pierden.

La violencia en datos

La oscuridad del crimen de Lucía ilumina algo del universo narco, delictivo y de la mercantilización de menores, pero es a la vez un caso de violencia contra las mujeres, tema en el que Mar del Plata ha escrito su propia historia.

El Centro de Apoyo a la Mujer Maltratada (CAMM) es una entidad pionera en estas desgracias, creada cuando todavía no se usaba la palabra femicidio: el asesinato de Alicia Muñiz, cometido por el ex boxeador Monzón, en 1988.

“Y en los 90 empezamos a salir a la calle reclamando por los crímenes contra prostitutas, pero no éramos más de 50”, cuenta Alba Salinas. Se adjudicó aquellos femicidios a un asesino serial, el Loco de la Ruta, que descuartizaba mujeres. Con el cambio de siglo apareció otro asesino serial, el Estrangulador de Camet. Entre ambos cometieron entre 12 y 20 homicidios.

En realidad, ninguno de esos asesinos existió: el tiempo y los juicios demostraron que fueron inventos de grupos de la Policía Bonaerense que ajustaban, mediante esos crímenes, su control sobre zonas delictivas. Los medios comerciales habían seguido la farsa, con historias macabras y supuestamente vendedoras.   

Alba: “Esa violencia tenía además otro aspecto más escondido, el del ataque cotidiano y doméstico hacia la mujeres, que tiene que ver con una estructura patriarcal de la sociedad que considera que tenemos que vivir de una manera subordinada al mandato de los varones. Esto empieza desde que le regalás la cocinita y el enterito rosa a la nena y la pelota al nene. Pero en un sentido soy optimista. Durante décadas hubo alta tolerancia a la violencia hacia a las mujeres, incluso, a veces, de las propias mujeres. Ahora hay más rechazo social. No cambia mágicamente la realidad con las marchas, porque siguen matando mujeres, pero generan pequeñas conciencias”.

Varias organizaciones crearon el Observatorio de Violencia por motivos de
Género y Diversidad. Además existe la Comisaría de la Mujer y la Familia, en la que no están autorizadas a brindar información. De todos modos, puede compartir algunas conclusiones:

Los casos de abuso sexual intrafamiliar son el 90% en relación al 10% de los ataques callejeros.

Hace 10 años recibían unas 15 consultas diarias. Hoy son 60, de las cuales 30 son denuncias de violencia psicológica. Y entre 10 y 15 son por violencia física.

Interpretan que hay cada vez más saña, y de modo hipotético quienes trabajan estas cuestiones creen que las redes sociales y los avances tecnológicos han exacerbado estilos de control mutuo en las parejas, que redundan en más violencia intrafamiliar.

Otros datos iluminan qué respuesta da el Estado a la violencia contra las mujeres:

Hay solo un hogar para víctimas de violencia, con 18 camas, dos rotas.

De 300 botones antipánico, hay 150 entregados a mujeres, 100 por entregar y 50 rotos.

La casa donde atiende la Dirección de la Mujer debe siete meses de alquiler.

Hay una ayuda económica para 125 mujeres víctimas de violencia y sin trabajo, de 2.000 pesos mensuales.

La línea de atención 108 funciona solo de lunes a viernes de 8 a 20.

La Dirección de la Mujer recibe el 0,21 del presupuesto municipal.

“Te duele el alma”

A fines de noviembre comenzará un juicio contra Cristian Pilotti, por haber desfigurado a golpes a su novia Victoria Montenegro durante una fiesta en el boliche del balneario Destino Arena, en enero de 2015. Pilotti está preso.

Cuenta Vicky, 27 años, maestra jardinera: “Yo vivía en un maltrato. Lo siento como una etapa oscura, con la luz apagada, no poder ver nada, y hoy veo las fotos y noto eso: que él tenía una mirada oscura”.

Reconoce que hoy no puede entenderlo: “Estuvimos 7 años de novios, con idas y vueltas. Me menospreciaba delante de los demás. Se burlaba de cómo me vestía. Me decía ‘gorda celulítica’. No hubo un primer golpe, sino tirones de pelo, empujones, apretarte el brazo”.

Pilotti era empleado municipal y musculoso profesional. “Cuando empezó a pegarme volvía y pedía disculpas, lloraba. Yo siempre pude ocultárselo a mis padres. Sus padres y sus hermanos sabían. Una vez la madre me ayudó a limpiarme, me daba antiinflamatorios, hielo y maquillaje para disimular los moretones”.

El 7 de enero de 2015 fueron a la inauguración del balneario y la violencia explotó mientras Vicky hablaba con una amiga, con su novio particularmente excitado por consumos de diversa índole. Tomó a Victoria del cuello y la sacó a los empujones, mientras el resto de la gente seguía divirtiéndose y mirando para otro lado. En el estacionamiento lanzó el derechazo trabajado a gimnasio, rompiéndole el pómulo izquierdo en tres partes, luego el tabique nasal, la boca, golpes en las costillas y los brazos, además de lesiones en el cuello y la columna. “Me llevaron a hacer la denuncia, estuve internada, pero me di cuenta de todo cuando abro el Facebook y lo veo que ese día se había cambiado la remera, por la sangre, y se había ido a bailar y se fotografiaba con chicas”.

Victoria es maestra en la sala de a de dos años. Formó nueva pareja, y está embarazada: tendrá a su hijo varón en enero, dos años después de la golpiza. “Hay que hacer lo contrario de lo que yo hice. Hay que hablar, contar, nunca esconder. ¿Cómo voy a criar a un varón? Haciendo lo que hago con los nenes en el colegio. Explicándoles que no hay que hacer lo que no te gusta que te hagan, y que a la gente que uno quiere hay que cuidarla. Pero algo es cierto: ya en la salita de 2 se ve que los varones son los que pegan, mucho más que las nenas”.

En la recorrida no fue posible ver a Rocío Girat, otro caso que fue a juicio. Su padre, el suboficial de la Armada Marcelo Girat, abusó de ella durante cuatro años, de los 13 a los 17. “Mientras abusaba de mí en la Base Naval subían la música, para que no se escuchara”, contó ella.

En 2015 Girat fue condenado a 14 años de prisión. Rocío ya no vive en Mar del Plata: “Conoció a una chica, se casaron, y se fueron a vivir al interior”, cuenta Alba sobre el fin de aquella pesadilla.

Lo que en todos los casos rompió el sistema político y judicial de impunidad fue la denuncia: poner cada situación a la luz, salvarla del silencio.

Rosario Salbat Lombardo fue una de las víctimas marplatenses de un violador serial, Claudio Napolitano. En 1996 había sido condenado a 25 años de prisión por 7 violaciones, pero lo liberaron a los siete años.

Napolitano volvió a atacar y terminó apresado y condenado por otras siete violaciones, aunque suponen que fueron más. “Le dieron 35 años”, cuenta Rosario, personal trainer. “Fue en 2013. Estaba volviendo a mi casa, me puso una pistola en el cuello y me llevó a un descampado. Me violó. Me dejó ahí. Lo primero que hice fue pedir el cóctel retroviral. Pensé: primero salvar mi vida. Hice la denuncia. Pero la violación continúa: te viola el Estado. No te escucha, te ningunea, te maltrata. Estuvieron bien Graciela Monsalve de la Comisaría de la Mujer y también la fiscal Sánchez” (la misma del caso de Lucía).

El problema llegó mucho después: “Que condenaran al violador fue bueno. Pero no alcanza. Tengo depresiones. A veces no sé qué hacer con el tiempo libre. Nunca más pude tener una relación estable. Es como que esto me oscureció. La oscuridad de él me quedó a mí. Yo quiero para ese tipo lo mismo que le hicieron a Lucía. Es mi crueldad, es mi veneno. Estoy haciendo terapia porque no quiero que el odio me impida dormir. Lo otro que me hace bien es marchar. A cualquier chica le diría que hay que salir, gritar, patear, tirar abajo las puertas, hinchar las pelotas, despotricá, no te quedes. Te tienen que escuchar porque si no te están golpeando y violando de nuevo. Marchar es liberar lo que siento, pero sé que los tipos están tomando mate, mientras chicas como Lucía no están más. Nadie se puede imaginar lo que te pasó. Enterarme de lo de Lucía fue terrible, pero tuve que multiplicar mi dolor por mil. ¿Sabés qué es? Que duele el alma”.

Más noticias sobre la impunidad: otra chica de 19 años fue secuestrada en Parque Palermo cuando iba a la escuela, el 19 de octubre, un día antes del Paro de Mujeres. La violaron dos hombres en un auto. La arrojaron junto al muelle del Club de Pescadores. La novedad, según Yanina Cobos, del programa Género y acción comunitaria de la Universidad: “Los vecinos de Parque Palermo empezaron a organizarse entre ellos para cuidarse, y a reclamar por ese y por otros problemas del barrio que quedan siempre relegados”. ¿Esa movilización vecinal podrá ser la clave de algo nuevo y    colectivo, que quiebre el sistema de silencio y de miedo, que extienda a toda la vida barrial y cotidiana el Ni Una Menos?

En Plaza España, frente al mar, hay grupos de chicas con mate, pelo al viento y carpetas escolares.

Aldana, 16 años: “Lo que te genera lo de Lucía es salir con miedo. Te matan como si no fueses nada, tipos que no sienten nada”.

Florencia, 17: “En el colegio se ve que comprar droga es fácil, re accesible. Lo hacen para sentirse alguien, y es una moda. Pero los que te venden, ¿quiénes son?”.

Antonella, 16: “Me da bronca tener miedo. Que haya grupos que te digan guarangadas, y entonces no volvés a pasar por esa calle. O ayer, que bajé del micro a dos cuadras de mi casa, y una amiga me dice: ‘Llamame cuando llegues’”.

La estrategia de todas en estos tiempos: tratar de andar en grupo. 

Cada crimen es único, pero todos pueden ser el mismo. Una crónica inscripta siempre sobre el cuerpo de las mujeres. Femicidios, golpes, abusos, maltratos, violaciones personales e institucionales, violencia, pero también modos de razonar, de sentir o de no sentir, de relacionarse con la realidad y con los demás. Todo tiene la marca de una  época dominada por lo que detectaron Marta, Guillermo, Victoria, Rosario: la oscuridad.

Frente a eso, existe una tecnología que las mujeres llevan en el cuerpo: alumbrar, dar a luz. Gestar nuevas ideas y acciones para un proyecto revolucionario: que la vida pueda más que un sistema de manipulación, violencia, muerte y silencio. Para salvar vidas.

Nadie sabe bien cómo.

Busco en el whatsapp de Victoria: tiene su imagen embarazada y la frase “Amor puro”. El de Rosario muestra una mujer amordazada, pero gritando: “Con el alma desnuda y el corazón en la mano”.

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