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Periodismo transgénico

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La prensa pro agronegocios, desde adentro. Es uno de los mayores aparatos mediáticos del país. Suplementos en diarios, sitios web y hasta un canal que transmite 24 horas. Ahora, sumó un programa en la tevé pública. Cómo fumigan propaganda. Por Darío Aranda.

Monsanto en la TV Pública

El conflicto por la Resolución 125 (2008), las denuncias y pruebas sobre los efectos nocivos del herbicida glifosato, y los cuestionamientos a los transgénicos, entre otros factores, incrementaron las críticas al agronegocio. Las empresas del sector tomaron nota y además de aumentar la pauta publicitaria en medios, iniciaron campañas de la mano del Estado.

Un ejemplo: el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) es el organismo que debe controlar los agroquímicos. Organizaciones de pueblos fumigados, médicos que trabajan con poblaciones afectadas e investigadores de universidades públicas lo cuestionan por su complicidad con las empresas. En mayo pasado realizó una charla para periodistas titulada Jornada sobre glifosato. Abordó los “mitos” que hay sobre el herbicida, hizo eje en la “baja toxicidad” y en lo inofensivo que sería si se lo manipulase según lo sugerido por las compañías.

La charla fue organizada junto a CaSaFe (Cámara de Sanidad y Fertilizantes), conformada por Monsanto, Bayer, Syngenta, Basf, Dupont y una decena de empresas productoras de químicos. Ni siquiera cuidaron las formas: el taller con periodistas se hizo en la misma sede de las empresa de agroquímicos: Reconquista 611.

Lo malo de lo bueno

Buenas prácticas agrícolas (BPA) es el término utilizado por las empresas para justificar que con determinados cuidados pueden fumigar con agroquímicos hasta diez metros de las viviendas y no afectar la salud de la población. Esa argumentación es muy cuestionada por las organizaciones de pueblos fumigados, especialistas en Derecho Ambiental y por ingenieros agrónomos.

Organismos del Estado junto a las grandes empresas del sector conformaron la Red BPA. Sobresalen Aapresid y Aacrea (empresarios-productores del agronegocios, hoy dentro del Gobierno y con gran capacidad de lobby), Bolsa de Cereales, CRA, Coninagro, Sociedad Rural, Ministerio de Agroindustria de Nación, Uatre, INTA. Las grandes empresas aparecen camufladas en “cámaras” u oenegés: CaSaFe reúne a todas las grandes empresas empresas de agroquímicos: desde Bayer-Monsanto y Syngenta-ChemChina, para abajo. Idéntica situación es la de ASA (Asociación de Semilleras Argentinas), donde dominan las mismas empresas de agroquímicos, sumadas a las “nacionales”: Don Mario y Bioceres, entre otras. En las oenegés se destacan Barbechando (lobby del agronegocio en el Congreso Nacional) y Fertilizar (impulsan la venta de insumos químicos).

“El campo hace bien”, fue la campaña mediática que lanzaron. Intentan “acercar el campo a la ciudad”: mejorar su imagen. El domingo 4 de diciembre realizaron su primer maratón, en Palermo, bajo la consigna: “El campo hace bien. Hace bien correr”. Impecables remeras blancas, con las tres letras clave (BPA) en color celeste y del lado del corazón. Amplia difusión mediática y dudosa concurrencia: no hay ninguna foto panorámica de los corredores.

El ministro de Agroindustria de Buenos Aires y ex gerente de Monsanto, Leonardo Sarquís, participó del maratón. Subió a Twitter una foto, elongando junto a la ex presidenta de Aapresid (y actual funcionaria de Agroindustria de Nación), Beatriz Pilu Giraudo.

El hashtag: #ElCampoHaceBien.

Hacer la prensa

Clarín publica los sábados el suplemento Rural. La Nación sale con Campo. Una antigua frase los define: “Periodismo es aquello que se publica en los espacios libres que deja la publicidad”. En los suplementos campestres es muy notorio: publicidades de Dow AgroSciences, YPF, Rizobacter, Syngenta, Expoagro (feria que organizan ambos diarios en sociedad), Don Mario Semillas, Nissan, Bayer, Amarok, entre otros.

No hace falta ser periodista para confirmar la vinculación entre publicidades y notas. Son parte de un mismo modelo agropecuario. No se lee una crítica a las consecuencias: fumigaciones con agroquímicos, desmontes, afecciones en la salud y, mucho menos, a la irregular manera de aprobación de semillas transgénicas ni a la cartelización de un mercado dominado por tres empresas: Bayer-Monsanto, Syngenta-ChemChina y Dow-DuPont.

Simple ejercicio mental: una multinacional tabacalera anuncia el lanzamiento al mercado de un cigarrillo que no afecta la salud. Los periodistas replican la noticia sin siquiera dudar del nuevo producto milagroso. Monsanto, Syngenta o Dow lanzan una nueva semilla de soja o maíz. Se utilizará junto a un cóctel de químicos: glifosato, glufosinato de amonio, 2-4D. La publicidad afirma que es más productiva, que no afecta la salud ni el ambiente. Decenas de periodistas reproducen la noticia sin dudar. Tampoco se preguntan cómo se aprobó esa semilla y jamás solicitan los estudios que den cuenta de la veracidad del discurso empresario.

Por contraposición, cuando aparece algún estudio científico que cuestiona los agroquímicos se les enciende la mirada crítica y minimizan (o defenestran) al académico en cuestión. En Argentina hay más de cien estudios de universidades públicas (UBA, La Plata, Río Cuarto, Litoral, Rosario) que dan cuenta de las consecuencias de los agroquímicos. Nunca fueron tapa de los suplementos campestres.

El caso más grotesco es Héctor Huergo, jefe del suplemento Rural de Clarín. Se autodefine en Twitter como “relator militante de la segunda revolución de las pampas”. Como muchos “periodistas agropecuarios” tiene conflicto de intereses entre los temas que escribe y los auspicios personales. Su programa de televisión (jueves a las 22 en Canal Rural) y su sitio web personal (laindustriaverde.com.ar) tiene pauta publicitaria de Pioneer-DuPont, CaSaFe y Agrofy, mega-empresa agropecuaria del millonario Grupo Irsa. También es accionista de Bioceres, empresa de la que es socio junto con referentes de Aapresid (espacio de lobby político del sector) y con Gustavo Grobocopatel, titular de uno de los mayores pooles del siembra del continente.

Repiten esta misma lógica de difundir el discurso empresario una decena de diarios provinciales y medio centenar de sitios web.

  

Ciencia adicta

Argenbio es la organización de lobby científico-político fundada por las empresas Syngenta, Monsanto, Bayer, Basf, Bioceres, Dow, Nidera y Pioneer, todas productoras de transgénicos y agroquímicos. Lanzó la campaña Transgénicos 20 años y junto a la Embajada de Estados Unidos, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Ministerio de Agroindustria organizaron el seminario El desafío de comunicar lo que hacemos, con el objetivo de fortalecer “el potencial de la agrobiotecnología para el desarrollo sustentable y equitativo de la región”. Según la gacetilla de prensa “destacados especialistas compartieron su experiencia y brindaron herramientas para optimizar la diseminación de la agrobiotecnología, mejorar la percepción en la opinión pública y contribuir al diálogo fluido entre los distintos actores de la cadena en la región”. La apertura estuvo a cargo del Secretario de Agregado de Valor del Ministerio de Agroindustria, Néstor Roulet.

Participaron los directores de la cámara empresaria Maizar, Martín Fraguío; de la Asociación Semilleros Argentinos (ASA), Martín Rapella; la coordinadora de proyectos especiales del Instituto Nacional de Semillas (Inase), Mónica Pequeño Araujo y funcionarios de la Comisión Nacional de Biotecnología Agropecuaria (Conabia) organismo clave en la aprobación de transgénicos.

Locos por el glifosato

Locos por el campo es el nombre del programa que Monsanto, Toyota y Aacrea estrenaron en la TV Pública. En 2015 estaba en América 24. Va los domingos a las 14. Lo conduce Fernando Entín, que se autodefine como “galerista de arte, palermitano”. Y propone “visitar diversos establecimientos para conocer cómo se producen la soja, el trigo, la leche, la carne y el vino, entre otras cosas; conocer los desafíos cotidianos”.

Monsanto -adquirida este año por la alemana Bayer- es la mayor empresa de semillas transgénicos del mundo y creadora del cuestionado glifosato. “Una empresa con intereses específicos en un sector estratégico no puede construir imaginarios sobre el campo en un medio público porque estarán dirigidos a sostener esos intereses -individuales y comerciales- y eso lejos está de los intereses ciudadanos. Esto nos llama a reflexionar acerca del rol de los medios públicos y, en particular, tratar de entender cuál es la época que se está viviendo en esta materia en la Argentina”, cuestionó Francisco Godínez Galay, del Centro de Producción Radiofónico (CPR), organización dedicada a la producción e investigación en comunicación.

Desde adentro

Matías Longoni ingresó a Clarín Rural en 1998, proveniente de Telam. Duró un año y medio bajo las órdenes de Héctor Huergo, editor del suplemento Rural, con línea directa al cuarto piso, donde están los gerentes y directores. Luego pasó al “cuerpo del diario”: sus notas sobre temas rurales se publican en la sección política. Es un referente en el periodismo del agronegocio, aunque a él no le gusta ese término.

Es un caso poco común en diarios porteños. Es una “firma conocida” y al mismo tiempo tiene vida gremial, de asambleas, discusiones paritarias y marchas en la calle junto a trabajadores. En 2012 fue uno de los seis trabajadores del diario que fue elegido delegado gremial. Desde el año 2000, cuando Clarín echó a más de cien trabajadores (incluidos los delegados), la empresa no permitía la organización sindical. Los postulados fueron trabajadores de carrera y con espalda para soportar presiones de la empresa. Longoni denunció públicamente las situaciones laborales en Clarín. Hace pocas semanas aceptó un retiró voluntario, luego de 18 años en el diario.

“No veo al periodismo agropecuario como vos”, comienza la entrevista que durará 45 minutos. “Nunca sentí que hubiera temas prohibidos para escribir. Lo que falta es involucrarse con el tema, laburarlo, aunque también es cierto que muchas veces no hay estímulos por parte de jefes para ciertos temas”, señala. Afirma que “entre el 70 y 80%” de la información agropecuaria la generan “las corporaciones”. Y ahí incluye empresas, Estado y universidades. “Los periodistas somos cada vez menos. A muchos les es más fácil copiar y pegar”, y replicar la información de esas corporaciones.

Sobre las fumigaciones con agroquímicos se excusa: dice que no escribe sobre el tema porque no cubre “ambiente”, pero señala que si alguien en la redacción tomara el tema, publicaría, con mayor o menor libertad, pero publicaría. Afirma que en el suplemento Rural de Clarín sí hay temas vedados. “Es totalmente sesgado el suplemento. Además Huergo no es periodista: es un empresario.”

Reconoce que muchos medios del agro son “un folletín de las empresas más que periodismo”, y lo compara con la prensa automotriz: “Está financiado por publicidad de las empresas. ¿Es criticable? Sí y no. Muchos son medios autogestivos que viven de eso, como los que venden corbatas…”. Al instante aclara que sabe que no es lo mismo, pero sostiene el ejemplo: “Son medios que para sobrevivir tienen que subordinarse a la pauta”. Destaca que un contrapeso podría ser el Estado, pero de inmediato se contesta: “Para que el kirchnerismo te diera pauta tenías que entregarle el culo”.

Uatre, el sindicato de trabajadores rurales, pauta en muchos medios. ¿Compra silencio?

Algunos compran silencios. Otros establecen solidaridades. Saben que tenés un medio y ayudan, como cualquier anunciante que ve que le puede servir para difundir lo suyo. Ningún periodista está obligado al silencio.

Reconoce que el periodista agropecuario se siente parte de un sector, por eso tira para ese lado (siempre el del agronegocio). Y explica por qué: “El peor de los productores, el más garca, es más rescatable que el mejor de los políticos”. Defiende al periodismo agropecuario, pero también lo cuestiona: “Somos mejores que el periodismo político y económico, donde hay cada uno… Pero en líneas generales sufrimos lo mismo que otros periodistas: la pauta pública y privada que marca agenda, y las malas condiciones de trabajo”. Refiere a la precarización, bajos salarios, multitrabajo. Y resume: “El problema no es el periodismo agropecuario, el problema es el periodismo”.

Longoni sigue en el sector: conduce desde hace nueve años Bichos de Campo en Canal Metro, junto a otros siete periodistas. Se emite los viernes a las 21.30. Entre sus anunciantes están Monsanto, Nitrap (agroquímicos) y Uatre.

La otra opción

Dante Rofi ingresó al suplemento La Nación Campo en 1997 y ahí se mantiene. Era el típico periodista agropecuario hasta 2004, cuando en el festival de Cosquín vio cómo el folklorista Raly Barrionuevo subía al escenario a doña Ramona Bustamente, abuela campesina que resistía el avance de topadoras de empresarios sojeros. “¿Cómo podía ser que cubría campo y nunca había escuchado de esos campesinos?”, se preguntó.

Volvió de vacaciones y comenzó a preguntar. No tardó en dar con Apenoc (Asociación de Productores del Norte de Córdoba), una de las patas de lo que luego sería el Movimiento Campesino de Córdoba (MCC). Comenzó a conocer de otro campo y también de las consecuencias del modelo de agronegocios: desmontes, desalojos, fumigaciones.

Ya nada fue igual.

“La mayoría de los periodistas agropecuarios se olvida de que son periodistas y pasan a ser representantes de las empresas”, resume sobre el sector. Sobre por qué actúan así, Rofi descarta que sea por ingenuidad.  “Están validando un discurso. Creer que lo hacen por ingenuidad es subestimarlos. Saben muy bien lo que hacen”.

Resalta que en La Nación es clara esa línea, con editoriales sobre las bondades del modelo y apoyo al glifosato. “Si sos empleado, la lógica es no plantear otras posturas, no pensar mucho. Repetís el verso de que el mundo tiene hambre, los transgénicos producen alimentos y cierra por todos lados. Te surgen programas de radio, auspiciantes para el programa de TV, en el diario te quieren. Así la vida es hermosa”.

Rofi es cotidiano usuario de redes sociales. En Twitter dejó siempre claras sus posturas de apoyo al kirchnerismo, su fanatismo por Racing y la crítica a algunos editorialistas del diario en el que trabaja. Discutió mil veces con sus pares y jefes. Cuando eran diez en el suplemento (año 2007) y ahora que son sólo cuatro (tres editores y él). “Se enojan cuando decís algo de los agroquímicos. Te saltan con el discurso de las empresas: que no hay pruebas científicas, pero la verdad es que no quieren ver las pruebas”. Cita nombres de colegas, pero para evitar problemas se expone primero: “Cuando conocés lo que provocó este modelo de agro, ya no podés volver a ser el mismo. Te cambia la vida”.

Rescata a su jefe: saben que piensan distinto, se respetan, conviven. Va a cumplir veinte años así en La Nación. Dos veces por semana tiene una columna radial en FM Tierra Campesina, de la Unión de Trabajadores Rurales Sin Tierra (UST) de Mendoza. Allí dice todo lo que piensa.

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