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Alterando redes

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Los bots ya no son lo que eran. Fueron usados para manipular las redes sociales, pero un programador les devolvió el sentido de herramienta irónica para crear contenidos. Por Bruno Ciancaglini.

Fue hace unos meses en la convención Hacks Hackers, un espacio de encuentro entre programadores y periodistas. En un anfiteatro repleto se presentaban proyectos e ideas relacionados con la comunicación y la tecnología digital. La exigencia de que solo había diez minutos para hacerlo generaba un comportamiento similar en los expositores: el afán de mostrarse contundentes, originales y seductores, siempre al ritmo de esa espontaneidad guionada propia de las charlas TED. Y sí: ese anfiteatro repleto representaba la posibilidad de una venta o de establecer contactos auspiciosos para los proyectos.

Así fueron desfilando uno tras otro, hasta que subió un hombre alto y de anteojos que no impostaba la voz ni parecía seguir los lineamientos de un coach. Se presentó como Juan y, con una sonrisa relajada, dijo: “Estoy acá porque hago Bots en Twitter”.

Me sorprendió la liviandad con la que confesaba esa tarea oscura. Todo lo que había leído o escuchado sobre bots en redes sociales estaba asociado a campañas políticas sucias, estrategias de marketing engañosas, a  operaciones para generar tendencias inducidas o embestir contra alguna personalidad pública. Los bots, en definitiva, son una manifestación concreta de ese morbo tecnológico que desde el siglo 20 viene alimentando grandes obras de ciencia ficción: son programas informáticos que se hacen pasar por humanos. En Twitter, por ejemplo, hay cientos de miles de cuentas que simulan ser de personas reales, pero no son más que códigos programados con un comportamiento automático: cada X cantidad de tiempo publican una frase. O cada vez que alguien tuitea una palabra determinada el bot la reconoce y responde con un mensaje. O muchas cuentas programadas replican un mismo mensaje en simultáneo, de modo tal que pueden ayudar  a que un tema se instale como tendencia, aunque este poder siempre es relativo. Hay bots fáciles de reconocer leyendo dos o tres tuits, pero otros son más complejos y logran camuflarse como personas que opinan, se quejan o se divierten con los temas de actualidad.

Criaturas de mentira

Estos programas existen no solo en las redes sociales, sino también en chats, aplicaciones o juegos. Son una suerte de materia gris que fluye por la web, un ejército oscuro que copa  las redes de comunicación 2.0 más importantes, una subespecie sin cuerpo que, como los aliens, “están entre nosotros”, pero no siempre podemos verlos.

¿Hay que darles tanta importancia? ¿Son realmente influyentes en las interacciones que hay en una red como Twitter? Es difícil medir la capacidad real de influencia que puede tener una red de bots, pero lo cierto es que Twitter -que difícilmente vaya a cerrar más allá de sus problemas económicos- es la red que cambió para siempre las comunicaciones. La capacidad de comunicar al instante, de marcar una agenda, la generación de tendencias en convergencia o por fuera de los medios tradicionales, el rol de difusión que tuvo en la gestación de manifestaciones y marchas son algunas de sus potencias. Políticos, agencias, medios, comunicadores: todos tienen que bailar al ritmo que impone. Y allí están los bots y las agencias que los usan para maniobrar en la red.

Un medio, un artista, un político, contrata los servicios de una agencia X que le promete hacer crecer exponencialmente su cantidad de seguidores o, como se dice en la jerga, “posicionar a la cuenta en las redes”. La promesa se puede cumplir a través de dos estrategias: generando un crecimiento orgánico o uno inorgánico. El primero consiste en producir contenidos e interacciones genuinas para que esa cuenta gane popularidad. En el segundo caso,  la agencia X lo que hace es tirarle encima a la cuenta de su cliente una red de bots que se suman en forma de seguidores, potenciales, likes y retuiteadores obedientes. Así, con ese atajo, lo que generan es un crecimiento inorgánico. ¿Engañaron al cliente? Algunos sí; otros no. La diferencia es si  lo aclaran de antemano, aunque saben  que no importa si se trata de bots o no: tener 125.000 seguidores es un valor en sí mismo y eso es lo que importa. Allí  está el potencial de los bots y aquí está nuestro amigo Juan, sonriente, para explicar cómo le da vida a esas criaturas.

No se trata de la misma lógica: Juan es programador y no trabaja para ninguna agencia. Pide que no demos su apellido porque es “de los que todavía creen que existe la privacidad”.

La primera diferencia es que los bots creados por Juan como cuentas de Twitter no intentan camuflarse como humanos, sino que exponen su verdadera identidad.

En segundo lugar, Juan no crea “ejércitos”: son bots particulares, con nombre, identificables y cuyos objetivos no tienen nada que ver con las agencias de marketing 2.0.

Una de sus primeras creaciones fue GardelBot, una cuenta que todos los días tuitea fragmentos de una canción del Zorzal Criollo y responde con una frase a quien lo cite. Otro de sus bots es @Dostítulos, basado en uno similar de origen estadounidense. La cuenta se encarga de combinar, cada una hora, dos títulos diferentes de Google News, generando asociaciones a veces insólitas y otras sugerentes, a punto tal que llegó a generar sospechas de que no se trata de un bot sino que hay alguien detrás maniobrándolo. Así, @Dostítulos, en su automatismo surrealista, informa noticias como:

“Recuerdan a Cuba al cumplirse seis años de su muerte”

“Finalmente, el Fondo Monetario Internacional participó del timbreo nacional”

“Preocupa la salud de Diversidad Cultural: se traslada en silla de ruedas”

“Los mejores y peores lugares para el turismo pobreza”

“¡Muy Hot! Miguel Lifschitz en Italia, sin corpiño”

“Otra falla en Silvia Suller generó alarma en la región”

Juan también programó @callecitasBsAs, bot sensible y melancólico que combina fotos de Google Maps de la ciudad con frases de canciones de tango. Una reflexión programada sobre los usos –y abusos- poéticos –y no tanto- de la relación entre texto e imagen.

Los otros dos bots creados por Juan que se destacan son Editando La Nación y Editando Clarín. Estas cuentas de Twitter reconocen cualquier cambio que se hace en títulos y bajadas de la página principal de las webs esos diarios, publicando una imagen donde figura tachado aquello que se borró y se resalta la modificación. Estos, más que bots-artísticos son bots-herramientas de monitoreo constante, que revelaron giros editoriales curiosos:

En Clarín:

Preocupado por su imagen y la gestión, Macri va otra vez suspendió su visita al Conurbano por razones climáticas”.

“Desde hoy estará cerrado el tramo Paseo Colón, entre Belgrano e Yrigoyen. La apuesta por el transporte público suma más problemas para moverse en auto por la ciudad”.

“Tijeras por un sueño: estudian peluquería para alcanzar un futuro mejor”.

En La Nación: “La corte tucumana ordenó la libertad para Belén”. Y luego agregaron: “La joven acusada de matar a su hijo”.

Así, estos bots atravesados por conceptos creativos, se desligan del uso habitual que se le da a este tipo de software en las redes. 

Existen cientos de bots de todo el mundo con una lógica similar y no todos fueron exitosos. Cabe recordar el caso de Tay, bot creado por Microsoft  que se alimentaba de la nube de palabras de los seguidores con los que interactuaba y que a las pocas horas de existir se “volvió” nazi (“Hitler tenía razón, odio a los judíos”, decía Tay) por lo cual tuvo que ser dado de baja.

El gesto de Juan en su rol de programador, que en principio es lúdico, tiene un trasfondo más profundo. Porque cada vez más aspectos de la vida están mediados por softwares que administran, modulan y distribuyen las comunicaciones, las interacciones en red, los tiempos de ocio, la relación del cuerpo con el espacio, en fin: la forma de percibir determinados aspectos del mundo.

Poner esas tecnologías al servicio del humor, del juego o, ¿por qué no?, del monitoreo de la prensa comercial, desplazándolas del rol asignado por el mercado, es un gesto de desobediencia que siempre es bienvenido.

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