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Ladrones: Los trabajos improductivos

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Una obra de teatro creada a partir de un robo. Dos ex delincuentes en escena: lo que hay detrás de sus historias, desde una biblioteca popular, hasta Nueve reinas. Vivezas, asaltos y líneas de fuga para pensar la época. Por Sergio Ciancaglini.

Esto no es un artículo periodístico sino una obra de teatro que en realidad no es teatro como el que estamos acostumbrados a ver, al menos en la Ciudad Autómata de Buenos Aires, porque hay un actor que hace de ladrón y dos ladrones que hacen de actores, aunque todos actúan de lo mismo y con sus propios nombres: los que hacen de Wali, Pedro y Dani son Wali, Pedro y Dani.

Esto no es una nota ni una crítica sino una caminata, porque en esta obra no hay un escenario sino tres espacios, y los espectadores deben ir por un laberinto de túneles apenas iluminados para pasar de un lugar al otro, como un tren fantasma peatonal. Pedro dice: “Vengan”, y vamos todos detrás de él. Es una obra movilizadora: sin moverse por los túneles no hay manera de verla.

En realidad no son solo tres sino que hay más escenarios: pantallas de televisión que muestran desde arriba lo que uno ve de abajo, o agrandan lo chiquito, o reproducen fotos de Google Maps registradas por la cámara de un pequeño vehículo comandado a distancia, un dron de cuatro ruedas.     

Y muestran también las pantallas cómo Wali transmite desde otro lugar los intrigantes contenidos de una heladera. O revelan algo inédito: lo que pasó minutos antes en la misma función cuando los que estamos allí –filmados por cámaras de seguridad- interpretábamos el curioso papel de espectadores que recorren un laberinto de túneles. 

Esto es un asalto

La obra se llama Los trabajos improductivos. El autor y director es Gerardo Naumann, aunque él dice que no le interesa el teatro sino la política. ¿Qué es la política? “Una pregunta sobre qué podemos hacer juntos”.

Con esa pregunta recorriendo su cabeza como un dron, tuvo una inspiración un día que fue víctima de un robo: vio al ladrón como un personaje que monta una escena, con su vestuario, sus palabras, utilería y gestos. El precio de la entrada: un celular y la plata de la billetera.

“Es toda una actuación, un montaje callejero, una ocupación del espacio, un modo de confundir y de sorprender”, cuenta Gerardo, que ya había decidido trabajar no con actores profesionales sino con personas que hicieran de sí mismas. “No creo que necesitemos actores para que nos representen sino que las personas pueden representarse a sí mismas”.

Esa idea tiene un eco de lo que ocurre cuando las personas delegan el poder y son supuestamente representadas por políticos. Duda Gerardo: “Bueno, hay formas más o menos responsables de hacer esa delegación, pero lo que me interesaba era crear una obra con personas que tuvieran la experiencia de sacarle las cosas a otras, hurtar, no producir. Los ladrones toman objetos de otros, reciclan”. Esta oración refiere a los delincuentes y no al sistema representativo.

Agrega: “Había en todo esto dos profesiones muy vinculadas: por un lado los actores y artistas que no producen nada o producen algo que en principio el mundo no necesita, y por el otro los ladrones. Para mí era obvio que había que poner a trabajar juntas esas profesiones”.   

Faltaba realizar un casting para elegir a los actores. En su Cuaderno de notas Germán escribió que “podría dar con un ladrón si me dejase asaltar y durante el asalto convenciese al asaltante de que nos empecemos a encontrar para ensayar”.

Más sencillo fue buscar contactos y visitar cárceles, que generaron más contactos.

Detalle: Naumann no tenía una obra para la cual buscar un elenco, sino que buscaba un grupo para definir qué hacer. Así nació Los trabajos improductivos, con tres protagonistas en escena:

Daniel Elías, 37 años, vive en Salta y salta por el mundo con sus oficios de actor, autor y director de cine y teatro cuando no está en Cafayate, manejando un camping. Formó un grupo de trabajo llamado Gente no convencida: un modo de escaparle a los dogmas en el arte. 

Waldemar Cubilla, 36 años, pasó 10 de ellos preso, estudió Sociología en la cárcel, se recibió con las mejores notas (10 en su tesis), es investigador en la Universidad de San Martín y profesor del área de Desarrollo de Talentos en cursos que una empresa vende a diferentes organizaciones.

Pedro Palomar no sabe su edad exacta. Pasó 35 años de su vida en prisión. Se le adjudica haber inspirado al menos en parte al personaje que Fabián Bielinsky (1959-2006) creó para Ricardo Darín en la película Nueve reinas. Trabajo actual: Oficial de Justicia en la Defensoría Oficial número 12 del Ministerio Público de la Defensa porteño.

El director Gerardo Neumann.
Foto: Lina Etchesuri

¿Hoy te bañaste?

Gerardo Naumann no conoció ciudad alguna hasta que cumplió 6 años. Se crió en San Miguel del Monte, a 107 kilómetros de Buenos Aires, donde su padre manejaba un campo. “Mi papá tenía la preocupación sobre la utilidad de crear algo, de hacer las cosas”. El niño Gerardo aprendió a limpiar la enorme cucha del perro, o a darle leche a los terneros guachos, separados de su madre. De adolescente trabajó en verano en un campo de Santa Fe. Para ahorrar, en el campo contrataban presos en la última etapa de su condena. Aprendió Gerardo a convivir con esas personas que no hablaban de lo que habían hecho. Escribe en su Cuaderno de notas: “Nos divertimos mucho ese verano y pierdo para siempre esa imagen de ladrón = inseguridad”.

Estudió Comunicación Social. “Terminé la carrera conflictuadamente, me puse a escribir obras y trabajé en cualquier cosa. Como vendedor ambulante en colectivos vendía unas calcomanías de una fundación trucha que decían: ‘Los ganadores no usan drogas’. Fue una escuela de actuación”.

“Como aprendí alemán con mi abuelo, di clases de idioma y ahí me salió hacer una obra con esas frases tan lindas de cuando uno aprende idiomas. Se llamó Emily. Quise hacerla en algún negocio de venta de muebles de cocina”, relata. Lo rechazaron en todos los negocios de la Avenida Córdoba de la Ciudad Autómata de Buenos Aires, pero apareció Lanús. “Un contacto de mi vieja. Me tomé un bondi, aceptaron que hiciera la obra allí. Ahí empecé a conocer el conurbano, las fábricas, y nació otra obra, La Fábrica, y luego El carterista”.    

Los trabajos improductivos arranca con diálogos a través de comunicadores hasta que Dani, Pedro y Wali se quedan parados mirándose y preguntándose mutuamente cosas sobre el café con leche, las galletitas, el azúcar, las noticias, la ducha, las milanesas, Internet. “Es todo un juego alrededor de la memoria. ¿Qué recordamos sobre lo que decimos y lo que nos dicen en esas charlas cotidianas?”. Pregunta de principiante: ¿Es una metáfora de algo? “No: son tres tipos en una sala teatral hablando de esas cosas, como en un vacío”, dice Naumann. En el vacío del presente, los tres se aferran a las nimiedades para tener cosas tranquilizadoras sobre las cuales hablar, pero con la mayor precisión posible. Cuántas horas de sueño, cuántos minutos de ducha, si la coca era light o normal. Luego Wali se va y transmite desde otro lugar lo que encuentra en una heladera. Calculan cuánta agua hay en una botella, cuántos vasos de agua entran en una zapatilla, cuánto tardará Wali en tomársela. “Ahí está lo mensurable, la utilidad”, dice Naumann. Se usa una cafetera para hacer un huevo frito, la zapatilla para medir la cantidad de agua, el microondas para secar la zapatilla.     

Estos pantallazos acaso sirvan para entender el estilo de la obra que se presentó en el Cultural San Martín, que fue llevada a Montpellier, Francia.

Tal vez, como en el laberinto de túneles que la conforman, la obra vuelva al principio, a seguir presentándose.

Cárcel-villa-universidad

Los momentos más autobiográficos de Los trabajos improductivos ocurren cuando Waldemar Cubilla y Pedro Palomar muestran sus propias sentencias.

Waldemar mismo lee “robo doblemente calificado por su comisión con arma de fuego y en poblado y banda en grado de tentativa” y luego los detalles sobre cómo con pistolas semiautomáticas “desapoderaron ilegítimamente a los playeros del dinero que llevaban… dándose luego a la fuga a pie”, hasta que los agarraron. Corría 2008. 

Pedro lee en voz alta el fallo en el que el tribunal resuelve condenarlo “a la pena de cinco años de prisión, con declaración de reincidencia, por resultar coautor penalmente responsable de delito de robo agravado por el uso de armas…”.   En La Matanza, 2003. “Asalto a un supermercado” aclara Pedro.

La historia de Waldemar tuvo dos etapas carceleras. En la Unidad 48 la Universidad Nacional de San Martín instaló la carrera de Sociología, compartida por detenidos y guardiacárceles. Waldemar cambió de papel. El ladrón se transformó en estudiante: “Parece loco, pero la cárcel fue importante. Siempre me gustó leer, estudiar. Pude hacerlo por estar preso. Y al estudiar se te abren ideas y conceptos. Por ejemplo, la diferencia entre ser y estar. Uno dice: soy un preso. Pero después entendés: no somos, sino que estamos presos”. Waldemar estudió Sociología “sabiendo que nació como una herramienta de dominación, una disciplina de las élites en Europa para entender a los negros que empezaban a gritar, para aprender a manejarlos, a controlarlos. ¿Pero qué pasa si un pibe se forma en la Sociología desde el otro lado, desde el lugar del observado que observa al observador? ¿Por qué no estudiar Sociología desde los márgenes?”.

Waldemar generó un estallido de roles protagónicos: ayudó a alfabetizar presos, participó en el conjunto musical Rimas de alto calibre, creó el grupo teatral RevolucionArte para hacer la obra El acompañamiento, de Carlos Gorostiza. Ya cumplida su condena fundó en la villa La Carcova de José León Suárez la Biblioteca popular La Carcova (sin acento, como la pronuncia los vecinos), que fue un ranchito cerca de los santuarios del Gauchito Gil y San La Muerte y hoy ya es una construcción de cemento que funciona como corazón barrial. Terminó la carrera de Sociología con una tesis sobre los cirujas y cartoneros de José León Suárez, y el trabajo cooperativo de reciclado de basura (ver nota Parar la olla). Hace todos los papeles, pero nada es actuación sino una misma lógica: “No puedo quedarme quieto. No me voy a instalar delante de un televisor, o ir solamente a trabajar. Eso me hace sentir muy vacío. Lo que quiero es estar acá en el barrio y hacer cosas, encender mechas”. 

Las percepciones de la época

Terminada la función, dice Wali: “La obra es como un desafío a esas instituciones democráticas que quieren medir el trabajo, Yo la entendí así. Y es una aventura casi a ciegas. Ir buscando algo que no se sabe qué es”.

Se queda pensando: “Siempre creí que estuve una banda de años preso, pero cuando conocí a Pedro me di cuenta de que no eran tantos. Tan solo una década la mía”.

Dani retruca veloz: “La década ganada”, ríe, y luego reconoce: “Pedro y Wali son increíbles. Me la pasé robándoles gestos, actitudes. No hablo de una teoría sino de estar trabajando juntos y admirarlos”. Pedro señala a Dani: “Mirándolo a éste aprendí a caminar de nuevo. Veo cómo se mueve con una naturalidad que yo sólo tenía cuando iba a robar. Esa era mi actuación: estar alerta, radiografiar a la gente, ver lo que otros no ven, manejar los tiempos”.

Si dedicáramos esa misma capacidad de percepción a leer el presente, ¿qué se ve? Waldemar: “Lo que se ve es un tiempo donde pierden legitimidad todas las instituciones de la democracia. Puede sonar pesimista lo que digo, pero también abre el juego para que otros actores que están por fuera de la rosca puedan surgir. Ya sea el feminismo o las organizaciones de base. Yo vengo de una organización de base por fuera de cualquier orgánica. Nunca nadie nos escuchó. Y por estar afuera es como que estamos más legitimados”.

Waldemar observa dos dimensiones que van a contramano. “Una estructural, o macro, que va en retroceso, en recesión, con todo lo que implica eso para la gente. Y hay otra dimensión micro, una línea de fuga, que es la posibilidad en esa dimensión micro de escapar de la situación de crisis total. Es medio contradictorio, pero lo veo en la Biblio, y lo siento. Y además por lo que se está viendo, de acá en más que comanden las mujeres”.

Bambi y Van Gogh 

Pedro Palomar puede tener alrededor de 65 años. Fue dejado por su madre con una familia que vivía en una isla de los Esteros del Iberá. Cuando tenía 6 años su madre lo fue a buscar y lo llevó a Buenos Aires. Iban hacia la Villa 31, él se escapó jugando y se perdió. Solo hablaba guaraní. Terminó en el convento de la Recoleta que hoy funciona como centro cultural. “Nunca fui tan libre como en los Esteros”. Escapó mil veces de las monjas y vivía con bandas de la calle. Le enseñaron a defenderse de degenerados, a no robarse entre ellos, y a no ser ortiva. Creció aprendiendo a robar: “Nunca quise ser pobre”, razona. “Pero nunca disparé ni lastimé a nadie. Les agradezco eso a las monjas. Lo mío era robar solamente”. Agrega la frase: “Era un ladrón romántico”.

Es fuerte en la obra el tema de uno de los apodos de Pedro: Bambi. “Era chico, me iba al cine Los Ángeles y veía la película todas las veces que podía. Me partía el alma”. Se sabe que Bambi ha sido considerada una película de terror, cuando no una agresión de Walt Disney a la infancia. “Lo que yo veía era la orfandad”, dice Pedro, que reencontró a su madre en tal estado de alcoholismo y decadencia que prefirió seguir viviendo en la calle con sus amigos, y escaparse al Los Ángeles a ver cómo moría la mamá del ciervito. En la cárcel, se tatuó a Bambi en la espalda. “Recién tuve documento a los 33 años. Me puse la fecha de nacimiento el 26 de noviembre de 1953 –se ríe- pero no te voy a contar por qué. Fue mejor cuando no era un ser humano registrado. No existía. Podía ser cualquier persona, ir a cualquier lado. Tuve más o menos 20 nombres. Mucho tiempo me llamé Alexis y después Roque. Capaz que alguno lee esto y dice: ¡mirá donde estaba este hijo de puta!”.

Recuerda Palomar que de joven pasó por el Pozo de Banfield: “Era 1975. Gobernaba la Triple A. Con nosotros practicaban las torturas que después sufrieron los desaparecidos. No te quiero contar lo que me hicieron por pudor, me da vergüenza. Nunca lastimé a nadie. Pero ellos…”. El Bambi argentino en su propia película de terror.

Años más tarde Fabián Bielinsky lo entrevistó en la cárcel: “Para robar yo hacía papeles de contador, abogado, exportador, comprador, banquero, hasta que llegás a donde está el dinero y te convertís en lobo. Y si podés, te lo llevás. O quedás tirado. Incluso estuve en Europa, con bastante suerte en lo mío. Yo le conté cosas pero lo de él era lo del fraude, metió eso de los sellos en la película. Lo mío en realidad fue un Van Gogh”. ¿Falso? “¡No! Verdadero. Chiquito. Yo lo robé para otra gente, me pagaron, luego hubo una traición, pero era mucho más intrincado que lo que hicieron en Nueve reinas que fue más un porteñismo de la época”.

Tuvo diez condenas en total y con más de media vida en la cárcel Bambi se encontró con el defensor oficial, Federico Stolte, que decidió acercarle una computadora. “Fue lo mejor que me pasó en la vida. Ahí fui libre”. Escribió Mi vida como ladrón, No habrá un libro inconcluso, dos libros de cuentos sin título y otro llamado Yo y mi conciencia: “Ese es de terror”. Cuando Bambi se ganó su libertad física, Stolte lo incorporó a la justicia porteña. “Se defiende a los que nadie defiende. Pero en la provincia de Buenos Aires las defensorías se matan trabajando, ganan dos mangos, y no tienen ningún reconocimiento ni apoyo”, dice este admirador de Hemingway al que leer y escribir le cambió la vida, como se la cambió a Wali estudiar en la cárcel.

Cuando se jubile, Pedro se dedicará a hacer un trabajo artístico que mezcla pintura y tallado en madera. “Nunca viste algo así en tu vida. Con luz ves una cosa, sin luz ves otra”. Siempre es difícil saber qué se está viendo. Waldemar dice que este encuentro teatral generó una amistad que va a perdurar, porque aparte de todo lo hecho, siempre queda mucho por hacer.

Pedro contesta: “Sí, en este país siempre queda mucho despelote por hacer”.

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