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Tortugas

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Crónicas del más acá, por Carlos Melone.

Mechita es un pueblito a mitad de camino entre la Santa María de los Buenos Aires (llamarla CABA es un delito nominativo) y Trenque Lauquen, ciudad  coqueta del Lejano Oeste de la provincia de Buenos Aires.

Cuando digo un pueblito, es un pueblito. Dos mil habitantes si sumamos la cantidad de pichichos de domicilio inestable que recorren sus calles y te miran como quién ve un caballo conversando con una naranja.

No te ladran. Miran. Como extrañados.

Mechita viene de una antigua tradición ferroviaria que tenía (tiene) talleres de reparación de locomotoras y estaba ubicada estratégicamente en un nudo ferroviario de importancia.

Estaba.

Describir lo que pasó con los ferrocarriles, su desarrollo y sus talleres es un ejercicio de sadismo conmemorativo que no haré.

Hace poco tiempo aparecieron unos rusos, que empiezan a estar en todos lados y no solo hacen mundiales, poniendo unos dineros y reactivando los talleres. En el predio lindante con el pueblo se ven carteles flamantes y unas pocas construcciones antiguas refaccionadas en medio del cementerio ferroviario que son los antiguos talleres.

Hace muy poco tiempo estuvieron celebrando el acuerdo con el ex camaradas. El Estadista que, según dicen, ejerce la Presidencia de la Nación Argentina y la Pop Star de la Política Argentina, la Gobernadora de la provincia de Buenos Aires, acompañada de sonrisa dentífrica y su peinado llovido.

Al decir de un habitante del pueblo: “Ese día había más milicos que habitantes del pueblo, profesor, ¿usted puede creer? Gendarmes hasta en la cucha del perro, camionetas y vehículos varias horas con los motores encendidos como si fueran a rajar en cualquier momento. Una cosa de locos. ¿Qué puede pasar acá?”. A su lado, la pampa infinita. “¿Esta gente venía a unir a los argentinos y están muertos de miedo?”, remata con lógica de durmiente de quebracho.

Mi interlocutor es un veterano ex empleado ferroviario, autor de una escultura (el frente de una locomotora en el camino de entrada al pueblo) e historiador de Mechita. Tiene a su cargo un pequeño museo ferroviario.

Me cuenta que esas tierras eran propiedad del ex presidente Manuel Quintana, quien las donó para la creación del pueblo y sus talleres. Don Manuel era desprendido para el desarrollo de la patria, patio trasero de la oligarquía paternalista. Tampoco es que andaba escaso de hectáreas…

La cuestión es que Quintana tenía una hija que se llamaba Mercedes. Y una nieta que se llamaba Mercedes…

Un tierno diminutivo para la gloria catastral.

El cariño no tiene fronteras.

El poder tampoco.

Recorrí el pueblo, donde destaca un grupo de casas de diseño alpino, todas iguales, construidas en los tiempos de oro del ferrocarril para su personal. El resto, de variado porte, sencillas y humildes, incluyendo una centenaria escuela y dos (2) calles asfaltadas.

Y en el medio de Mechita, pueblo pampeano de linaje proletario y gentileza oligárquica, visitado por personajes del Señor de los Anillos, despoblado y despojado, justo en el medio de su urbanización, las musas desquiciadas.

Un Fiat Duna en proceso de descomposición con un sujeto posiblemente humano dentro, atronando espacio e inmensidad con decibeles cósmicos de una música indescriptible, cercana a un lavarropas con algo suelto adentro.

Y un ¿cantante? con dificultades edípicas ya que todo el tiempo decía “mami” y/o “mamita”.

Los virus no tienen locación.

La escena era neorrealismo italiano mixturado con Kusturica. El fulano en situación de goce filo-orgásmico ni mi mirada de asombro cuando pasé a su lado no lo movieron de su zona de confort. Es más, creo que se alegró de que alguien lo mirase.

A su alrededor, la soledad de Mechita. Y la paciencia de sus habitantes, disfrutando volumen y calidad musical capaz de enloquecer a un serpentario.

Ni siquiera un malón para cargarse al decibélico personaje y su nave espacial tercermundista.

Pero la Pampa es ancha y las sorpresas no habían finalizado.

Retomé la ruta sordo y con dolor de cabeza y arribé a Pehuajó.

Pehuajó estará asociado durante varias generaciones a María Elena Walsh y Manuelita, la adorable tortuga de la canción.

Si alguien no entiende a lo que me refiero, su vida ha sido muy desgraciada. O llegó recién de Senegal.

Entré al pueblo, llegué a la plaza principal y le pregunté a un evidentemente aburridísimo guardián uniformado de la ley, el orden y los valores cristianos si había algún monumento, algún algo, vinculado a la tortuga.

Y además le dije algo tipo “¿cómo andan las cosas por acá?”, revelando mi condición de forastero y extendiendo un gesto de amabilidad.

El embolado agente protector de la vida y los bienes de los ciudadanos de la provincia de Buenos Aires me dio las indicaciones específicas, me contó de la vida en la ciudad en la que nunca pasa nada, me dijo que se estaba separando porque “¿vio cómo son las mujeres ¿no?”, me explicó el frío que en ese momento era intenso y cerró su alocución con que estaba cansado de ese pueblo de mierda.

Freud vive inmortal en el alma de su pueblo.

Munido de las indicaciones, volví a la ruta y tras un breve tramo, encontré un cartel modesto que me indicaba salir de ella y hacer un tramo de 100 metros hasta la escultura/monumento/homenaje.

Calle de tierra y escondida tras los árboles, allí estaba.

Rápidamente me di cuenta de que no era doña María Elena.

Era la propia Manuelita.

El arte municipal es portador de secretos borgeanos. Bajo un manto de colorido infantil, una figura opacamente tortuguesca mira el infinito en una media sonrisa extraviada.

En una mano un símil cartera femenina y en la otra el esqueleto de una sombrilla.

La conformación general tiene mucho del dinosaurio Barney y del Oso Meloso fumado hasta las orejas.

Esa es la síntesis hegeliana.

La escultura tiene piernas de elefante, posiblemente hinchadas de tanto “un poquito caminando y otro poquitito a pie” y la posible teoría de que los famosos zapatitos apretarían un poco en posible mestizaje con la vecinita de enfrente.

No había nadie.

La leyenda cuenta que la trasladaron a ese lugar porque en el anterior el amontonamiento de gente provocaba problemas de tránsito.

En los 10 minutos que estuve, solo Yo y mi perplejidad artística.

Detrás de la Tortuga, un cartel en primera persona dice “Gracias por visitarme”.

Pensé en mi infancia. Y en otras infancias.

No hay derecho.

En Apocalipsis Now, Marlon Brando interpretando al coronel Kurtz susurraba, delirante y pelado:

-El horror…el horror…

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