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Olla a presión: Cómo se organizan los barrios para resistir al Presupuesto

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Por qué el gobierno persigue a la organización La Poderosa. Cómo se organiza el barrio y le da pelea a las políticas de pobreza e inseguridad. Cuáles son las claves y las propuestas para bancar la olla y el día a día. Teorías y prácticas desde un comedor en el barrio Zavaleta. POR LUCAS PEDULLA
Nelly Vargas se acuesta todas las noches pensando que no tiene cinco hijos, sino más de 300. Son las 4 de la tarde de un jueves de sol, ya pasó una semana de la media sanción con balas y cacería del Presupuesto 2019 en la Cámara de Diputados, y por el Comedor Evita -corazón de la Villa 21, Zavaleta, Ciudad de Buenos Aires, planeta Tierra- hoy pasaron 60 familias. “A cada una multiplicala por tres, por cinco, por ocho”, precisa Nelly. La cuenta puede dar 180, 300 o 480 personas -nunca es exacta-, y por eso esta mujer de 60 años lleva su cuaderno en el que anota la cantidad, el menú del día y otras precisiones gastronómicas y aritméticas, aunque hoy hubo una que la dejó preocupada: “Por la demanda tuvimos que utilizar la comida de la semana que viene. Hoy el postre era una naranja, pero no pude darles a todos, así que usamos los duraznos del lunes”.
Afuera hay chicos jugando al fútbol contra un paredón con un mural de Gilda; adentro, un grupo de mujeres convida piza y jugo de fruta a otras mujeres porque dicen que, a pesar de todo, están de festejo: el comedor cumple 27 años. Nelly lo abrió con otras vecinas y vecinos el 1º de noviembre de 1991. “Nunca solemos festejar, pero hoy es un lugar donde podemos tener paz y hablar con otras vecinas de lo que les pasa”.
¿Y qué les pasa?
Vemos que se nos viene un tiempo malo: día a día tratamos de ver cómo salimos adelante, pero día a día vienen más familias. Sin trabajo. Madres solas. Cada vez más chicos que consumen droga. Nadie tiene para comer, y tenemos que atenderlos. Por eso estos lugares, donde no solo hay un plato de comida sino apoyo escolar, talleres de salud y un espacio para jugar, son de mucha ayuda. Construimos desde el amor. Nosotros también tenemos dignidad y derecho a vivir.

Las mujeres que sostienen el comedor Evita en la 21. En el medio, Nelly.
Foto: Nacho Yuchark

La cacería del fmi

El reloj marca las 15:53 del miércoles 24 de octubre, y las cámaras de Crónica TV no solo muestran la brutal represión desatada como antesala a la media sanción del Presupuesto 2019, sino también el momento exacto en el que la Policía de la Ciudad detiene a Nacho Levy y a Francisco Pandolfi, referentes de La Poderosa, organización villera que edita la revista La Garganta Poderosa, en 9 de Julio y Carlos Calvo, a 15 cuadras del Obelisco y a cuatro de Constitución, en plena desconcentración. También registra el comienzo de una operación: uno de los efectivos le planta a Pandolfi una barreta de metal, en vivo y en directo.
Ese día también detuvieron a Gonzalo Zamudio y a Lucas Zunino, otros dos integrantes de la organización, en medio de una cacería que tuvo como foco algunos actores particulares: trabajadores de Télam, de Astilleros Río Santiago, docentes de Moreno. Nacho Levy apunta que el motivo por el que se habían organizado desde los barrios para marchar no era terminar el día en la puerta de una comisaría: “Ahí nos pusieron. El presupuesto no es de números, es una cuestión de seres humanos. No queremos que nos expliquen cómo es el déficit cero: queremos que nos expliquen cómo vamos a sobrevivir nosotros con ese recorte. Cuando los movimientos pedimos que se declare la Emergencia Alimentaria queremos decir que no hay para morfar y que si no hay no se puede retroceder más: no hay dónde para retroceder”.

La violencia Bullrich

Fidel Ruiz (23 años) y Jésica y Roque Azcurraire (33 y 31) son tres jóvenes que de niñes iban a comer al comedor de Nelly. “Si en el 91 Nelly no abría el comedor, durante los 90 nos hubiésemos cagado de hambre”, sintetiza Fidel. Hoy los tres son militantes de La Poderosa que estuvieron en la marcha en Congreso.
Estamos en la Zavaleta, frente a la Plaza Kevin, donde en 2013 una bala de Prefectura mató a Kevin Molina, de 9 años. Es la bella plaza que él había ayudado a construir por un amigo suyo asesinado cuatro años antes. La conversación arranca sin vueltas: la persecución no es casual. Fidel: “A nosotros no nos encanta estar en la calle, porque donde sostenemos la lucha es en nuestros territorios. Pero tenemos que salir porque todos los días nos vulneran un derecho más. Pero cuando pasa un caso de inseguridad y nos criminalizan, nos echan la culpa a nosotros de no saber contener a los pibes de los barrios, cuando todo lo que hacemos es por la ausencia del Estado. A nosotros ya nos vulneran en materia de trabajo, salud, deporte, cultura y educación, y es la comunidad la que debe organizarse para conseguir esas cosas. Pero nunca nos imaginamos que, en materia de seguridad, también nos tendríamos que organizar. Nunca nos hubiera gustado plantear un control popular de las fuerzas porque hace ocho años el Cinturón Sur trajo a las fuerzas nacionales al barrio; porque hace cinco años liberaron la zona cuando pasó lo de Kevin; porque hace dos torturaron a Iván y Ezequiel; y porque en mayo violentaron la vivienda de nuestros compañeros. ¿Cómo no vamos a pensar organizarnos para cuidarnos entre nosotros?”.
En la noche del 26 de mayo, la Prefectura ingresó a las casas de Jésica y Roque, disparó contra los vecinos y lanzó gases en medio de los pasillos. Entre las corridas, lxs hermanxs fueron golpeados y detenidos. Roque: “A mi sobrino de 11 años lo apuntaron con una escopeta, tuvo que saltar una pared. Al compañero de Jesi lo agarran, lo arrastran, lo cagan a palos. Yo atiné a sacar mi celular para filmar el desastre que estaban haciendo, cuando se me vinieron encima. Me rompieron el celu. A mí me van amenazando, esposado. Ellos saben claramente quién soy, me ven en el barrio con la cámara, con los compañeros y las compañeras. Me decían: ‘Hay que matarlos a todos. Negros de mierda. ¿Dónde tenés la falopa?’”. Roque fue liberado dos días después.
A Jésica todavía le cuesta recordar el momento. Poco le importó a la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich: el 8 de junio brindó una vergonzosa conferencia de prensa en atacó a la La Poderosa, acusándola de armar un “relato” de los hechos porque, según su curiosa interpretación, “el objetivo es liberar el barrio para que esté controlado por el estado ilegal y por los que trafican droga”. Como en el barrio no hay metáfora, la violencia estatal de esa noche ocurrió a metros de la casa de Iván Navarro y Ezequiel Villanueva Moya, los jóvenes que en septiembre de 2016 fueron secuestrados y torturados por esa misma fuerza, y en medio del juicio que llevó al banquillo de los acusados a seis de esos prefectos.
Otra vez, nada era casual. Roque: “Yo entré a La Poderosa para cambiar un montón de cosas. Tenía un grave problema de consumo. Y la organización, los compañeros, el hablarlo y no negarme a discutirlo me hicieron entender que el responsable de mi consumo no eran mis viejos, a quienes yo criticaba, sino la ausencia del Estado. Ese mismo Estado que, a través de la policía, está involucrado en la droga en nuestros barrios, para que no estudiemos ni luchemos por nuestros derechos. No quieren gente pensando. No quieren gente organizada. Les meten la droga desde chiquitos y, después, los meten presos. Jamás liberaríamos la zona para el narco: combatimos eso”.
Tres meses y medio después de esa noche, el 21 de septiembre, La Poderosa festejó la primavera: el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N° 9 de la Capital condenó a los seis prefectos que secuestraron y torturaron a Iván y a Ezequiel, en la misma sala que 33 años antes se dictó la histórica sentencia del Juicio a las Juntas. Fidel: “En medio de tanta bronca, fue algo esperanzador. Fue la confirmación de que algo bien estamos haciendo. Y que no sale de un sello, sino de la comunidad, de todas las asambleas en el país. Y eso es lo que realmente le jode a la política hoy: el barrio organizado”.

Las poderosas

Jésica coordina la Casa de la Mujer en la 21. “La Casa vino a sumar una pata importante de encuentro para romper con un montón de estructuras que veníamos sufriendo”. Hacen talleres de formación laboral, tejido, encuadernación, reciclado de ropa. También crearon la cooperativa de belleza y estética Mika Gaona, por la joven de 20 años asesinada en 2015 por su pareja. “Fue un femicidio que movilizó a toda la 21/24. La mataron de un tiro en la cabeza. La familia encontró en el trabajo cooperativo una forma de aliviar el dolor, acompañando a otras mujeres. Siempre decimos que los lugares donde nos juntamos a charlar son las peluquerías. Politicemos entonces eso”.
A la Casa llegan denuncias por violencia física (golpes, abusos) y económica (“imaginate una mujer, migrante, sin un mango ni documentos: no existe Estado ahí”), pero Jésica subraya una consulta diaria, al menos, por abortos. “Las pibas realmente se mueren o terminan con infecciones por interrupciones mal hechas. Mujeres que quedaron estériles o sin útero. Acá están todos los casos que hablaron muchas mujeres de clase media a lo largo de todo el debate. Es una problemática constante”.
Desde el comedor, y en una frase que une las ollas populares de las docentes de Moreno con la Villa 21, Nelly subraya que en las crisis fueron -y son- las mujeres las que levantaron la política económica de los barrios: “La economía popular no se inventó ahora, la hicieron las compañeras”. Jésica recuerda que, en 2001, tenía 16 años.
¿Cómo se organizaban?
No teníamos para comer. Una tenía un paquete de fideos, otra una salsa de tomate, otra una cebolla, otra un poco de pollo… Entonces nos organizábamos para comprar las primeras ollas: hacíamos un bingo de 50 centavos, o si alguien tenía el lujo de tener un DVD lo sumábamos a otra que tuviera una tele grande y veíamos una película a 2 pesos la entrada.
Esa memoria vuelve hoy a la luz de lo que representa el Presupuesto. Fidel cuenta el crecimiento de la organización: “Nosotros arrancamos hace 14 años con un equipo de fútbol. De ahí se armó el apoyo escolar. Luego, un espacio de arte. Después, percusión. Nos dimos cuenta de que teníamos que abrir una asamblea porque a los padres y a las madres de esos chicos les estaba pasando lo mismo que a sus hijos. Y así, en base a la emergencia, la respuesta fue la organización. Ese es el orgullo que sentimos cuando hablamos de la villa. No porque nos guste vivir en la precariedad, o porque sea hermoso estar sin agua ni gas, sino porque los barrios sobrevivieron a todas las catástrofes sociales, políticas y económicas que hubo en estos años. Y ojo: no nosotros, porque La Poderosa no le enseñó a luchar al barrio, sino que fue el barrio quien le enseñó a luchar a La Poderosa. Por eso, cuando nos atacan, atacan al barrio”. Jésica remata: “Lo que pasó habla a las claras de cómo un Estado ausente criminaliza a las organizaciones por lo que ese Estado no hace”.
La trama barrial desarma así la urdimbre estatal.
Y deja al desnudo por qué el gobierno persigue a La Poderosa.

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