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El grito sagrado: María Galindo, feminista boliviana

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La reedición del libro A despatriarcar es la oportunidad para sacudir al feminismo con teoría y mucha práctica. Cómo evitar la cooptación del movimiento, cuáles son los desafíos actuales del feminismo, la experiencia de la prostitución autogestionada en La Paz, y cómo interpretar los femicidios. Por Claudia Acuña.
No conozco autora más plagiada, pero tampoco una práctica tan furiosamente creativa como la que ha desarrollado en su Bolivia natal, que la ha parido al ritmo de sus furias y rebeldías. Sin Bolivia no hay María Galindo y esa raíz le ha dado alas que la llevaron a desordenar bienales de arte en Venecia, San Pablo, Madrid o Quito y aquí en Buenos Aires, aunque a nadie le convenga recordarlo. Su última exposición fue en 2007 y motivó un largo proceso judicial cuando grafiteó las plazas de Once y Tribunales con su consigna “Ninguna mujer nace para puta”. Un año antes había sido sometida a idéntico proceso cuando lo hizo en La Paz, con una perfomarce en la cual la dirigente del sindicato de trabajadoras sexuales de Chile gritaba esa consigna mientras medía los penes de cuatro hombres encapuchados y desnudos, para luego anotar las dimensiones en el solemne monumento que está frente a su Catedral. Ese grito representaba uno de los pilares de su pensamiento político –la alianza de una lesbiana y una puta- y aunque aquí fue prostituído durante una década en ediciones piratas de las que Galindo jamás vio ni un peso ni un reconocimiento, nadie jamás se atrevió a reproducir lo que en la práctica significaba: interpelar al poder proxeneta en la calle. Y sin calle no hay María Galindo. Lo primero que nos advierte, entonces, es toda una definición de su valiente experiencia como activista y artista feminista: “Nos pueden robar los términos, pero no nuestras prácticas políticas”.
Bolivia y el espacio público son, entonces, las parteras de su teoría política. Lo siguiente que nos advierte María es qué significa: “La teoría es un instrumento fundamental de la lucha. El horizonte hacia donde queremos ir y la capacidad de nombrar ese horizonte para supuestamente ser protagonistas de esta lucha. Apropiarse de la teoría es apropiarse de la fuerza conceptual y argumentativa de un movimiento. Lo que la rapiña juaga a nuestro favor es la taradez de “la institución”, ya sea que hablemos del Estado o de las oenegés. Ni el Estado ni las oenegés ha sido, en ninguna etapa histórica, lugares de pensamiento; en todo caso podríamos decir que han tenido la virtud de ser una especie de lápida del pensamiento. Las ideas, los debates y las metodologías han nacido siempre por fuera de las tramas institucionales. Y eso nos hace más peligrosas, más libres y menos controlables”.

María Galindo

María en la primera presentación del libro en Mu, durante 2014. Este año regresa a Buenos Aires, del 1 al 5 de marzo.

El momento exacto

A despatriarcar es un libro que editamos en lavaca hace ya cinco años y que agotó varias ediciones aquí y en Bolivia, circulando en las periferias y sus redes sociales no virtuales con la intención de abrir un debate sobre el movimiento feminista y la necesidad de desamordazarlo. Así de claro fue su propósito y su propuesta y así María Galindo lo escribió, palabra por palabra, pensando en cada una de las organizaciones sociales con las que conversó aquí y allá. A ellas les narró una historia clave: cómo la revolución feminista fue capturada en los años 80 y por qué conocer esa historia es clave para recuperar los ejes de sus luchas. En momentos en que esa disputa se actualiza y esos peligros están presentes en la diversidad de órdenes y autoridades que se disputan su control, la nueva edición de A despatriarcar se propone el mismo objetivo: hacernos pensar, discutir y soñar.
En el contexto de tu creación teórica, ¿cómo nace A Despatriarcar?
Es un libro anti-académico en el sentido de que no recojo la pesada y lenta discusión académica, porque poco o nada está ofreciendo esa discusión como respuesta a la realidad política que vive el continente, menos aún en términos de propuestas. El sustento mayor de este libro es la lectura de procesos existenciales de cientos y cientos de mujeres que me regalaron en interminables conversaciones cargadas de sal, de humedad y de saliva, a veces amargas, a veces dulces. Intento dar una respuesta directa a las preguntas existenciales que hoy esas mujeres se plantean: ¿qué hacer con mi vida?, ¿cómo lograr mis sueños? Esas preguntas tienen un peso histórico que ellas mismas ni sospechan. Hemos conquistado ya las mujeres del mundo entero la pregunta sobre nuestras vidas y eso es todo lo que tenemos. Intento tejer esas preguntas, con la gran pregunta colectiva sobre nuestra rebeldía: ¿por qué luchar y por qué hacerlo juntas?
La primera pregunta que respondés es si tiene sentido llamarse feminista. Ya el sólo hecho de formularla es una interpelación, ¿por qué es necesario preguntárselo?
El feminismo sigue siendo un barco a contracorriente que es difícil de remar y eso es lo mejor que tiene. Todavía me presento como feminista porque no se puede explicar en dos palabras su contenido y porque me desconecta de la pléyade de izquierdistas profundamente conservadores y simplones que van de revolucionarios. Es una palabra que funciona como un cuchillo que abre un debate que no está saldado y que no se puede cerrar, sino sólo abrir y seguir abriendo. Pero también estoy consciente que nos vienen robando la palabra feminismo. Uno de los actos del poder es devorárselo todo, ser todo y que nada tenga sentido por fuera del sentido que el poder asigna a las cosas. Y cuando digo “poder” estoy hablando de una compleja trama de relaciones de ida y vuelta. Este robo, esta ocupación, esta cooptación de los contenidos y de la palabra feminismo tiene como resultado una fallida revolución feminista de la que hay que hablar si queremos continuar hablando de feminismo. Es imposible seguir usándola sin analizar el uso de las categorías de “género” y “perspectiva de género” que se suscriben para no decir nada. Y no es sólo un problema retórico, sino de vaciamiento, porque por ese camino la palabra y el sujeto central del feminismo se convierte en “la mujer”, en singular, sin contenido alguno. La pregunta es: ¿qué hemos perdido y qué estamos perdiendo por ese camino? Mi hipótesis central es que estamos perdiendo nuestro horizonte de lucha.

Teoría de las entrañas

Teniendo en cuenta la actualidad que ha cobrado este texto, por el momento de captura del sentido del movimiento social que estamos viviendo, ¿qué significa hoy el grito A Despatriarcar?
Es la urgencia de colocar las energías de los feminismos en una óptica antisistémica, es el atrevimiento de formular desde los feminismos utopía social y no mero discurso de derechos, es la capacidad de salir de la oferta tramposa de inclusión, igualdad etc., etc., en el que el modelo neoliberal, a través de la tecnocracia de género y los organismos internacionales, nos metieron en los ‘80, ‘90 y más. Es un grito para presentarnos como movimiento insaciable. Es un grito que nos permite decir en una misma palabra todo lo que queremos y todo lo que no queremos al mismo tiempo. Es un punto de confluencia ideológica y política para las más diversas raíces de los movimientos feministas. Es un grito que no sale de la academia y es teoría política de primera calidad, aunque la ninguneen. Es un grito que descoloca a la izquierda, al neoliberalismo y al progresismo al mismo tiempo.
¿Cuáles son los peligros de transformar la ética feminista en la moral de la burocracia de género?
Me gusta más llamarle tecnocracia que burocracia, porque el núcleo de oenegés y organismos internacionales han creado alrededor del hambre y las luchas de las mujeres no únicamente instituciones y burocracia, sino un tesauro que es un corset de categorías y masters de género donde encajar nuestras hambres. Es muy peligroso, de hecho ya lo hemos vivido cuando la introducción del ajuste estructural de los 80, donde esta tecnocracia construyó un modelo para absorber las energías y la fuerza de las mujeres como colchón de soporte del ajuste estructural, ahí y en esas aguas nació el microcrédito, por ejemplo, que es un modelo de explotación de las mujeres basado en las teorías del “enfoque de género”. Hoy estamos asistiendo a un nuevo momento. Las mujeres estamos en un nuevo proceso de acumulación política y la ofensiva desde los Estados y las oenegés por gestionar y apagar esa fuerza está ahí. Creo mucho en la necesidad de construir escenarios donde confluyamos muchas desde diferentes posiciones y bases organizativas, pero al mismo tiempo tampoco creo en la confluencia sin límites políticos: no podemos ser las tontas útiles nuevamente.

En la última Bienal de San Pablo realizó una acción para exigir aborto legal.

Los Bolsonaro y después

En este contexto de Bolsonaros, ¿qué representan políticamente los movimientos feministas y las disidencias?
A mi entender estamos pasando a una nueva fase del neoliberalismo, que es la fase fascistoide. El neoliberalismo con el discurso retórico de derechos individuales desmontó los derechos colectivos conquistados por la clase obrera. Hoy ya no necesita de ese discurso de derechos. Estamos pasando a una nueva fase. No hay un fascismo, sino muchos fascismos y muchos fundamentalismos. El modelo clásico de todo fascismo y de todo fundamentalismo se basa en la construcción de un enemigo y de la necesidad de insuflar el miedo social . Por otro lado, la unidad productiva más eficiente del capitalismo patriarcal-colonial es la familia patriarcal, que únicamente puede funcionar bajo la “eficiencia” de la heterosexualidad obligatoria y la sumisión de la madre-esposa. Los feminismos, las mujeres en rebelión y lucha estamos provocando una crisis profunda de ese modelo y de esas nociones de familia y la condición marica –en la cual yo aglutino toda la mariconada- es parte de ese quiebre y por eso nos convertimos en “los” enemigos a ser señalados como el “peligro”, el “monstruo”, lo “perverso”. El gran papel de la mariconada es la desestructuración de lo que asumimos socialmente como hombre o como mujer, la subversión de las formas básicas de disciplinamiento social. Además está la gran dosis del discurso del placer sexual que introduce la mariconada en la movida feminista, las lógicas de fiesta dentro de la lucha. Todos elementos altamente subversivos y “peligrosos” para el orden social “productivo”.
¿Cuáles son los desafíos que tiene el movimiento en esta coyuntura?
Son muchos, realmente muchísimos, pero me gustaría al menos concentrarme en tres.
La relación con el Estado en todas sus formas: no debe ser el único escenario de sentido para el movimiento. La interlocución con el Estado puede ser en algún momento interesante, pero es más importante o tan importante la interlocución con la sociedad, por lo tanto estamos hablando de construir esas voces, esos lugares de interlocución con la sociedad. Tenemos la tarea de interpretarlo todo, de ponerle sentido y significado a las cosas y los hechos y de dialogar sobre esas interpretaciones con la sociedad.
La construcción de lo que yo llamo el sujeto político: creo que sigue siendo un tema pendiente importante cómo articular las diferencias y que no terminen siendo una foto de Benetton, sino la capacidad de lograr una comprensión más compleja de las opresiones y de la forma como están conectadas.
La gestión o la autogestión de nuestros sueños, organizaciones y cotidianeidades: creo que, por ejemplo, en todo lo que se refiere a violencia tenemos que encontrar nuestras formas de organizarnos. Sin esa autogestión somos simples demandantes. Pero también tenemos que ser capaces de tener núcleos de autogestión de lo que somos y queremos. Es esa autogestión el lugar de construcción de la voz en primera persona; es esa autogestión el lugar de lo que yo llamo política concreta, que es la capacidad de traducir una visión ideológica en prácticas sociales tangibles; es la autogestión el lugar de construcción de pensamiento propio. No es la academia que piensa por nosotras: es la autogestión el lugar donde nacen nuevos lenguajes de lucha; es la autogestión el lugar de construcción de solidaridad entre nosotras. Por lo tanto es el lugar concreto de construcción de comunidad.

María, detenida tras realizar una perfomance en La Paz, Bolivia.

Putas sin patrón

Ahora estás acompañando una experiencia superadora de la eterna disputa de la burocracia de género entre abolicionistas y partidarias del trabajo sexual. Tu propuesta Putas Sin Patrón es un planteo teórico que apunta al centro de la cuestión: de qué tipo de apropiación por despojo estamos hablando cuando decimos explotación sexual. ¿Cómo se originó esa reflexión y qué significó en la práctica?
Es que nosotras nunca abandonamos la lucha desde el universo de la prostitución. No se trataba para nosotras de sacar un librito, sino de transformar la realidad y, además, de enganchar con una visión feminista de la prostitución. Acabamos de lograr la aprobación en la ciudad de La Paz de una ley de regulación de los locales de prostitución que introduce la modalidad de la prostitución autogestionaria, sin consumo ni venta de alcohol y sin proxenetas. Es una novedad importante que si se hubiera dado en Amsterdam, Santiago de Chile o Buenos Aires estaría en titulares de los grandes periódicos del mundo. Es una salida realmente profunda e interesante, no responde a ninguna de las dos grandes corrientes europeas en torno de la prostitución sino que sale desde nuestras tripas, desde lo que estamos construyendo día a día. No es que voy a hacer de la ley un mito, pero en este caso se trata de un ordenamiento territorial donde hemos logrado que en nuestra ciudad no se haga de la prostitución un gheto que controlen con violencia los proxenetas.
n este momento estoy amenazada por las mafias en El Alto para que no nos atrevamos a llevarla de La Paz a esa ciudad. Esta ley la hemos redactado riendo y jugando entre nosotras y hemos logrado su aprobación no por concesión política ni afinidad con el alcalde, sino por su contundencia histórica. En cuanto a la prostitución misma, creo que es fundamental que entendamos la continuidad que existe entre matrimonio y prostitución o entre una serie de formas de trabajo o de estudio en las que las mujeres pagan con sexo tranquilidad, puesto de trabajo o cualquier otra condición inherente a sus vidas. Es una trampa aislar la prostitución y el propio proxenetismo como algo circunscrito al denominado “trabajo sexual”. Yo siempre hablo de los saberes de la puta, saberes que está obligada a callar. Ella tiene la mitad del libreto que nos falta para desmontar la masculinidad patriarcal y por eso está obligada a callar. Es urgente recuperar ese saber.

Estado de rebelión

Rita Segato ha planteado en forma muy precisa la matriz del femicidio y ha avanzado en el planteo del no punitivismo. Sin embargo, en la práctica, seguimos encontrando que las familias de las víctimas exigen a esta justicia patriarcal una respuesta que es incapaz de darle. ¿Qué caminos nos quedan para reparar en tremendo daño social y biográfico que representa cada femicidio?
Corremos el riesgo de convertirnos en un movimiento necrófilo y sepulturero cuando giramos en torno al femicidio a partir de los cuerpos muertos, los golpes, las heridas y los desangramientos. Creo que hay que darle un giro de 180 grados al discurso. Creo que hay que hablar del femicidio el día antes del asesinato de la compañera y recuperar el estado de rebelión en que cada una de ellas fue asesinada. El femicidio está directamente ligado con la rebelión subterránea, de las mujeres en el desacato, personal, intuitivo, de los mandatos patriarcales y esto me parece fundamental. Creo que es urgente no convertir la cuestión de la violencia machista en un problema policíaco y judicial. Ustedes tienen un gran ejemplo histórico de lucha por justicia como son las Madres de Plaza de Mayo, que marcaron la necesidad urgente de aglutinar a las víctimas y desobedecer el sistema penal que aisla los casos y nos impide sumar las victimas como víctimas de la dictadura patriarcal. Ellas fueron capaces de imaginar una forma de justicia más allá de los estrados judiciales. Hoy estamos frente a un desafío análogo.

La fábrica de justicia

¿Es este un escenario político adecuado para gritar ¡A despatriarcar!?

Podemos plantearnos despatriarcar porque la adhesión al patriarcado de cientos de miles de mujeres está resquebrajada y hoy se ha convertido en una disyuntiva. Despatriarcar es, entonces, la fuerza para que esa balanza se incline hacia el desprendimiento de las estructuras patriarcales.
En términos políticos, ¿qué representa la propuesta de despatriarcar?
Es un llamado a despegarse de altares, de lugares de honor, de la familia, del caudillo y pasar al desacato, la desobediencia y la huida hacia la construcción de otros significados y sentidos. Dejar de angustiarnos y de culpabilizarnos por el derrumbe que nuestro desprendimiento ocasione. Es la invitación política abierta a pasar de impugnar significado a construir significado. Es una invitación a no fundar comunidades ideales, sino a instalarse donde nuestro trabajo desmitificado mayor irritación produzca. A no fundar campamentos guerrilleros, porque no queremos realizar acciones redentoras ni vanguardistas. Es un llamado a cumplir, sin permiso, nuestros deseos y para poner nuestra fuerza, nuestro trabajo y nuestras ideas dentro de un proyecto colectivo que desestructure, irrite y desquicie al poder que nos vigila. No se trata de un proyecto teóricamente sofisticado e incomprensible condenado a ser gozado por una pequeña elite.
Concretamente, ¿de qué se trata?
La metáfora perfecta de la despatricalización es la de una fábrica de justicia, productora de sentidos, solidaridades, conexiones y conceptos con los cuales elaborar nuestros discursos y crear nuestras prácticas. Es una fábrica de justicia abierta para que todas las que quieran puedan ser obreras de una política concreta. No vamos a desarmar la casa del amo con las herramientas del amo. Lo que hacemos entonces es abandonar la casa del amo para producir nuestro propio espacio y vivir por fuera de los lugares que nos han asignado. El sujeto del cual partimos no es la mujer en cuanto mujer, sino en cuanto histérica, inconforme y desadaptada. Nuestro sujeto político es la loca. Es decir, aquella a la que la comunidad señala como “la loca”. ¡Ojo!: en cada comunidad, en cada familia, en cada barrio, en cada sitio hay una loca. Sumadas podemos ser millones.

Foto: Lina Etchesuri

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