MU en Brasil: Arde Amazonas

El modelo extractivo, la exportación de carne y soja, el racismo y la violencia atizados por Jair Bolsonaro son algunos de los combustibles que están quemando al Amazonas. Lo que dicen las comunidades atacadas. Los crímenes. Las mujeres. Las sorpresas. ¿Qué significa resistir? Acciones en la selva más grande del mundo para que la vida sea posible. Por Sergio Ciancaglini. Fotos de Nacho Yuchark.
Agradecemos a Guilherme Almeida, Liliana Durán y Giyo Bustos.
La frontera parece irreal, y mide un paso.
Llegamos tras dos horas y media de caminata accidentada, fascinante, con dos caciques del pueblo Apuriná que no necesitan GPS para orientarse en la selva, sino alma y mirada.
En esa frontera se puede poner un pie sobre lo verde, fértil, lleno de árboles, de humedad, de vibraciones.
Y el otro pie sobre lo gris, oscuro, chamuscado, páramo en el que el sol recalienta el aire a 38 grados sobre el suelo calcinado, donde lo que fue vegetación ahora es ceniza y restos de troncos y ramas negras y silencio.
Entre ambos paisajes vuela una mariposa azul y negra; cada ala es del tamaño de una mano humana. Zigzaguea hacia el lado verde de la frontera, oscilando sobre unos objetos nada silvestres tirados en el piso: tres bidones de combustible ya vaciados.
Los caciques se quedan perplejos mirando los bidones que aquí suelen usarse para crímenes complementarios:
alimentar las motosierras con las que se derriban árboles.
encender el fuego con el que se quema lo que queda de la selva tropical más grande del planeta: 6,7 millones de kilómetros cuadrados, dicen, lo que significa que no es infinita.
El lado chamuscado del universo indica qué uso dieron al combustible. Huye la mariposa azul y negra. El cacique Antonio José siempre sonríe, pero ahora deja los bidones sin un gesto y pronuncia una de sus palabras recurrentes en estos extraños tiempos:
-Psicópatas.

Chiquinho controlando fuego junto a la ruta: se ve hasta el horizonte donde tendría que haber selva. Foto: Nacho Yuchark

Modo Bolsonaro

Existe un lugar común según el cual el fuego purifica. En el territorio Apuriná, Amazonas, oliendo y observando la selva quemada, entiendo que no: el fuego puede ser la expresión de lo podrido.
Hubo una fecha precisa: grupos de productores agropecuarios –fazendeiros- del estado de Pará convocaron por WhatsApp al 10 de agosto como el Día del Fuego. El mundo se enteró después, cuando los incendios intencionales continuaron y se propagaron también por los estados de Amazonas, Rondonia y Acre, y las fotos satelitales desde 20.000 kilómetros de altura mostraron lo que aquí llaman queimadas. Llegó a haber más de 80.000 focos, casi el doble de los ocurridos en la selva durante 2018. Se quemaron en total unas 2 millones y medio de hectáreas según las cifras oficiales, que triplican las anunciadas periodísticamente. El tamaño de la provincia de Tucumán.
La noticia sacudió a nuestra Cooperativa de Trabajo Lavaca sin posibilidad de afrontar los costos de un viaje de esa magnitud en medio de los incendios económicos argentinos. Autogestión: se lanzó una vaquita, una colecta. Decenas de personas hicieron aportes consolidando un vínculo que es de amistad y no solo de lectura ante el sentimiento compartido de que nos están quemando el mundo. Y la noción de que el periodismo, entre otras cosas, significa intentar estar en los lugares donde ocurren los hechos. Integrantes de Vía Campesina establecieron con entusiasmo el puente con Rose Padilha del CIMI (Conselho Indigenista Missionário) que abrió con generosidad sus puertas en Rio Branco, Acre, y el viaje imposible pudo hacerse hasta llegar a estos territorios, estos indígenas y estos bidones, en tiempos del mandato de Jair Messias Bolsonaro.
Bolsonaro, 64 años, llegó a capitán paracaidista del ejército brasileño cuestionado por su carácter agresivo y según el comentario de su ex jefe, el coronel Carlos Pellegrino, “por la falta de lógica, racionalidad y equilibrio en la presentación de sus argumentos”. Conclusión: se hizo político, oficio al que se lanzó sin paracaídas y del que vive desde hace más de 30 años.
El cacique Francisco me explica que Bolsonaro es apoyado por la articulación parlamentaria y política conocida como BBB: biblia, bala y buey. “Biblia” por los pastores evangélicos, que también estuvieron aliados al PT (Partido dos Trabalhadores). “Bala” por los sectores pro militares, policiales y armamentistas. “Buey” engloba a los agronegocios en general, con el ganado y la soja transgénica como emblemas. Del sector “Buey” del parlamento proviene la actual ministra de Agricultura Tereza Cristina, a quien sus propios compañeros de bancada apodaron “Musa del veneno” tras liberar el uso de 199 nuevos pesticidas, la mitad de ellos prohibidos en otros países principalmente europeos. El padre Darío Bossi, desde Pará, ilustra: “El Servicio Forestal Brasileño fue transferido a esa señora, y amenazan con abrir las tierras indígenas para el agronegocio y la minería”.
El 1º de enero Bolsonaro asumió la presidencia tras superar en el balotaje a Fernando Haddad, con Lula detenido. Es racista militante, homofóbico, machista en zona de delirio, desprecia a las mujeres, lamentó que el ejército brasileño no haya sido eficiente en el exterminio de indios, defiende públicamente la tortura, elogia a los policías que matan y mientras escandaliza con sus provocaciones impone reformas económicas neoliberales, privatizaciones, ampliación del uso de armas civiles, militarización de la sociedad y los territorios, desfinanciamiento de lo social y educativo, libertad sin control a cualquier accionar de las corporaciones. Sobre la corrupción, como es usual, mucho se irá conociendo paralelamente a su deterioro en el poder.
El sociólogo Caetano Pereira de Araujo explica a MU desde Brasilia: “El riesgo es que esta gente intente golpear a la democracia si peligra su poder. El rechazo que tiene a nueve meses de asumir ya es el más alto entre todos los presidentes democráticos. Su círculo íntimo está dominado por Olavo de Carvalho, un filósofo y astrólogo que anda siempre en un rumbo conspiratorio y fascista que puede determinar formas de golpe institucional si hace falta para seguir gobernando”. Conociendo la historia reciente, la impresentable detención de Lula y los niveles lisérgicos de corrupción en oficialismos y oposiciones de todo tipo, imaginar conspiraciones no requiere de astrología.
Sobre el Amazonas, Bolsonaro ha dicho que sería un delito de lesa patria la demarcación de tierras que corresponde por ley y que es el mayor reclamo de los pueblos indígenas. Frente a la crisis económica propone explotar el potencial económico de la Amazonia, dando entrada a los agronegocios, la minería y las madereras, entre otras. La riqueza de la que está calificada como la 8º potencias económica mundial va a pocas manos: Brasil sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo (10º) con una brecha creciente. Las seis principales fortunas acumulan más que sus 100 millones de habitantes más pobres.
Durante un viaje a Pará, Bolsonaro se reunió con un grupo de terratenientes garantizándoles menos controles para ampliar la frontera agropecuaria a costa de la selva. El llamado al Día del Fuego el 10 de agosto ocurrió en la localidad de Novo Progresso.
Los whatsapps se viralizaron, y las llamas también. Durante varios días ni el gobierno federal ni los locales hicieron algo para detener el desastre. Bolsonaro se dedicó a distraer progresistas burlándose del francés Emmanuel Macron y su esposa Brigitte, o denunciando que quizás los ambientalistas habían iniciado los incendios, lo cual le garantizó más tiempo de debates mientras el fuego seguía consumiendo parte del Amazonas. En la era de la posverdad, Jair Messias agitaba el odio planteando que los indígenas quieren independizarse de Brasil (una mentira antológica, por si hace falta aclararlo), ordenaba ocultar o demorar informes sobre las queimadas y se divertía apareciendo como un nacionalista BBB enfrentado al colonialismo europeo.

Foto: Nacho Yuchark

¿Para qué sirve quemar?

En cuatro días de viajes a través de unos 1.500 kilómetros nos topamos con tres incendios de bosques. A 20.000 kilómetros de altura los satélites estarían registrando esos puntos rojos. A ras del piso lo que se registra es el calor, los chisporroteos y fogonazos, el olor, la desaparición de la vida.
Antonio José explica: “A veces queman directamente, como ahora, porque la época de seca permite que el fuego se expanda. Si no, cortan primero los árboles, los dejan secar durante unos meses, luego queman todo y un tiempo después, en ese lugar crecen pastos que usan para el ganado”.
Por eso el paisaje más frecuente desde las rutas es el cientos o miles de bueyes blancos, según el campo, parte de las 220 millones de cabezas de ganado que tiene Brasil. Se cuadruplicó la producción en las últimas décadas y es el mayor exportador de carne del mundo. Principales clientes: Hong Kong, China, Egipto y Unión Europea, en ese orden. Europa compra masivamente la carne y reclama públicamente contra las queimadas. Más al sur y más al este, los bueyes son reemplazados por la soja transgénica. Brasil es el mayor exportador del mundo, y este año pasó a ser también el mayor productor, superando a Estados Unidos (Argentina en 3º lugar). Los encontronazos norteamericanos están abriendo el mercado chino a los brasileños, y en esa demanda de carne y soja está la clave de la necesidad de reventar la selva.
Los apuriná conocen la mecánica de los fazendeiros porque han tenido que hacer con ellos un pacto de convivencia: “Nosotros en la selva, ellos con los pastizales criando bueyes”. Nada impidió que el Día del Fuego quemaran 600 hectáreas del territorio que reivindican los indígenas.
“No podemos hacer nada, porque no hay respeto. No queremos ser propietarios de esto, sino vivir, cuidar, preservar. No es que defendemos la naturaleza: somos la naturaleza. Con el PT también tuvimos muchos problemas. Pero este psicópata es peor”.
A las 6 de la tarde ya es de noche. No hay electricidad, ni señal de celulares, y han preparado una cabaña humilde con hamacas para que podamos descansar. Iluminados por velas llega el momento de compartir arroz, porotos y pescado que preparó Antonia, la esposa de Francisco. Antonio José lee unos mapas en los que tienen señalado cada centímetro del territorio que reivindican con una linterna minera en la frente y dice: “Una persona sola no puede hacer funcionar al mundo. Para resistir tenemos que ser un colectivo”.
La cabaña está construida sobre pilotes no por las inundaciones sino para evitar visitas inesperadas de la fauna amazónica.
-¿Habrá anacondas?- fue la pregunta entre risas, y no tanto, al cacique Francisco.
-No- replicó socarrón-. Acá son más chicas.

Foto: Nacho Yuchark

¿Qué es el poder?

Los informes revelan que el Amazonas en modo infierno pone en riesgo a 40.000 especies de plantas, 1.300 tipos de aves, 426 variedades de mamíferos, y podrían agregarse datos sobre reptiles, peces, insectos, ni hablar sobre microorganismos, sustancias, bacterias y todo lo que representa una palabra con buena prensa: biodiversidad.
O sea, la vida, porque la vida es diversa por naturaleza. En Amazonas eso resulta obvio. Se siente. Cuando se habla de “pérdida de biodiversidad” lo que en realidad se pierde es vida. Se mata. Los indígenas tienen tal vez el pensamiento biológico más avanzado, ya que consideran que también el agua, la tierra, el aire, las montañas y minerales son parte de la vida. No dividen entre personas y naturaleza, ni entre vida y ambiente.
En Xapurí, Dercy Teles de Carvalho lo dice desde otra mirada: “La lucha sindical nos hizo ver la necesidad de defender la naturaleza. Somos parte del medio ambiente, no existe lo sustentable sin el ser humano. Y los seringueiros (trabajadores del caucho) que defendíamos, no podían vivir sin la selva”.
Dercy habita una cabaña hermosa rodeada del paraíso que significa un lugar no arrasado por los monocultivos ni los agronegocios. En 1981 fue la primera presidenta del Sindicato de Trabajadores Rurales y trabajó política y humanamente con Francisco “Chico” Mendes. Ella se había formado en la Teología de la Liberación. Chico era un trabajador, vendedor de caucho, entusiasmado por esa teología, también por la teología marxista y por muchos de los sueños de cambio social de los 60 y 70.
Chico Mendes fue un visionario que reunió lo político, lo sindical, la justicia social y ambiental, con un pacifismo implacable que incluyó los “empates” (como juego de la igualdad), acciones directas para impedir la deforestación que ya empezaba a asolar al Amazonas: hacían barricadas humanas abrazados a los árboles. Chico y Dercy estuvieron entre los fundadores del PT, y la figura de Mendes se hizo lo suficientemente fuerte como para que el poder resolviera solucionar el problema de modo expeditivo: lo asesinaron a tiros en la puerta de su casa de Xapuri, en diciembre de 1988. Dercy: “Su muerte fue un golpe al movimiento sindical, al movimiento social”. Y un mensaje sobre el nivel de disputa que significaba defender la vida.
Un salto en la historia: “Cuando el PT llegó al poder cambió su posición y fue el catalizador del desmonte de los movimientos sociales. Así promovió también los agronegocios y frenó las luchas. Los que habían sido tus compañeros estaban en el Estado. La gente decía: “el gobierno es nuestro”, pero era de los que estaban en Brasilia cobrando sueldos gordos anulando a los movimientos. Que el partido que ayudaste a construir esté en el poder, no significa que vos tengas el poder. Solo vamos a tener poder cuando estemos organizados con autonomía y listos para intervenir en la realidad. El PT desorganizó a los movimientos, le dio algo de pescado a la gente pero no la caña, dejó a todos condicionados. A veces pienso si no fue una forma de alienación”.
Hoy Dercy continúa su trabajo con indígenas y participará con las comunidades en el Sínodo de obispos sobre el Amazonia, convocado durante octubre por el Papa Francisco en el Vaticano. El encuentro augura ruido en Brasil: la Iglesia históricamente ha tenido posiciones confrontadas con los poderes económicos y políticos y 50 obispos denunciaron este agosto la contaminación, la depredación, la acción de las corporaciones y la violencia que “creció de manera asustadora” contra las comunidades y organizaciones que defienden la naturaleza y pelean contra la desigualdad. El choque promete ser con el gobierno de Bolsonaro y, en otro nivel, con sus aliados de las iglesias neopentecostales más reaccionarias y enfrentadas a la Iglesia.

¿Qué significa Amazonas?

La violencia no es retórica. Maxciel Pereira, colaborador de la FUNAI (Fundación Nacional del Indio), cuyo trabajo consistía en detener los intentos de invasión a territorios indígenas en el Valle de Javarí en el oeste amazónico, fue asesinado de dos tiros en la nuca mientras hacíamos nuestra recorrida. Pocos días antes habían asesinado a Emyra Wajãpi, lider de la cmunidad wayampi. El CIMI tiene registrados casi 200 asesinatos por conflictos territoriales en los últimos dos años, y solo en 2018 hubo 2.305 familias expulsadas de sus tierras por el sector privado, un 59% más que el año anterior. “Esas familias van a las periferias urbanas y sometidas al hambre, empiezan a ver caer a sus hijos en los problemas de prostitución, drogas y todo lo demás”, explica Dercy.
En 2019 todos los índices parecen haberse disparado pero los datos precisos conocerán en octubre, incluyendo no solo las muertes sino las amenazas, tentativas de asesinatos, lesiones, violencia institucional y hasta suicidios (que en este contexto son otro efecto del ataque sistemático a las comunidades).
El pueblo Huni Kuin tiene 11.000 integrantes y una de sus comunidades, a 60 kilómetros de Rio Branco, vio cómo les quemaron sus 10 hectáreas de bosque. “Una moto se detuvo allá atrás, luego se fue, y al rato comenzó el incendio”, cuenta Ixa, joven de 22 años. “Que estos árboles crezcan va a llevar 10 o 20 años”, dice sin dejar de sonreír.
¿Qué hay que hacer? “Nosotros queremos vivir. Todo el problema viene del gobierno. Pero decidí algo: no juego el juego. Salí de las redes sociales, de todo. Sólo quiero trabajar para que esto crezca. Eso decimos. Trabajar para que la vida siga adelante y crezca de nuevo. La nuestra es una política, pero no como la de ellos: es una política sana”.
Rose Padilha describe: “Estas comunidades tienen una espiritualidad para la felicidad. No es como la católica, que es pesada, con la confesión, el dogma. Para ellos Dios es la naturaleza, la tierra, el agua, los pájaros. No alguien por encima. Por eso tienen también una sexualidad muy libre”.
Samé, 33 años, es abuela. Cuenta que hay hombres que tienen dos mujeres. “Pero también conozco mujeres que tienen distintos hombres. Las mujeres hacemos todo el trabajo de los hombres, pero además trabajamos en la casa, lavamos la ropa, cuidamos a las crianzas. No es muy justo, pero va cambiando”, dice con convicción.
Ixa toma una guitarra y canta. Uri toca un tambor y Tene una maraca. Me invitan a sentarme, y la canción funciona como una oración nada pomposa. Los Huni Kuin viven del autoconsumo, pero producen además artesanías y hierbas medicinales con los que el cacique y hermano de Ixa, Mapu, ha sido invitado a la República Checa para iniciar europeos en el arte de encontrarse consigo mismos, y conducir ceremonias que ecualicen mente y espíritu: “Hay que cortar la energía negativa”, explica Ixa. “Vendemos cosas, pero no queremos depender del mercado”.
Su papá, Isaka, es el pajé de la comunidad, el chamán. Lleva una corona hecha con plumas anaranjadas del ave arará, que conectan con el espíritu. Isaka señala el bosque quemado, y dice: “Es muy triste”.
¿Qué tiene que ocurrir para que las cosas cambien? “Hoy no hay paz. No podemos estar juntos. Pero puede haber respeto. Y tiene que haber amistad”. Los Huni Kuin no serán amigos de quienes los incendian o los quieren expulsar, pero frente a la dinámica del odio, que alguien hable de una estrategia de la amistad puede ser un principio político novedoso. Los Huni Kuin repiten una palabra para dirigirse al otro: txai (chai). El periodista Douglas Freytas explica: “Txai es que en mi hay algo de la otra persona, y que en la otra hay algo de mí”. Como dice Ixa, tal vez esa forma de pensar lo común sea un estilo de resistencia: trabajar para que la vida sea poible. Douglas, que está haciendo un documental sobre las comunidades, agrega: “Lo que aprendí es que la clave de la preservación del Amazonas son los indígenas. Que las luchas reales son en los territorios y las más importantes son las ‘retomadas’, las recuperaciones de tierras que están ocurriendo todo el tiempo en muchos lugares”. En los últimos 3 años se registraron 506 retomadas. Lindomar Padilha, filósofo que vivió 25 años en una comunidad, pregunta: “¿La resistencia es estar a la defensiva, esperando que no nos maten? Creo que la resistencia es acción no violenta, camino no defensivo. Es estar y seguir en el camino, pero no de modo individual sino colectivo”.
Todos estos son apenas indicios sobre la complejidad de lo que está ocurriendo en lugares que Rose cree que podrían entrar en una especie de guerra, o de destrucción total.
Pero la palabra que hilvana todo este viaje es “Amazonas”. Ese fue el nombre que según la historia usó Francisco de Orellana al recorrer ese río desmesurado, y descubrir la aparición de mujeres hostiles en las orillas que a flechazos le impidieron ejercer el oficio de conquistador. El nombre venía de la mitología griega, siempre referido a mujeres guerreras.
Y tal vez otra de las claves en términos de resistencia sea justamente la de las mujeres indígenas. En Rondonia nació la Asociación de Guerreras Indígenas de Rondonia, AGIR (palabra que además significa “actuar”). Dicen en un video que me enviaron: “No aceptamos la minería en tierras indígenas, arrendamientos, desmontes ilegales, ni violencia contra la mujer. Ustedes, que tienen el ojo en nuestro territorio, en nuestro cuerpo y nuestro espíritu: no aceptamos que vengan a destruir. Nosotras, mujeres indígenas, estamos aquí para mostrar que somos fuerza y resistencia”.
En agosto, mientras los fuegos comenzaban, 3.200 integrantes de 105 comunidades protagonizaron la Primera Marcha de Mujeres Indígenas, en Brasilia. Iban cantando, bailando, las caras pintadas de todos los colores, los pies descalzos sobre el asfalto, las sonrisas abiertas y gritando: “Despierta Brasil”. El lema: “Territorio: nuestro cuerpo, nuestro espíritu”. Confluyeron con la Marcha de las Margaridas, campesinas que homenajean cada año a Margarida Maria Alves, presidenta del Sindicato de Trabajadores Rurales asesinada en 1981. Los reclamos fueron contra Bolsonaro, el machismo, la violencia contra las mujeres, por los derechos de los homosexuales y contra las políticas que atentan contra esos territorios-cuerpos-espíritus. Amazonas son ellas, y la naturaleza.
Leticia Yamanawá, coordinadora de la Organización de Mujeres Indígenas de Acre, explica a MU: “Siempre las mujeres acompañamos a los líderes en las luchas, en las aldeas, dejando que ellos fueran adelante. Pero no nos podemos quedar más. Tenemos que salir, con nuestros hijos, porque los ataques son tremendos y no podemos estar más quietas. No da. La Amazonia es como nuestros cuerpos de mujeres. Nuestros cuerpos entonces son los que tienen que estar allí adelante, para combatir la violencia, para combatir la destrucción de la vida”.
Territorios, cuerpos, espíritu, amistad, actuar, retomadas, txai. En Amazonas están reescribiendo las palabras y las acciones porque tal vez estén en juego las últimas resistencias posibles para que la vida crezca, y para no resignarse al infierno.

Foto: Nacho Yuchark

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