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Catacumbas: companía Mujer Mutante

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Visita guiada ficcional, expedición a la ultratumba, caminata performática. La nueva creación de la compañía transcurre en el Cementerio de Chacarita. Y a través de la mezcla entre realidad y ficción, revela que la muerte tiene mucha vida. MARÍA DEL CARMEN VARELA

Foto: Lina Etchesuri


En la puerta de la pizzería Imperio, en la esquina de Corrientes y Federico Lacroze, veinte personas se reúnen pasadas las dos y cuarto de un soleado sábado de septiembre. La mayoría no se conoce, pero todxs saben a qué vienen y tienen algo en común: durante poco más de dos horas realizarán una caminata juntxs.
Un mapa, un dibujo y una frase: “Instrucciones para llegar a Omar”. Las letras aparecen al desplegar un papel color crema doblado en cuatro. Según el trayecto, para encontrar a Omar hay que cruzar la avenida Guzmán e ingresar al cementerio de Chacarita.
Las instrucciones indican que, luego de caminar por el boulevard de las tipas, hay que llegar a la réplica de la estatua de Miguel Ángel, La Piedad; allí espera Omar, sosteniendo un paraguas. Es breve en su discurso, y señala otro lugar unos metros más adelante.
Nadie está para despedir a un amiga, amigo o familiar ni para visitar la tumba de alguien cercano. Entonces, ¿para qué?

De mapas y pestes

Una obra más real que la del mundo es el nombre con el que la compañía La Mujer Mutante bautizó a esta visita guiada ficcional que transcurre en el Sexto Panteón, una serie de galerías repletas de nichos, una especie de monótona mini ciudad subterránea de hormigón donde predominan las figuras geométricas rectangulares, matizadas por el verdor de jardines cuadrangulares de pastos perennes, árboles añejos y tupidas enredaderas.
La Bienal de Arte Joven 2019, el XII Festival Internacional de Buenos Aires, el Programa Barrios Creativos y el espacio cultural Roseti coprodujeron esta obra que seguirá durante todo noviembre. ¿Cómo emergió esta idea y cómo le fueron dando forma? Responde Juan Coulasso, gestor del espacio cultural Roseti junto a su hermano Matías, ubicado a pocas cuadras del cementerio: “Este proyecto empieza hace casi dos años cuando como compañía tomamos la decisión de salir de nuestro espacio escénico al encuentro de lo real. En ese momento nos autoimponemos producir una experiencia que suceda afuera y que tenga que ver justamente con el encuentro directo con la realidad. Empezamos a dar una serie de caminatas a la deriva. La primera acción que hacemos como compañía es empezar a caminar por el barrio, sin tener ningún objetivo. Hicimos un relevamiento del barrio y llegamos al cementerio. Empezamos a dar vueltas y descubrimos el Sexto Panteón. A partir de ahí empezamos una investigación que tiene que ver con la historia de este lugar, la genealogía de este espacio”. A medida que iban transitando las galerías y familiarizándose con el lugar fueron apareciendo las historias narradas durante la caminata. Hicieron mapas a mano para no perderse en el laberinto de nichos y escaleras hasta armar un recorrido y memorizarlo.
Cuenta una de las actrices de la obra, Victoria Roland: “Este es un lugar olvidado por la sociedad y ahí apareció también el tabú de la muerte y nuestra relación occidental con la muerte, totalmente extraña e invisibilizada, traumática, atravesada por la religión católica. Una vez que todos nos damos cuenta de que nos vamos a morir empezamos a dejar de ser dominados y hacemos lo que queremos: aceptar la muerte puede ser eso”.

Preguntas eternas

¿Nos animamos a caminar por el territorio de mármol donde el silencio abruma? La que reina se adivina a cada paso; el aroma, las flores frescas de tristezas recientes, las flores secas que pronto serán arrojadas al cesto de basura y las palomas que imprimen suciedad, arrullos y latidos. “Acá está el almacenero de tu barrio, el abuelo del almacenero, tu maestra de jardín, tu cantante de cumbia favorita, una tía, la vecina que cuidaba a tu tía; seguro conociste a muchísimas personas cuyos restos descansan en este lugar”, dice una bella adolescente mirándonos a los ojos. Los espectadores están juntxs, cercanxs, como un grupo que recorre un museo, como turistas conociendo un monumento. La caminata recién comienza.
Una chica aparece en el jardín. Con su mirada encendida enmarcada por una capucha, nos pregunta si sabemos que en la Edad Media la peste negra mató a casi el cuarenta por ciento de la población europea: setenta y cinco millones de seres humanos. Guau. Con verborragia contundente, tira dos datos:

  • la muerte arrasó con ricos, pobres, nobles, plebeyos, sin distinción, ninguna condición ni privilegio podía frenar lo inevitable,
  • ante la inminencia de la muerte, la gente dejó de obedecer. La inutilidad de portarse bien ante la certeza de dejar de existir en cualquier momento desató las urgentes ganas de vivir: rebeldía y desenfreno fueron la respuesta. La suerte estaba echada, y un minuto de vida era la eternidad.

Continúa la caminata. “Se podría decir que Recoleta es el cementerio de la elite y Chacarita es el cementerio popular”, dice Ignacio Pereyra en su personaje del Jefe. “¿Cuántos ricos mueren por año? ¿Diez? Nosotros acá administramos otro volumen ¿entendés?”. Gracias al Jefe, los que no estábamos al tanto, nos enteramos que el cementerio de la Chacarita se construyó para dar albergue a los muertos producidos por la fiebre amarilla, en 1870. El cementerio de la Recoleta no los recibía. Los más acomodados se refugiaron de la peste en la zona norte y así surge San Isidro y aledaños. Cuenta Ignacio: “En medio de la fiebre amarilla, venían acá muertos y más muertos, la mayoría inmigrantes. Los ricos están allá, la clase popular esta acá, tres generaciones de porteños que están enterrados acá. Todo se fue modificando, en cuanto a lo que significa la muerte, cómo la muerte también tiene clase, las bóvedas, los panteones sociales, la tierra o la cremación”.
Guiados por el Jefe, mientras recorremos la hilera de nichos, vislumbramos a una viejita vestida de negro que camina por uno de los jardines del último subsuelo. Seguimos caminando y escuchando el relato. Minutos más tarde, estaremos frente a Sonia, la viejita de sonrisa dulce. Se mueve lenta pero sin pausa y nos mira con cierta compasión. Nadia Lozano: “Mi personaje fue surgiendo de los deseos. Un día vinimos y nos pusimos a charlar con un cuidador, fue el primero que se nos plantó y nos dijo ‘¿y ustedes quienes son?’, que es el texto que le digo yo a la gente. Luego surgió en un texto la idea de que pudiera estar la muerte dentro del cementerio. Hay algo en el personaje que tiene que ver con desdramatizar. Desde el punto de vista municipal, poder ver la muerte como un trámite, como un ingreso y un egreso”.
Durante el recorrido la realidad se mete en la ficción: conviven personas que visitan el cementerio, se dirigen a algún nicho, colocan flores, charlan en voz alta, preguntan por el cuidador. “Hay muchas circunstancias que van pasando en la obra, hay gente velando a sus muertos y hay que tomar muchas decisiones con lo real y entender que son los tiempos de la realidad. Nos adecuamos a eso”.
La compañía La Mujer Mutante viene trabajando hace cinco años. Su primera creación colectiva fue El mundo es más fuerte que yo y Una obra más real que la del mundo es su segunda producción artística. Apuestan a la aventura de transitar experiencias juntxs, como un lugar primitivo donde aflora lo genuino. Juan esboza las preguntas que los convocan: “Qué relación quiero generar con lxs espectadores, qué queremos decir en esta obra y cómo lo queremos decir. Ahí es donde se producen las búsquedas más interesantes”.
Con Una obra más real no podemos evadir la catarata de preguntas que rebotan sobre cuestiones de la vida y la muerte. Resuena la frase simple e inapelable de Sonia, la viejita simpática y amable que unos minutos antes y como al pasar, dijo: “La vida es un ratito”.

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