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Políticas de la libertad: 3º Encuentro de Economía Feminista Emancipatoria, en Guatemala

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Cuáles son los ejes de discusión y las experiencias concretas que se compartieron en territorio mesoamericano, lejos de la burocratización del feminismo y junto a las raíces de las comunidades ancestrales. Del sentido de las palabras a las lecciones de la violencia del capitalismo patriarcal. Resistencia, organización, politización, autonomía, afectos y cocina: las claves para cuidar la vida. CLAUDIA ACUÑA

El quinto encuentro del Grupo de Trabajo de Clacso de Economía Feminista Emancipatoria es en Guatemala y eso significa, entre otras cosas, que estamos en territorio mesoamericano y en contacto directo con las raíces de la cultura maya. Significa también que las participantes llegarán mayoritariamente desde el sur de México, El Salvador, Costa Rica, Honduras, Ecuador, Nicaragua o Panamá, países todos que están sacudidos por el tsunami del capitalismo extractivo y sus temporadas de ciclones de crímenes de Estado: toque de queda, estado de sitio, represiones, cárcel, desapariciones y asesinatos. Pero lo más importante es que también significa que estamos compartiendo la reflexión con mujeres que saben cómo resistir genocidios, tantos los milenarios como los posmodernos, y que llevan en sus ideas y en sus cuerpos la memoria de combates y derrotas y en sus almas las victorias construidas con ingredientes muy variados, que nos invitan a saborear en estas dos jornadas. Y así compartiendo lo que hay y lo que necesitamos crear, aprendiendo a ver lo que no se ve y a distinguir aquello que nos encandila, vamos guisando los apuntes de una teoría con el único objetivo de alimentar nuestras luchas y energías.
El punto de partida es común y es claro: estamos cansadas.
No es un lamento, sino un diagnóstico: necesitamos reponer fuerzas, darles paz a nuestros cuerpos y descanso a nuestras ideas, porque necesitamos nuevas, otras.
Esta es una breve síntesis de los aportes que así surgieron.

Palabras

Cada día la ceremonia de compartir sabiduría se inicia prendiendo una vela para invocar así el espíritu de las ancestras… no… la vela, en realidad, es un faro que nos permite ubicarnos en el tiempo y en el espacio para sentir muy fuerte y muy adentro, que formamos parte de algo enorme, continuo y permanente. Por eso también invocamos y reflexionamos la energía que cada día tiene el calendario Maya. Nos permite visualizar que siempre y en cualquier lugar tenemos la fuerza y la sabiduría de todas las que nos precedieron, y también las fuerzas y sabidurías de las que vendrán. Reconocernos en esa posición de tránsito y nexo nos permite acumular potencia. Hay mucho caudal ahí, muchos recursos: somos una riqueza sin soledad.
En algún momento esa capacidad de trascender comenzó a denominarse “empoderar”. Aquí se acuerdan perfectamente cómo y por qué tomó ese nombre: la mal llamada “cooperación internacional” tiene a las tierras de la Mesoamérica como escenario central. Tal como nos recordará una de las mujeres originarias participantes, fue luego de la Cumbre de Pekín cuando, con financiación y sin tregua, las burocracias académicas “al mismo tiempo que comenzaron a imponer la palabra ‘género’ para reemplazar a la palabra ‘feminismo’, comenzaron a hablar de empoderar”.
-¿Y qué palabra reemplazaron con “empoderar”?
-Politizar.

Alerta

Es fácil advertir en Centroamérica que la mal llamada cooperación internacional está ahora dedicando sus recursos a financiar una alianza folklórica entre el feminismo y los pueblos originarios. Una vez más la memoria de las más veteranas nos ayuda a desentrañar qué representa esta intención: “Si no hablan de monocultivo, fumigaciones y el agua no es la lucha ni del feminismo ni del pueblo originario”, advertirán. Saben de qué hablan: hace veinte días asesinaron a Diana Isabel Hernández, una integrante de su organización (“una líder”, dirán ellas) delante de sus compañeras y de sus hijos. “Le dispararon por la espalda. Ella tenía la Biblia en sus manos y la bala también la atravesó”. Diana tenía también 35 años y una vida dedicada a luchar contra las plantaciones de monocultivo de palmera transgénica, que en sus tierras agota el suelo y consume toda el agua. La memoria de estas expertas resume así la situación actual: “Nunca tuvimos agua potable, sino de pozo. Hace unos años con cavar 10 metros ya encontrábamos agua sana y en cantidad. Ahora necesitamos pasar los 30 y recién ahí la sacamos a gotas y con veneno”.
Monocultivo, fumigaciones, agua: palabras clave para detectar operaciones que intentan correr el foco y así, la presión.
Todavía no había comenzado la primera disertación y ya habíamos aprendido esta lección: la que sabe no está arriba ni adelante, sino al lado.

Definiendo luchas

La primera jornada estuvo dedicada a escuchar a expositoras que con investigaciones y experiencias concretas fueron trazando un diagnóstico de las batallas feministas en el continente, así como también señalando las alertas para no desviar la potencia alcanzada hasta hoy y apuntar al horizonte común: queremos cambiarlo todo. Algunos apuntes de lo rumiado en esa puesta en común:
Las mujeres somos un actor social que nunca fue reconocido como sujeto de transformación política y esa negación se transforma en nuestra principal virtud: la de lo inesperado. No saben cómo leernos, anticiparnos ni proyectarnos.
La respuesta de los factores de poder es la misma de siempre: la colonización. Somos salvajes, ergo nos educan. La evangelización del género nos creó así falsos ejes de lucha. Un ejemplo: la lucha por la igualdad y su aplicación limitada al tema concreto de la llamada “brecha salarial”. La investigación compartida demostró que los peores salarios son los más igualitarios (y por supuesto, los que recibe la mayor parte de la población). Eso significa que la lucha feminista no se puede reducir a igualar las condiciones de explotación del mercado laboral. La lucha es por “la otra economía”.
Otra investigación de este Grupo de Trabajo de Clacso ya había demostrado, además, que el 40% de la población de América del Sur recibe planes sociales desde hace ya veinte años. Eso significa, entre otras cosas, que no se trata de una medida de emergencia, sino que este sistema productivo ya no puede ofrecer ningún empleo digno al 40% de la sociedad económicamente activa. Y al resto, en su gran mayoría, lo somete a la precarización laboral. Ergo: eso que llamamos capitalismo industrial no tuvo en América Latina un desarrollo completo, pero su decadencia es constante y sin aparente retorno.
¿Cuál es nuestra lucha entonces? “Hablemos de autonomía“, es decir avanzar en la soberanía sobre las condiciones para la reproducción de la vida”, propone Natalia Quiroga Díaz. Se trata entonces de reconocer que las mujeres están sobre representadas en la población sin ingresos: una de cada tres no tiene ningún ingreso monetario y en una sociedad crecientemente mercantilizada significa que ellas ven gravemente afectada su autonomía, a la vez que plantea que las salidas individuales no son sustentables, las economías populares y sociales están conectadas con el bienestar de su entorno inmediato, por eso la autonomía tiene una dimensión territorial.
Segunda lección: las palabras abren o cierran horizontes de lucha.

Parar la olla

Otra ventaja histórica: nuestra trinchera se ha convertido en el campo de batalla. Es ahí y es ahora por donde pasa la pelea y nosotras sabemos mejor que nadie cómo ganarla.
¿De qué nos hablan estas mujeres de comunidades remotas, originarias y organizadas? De la cocina. Esa es la trinchera. Y de lo que se trata es ni más ni menos que de “politizar la olla”. Dicen: “Cada comida es una oportunidad de defender la diversidad, de poner en acto saberes ancestrales que se están perdiendo y de boicotear al capitalismo transgénico. Cada comida es una oportunidad de sanar a nuestra comunidad, de aprender a hacer de una forma mejor las cosas y de cuidar nuestros cuerpos y a la Madre Tierra”.
Politizar la olla significa repartir las tareas en forma equitativa, porque hoy la carga, el peso y la mochila están depositadas en la espalda de las mujeres; eso significa también que además de todo lo que ya este sistema patriarcal nos impone tenemos que soportar la resistencia en el espacio público y en el espacio cotidiano, ya sea privado o social. La casa, la calle y la olla popular: todo eso está hoy en los hombros de las mujeres. Y no está bien: está mal.
¿Podemos decirlo en voz alta en los espacios donde estamos organizando la resistencia? Decir, por ejemplo: “No nos vamos a hacer cargo de la crisis del sistema”.
No. Todavía falta. ¿Qué falta? “Entre otras cosas, falta que cuando hablamos de políticas de cuidado incluyamos a las tareas sociales y políticas que están soportando las mujeres en esta crisis”, se apunta. Valorizar la militancia, por ejemplo. Cotizar las horas de la olla popular, por supuesto. Ejemplos ausentes en los estudios e investigaciones de la llamada economía del cuidado, que toma siempre como paradigma y medida la Familia destruida por el modelo neoliberal: padre, madre, hija, hijo, cenando en la mesa del departamento de cuatro ambientes comprado en cuotas con el sueldo en blanco, con aguinaldo y obra social de la pareja heterosexual: Jurassic Park.
Tercera lección: cocinar resistencia.

Puesta en común

Una vez encendida la vela, la segunda jornada nos agrupó por territorios imaginarios para pensar las respuestas a tres preguntas fundamentales:

  • ¿Qué cosas de nuestras prácticas nos ayudan a emanciparnos?
  • ¿Cuáles nos someten?
  • ¿Qué podemos hacer juntas?

El ejercicio es una provocación para propiciar una conversación entre estas mujeres, así que la invitación a responder estas preguntas es principalmente un ejercicio sin obligación a producir algo concreto: “No queremos que hagan un programa, un evento, una declaración o lo que sea, sino que ejercitemos la posibilidad de imaginar cosas -ideas, imágenes, palabras, proyectos- que nos ayuden a ampliar horizontes de luchas junto a otras que no están ahora ahí, pero sí presentes en nuestros pensamientos e intenciones”.
Esa es la lección: crear, reflexionar, jugar, producir, con lo que hay ahí -compañeras de otras organizaciones, crayones, papeles, experiencias, saberes- y con aquello que no vemos ni tocamos, pero también está: nuestras propias compañeras, preocupaciones, territorios, proyectos.
Así, finalmente, desde ese rincón de Guatemala se escribió esta declaración al más allá, para resumir propuestas e intenciones: “En este espacio compartimos la reflexión y análisis de las diversas formas de explotación del trabajo de las mujeres rurales, campesinas, comerciantes, trabajadoras domésticas, académicas; las dobles y triples jornadas que pesan sobre nosotras, despojándonos del tiempo y las energías, limitando nuestro derecho a la autonomía y a la decisión sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas. Denunciamos que la tierra, el agua, los bienes comunes, el cosmos, la espiritualidad, y la humanidad entera están recibiendo el impacto del modelo patriarcal, colonialista, racista, neoliberal, capitalista y extractivista que se ensaña contra nuestros cuerpos, mentes, memoria, palabra, historia y las redes de la vida.
“Denunciamos que los fundamentalismos, económico, político y religioso, a través de las empresas, los Estados y las iglesias, el narcotráfico y el crimen organizado, están agudizando la pobreza, exclusión y miseria, instalando megaproyectos y privatizando nuestros recursos, amenazando la soberanía alimentaria de nuestros pueblos, la autodeterminación, provocando el desplazamiento forzoso, la criminalización de las migraciones, normalizando la jerarquía de los cuerpos y de las vidas.
“Están arrasando con los mínimos derechos reconocidos a mujeres y pueblos, recurriendo a la militarización para preservar los privilegios de las élites, reprimiendo con mas saña, y declarando la guerra a los pueblos que están en pie de protesta.
“Rechazamos la violencia brutal que los gobiernos, particularmente en Chile, Ecuador, Honduras, Brasil, Nicaragua, Guatemala, Costa Rica, México, Colombia, en contubernio con los centros de poder el FMI, el BID, las transnacionales, empresas extractivistas, los países imperialistas, están ejerciendo contra quienes están alzando sus voces y poniendo el cuerpo contra las medidas neoliberales que atentan contra la dignidad y los derechos.
“Repudiamos la violencia sexual, económica, epistémica, política, institucional e ideológica contra las mujeres que resisten y defienden derechos en los múltiples territorios de Latinoamérica.
“Ante esta coyuntura reafirmamos nuestra convicción para continuar construyendo juntas, desde nuestra diversidad y resistencias, pensamientos, propuestas, miradas de mundo, y cosmovisiones emancipadoras.
“Por ello, condenamos enérgicamente la embestida neoliberal, antipopular, militarizada y represiva contra nuestros pueblos, especialmente contra las mujeres, la juventud y los pueblos originarios. Y en esta hora de protesta continental, nos hermanamos con las mujeres y feministas chilenas, ecuatorianas, haitianas, argentinas, hondureñas, nicaragüenses y con todas las mujeres de Abya Yala que enfrentan a esos poderes infames.
“Nos inspiramos y reivindicamos a las mujeres que están en las calles, en los territorios, en las casas, en las escuelas, en el campo, en las ciudades, en las comunidades, en las familias, en las organizaciones, en las instituciones, resistiendo y creando, resistiendo y pronunciándose, resistiendo y sosteniendo la vida”.

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