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Noche con queso

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Crónicas del más acá, por Carlos Melone.

Pampa bonaerense, donde la frontera entre cielo y tierra es una ensoñación, donde los atardeceres con nubes construyen segundos de perplejidad completa, en esa tierra interminable, las tormentas toman musculatura de titanes griegos, se vuelven esbeltas, fornidas, temibles.
Me detuve para apreciar el espectáculo, al costado de la ruta. Las nubes negras se abrazaban con las blancas en un amor mortal y mientras pensaba en esto y en otras gansadas me di cuenta de que podía sobrevenir granizo.
Y no había ni un cardo donde refugiarme.
Abandoné las metáforas, me subí al autito y empecé a apurarme para llegar a Coronel Pringles que estaba a unos 50 km. Cuando entré en la ciudad, los gotones eran puñetazos sobre la carrocería.
Me mandé de cabeza al primer hotel y guardé el coche. Una hora después un granizo intenso y breve confirmaría mis temores y desmentiría mi apuro.
Una señora que hacía las veces de recepcionista me atendió. Veterana de mil batallas, de coquetería versallesca, estaba (o era, nunca lo sabré) de un humor de esos que vuelven al mundo un lugar peligroso. Me miró de arriba abajo como si tuviese un escáner, me dijo que la habitación que me daba era la última (después sabría que no), que valía Z (después sabría que valía menos) y que a las 22 cerraba todo y como no había sereno si a esa hora no volvía, me quedaba afuera.
Todo en un tono de vida poco afortunada y pulsión tanática.
Mi cabeza oscilaba entre la estupefacción y mandarla a lejanos distritos de la Pampa Bonaerense. Pero la tormenta allí estaba y la conveniencia es hija de todas las desgracias.
Mi habitación en el viejo hotel era pequeña y confortable. Tenía un antiguo baño de grandes dimensiones diseñado por personas con sentido del humor: en una punta del baño estaba el inodoro y en la otra punta (literalmente), en una lejanía prometedora de angustias y maniobras al borde de la pérdida de dignidad, estaba el bidet.
Frente a la cama, un pequeño televisor de tubo estaba sostenido por un estante. La última vez que le habían pasado un trapito fue en 1986.
El descanso exterior de la ventana estaba habitado por una multitud de palomas con problemas de obesidad.
Inquieto por las amenazas de la dama hostil, salí temprano a cenar y caminar un poco. Coronel Pringles parece ser una ciudad próspera, de escaso agite, limpia hasta la exageración y con aire de pueblo a pesar de su importante tamaño.
Di unas vueltas a pie que incluyeron la inevitable Plaza Central, el Edificio Municipal, un tremendo mamotreto, pensado por Salamone (un arquitecto/personaje que ingresará en otras crónicas) y me senté en un bar a masticar algo. El bar era una mezcla de estilo vintage y antigüedad legítima. Mesas y sillas de madera con huellas de un trajín de muchos años; bastante despoblado: en una mesa cuatro señores conversando, dos de ellos con boina, campera y bombachas.
Me relojearon con poco disimulo cuando entré y luego fui ignorado, lo que me confortó.
Frente a mi mesa estaban sentados un padre y dos niños: uno de, digamos 10 años, frente a su padre y dándome la espalda. Y junto al padre otro de unos 5 años, que quedaba frente a mí.
El padre y 10 conversaban animadamente mientras 5 desarrollaba algunas batallas intensas con un muñeco que me resultó inidentificable: estoy fuera del mercado.
En simultáneo con mi pedido, a la mesa aludida llegaron unas enormes hamburguesas con queso y multitud de papas fritas.
El padre y 10 seguían conversando: la palabra la llevaba 10 y su papá estaba indudablemente interesado. No era una escucha distraída o condescendiente: tenía cara de que le importaba lo que el hijo le contaba.
Todavía quedan padres así.
No había ni hubo madre a la vista.
Cada tanto 5 quería participar en la charla pero era ignorado. No era rechazado en sentido clásico.
No.
Nadie le daba pelota. 5 iba y venía entre el muñeco, papas fritas, hamburguesa y su intención de participar. No parecía frustrado ni hizo las temibles pataletas.
Un duque. Ese pibe tiene futuro.
Después de varias intentonas de participar en la conversación, empezó a comer la hamburguesa con dedicación. Discrepancias entre el tamaño de su boca, la porción que pretendía ingerir y el queso que desbordaba por donde fuere hizo que 5 empezara a convertirse lentamente en una masa de carne, queso y papas fritas (que agarraba delicadamente con dos dedos) con forma humanoide.
Bajo esta condición que empezaba a dispersarse por su remera y su pantalón, 5 no desistía de, cada tanto, involucrarse en la tertulia.
Pero padre y 10, que comían como humanos, seguían en lo suyo. En algún momento alcancé a escuchar que 10 le hablaba a su padre de historia.
Pensé -total, pensar es gratuito- que 5 se hubiese sentido contento de tener la atención incluso de la veterana tanática de mi hotel, que debía estar allí, tic-tac, esperando a las 10 de la noche para dejarme afuera. Pero pensé que es mejor no pensar tanto, y volví a mirar.
5, desolado de atenciones pero con la entereza de los grandes, empezó a juntar papas fritas y pedazos de hamburguesa que se le caían al piso y a ingerirlas sin temor al cólera ni a la cólera paterna.
Yo no podía dejar de mirar a 5 fascinado y, a la vez, al borde del vómito.
En un momento nuestras miradas se cruzaron y 5 me dedicó una sonrisa llena de hamburguesa, papas fritas, queso y otros cuerpos vaya uno a saber de qué.
Su cara era brillante cual baño de aceite, su remera amarilla era un muestrario gastronómico, sus deditos insistían en el movimiento pinzado para agarrar las papas y el queso era la presencia omnímoda del Ser.
En un momento 10 se levantó para ir al baño.
5 había incorporado a la gesta nutricional a su muñeco por lo que las cosas eran más… participativas.
El padre giró la cabeza y vio el espectáculo, una síntesis entre el caos más absoluto y alguna otra cosa.
5 le sonrió encantado de recuperar la atención paterna.
Su papá lo miraba como quien ve venir un tsunami y no puede escapar.
Lo miró inmóvil durante algunos segundos. Y luego soltó, como una cascada, una carcajada fresca.
Le dio un beso en la cabeza (posiblemente la única región más o menos accesible) y empezó a limpiarlo, sin reproches, sin rezongos, totalmente tentado ante el arlequín alimenticio que tenía ante sí.
Cuando 10 volvió, yo pagué y me fui.
Afuera no solo había dejado de llover.
Era una noche espléndida.

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