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Diccionario mediático argentino

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Por Pablo Marchetti

Asunción (de mando)

Momento en que un/a/e funcionario/a/e comienza su mandato. La asunción de un/a/e presidente es un acontecimiento que suscita, en los días previos, todo tipo de rumores, operaciones, conjeturas y acuerdos. Como todo acontecimiento político. Pero el despliegue espectacular de la asunción de mando funciona como una representación simbólica de república, respeto, convivencia, democracia, institucionalidad y raciocinio, entre otros valores que se le asignan. En los últimos años, en Argentina se naturalizó el hecho de que un/a/e presidente entrante le entregara la banda a uno/a/e saliente sólo si es de un mismo partido o una misma persona. En caso contrario, se apelaba al algún tipo de artilugio protocolar para evitar la entrega de bando, momento cúlmine de la asunción. Tal vez en esta circunstancia puedan rastrearse los orígenes de la superstición creada sobre la representación simbólica de ciertos valores en la asunción presidencial.

Binarismo

Separación de un ideario solo en dos valores contrapuestos. El binarismo no admite grises. O sí, pero son cosas que deben discutirse en momentos especiales. No en todos. Y mucho menos en algunos en particular. Cuando el ideario es la biología, el binarismo es prácticamente ineludible en cuanto a la sexualidad humana. El movimiento LGTBQ+ instaló la idea de que las identidades sexuales iban mucho más allá del binarismo de la biología. No por un problema de la biología: por la certeza de que la biología incluía las emociones. Y el desarrollo de lo que esas emociones podían generar en la sexualidad del ser humano. Durante mucho tiempo se pensó al binarismo como reaccionario. Y con justa razón. El binarismo invisibilizaba minorías y desalentaba a la diversidad. El binarismo no daba opción a la diversidad y negaba derechos. Hasta que el binarismo saltó de la biología y la sexualidad a la política. A partir de la opinión de una reconocida antropóloga sobre un golpe de estado en Bolivia, en apoyo a una reconocida agrupación de mujeres en el país vecino, volvió a instalarse la idea de lo binario. Lo binario pasó a ser una opción política frente a la urgencia de ciertos acontecimientos políticos. No, una opción no: pasó a ser la opción, la única opción. Y optar por ser “no binario” era lo único que se podía hacer. Ser binario era “hacerle el juego a la derecha”. O al golpe, o la reacción, o al fascismo, o a Estados Unidos y los gobiernos conservadores y/o reaccionarios de la región. Muchas personas que alentaban el aumento de siglas y signos a la hora de definir las identidades sexuales “no binaries” pasaron a definirse como binarias a partir de las palabras de la antropóloga, que habló, justamente, de “lo binario”, aplicado a la política. ¿Cómo es que algo propio de fachos y machirulos en algo tan personal como la sexualidad pasa a ser, en algo tan público como la política, la única opción “progresista”? Seguramente debe haber respuestas para esta pregunta. Muchas. Lo seguro es que no hay solo dos opciones para optar, a riesgo de estar haciéndole el juego a alguien o a algo si no se elige una de ellas.

Expectativa

Variante algo más práctica pero igualmente ilusoria de la esperanza. La expectativa, en términos políticos, sociales y económicos, surge de la convicción de mucha gente de que un proyecto político tiene grandes chances de mejorar la vida de una gran cantidad de personas. Frente a un cambio de gobierno, luego de unos comicios, esta expectativa suele ser aún más alta. Lógico: se trata de darle una chance a quien se eligió en las urnas. Y cuando esa gran cantidad de gente considera que el gobierno saliente no hizo absolutamente nada bien, que perjudicó a la mayoría de la población y que es la encarnación del mismísimo demonio, la expectativa inevitablemente crece. A diferencia de la esperanza, la expectativa suele tener un mayor anclaje en elementos racionales. Al menos es lo que sucede en el planteo. Porque una cosa es la racionalidad y otra muy distinta la racionalidad aplicada a la política. La expectativa es parte del gran capital político con el que asume un gobierno luego del cambio de mando, y más luego de un cambio de color partidario. Pero es también un arma de doble filo, pues una gran expectativa puede ser también parte del comienzo de una gran decepción. Igual que con la esperanza. Pero, como fue dicho, con bastante más racionalidad.

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