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La voz de Facu

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Facundo Castro, 22 años, despareció el 30 de abril y su cuerpo descompuesto fue encontrado en un salitral 107 días después. Cristina Castro, la madre, habla en su casa de Pedro Luro. Sus hipótesis y sus certezas sobre la policía. La vida en un pueblo atravesado por la violencia contra los jóvenes entre el trabajo, el arte y el ejército. Cómo fueron la búsqueda y el encuentro. La relación con policías y funcionarios judiciales. Miradas para construir derechos humanos, y la odisea que significa combinar fortaleza y dolor en la búsqueda de la verdad. Por Lucas Pedulla.

Foto: Sebastián Smok

Sea en la Shell donde ingresa a trabajar todos los días a las 6 de la mañana, parada en medio de las ráfagas de una fría e inhóspita costa del sur bahiense mientras observa la zapatilla de su hijo al lado de un esqueleto, o en los innumerables encuentros con la Bonaerense, el camino que Cristina Castro comenzó el 30 de abril puede llegar apenas a dimensionarse por la principal medida que significa buscar un desaparecido.

El tiempo. 

Son las 5 de la tarde de un viernes de agosto en Pedro Luro y la estación de servicio donde Cristina trabaja hace 13 años y hoy cumple turnos rotativos en medio de su lucha -tiene hasta cinco horarios distintos por jornada- es casi su casa. La jefa le dijo que se tomara unos días, que descansara, Cristina se negó: “Necesito cargar energías”. Las mesas están vacías porque Luro volvió a la fase más estricta de la cuarentena por una docena de casos positivos, aunque el dato es un conteo más de coyuntura en medio de las cifras que esta sanjuanina de 42 años puede contabilizar solo desde el cuerpo:

Quince horas de rastrillaje en dos días en los que descubrió pueblo tras pueblo cómo los efectivos de la policía de la provincia de Buenos Aires se contradecían, le mentían y la hostigaban.

Cinco horas parada frente a un esqueleto encontrado por un pescador y una zapatilla idéntica a la de su hijo que descubrió ella sola.

Diez horas de espera en el comienzo de la autopsia hasta que le dijeron que ese cuerpo aún sin identidad había muerto por asfixia

Son tan solo veinte de las tres mil veinticuatro horas (126 días) que transcurrieron desde la última vez que vio a su hijo Facundo Castro con vida hasta que el Equipo Argentino de Antropología Forense le comunicó que el ADN de los restos hallados era de su hijo.

Cristina invita dos cafés, habla en tiempo presente y empieza con una frase que repite mirando a los ojos: “Así conozco a las personas”.

La vida en Luro

Con casi 27 mil habitantes, Pedro Luro es la ciudad cabecera del municipio de Villarino, al sudoeste de la provincia de Buenos Aires, a 120 km de Bahía Blanca y a 808 de la capital porteña. Después de Carmen de Patagones, es el distrito bonaerense con mayor extensión de territorio (ocupa 11.400 km2 cuando La Matanza, el más poblado, tiene una superficie total de 325,71 km2) y su población está diseminada en cinco localidades, separadas a decenas de kilómetros una de otra, entre silencios y paisajes inhóspitos, con la Ruta 3 como nervio principal. Considerada capital de la cebolla y del ajo, con la Fiesta Provincial en Hilario Ascasubi, el municipio que conduce el intendente Carlos Bevilacqua (cercano a Sergio Massa, electo intendente en 2015 y reelecto en 2019 por el partido vecinal Acción por Villarino) también ha sido noticia por buscar reorientar su perfil productivo en la instalación de parques éolicos junto a empresarios privados.

“Me llama la atención que no se investigue la línea del narcotráfico”, dijo Bevilacqua a los medios de comunicación en medio de la búsqueda de Facundo. Cristina lo recordó el día que estuvo frente al hallazgo en Villarino, dijo que nunca se comunicó ni intentó encontrarse con ella a pesar de esa descalificación, denunció que el día anterior había participado de un asado en un vivero junto a periodistas y funcionarios locales y pidió su renuncia: “A mi hijo lo desaparecieron por violar la cuarentena”.

Campo minado

Cristina Castro tiene 42 años, nació en el departamento de Chimbas (San Juan) y vive en Pedro Luro hace casi 30 años. “Mis papás decidieron sembrar cebolla y nos vinimos. Acá queda mi papá y una hermana mía. Después mis otros hermanos no soportaron el ritmo. Yo me enamoré de este lugar. Acá mis hijos eran libres”. Tuvo cuatro hijos. Franco, el primero, falleció cuando tenía 45 días. “Yo tenía 16 años cuando lo enterré. Casi me muero”. Luego, tuvo a Alejandro (25), Facundo (23) y Lautaro (20). Es madre soltera, sostén de familia, y abuela de Tati (6) y Milena (10 meses), hijas de Alejandro.

Su hijo mayor es trabajador jornalero. “En temporada estoy en el campo con la cebolla, y después changas, en construcción, en lo que haiga”, cuenta a MU en el comedor de su casa, en Luro. “Facundo no tenía una persona con la que se llevara mal. Le gustaba irse por ahí, agarrar el equipo de mate y salir a ver a los amigos. No estaba nunca en casa. A veces aparecía cada dos días. No paraba, socializaba, era muy amiguero, y hablamos del pibe que si tenías que revocar una pared se quedaba a tu lado para convidarte un mate. Que esté pasando esto no se puede entender: estamos en democracia”.

Alejandro recuerda sus murales, su participación en Jóvenes y Memoria, y las discusiones en su casa: “Le tocabas el fútbol o la política, y era para hacerlo enojar”. En las discusiones se reivindicaba peronista, y su fanatismo por Boca lo llevaba a pelear con su hermano y su abuelo, inclinados por River, aunque Alejandro se declara hincha de Olimpo. Y cuenta que otra pasión de Facundo es la música: “Rapeaba. Le gustaban las canciones de rap con mensajes, contra el racismo. Fanático de Eminem. Pero se iba a bañar y sonaba de todo: Eminem, Shakira, Chaqueño Palavecino, Argentino Luna”. 

El hijo menor, Lautaro, está por ingresar al Ejército. Cristina: “Ingresa como aspirante, en Bahía. Toda la vida quiso. Siempre hice de intermediaria porque, al tener el pelo muy largo, los otros dos lo cargaban y le decían que lo iban a achurar. Ahora ya está a un paso y no pude disfrutar de todo lo que le está pasando. Mi vida se puso patas arriba”.

Primera persona

Cristina asegura que las madres tienen senimientos indubitables: lo dijo frente a los micrófonos después de estar parada cinco horas frente al esqueleto, cuando aseguró que ella “sentía” que era su hijo. Pero sintió algo antes, el 18 de junio, en el primero de los rastrillajes: “Primero hubo una reunión en Luro con el grupo K9 de bomberos voluntarios de Punta Alta (Río Negro). En ese momento aparece un superior y le dice a una oficial: ‘Vení vos para acá’. Me dice: ‘Esta es la oficial que llevó a su hijo desde Buratovich hasta Origone’. Era Siomara Flores. Tanto Luciano Peretto, uno de mis abogados, como yo, nos quedamos muy sorprendidos porque eso no estaba en el expediente: ella había declarado ese mismo día. La chica miraba para el suelo todo el tiempo, no levantaba la vista y hacía círculos con el pie en la tierra como si estuviera castigada. La gente de Punta Alta también se sorprendió. Cuando llegamos a Mayor Buratovich, nos bajamos. Había cinco patrulleros en la entrada. No es que estaban de costado. Estaban todos puestos en abanico obstruyendo la entrada del pueblo. Ahí salió el subcomisario Pablo Reguillón: ‘¡Acá le labraron el acta a su hijo, usted no tiene nada que hacer, se tiene que ir!’. Así como te cuento. Ahí sentí algo muy raro. Me sentí mal. Luciano me preguntó si me pasaba algo. Le digo: ‘Acá a mi hijo le pasó algo’. Me temblaban las piernas. No podía respirar. Lo mismo sentí en Origone, donde esta chica dijo haberlo dejado a Facundo a las 13:30. Pero Facundo me llamó a mí a las 13:33, y esa llamada se activó en una antena de Buratovich. Le digo: ‘Luciano, esto es raro. No es normal’. En Origone aparece, puf, de la nada, el policía Alberto González. Yo había notado en Buratovich que uno de los patrulleros que estaba en abanico se desprendió y salió eyectado por ruta. Cuando llegamos, ya estaba ahí. Entonces apareció González, que repetía como un lorito y se sabía de memoria, cuando yo hasta el día de hoy no me la pude aprender, el domicilio de Daiana, la exnovia de Facu: ¡a 50 días sabía de memoria dónde iba! Y me mostraba una foto: ‘¿No ve?, yo a su hijo le pedí el documento y me mostró el carnet’. Pero ahora apareció la foto del DNI en el celular de los primeros oficiales que lo pararon a las 10:15: Jana Curuhinca y Mario Sosa. Ese hombre mintió todo el tiempo. Y estaba muy exaltado. A Siomara le pregunto cómo estaba mi hijo: ‘No puedo hablar con usted sin presencia de un superior’, me dice. Cuando le pregunto lo mismo a González, me dice: ‘Siguió caminando, lo vi cómo se alejaba’. Pero ese mismo día había declarado un rato antes, y dijo que había visto cómo se subía a una camioneta Duster Oroch color plata. ¿A la jueza esto no le parece raro? De ahí dicen que teníamos que ir a la ruta 3 y 22 para seguir el rastrillaje allá. Les dije que no, que teníamos que ir a Buratovich porque mi hijo me llamó desde allá. Entonces aparece el comisario Marcos Navarrete con el oficial Berrios de Luro, famoso por armar causas, golpear a los pibes y por hostigar a los chicos de la batucada. Cuando lo vi me parecía que había visto al diablo. Y ahí sentí: ‘A mi hijo no lo encuentro más’”.

Amos y señores

La aparición de ese oficial despertó un recuerdo instantáneo. Facundo y sus amigos habían acondicionado un terreno abandonado en una canchita de fútbol, al lado de la estación. “La policía llegaba y les cruzaba un patrullero en medio de la cancha. Lo mismo cuando estaban con la batucada: ‘Ustedes son todos chorros, todos drogones’, les decían. Pero era su lugar. Ellos ahí se divertían. Pero les cruzaban el patrullero, manoteaban a dos o tres, les daban unos sopapos y se los llevaban a la comisaría. Millones de veces las mismas profesoras tuvieron que ir a sacar a los chicos. Muchas veces ellos no decían nada, porque tenían miedo. Y nosotros no teníamos dónde denunciar. Andá a hacer una denuncia acá contra un policía. Primero, no te la toman. Segundo, agarrate las consecuencias: te van a hostigar toda tu vida. Acá no hay otra cosa donde acudir. ¿Bahía Blanca? Está a 120 km. Acá son amos, dueños y señores”. 

Un día Facundo llegó a casa enojado. Habían detenido a un amigo. “Vino y me dijo: ‘¿Ustedes las mamás no piensan a hacer nada?’. Fuimos con Vanesa Ganduglia a la comisaría hasta que viniera la mama, a buscar a ese nene que no era nada mio. Cuando terminó la batucada pensamos que el hostigamiento iba a terminar. No fue así. Cuando Facu cumplió 18 compró una moto. Andaba por todos lados. Un día tuvo un accidente cerquita de casa. Fuimos en ambulancia para el hospital. No estaba rota la moto. Cuando me presento con él al corralón tuvimos que pagar una multa de 8.000 pesos, pero la moto estaba destruida. Me acerco a la jueza de faltas. Le explico que no estaba así. Dice: ‘Ah, no sé, arreglesé con la policía porque fueron ellos quienes la trajeron’”.

Otro síntoma de esta violencia es la culpa que cargan las familias. Cristina se reprocha, en medio de todo, no haber hecho algo antes: “ Hoy tengo muy en claro que no tengo que bajar los brazos. Se lo debo a él. Tantas veces han pasado cosas en Luro y no hemos denunciado que quizá esa gente que hoy se cree tan impune estaría tras las rejas y Facu no hubiera desaparecido. Quizá, poder ayudar a otros jóvenes a que no desaparezcan”. 

El rap de facundo

Vanesa Ganduglia lleva un barbijo que reza: “Aparición con vida de Facundo Castro”. Es profesora de arte, productora cultural y era la coordinadora de Semillero Cultural, el colectivo de jóvenes al que Facundo pertenecía. La estación de la que habla Cristina era el punto de reunión y creación. También un enclave geográfico: las actividades reunían a un heterogéneo perfil de chicos y chicas “de los dos lados de la vía”, como precisa Ganduglia, casi como una frontera que aún hoy divide realidades, sueños y destinos. El Semillero pasó a ser un lugar común, en el que los murales y la batucada quebraban, a ritmo de encuentro, arte y poesía, cualquier barrera social.

Uno de los primeros proyectos fue Villarino Grita, en el galpón grande de la estación. “Ahí Facu se hizo el stencil del Che, en una remera con la que andaba por todos lados”. Ganduglia trae dos imágenes de esos momentos. La primera es el 24 de marzo de 2014, en la estación de Luro, y allí se ve a un Facundo de 15 años con un megáfono frente a un mural que dice “Memoria, verdad y justicia”.

La segunda es de un año antes, en 2013, en un estudio de radio donde les jóvenes estaban presentando La verdad de la milanesa, una revista que editaban desde Jóvenes y Memoria, un programa de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM). El que habla es Facundo: “Yo a principios de año, cuando recién empezaba a ir al Semillero, muchos me decían: ‘No tenés que ir ahí porque ellos se drogan, ellos son chorros’, y yo me animé a ir para ver si es cierto lo que dicen o no, y me di cuenta que todo lo que está diciendo la sociedad no es nada que ver. Es más, yo también me sentía muy excluido por la sociedad por mi forma de ser, porque soy rapero. Hago rap. Y me visto como una persona que hace rap. Y todos me decían: ‘No vayan allá porque ese chico miren cómo va vestido, es chorro, se droga’. Y nada que ver”.

Facundo habla convencido.

La semilla

Ganduglia recuerda: “Ir a la estación pasó a ser en el boca a boca de Luro que los pibes se drogaban y robaban. Tenían distintas vidas, pasados, habían vivido muchas realidades diversas, y esto era un encuentro de pibes de distintos contextos, pero acá se instaló eso, y era difícil ir todo el tiempo contra esa sensación. Más de una vez terminamos yendo a la comisaría a buscar a los chicos. Con una compañera trabajábamos en un CeSAC (Centro de Salud y Acción Comunitaria), donde mandaban a todos los chicos que consideraban ‘problemáticos’: los policías caían a buscarlos. Nos acordamos saliendo con otros dos profes a enfrentar a los milicos que llegaban a perseguir a los pibes. En la estación pasaba lo mismo. Y después, en la calle. Estaba tan instalado y miraban tan para otro lado, que no era un tema para que la sociedad interviniera”.

Ganduglia tiene 36 años y es nacida y criada en Luro.

¿Cómo es la vida social de un pibe acá?

Primero hay que ver qué pibe. No a cualquiera hostigan o persiguen. Hay mucha diferencia social y no van a perseguir al hijo de. El pueblo creció a partir de la Campaña del Desierto, de la historia que el desierto era desierto, que vinieron y lo conquistaron, y así llegaron inmigrantes europeos “que no eran pobres”, pero sí lo eran. Las condiciones no son iguales para todes. Como carreras terciarias tenés un magisterio, carreras que son privadas y salen mucha plata, y si no Bahía, pero para estudiar allá tenés que instalarte allá, y también es caro. Así se acortan las posibilidades. Te queda el campo, algún trabajo de comercio y no mucho más. También hubo una camada de escuela de policía. ¿Y quiénes son los que caen en una carrera que te pagan, te recibís a los seis meses y ya tenés trabajo? Los mismos que fueron hostigados. 

¿Ese hostigamiento también pasaba con la gestión anterior?

Pasó siempre. Antes, ahora, y va a seguir pasando. La violencia es clasista y acá se nota mucho más. Con los distintos gobiernos vas teniendo un poco más de cintura, pero es como se maneja la policía. Cuando estábamos en la gestión de cultura, organizábamos festejos del día de la primavera en la laguna. Fue una política de Estado sentarnos en una mesa con la policía para que no sea una politica de persecución. Y funcionó.

El Semillero dejó sus actividades cuando la actual gestión de Bevilacqua los desalojó de la estación. Los murales de los jóvenes fueron tapados. “Acá lo de pueblo chico es tremendo. Cuando se dice que la marcha por Facundo fue muy grande, para mí tendría que haber sido muchísimo más. Que desaparezca un pibe es muy grave. Yo doy clase en secundaria, y cuando pasó lo de Santiago Maldonado, hablé en el aula y ese día recibí un llamado de la preceptora  porque los padres se habían quejado. ¿Qué hubiera pasado si hoy estuviéramos en clase? Acá hay medios hegemónicos muy fuertes, con los que el pueblo se crió. Pero Facundo fue un cachetazo. No pueden cargarle que era terrorista, que robaba. Han querido ir por lo narco, pero el pueblo sabe que no es así. Dudan. Porque lo que saben es que Facu no está”. 

Rumores y reuniones

Toda esta violencia se reproduce en el cuerpo de Cristina el día de los rastrillajes. El 19  de junio se repiten los operativos. El abogado Peretto no puede estar. Cristina está sola. “Me pusieron un oficial al lado que me seguía todo el tiempo. Me decía: ‘A tu hijo lo conozco porque venía a tomar mate conmigo a la comisaría’. Sabía que no era así, más con el hostigamiento que sufrían. Facu tiene amigos policías, pero no están en Luro: son buenas personas. Me siguió todo el día: ‘Tu hijo me hablaba de sus adicciones’, me decía. Alguien de defensa civil le tuvo que decir que me dejara tranquila”.

El 18 de junio pasa cuatro horas entre Luro, Buratovich y Origone. El 19, son diez: “Salimos a las 7 de la mañana y volvimos a las 5 de la tarde”. Hacen el mismo recorrido. La imagen de los patrulleros en abanico se repite en Buratovich. 15 horas en total que Cristina trae de vuelta a su casa, al lado de la estación. “Llegué, lo llamé a mi papá, los senté a mis hijos y les dije: ´A Facundo nos lo mataron como a un perro´”.

Ese fin de semana, Cristina llora. Siente que a su hijo le pasó algo. El lunes siguiente, junto al abogado Peretto contactan al abogado Leandro Aparicio para hacer la denuncia por desaparición forzada. Aparicio es un abogado de Bahía Blanca que acompañó a Gualberto Solano en la búsqueda para saber qué pasó con su hijo, Daniel, el joven salteño de 27 años desaparecido en Choele Choel (Río Negro) el 5 de noviembre de 2011, tras reclamar por su sueldo como trabajador rural a la empresa Agrocosecha, tercerizada de Expofrut Argentina. El 1° de agosto de 2018, después de siete años, la Justicia condenó a siete policías por ser coautores de “homicidio calificado agravado por alevosía”, fallo que aún espera la resolución de la Corte Suprema de Justicia de la Nación ante un recurso de queja por parte de la defensa de los efectivos. Aparicio: “Están condenados por doble sentencia, pero llevan arma, cobran sueldo y siguen trabajando de policías a la espera del fallo”. El cuerpo de Daniel sigue desaparecido, y Gualberto -luego de años de huelgas de hambre, acampes y encadenarse reiteradas veces al juzgado- murió sin haber llegado siquiera a la sentencia. 

También es el abogado de la familia de Katherine Moscoso, la joven de 17 años que estuvo desaparecida una semana y fue encontrada asesinada en 2015: la enterraron viva en un médano de Monte Hermoso. No hay detenidos. El femicidio motivó una pueblada, linchamientos y una red de encubrimiento que Aparicio describe como “el poder” que subyace en estos territorios y que hoy se repite en la desaparición de Facundo.

El ciclo parecía repetirse cuando vieron por primera vez al fiscal federal Santiago Ulpiano Martínez y les dijo que quería sumar a la investigación al jefe de la Bonaerense regional, el superintendente de la Región Sur, Aldo Caminada. “Nos miramos y le dijimos que no podíamos aceptar eso: veníamos de denunciar a la Bonaerense”, cuenta Aparicio. Para la familia fue el primer indicio de las dos recusaciones que vendrían.

Fiscal, medios y preguntas

Los dos pedidos de recusación al fiscal Martínez fueron rechazados por la jueza federal María Gabriela Marrón. Martínez es un funcionario denunciado por los organismos de derechos humanos por obstaculizar los procesos de Memoria, Verdad y Justicia en Bahía Blanca, cuando era juez. “Que haya defendido a genocidas me hizo comprender muchas cosas”, dice Cristina. “Hizo todo lo posible para desviarme y cansarnos”. 

Cristina dijo públicamente que el fiscal no la recibía. “Siempre dije que estamos luchando contra un sistema muy corrupto e ineficaz. No entiendo cómo no tienen trato directo con la familia”. Además de que no la recibía, lo acusa de filtrar información a la prensa local. Un ejemplo: la querella se enteró por los medios de comunicación de la aparición de la “testigo H” (figura como E.R en el expediente), la supuesta productora agropecuaria que declaró haber dejado a un joven sobre las vías de la Ruta 3. Aparicio: “Fuimos a los tribunales y me decían que tenían que esperar autorización. Pero ya estaba circulando en todos los medios de comunicación”. Para la querella no es casual: La nueva provincia y La brújula son los dos medios denunciados públicamente como parte de una “asociación ilícita” que apuntó a “encubrir y falsear” los hechos de la desaparición de Facundo. El abogado Aparicio señaló al editor de La brújula, Germán Sasso, como uno de los principales “voceros” de la Bonaerense en el territorio. 

Cristina habla firme. Dice que no la van a cansar. Y que más allá de todas las filtraciones, hay preguntas que la justicia aún no logró responderle:

Qué pasó desde la infración a las 10:15 hasta el llamado de Facundo a las 13:33 -supuestamente en Origone- en el que le dijo que no lo iba a ver más. Lo contrapone con que a las 15:30 tres testigos le dijeron que vieron cómo Facundo subía a un patrullero a pocos kilómetros de la entrada de Buratovich. 

Aquí también denunciaron a los funcionarios de la Municipalidad de Villarino por enviar dos “informes truchos” de patentes que se contradicen entre sí.

Denuncia que la “testigo H” no declara haber llevado a Facundo, sino a “un joven”, y que no especifica que fue el 30 de abril. Los abogados subrayan que en su primera declaración dijo que fue el 27, y que en sede fiscal luego manifestó que fueron “los últimos días de abril”, sin mayor precisión.

Cómo llegó la sandía con la vaquita de San Antonio, regalo de su abuela, hallada por el perro Yatel -del instructor Marcos Herrero, para quien Cristina hizo una colecta para contratarlo- en una bolsa junto a una caja de cigarrillos y material putrefacto, en una construcción del destacamento policial de Teniente Origone. 

Amenazas bonaerenses

Con estas irregularidades sin respuesta, Cristina suma: “Cuando leo las declaraciones que yo supuestamente hice en la comisaría de Luro, recién al inicio de la denuncia, ponen que yo dije que Facundo estaba deprimido y tenía intentos suicidas. A los amigos de Facu, cuando fueron, al principio no se la aceptaron, y después les tomaron los datos en un papel de rotisería y lo tiraron a la basura. Les quisieron hacer decir que Facundo estaba deprimido, que se iba a matar, mientras tenían que aguantar cómo el comisario de Luro, Fernando Grilloni, les decía: ‘Se sacó el Loto y se fue de putas a Buratovich’”.

A Cristina le toman la denuncia por la desaparición de su hijo el 5 de junio. Después de la llamada del 30 de abril, pensó que Facundo estaba enojado con ella y por eso no le contestaba los mensajes, como había pasado en otras ocasiones. El 15 de mayo, Daiana le avisa que Facundo nunca había llegado. “Empezamos a fijarnos en las redes, Facu no se conectaba. ‘No nos asustemos, quizá se fue a otro lado‘, pensaba. Los amigos me decían que no. Ahí se acercaron hasta la comisaría. Y les tomaron el pelo”. 

¿Qué pasó durante ese mes?

Me dijeron que tenía que esperar porque Facundo tenía 22 años y se había ido por sus medios. Ahí empezó el derrotero. Hasta hice campamento en esa comisaría. Vi cómo hacían traslados y me ponían excusas de que tenían que hacer otras cosas. Me estaban pasando por arriba. Así fue todo ese mes. Me hicieron dudar: ‘La familia de Daiana no es buen trigo’, me decían. A ella le entraron dos veces a la casa. Fue el propio subcomisario Grilloni, de Luro. Eso es ilegal.

MU reveló el testimonio de Marcelo González, hermano de Daiana, que contó cómo cuatro policías, entre ellos Grilloni, lo encerraron en un cuarto de la subcomisaría de Buratovich y lo amenazaron con golpearlo si no declaraba que Facundo estaba en Bahía. Marcelo se negó: “Querían desviar la investigación”. Luego de la trascendencia, la CPM presentó un habeas corpus preventivo para proteger a Marcelo (aceptado por la misma jueza que investiga la causa de Facundo), perdió el trabajo y tuvo que mudarse con su esposa y sus cinco hijos a Bahía Blanca por el temor de las amenazas.

Cristina cuenta otra imagen del subcomisario Grilloni. “Un día vino hasta mi trabajo. Era las 9 de la noche. Fue después de que volviera de la casa de Daiana: ‘A mí me importan un sorete las redes sociales, pero fíjese todo lo que está poniendo usted porque nos están pegando de todos lados’, me dijo. No les estábamos pegando. Era sólo relatar lo que estábamos viviendo con la Bonaerense”.

Otra amenaza la vivió el abogado Peretto el día que unos chicos de una secundaria de Buratovich encontraron huesos en un basurero. “Había un patrullero de la Bonaerense en el lugar. Les digo que se fueran porque ya estaban apartados de la investigación. Empezaron a llegar cada vez más. Y el subcomisario Pablo Reguillón me dice: ´Igual vos quedate tranquilo que todo lo que estás diciendo por las radios lo tengo anotadito y ya sé qué tengo que hacer con vos cuando esto termine`”. Reguillón fue desafectado. 

Fuera Berni

Un día Cristina se encuentra con un mensaje en Facebook. “Decía: ‘Facu no siguió camino, lo levantó un patrullero’. Se lo pasé a Luciano. Yo no quería ni saber sus nombres”. El mensaje pertenecía a uno de los tres testigos. En ese momento la causa era tramitada por “averiguación de paradero” en la ayudantía fiscal de Médanos-Villarino, a cargo de Dimás García. “Quería el testimonio y dijo que se declaraba incompetente. No solo no lo hizo, sino que de repente La nueva provincia y La brújula tenía sus datos, de identidad reservada. No soltó la causa hasta que Berni dijo que venía para Luro”.

Cristina nunca se vio cara a cara con el ministro de Seguridad bonaerense. “Un día me llamó. ‘Señora, a su hijo se lo voy a traer vivo’, me dijo. Había patrulleros en la ruta. Le mostraban a la gente la foto de Facu y les decían que era un peligroso delincuente, que si lo veían llamaran a la policía porque estaba armado. Eso cuando Berni estaba acá. Me dijo: ‘Me voy a quedar unos días por la zona porque quiero hablar con usted personalmente’. Al ratito me vuelve a llamar, ya se había entrevistado con la gente de Buratovich, y me dice: ‘Señora, si usted quiere que se retire a la Bonaerense, la Bonaserense se retira’. Pero no era que yo lo decía: era una denuncia en la Justicia Federal”.

¿Qué sentiste cuando dijo que lo iba a traer vivo?

Impotencia. Yo tuitié: “Tenía la esperanza de que viniera con vos y te trajera del fundillo del culo a patadas y me dijera: ‘Tome, señora, deje de hablar huevadas’”. Pero no fue así. Lo etiqueté. Porque me dijo que me lo iba a devolver. Dio vuelta Bahía Blanca, y no lo encontró. Y nunca dio la cara. Cuando se fue, me llamó y me dijo: “Lo siento, señora”. Estoy segura de que él se fue de acá sabiendo algo. 

Tatuajes

Cuando Facundo llega a Pedro Luro de Bahía a principios de año, después de haberse separado de Daiana, le insiste a Cristina para que se haga un tatuaje. “No le seguí la corriente. Soy donante de órgano, médula, pelo, y para mí es más importante estar para poder donar sangre que tener un tatuaje. Facu tiene mis iniciales en la mano derecha. Alejandro tiene mi nombre en el brazo derecho. Y el año pasado, para mi cumple, Facu me eligió un tatuaje y me lo dejó pago. Hasta el dia de hoy sigo sin hacérmelo. Es un escorpión con una rosa roja en la punta. Mi signo”.

Son casi las 7 de la tarde en Pedro Luro y el sol se esconde del otro lado de la Ruta 3. Cristina cuenta que este año tenían muchos planes. Un amigo de la estación de servicio les hizo la propuesta de ir a Buenos Aires a ver a Boca. 

“Le dije que no porque no me coincidían los horarios, y si viajaba después tenía que trabajar 15 días seguidos sin franco. Son cosas que quedan en el tintero. Después te arrepentis. Nos quedan juntadas, levantar la mesa y que arranque el truco. Porque nos falta una parte. Él es nuestro. Lo que nos queda además es seguir, insistir, tenemos que completar el cuadro. Con Facu tenía dos opciones: o me tiraba abajo o salía a pelear. Como ya sé del dolor, que es algo que no se va, porque enterré a un hijo y también a mi mamá, aprendí a convivir y salir adelante. Ahora no me puedo quedar, porque, si no, me van a pasar por arriba. De ese dolor saqué la fortaleza para salir a pelear. Y acá estoy”.

Acá está. 

Cristina Castro no deja de mirarnos a los ojos.

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