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Cartas entre Suecia y Argentina: final de temporada

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La dramaturga sueca, hija de latinoamericanxs, y la periodista argentina, miembro de revista MU, cruzan en estas cartas ideas, asombros y proyecciones sobre los impactos de la pandemia. Las estrategias sanitarias y las preguntas pendientes. Las preocupaciones sobre el presente y el futuro: del arte y de la vida. El asesinato de la idea de “comunidad”. El factor climático, y la imposibilidad de volver a la “normalidad”. Cuál es la conexión entre el coronavirus y el modelo Monsanto. El factor Netflix como corset a las formas de pensar de hoy, frente a la necesidad de crear lo que viene. El fin de una historia en serie. El horizonte, las nuevas generaciones y el guión que está por escribirse. Por América Vera-Zabala y Claudia Acuña.

Foto: Lina M. Etchesuri

Estocolmo, febrero de 2021  

Te escribo esta carta el día después de mi cumpleaños y la palabra fiesta ni pasó por mi cabeza. Otro síntoma de cómo cambió nuestra vida cotidiana: en la nueva normalidad no hay fiestas.

Afuera todo está blanco. Los niños juegan en la nieve. Esta mañana llevé a mi hija menor, Bartolina, en carrito hasta su jardín. Mientras avanzábamos estaba cada vez más feliz. Llegó al escuela cantando. 

Esa creciente alegría se la produjo comprobar que estamos en un “verdadero” invierno, tras un diciembre convertido en el mes más caliente de la historia sueca. La fiesta, entonces, es confirmar que hace frío, a pesar de que el cambio climático está convirtiendo al planeta en un infierno.

Fue con el contagio de la  alegría de Bartolina que regresé a casa, y antes de ponerme a trabajar, entré a la web de The Guardian –el diario inglés– que me enfrentó a una noticia con título de catástrofe: “Record de muertos por Covid en Suecia”. Así, de golpe, me di cuenta de que aunque estoy muy consciente de la realidad y a pesar de que considero que nada acá está en buen camino, mi preocupación central ya no es esta enfermedad, sino que ha sido desplazada por mi preocupación por mi empleo y por el futuro del teatro.

Leo que Suecia es el sexto país más afectado del mundo por las muertes por Covid-19. Sólo la República Checa, el Reino Unido, Mónaco, Eslovaquia y Lituania se encuentran en peor situación. Más de 10 000 personas han muerto. Más precisamente, 11.815 al día de hoy. El epidemiólogo del Estado, Anders Tegnell, declaró en una entrevista que escuché hoy temprano que nunca imaginó estar en una situación tan extrema. 

Estoy de acuerdo con él: lo que estamos viviendo no estaba en mi imaginación. Y  ojo, soy dramaturga: mi laburo es imaginarme cosas. 

Trato entonces de imaginar lo inimaginable: la pandemia es el guión de una especie de documental sobre el asesinato de la idea de “comunidad”.

Quien escribió el guión del documental sobre José Mourinho imaginó que sería buena idea seguir las aventuras del equipo británico de fútbol, Tottenham, y su  nuevo entrenador. En la primera parte  queda claro que el guionista supuso que el gran desafío que debía enfrentar ese nuevo DT eran las lesiones de los jugadores. Pero llega marzo y llega una pandemia y el documental debe registrar entonces lo que nadie imaginó:  los jugadores tienen que quedarse en sus casas, aislados. Uno de los futbolistas dice con tono conmocionado: “No sé qué hacer”. Y ese miedo al aburrimiento se terminó convirtiendo en el protagonista del documental. 

Lo veo ahora y me digo: es el mismo miedo que tenía yo en ese mismo momento, principios de marzo del 2020. Y es el mismo miedo que sintieron muchos otros, sin importar lo que dijéramos o cómo actuásemos. Pero lo que  hoy realmente te conmueve de lo que dice ese jugador es la frase siguiente:

–No sé qué hacer….dos semanas”. 

¡Dos semanas! Estábamos convencidos de que este mal nos había caído como una escupida asquerosa, pero que pronto terminaría. Y ese fue el guión que comenzamos a escribir aquel 2020.

Según la dramaturgia más tradicional, cualquier trama –ya sea tragedia o comedia– sigue una misma secuencia: todo es normal, luego pasa algo malo, luego se pone peor, llega un punto de inflexión, ocurre una catarsis, y luego viene lo bueno. Pronto nos dimos cuenta que quizá este final no sería tan feliz, pero pensamos que de todas formas íbamos a conseguir un final: bueno o malo, habría uno. Y supusimos que ese final había llegado con el verano, el calor, el regreso a la “normalidad”.

No.

El verano terminó, pero la pandemia no. Percibimos así que La Historia de Corona Virus tenía un problema y  comenzamos a repasar el guión de la primera temporada.

Notamos así que nosotros, que podríamos considerarnos la audiencia de la pandemia, nos  adaptarnos con razonable entusiasmo a las nuevas condiciones de vida porque todo comenzó en un momento que nos beneficiaba. 

Aceptemos que en esta historia el clima jugó un papel, juega un papel. 

Durante la primavera fuimos de la mano hacia una historia que nos hablaba de oscuridad interior, enfermedad y muerte al mismo tiempo que nosotros, los suecos, en abril, íbamos inexorablemente hacia la luz. 

Hacia la primavera, hacia el verano, hacia tomar un café al aire libre, caminar hacia y desde el trabajo, sin mencionar las vacaciones, que estábamos obligados a pasar en uno de los países más pintorescos del mundo, como lo es Suecia. Fue un sufrimiento agradable. Pero cuando terminó el verano y no la pandemia, vimos la luz en el túnel. Tanto los partidarios como los oponentes de Tegnell –que personifican en un (1) infectólogo de Estado toda la línea sanitaria sueca–  comenzamos a especular con razonable entusiasmo que nosotros y Suecia evitaríamos una segunda ola. El Donald Trump Show nos salva del vergonzoso hecho de que todos los textos interesantes, intelectuales y perspicaces publicados en aquel momento, fracasaran. Y el guión también.

¿Qué hacemos ahora?

La sociedad se está transformando. Estamos más allá de la posibilidad de poder volver a lo que alguna vez llamamos “normal”. Con la segunda ola dejamos de ser posibles portadores de un virus para convertirnos en seguros portadores de un trauma y un recuerdo que nos ha cambiado para siempre. La pregunta entonces es ¿en qué nos vamos a convertir la próxima temporada?

Si miro todo este largo año pandémico, diría que la diferencia entre el guión sueco y el argentino es que nosotros fuimos hacia lo peor y ustedes, hacia lo mejor. 

Desde aquí se hace evidente que el guion argentino fue en otra dirección y también que los benefició el clima,  un factor clave de esta dramaturgia (¿lo será de todas?). 

La temporada de ustedes comenzó en otoño, en camino hacia el frio, encerrados, aunque a mi entender demasiado temprano y en una larguísima cuarentena estricta y no muy bien pensada. 

Pero llegó la primavera y con ella el calor: ese es el clima para otra historia. 

La temporada cierra con una enorme victoria, de esas que marcan un antes y un después. 

En el guión argentino,  la imagen del último capítulo es épica, es alentadora y es verde. 

Sin duda, sus guionistas son más imaginativos.

Foto: Lina M. Etchesuri

Buenos Aires, febrero de 2021

Tenemos algunos problemas de copyright: acá la lista de los países del mundo más afectados por las muertes por covid le otorgan a la Argentina un puesto entre los primeros 10 y ninguno a Suecia. 

¿Entonces? 

¿Podemos confiar más en la lista de The Guardian que en la de Infobae

 ¿O ambos medios trabajan con el método de los guionistas de las series de franquicia, adaptando un mismo guión a los modismos locales? 

Todo es posible. 

Eso nos ha demostrado esta pandemia.

Convengamos que no podemos decir que ignorábamos estas cosas que la pandemia  hizo emerger obscenamente. Si, por ejemplo, alguien pretendía la ilusión de que jamás lo afectaría el poder acumulado por las corporaciones medicinales,  ahora es imposible que niegue que cualquier gobierno, desde el más progresista al más reaccionario, debe inclinarse ante ellos para rogar la dosis de vacunas, con obediente humildad y plata en mano. Sin embargo, en las anteriores temporadas, ya nos habían contado cómo uno de esos gigantes de la industria farmacológica adquiría Monsanto. Fue en el capítulo que hacía un chiste macabro: “Primero te enferma y después te vende los remedios”.

Desde mi punto de vista una de las enfermedades más letales que sembró esta pandemia es la adicción a las series, y con ella, la dependencia hacia una forma de relato, como si hubiera una única forma de contar las cosas y un único formato para narrarlas. 

Confieso que de mi origen guaraní aprendí que hay muchas, siempre, por suerte. Provengo de la tribu que se masticó a Solís, el español que desembarcó con intenciones de aniquilarnos y que para preparar su letal estrategia antes escuchó todos los cuentos que traían los conquistadores de regreso a sus tierras: el oro hasta en las ojotas, la amabilidad que caracteriza a los pueblos que no sentían interés por las armas. Y así éramos, seguramente, pero no solamente. 

También éramos caníbales, y ese dato hubiese sido para don Solís el único que necesitaba para sobrevivir. ¿Cuál sería hoy el dato equivalente? 

No tengo la respuesta.

Tengo, sí, una convicción que se apoderó de mí el mismo instante en el que escuché, a fines de marzo de 2020, el mensaje presidencial que ordenaba el aislamiento social obligatorio: cancelé Netflix. Sentí que era absolutamente incompatible someterse a un disciplinamiento narrativo con la necesidad de imaginar lo inimaginable.

Lograr que el aborto sea legal y gratuito en un país que está atravesando una emergencia sanitaria es una gran victoria, sí, pero absolutamente imaginable si estás literalmente aferrada a la realidad: el guión con que se impuso el aislamiento decía que esa era la única forma de evitar el colapso del sistema sanitario, por la demanda de camas de terapia intensiva que produce este virus. 

Liberar las camas de terapia intensiva del aborto clandestino ayudaría, entonces,  a aliviar ese colapso: así empezó a fermentar la idea, renovada por el clásico “crisis es oportunidad”.

Ahora, con el partido jugado y ganado,  y dado que la mayor ocupación de camas de terapia es por los desastres del cáncer que siembra Monsanto deberíamos lograr que prohiban las fumigaciones, ante el peligro de una segunda ola. 

Esa sería otra gran victoria.

Esa misma intuición ancestral me indica que estamos ante los últimos capítulos de una historia que lleva cuatrocientas y pico de temporadas. 

Los guionistas se han concentrado en dejar en claro por qué no habrá continuidad: lo único absolutamente imposible es seguir viviendo así.

Lo que sigue es lo que importa.

Lo próximo, ese horizonte que no se ve, pero ya está.

Tranquila, amiga: en lo que venga habrá trabajo y habrá teatro. 

De qué forma será justo y por qué será bueno: ese es el guión que tendrás que escribir. 

A tus generaciones les tocó esa tarea. 

No es fácil. 

Es hermosa.

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Mal curados. Soledad Barruti, periodista especialista en alimentación

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La autora de las investigaciones Malcomidos y Malaleche, describe lo que dejó la pandemia en materia de alimentación: la globalización ultraprocesada, el supermercado como emboscada, comestibles que enferman, el delivery de la precarización, y la urgencia de pensar una producción sana y saludable para todxs. Soledad Barruti habla sobre el marketing de las empresas que aprovecharon la crisis para vender, el rol de los supermercados, de los medios, y la falta de planificación estatal para relacionar alimentos y salud: propuestas para salir de los parches y encarar el problema de fondo. Por Lucas Pedulla.

Soledad Barruti. Foto: Lina M. Etchesuri
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Desde adentro: alimentos, agroecología y autogestión

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Nahuel Levaggi al frente del Mercado Central; Eduardo Vasco Murúa en el área de empresas autogestionadas, y Eduardo Cerdá designado en una dirección de agroecología. Tres funcionarios que no surgen de los partidos sino de prácticas sociales con otros modos de entender lo político. Un año en el gobierno en medio de la pandemia: el rol del Estado, la gestión, la tensión entre burocracia y voluntad de transformación. Dudas y certezas de quienes están adentro pero vienen desde abajo. Por Sergio Ciancaglini.

Nahuel Levaggi. Foto: Lina M. Etchesuri
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La pandemia es el capitalismo. Por María Galindo

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La activista boliviana comparte con MU este texto que es producto de una clase en la que no pregona verdades proféticas, sino que piensa la post-pandemia desde la incertidumbre, la pregunta, la intuición y el “tanteo”. El resultado es un diccionario sobre el léxico con el que gobiernos de izquierda y derecha disciplinan a las sociedades. Cómo pensar política e ideológicamente las vacunaciones en todo el mundo, el orden colonial-patriarcal-extractivista que convierte al neoliberalismo en fascismo, y cómo interpretar la velocidad de los cambios a la luz de la rebeldía y la creatividad. 

Por María Galindo.

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La última Mu: ¿Dónde hay un mango?

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