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En jaque. ¿Qué pasó con Arshak Karhanyan?

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El efectivo de la Policía de la Ciudad desapareció hace dos años y los presuntos sospechosos, para la querella, son los mismos que custodiaron las principales pruebas del caso desde el comienzo. Las sospechas de complicidad policial y judicial, en otra desaparición en democracia. Por Facundo Lo Duca.

Fotos: Lina Etchesuri

Antes de que Vardush, de 59 años, llegara a la Argentina en 1997 desde Armenia, junto a su pareja y sus dos hijos, Arshak de seis y Tigran de ocho; antes también de que cambiara su nombre por el de Rosa y comenzara a transitar un camino de penurias como inmigrante en un país convulsionado por la crisis económica, ella invertía todo su tiempo libre en jugar ajedrez. Cuando tomaba un tren o un colectivo en su país, viajaba estudiando libros sobre tácticas de ataque y defensa, a la vez que desplegaba un tablero sobre su regazo, imaginando posibles jugadas. “Eso me salvó la vida. El juego te enseña a buscar nuevas formas para enfrentar los obstáculos. Cada vez que estoy triste, el ajedrez me ayuda”, dice Rosa.

La estrategia fue algo que usó desde que llegó a Argentina, tras escapar de la guerra y un terremoto devastador en su país. Primero su pareja, y padre de sus hijos, decidió regresar a Armenia, dejándolos solos en Buenos Aires. Se instalaron en un hotel familiar durante un tiempo, pero el poco dinero que ella tenía se agotó y quedó en la calle con Arshak y Tigran. Una amiga de la comunidad armenia le recomendó que se acercara a la iglesia ortodoxa, donde consiguió dormir cinco noches, pero sus pertenencias aún seguían en el hotel.

-Sentí mucha vergüenza, tristeza, mis hijos no tenían ropa para cambiarse y yo no encontraba trabajo.

Pero Rosa no se rindió. Su madre le envió un dinero desde Armenia para ayudarla a subsistir hasta que las cosas mejoraran. Con eso pudo mantener la escolaridad de sus hijos y conseguir un sitio mejor para vivir. Llegaron a una casa en Flores, donde podían comenzar de nuevo. Y así lo hicieron: ella empezó a trabajar como peluquera, a la vez que daba clases de ajedrez en el colegio armenio de sus hijos, a cambio de un descuento en el pago de la cuota. 

Arshak y Tigran crecían. Al terminar la primaria, el hermano mayor continuó sus estudios en el liceo militar de San Martín, provincia de Buenos Aires. Su hermano menor también siguió sus pasos. “Arshak era chiquitito y ya me decía que quería ir al liceo. Y así empezaron y terminaron los dos, pero él era mejor estudiante”.

Las fotos en el comedor de Rosa rememoran ese pasado. Arshak aparece en fiestas y entregas de diplomas con un uniforme azul metálico, botones blancos y una gorra con una insignia dorada en el medio. Tiene la piel morena y los ojos negros, penetrantes. Tras terminar el liceo militar en 2010, Arshak, con 17 años, quiso estudiar primero aviación. Sentía fascinación por surcar los cielos, pero el viaje que debía hacer todos los días a la provincia de Buenos Aires lo extenuaba. Por lo que se inscribió, tiempo de después, en la carrera de ingeniería en sistema de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN).

-Le gustaban mucho los números y el cálculo, siempre andaba con sus libros de acá para allá -cuenta la madre.

En 2015, Rosa recibió una noticia que la estremeció. Su hijo daría un examen para entrar a trabajar en la Policía Metropolitana. La necesidad de tener un ingreso económico, le confesó Arshak, hizo que tomara esa decisión. La fluidez en sus estudios no solo le permitió ingresar a la fuerza, sino también elegir el sitio que él quisiera para comenzar: cibercrimen. “Nunca me gustó la idea de que sea policía. No iba con él eso, pero quería tener un trabajo y pagarse sus cosas. Así que lo apoyé”.

Con la creación de la Policía de la Ciudad, fue asignado en 2017 a la División Exposiciones, área encargada del seguimiento de allanamientos y la incautación de material ilícito. En su paso por esta fuerza, cuenta su madre, Arshak vivió momentos de presión que lo llevaron a considerar renunciar a su puesto como agente porteño. No estaba a gusto con algunas decisiones que se tomaban puertas adentro del equipo. Así fue como enero del 2019, recaló en la Comisaría Vecinal 7-B de Caballito, a unas cuadras del departamento donde se había mudado. Un mes después, desapareció sin dejar rastro. 

El 23 de febrero del 2019, Rosa escuchó la voz de su hijo por última vez. Recibió un audio de WhatsApp. Arshak le decía, entusiasmado, que tenía ganas de cenar un tradicional plato armenio con ella. La madre se lo preparó con gusto, lo esperó con el hermano, pero el joven nunca apareció, ni contestó sus mensajes. Al otro día, Tigran fue a buscarlo al departamento. Estaba vacío, con la computadora prendida, sus dos celulares en un escritorio (el personal y el de la Policía) y libros de la facultad abiertos sobre la mesa. Su motocicleta, en la calle, estaba sin la cadena de seguridad. 

-Él iba a volver ese día, estoy segura. Algo pasó. Algo le hicieron a mi hijo y no voy a descansar hasta encontrarlo -dice Rosa, mientras aprieta un alfil en su mano y lo lleva al pecho.

Pacto de complicidad 

La cámara de la calle los enfoca en la puerta del departamento de Arshak. El joven de 27 años conversa acaloradamente con su excompañero de Exposiciones, el agente policial Leonel Herba. Este último levanta su brazo y acerca hasta la oreja de Arshak su teléfono, lo hace escuchar algo. Continúan hablando un rato más y se despiden. El armenio vuelve a subir a su departamento. Minutos después, esa misma tarde del 24 de febrero del 2020, baja con una mochila y encara hacia un supermercado Easy, en la esquina de Rivadavia y Paysandú, Caballito, a unas seis cuadras. Las cámaras de Easy lo detectan: viste una campera azul y apoya sobre la cinta automática de la caja registradora una pala de pico que guarda luego de pagar. Sale y otra cámara callejera lo sigue unos metros. 

Su imagen, luego, se extingue.

Juan Kassargian, abogado de la familia del policía, leyó la causa inicial y lo primero que hizo fue averiguar cómo era Arshak. A esa altura, seis meses después de su desaparición, había un prejuicio instalado en la opinión pública respecto a la sucesión de los hechos: la compra de la pala en el supermercado, la repentina huida, también su paso por una sensible área policial como era Exposiciones. “En algo raro andaba, era lo primero que pensaba cualquiera”, recuerda Kassargian. “Pero en lugar de eso, me encuentro con un pibe estudioso, quien se había destacado por sus notas en el liceo militar, también en la escuela de policía. Un chico, además, muy presente con su madre. Con una vida austera y sin antecedentes. Entonces ¿por qué fue a comprar una pala, dejó sus celulares y se fue sin avisarle nada a nadie?”.

Cuando comenzó con la investigación, el equipo del abogado se topó con las primeras irregularidades. Los informes de las cámaras que ordenó el fiscal de la causa fueron hechos por la propia Policía de la Ciudad. El celular de Arshak, entregado por Tigran a la comisaría en donde realizó la denuncia por la desaparición de su hermano, también fue manipulado. Los peritos informáticos de la fuerza habían reseteado a cero el aparato y lo justificaron explicando que había sido por el propio sistema de bloqueo del equipo. La defensa pidió una junta pericial de otras fuerzas para auditar el trabajo de los informáticos y lo resumieron con dos palabras: “desastroso e irregular”.

Mientras ocurría todo esto, la Policía hizo un rastrillaje por un predio abandonado cerca de la cancha del club Ferrocarril Oeste, en Caballito. El personal policial recorrió el sitio, con pastizales que llegaban hasta la cintura, en apenas 15 minutos, según el hermano de Arshak, quien presenció el operativo. No habían buscado ni en la mitad del área. También son sospechosas las declaraciones en la justicia de algunos efectivos que decían conocer a la víctima. Algunos afirmaron que le gustaba realizar tareas de expedición de supervivencia y que por eso se había fugado. Otros, que era un agente secreto del servicio de inteligencia de Venezuela y que se encontraba en el país caribeño. 

Leonel Herba, última persona que vio con vida a Arshak, se presentó espontáneamente a declarar tras verse implicado. Allí dijo que había hablado con el joven armenio sobre la compra de un auto y que le hizo escuchar unos audios de WhatsApp sobre ese tema, pero cuando la querella pidió los archivos, Herba explicó que los había eliminado porque “mi esposa es celosa”. Para el abogado, Herba continúa siendo clave en el proceso judicial para saber qué ocurrió con el joven de 27 años.

Cuando el fiscal del caso Santiago Vismara, se enteró de todas estas irregularidades, pidió apartar a la Policía de la Ciudad de la investigación, pero el juez Julio Alberto Baños aún no dio lugar a su solicitud. Desde marzo, Kassargian y su equipo reclaman a Casación el cambio de carátula para que el caso se trate como una “desaparición forzada” y desplazar, de una buena vez, a las fuerzas de seguridad de las pesquisas.

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MU en Pergamino: la capital del veneno

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La ley verde: acceso a la tierra

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Un acampe, un festival y un proyecto: la Unión de Trabajadores de la Tierra llevó al Congreso, por tercera vez, una Ley para que pequeños productores puedan comprar sus tierras . Cómo puede cambiar el mapa económico del sector que produce los alimentos. Los tires y aflojes con el gobierno, mientras el campo se concentra cada vez más. Propuestas para una vida sin venenos. Por Lucas Pedulla.

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