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Tejer el futuro: comunidades La Puntana, Alto La Sierra y La Nueva Curvita

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En el Departamento de Rivadavia, Salta, zona declarada en emergencia sociosanitaria, estas comunidades confeccionan productos con fibra de chaguar: mochilas, paños, riñoneras, hamacas, yicas (bolsos), muñecas. Un emprendimiento liderado por casi 180 mujeres que pasaron de intercambiar arte por comida a vivir de la venta. La producción contra la discriminación, el cambio de vida y un principio para todas: “Aprendimos a ser valientes”. Por Francisco Pandolfi.

María Belén Díaz, de Thañí, con su hija Betania. Fotos: Nacho Yuchark

Acá se habla bajito, pero se sueña en grande. Acá no hace falta levantar la voz ni gritar, para transformar la realidad. No hacen falta maltratos ni modos violentos, para construir emancipación. Acá, es la comunidad wichi La Puntana, municipio de Santa Victoria Este, Departamento de Rivadavia, provincia de Salta. Acá, es tan al norte del país, que a 45 kilómetros se emplaza la triple frontera con Bolivia y Paraguay. Acá el celular marca “sin servicio”; no llega la señal. “La única que a veces engancha es de Bolivia, donde hay conectividad en todo el territorio; estamos a solo un kilómetro”, cuentan en “La casa de las artesanas”, el centro cultural donde reciben a MU.

La falta de servicio no es exclusiva del teléfono. Acá tampoco hay agua potable, ni gas natural. Ni cloacas, ni alumbrado, ni transporte público. Las casas son de adobe y de chapa. Los caminos para llegar son casi intransitables cuando no llueve, e impenetrables los días de lluvia. Esta descripción le cabe casi a la totalidad de las más de 200 comunidades originarias asentadas en la localidad, donde más del 75% de sus 17 mil habitantes es de pueblos ancestrales. La mayoría wichi, la minoría repartida entre chorotes, tobas, tapietes y chulupíes.

La Puntana es un territorio costero, lindante al ingobernable Río Pilcomayo. De cultura nómade, su población wichi se vio obligada a instalarse en uno de los lugares más olvidados del chaco salteño, en un clima semiárido, siempre seco, cuyas temperaturas en invierno oscilan entre mínimas de 9 y máximas de 34 grados. Y en verano superan los 50. Acá hay un monte deforestado, saqueado por las corporaciones madereras que trasladan sus camiones repletos de algarrobos ante las narices de las comunidades, sin pudor, ni escrúpulos, ni controles estatales.

Acá, en medio de la pobreza, a fines de 2017 un grupo de mujeres artesanas creó Thañí, un colectivo que realiza tejidos en fibra de la planta nativa chaguar. “Vivir en el monte no es fácil, pero nos da los alimentos necesarios mediante la caza de animalitos, la recolección de miel. Aunque no hay oportunidades. Hay mucha necesidad de conseguir comida; la salud es escasa, no hay atención médica”, arranca Maribel, de 39 años. Frente a ella, escucha y asiente Claudia Alarcón, de 27, quien es coordinadora de Thañí. Se remonta a sus inicios: “Antes de empezar con el proyecto, sentíamos que no había nada, que estaba a punto de perderse todo lo ancestral. Hacíamos tejidos pero lo intercambiábamos por comida, no había venta, ni compradores locales, hasta que empezamos a reunirnos y hoy somos la primera organización de mujeres de esta comunidad, es un orgullo”.

Vienen del monte

La decisión de crear Thañí tuvo varios motivos para sus integrantes: “Empoderarse como mujeres, generar ingresos para mejorar la calidad de vida y revalorizar nuestra cultura ancestral”. El nombre fue un consenso: “Thañí significa ‘Viene del monte’, porque nosotras somos de acá; sin territorio no tendríamos el chaguar, esta planta sagrada con la que fabricamos lo que vendemos”, explica Claudia.

El pueblo wichi, originalmente cazador y recolector, utilizó la fibra del chaguar desde tiempos inmemoriales para confeccionar diversos objetos en pos de la subsistencia, como ropa, bolsos, redes para pescar, hamacas. Hoy, la historia continúa por esa senda y se aprecia en el vasto catálogo de venta al público: mochilas, paños, riñoneras, caminos de mesa, hamacas, yicas (bolsos), paneras y muñecas.

“Aprendemos de nuestros antepasados a sobrevivir gracias a la tierra, a alzar una planta como la chagua. Obtenerla es un proceso largo, debemos caminar muchos kilómetros. Una vez que sacamos la materia prima debemos machucar la hojita –o sea, desfibrarla–, dejarla secar, pintarla, volver a secarla y recién ahí, ya con el hilo listo, fabricar lo que se quiere”, comenta Maribel, con un tono de voz tan bajo como claro y dulce. Para teñir los hilos utilizan semillas, hojas, yuyos, raíces o resinas de diferentes plantas, según el color que necesiten.

El chaguar es una planta de hojas largas y verdes, con espinas, que crece en el norte del país, en Bolivia y Paraguay. “Solo cortamos las plantas madres para que sus ‘hijitas’ sigan creciendo”, describen las mujeres sentadas en ronda, la mayoría con polleras multicolores.

Para el primer empujón, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) de Santa Victoria Este brindó talleres de formación, sobre todo vinculados a las nuevas tecnologías. La creación en La Puntana dio sus frutos en dos territorios más: La Nueva Curvita y Alto La Sierra, que hoy también integran el emprendimiento colectivo.

Melania Pereyra vive en la comunidad wichi de Alto La Sierra, pegada a la provincia de Formosa, a 70 kilómetros al sudeste de Santa Victoria Este. Tiene 24 años, una hija y un hijo. Fue una de las primeras que se sumó a Thañí: “El grupo de nuestra comunidad se llama Suwanhas, que significa hormigas; le pusimos así porque trabajamos en conjunto y no tenemos notoriedad”. Expresa con una vocecita que se le llena de emoción: “Me pone muy feliz ver cuánto avanzamos, hoy somos más de 70 mujeres solo de nuestra zona. Antes yo manejaba todo: pedidos, distribución, ahora nos dividimos en cinco grupos y cada uno tiene su representante”. Pide por favor no olvidar el principio: “Fue fundamental una ex técnica del INTA, Andrea Fernández, que no solo buscó organizarnos; sobre todo, nos ayudó a ser valientes”.

Andrea Fernández es artista plástica, tiene 38 años y permanece vinculada a Thañí desde lo artístico y lo emocional. Las comunidades la ponderan como referencia por su acompañamiento permanente. Desde Salta capital, donde vive, narra: “Llegué al Pilcomayo como tallerista del INTA para responder como Estado a las demandas de Lhaka Honhat (asociación histórica que nuclea a varias comunidades) y en especial escuchar a las mujeres, quienes no estaban participando del proceso de consulta y gestión territorial que se estaba llevando a cabo. Desde 2017 comenzamos este camino cuyo desafío era pensar cómo transformar la falta de trabajo de las chicas, sus saberes y la importancia de que se respeten, valoren y se paguen sus tejidos. De esa necesidad nació esta marca colectiva que fue creciendo”. Suspira, como quien emite palabras con el alma: “Hoy estoy en un rol de curadora, abriendo caminos en ferias, exposiciones, porque lo que se hace excede a la economía social; los tejidos se realizan como memoria, como testimonio, similar a lo que para los blancos es el arte. Y ese espacio también hay que disputarlo para ganar derechos”. Habla tierna, habla profundo: “Cuando me conocieron me decían ‘suluj’, mujer blanca, ahora para ella soy ‘chisuk’, una mujer loca, una mujer rebelde. Es una experiencia que me cambió la vida, fue lo más hermoso que me pasó; Thañí es una historia de amor, donde encontré que tenía algo para dar, ser útil, estimular la imaginación, los sueños. Había que acompañar ese grito”.

Contra la corriente

El 26 de junio de este año las vecinas de La Puntana inauguraron “La casa de las artesanas”, su lugar de encuentro. Comparte Claudia: “Ese día nosotras hicimos historia; me sentí muy contenta de ver el fruto de nuestro trabajo. Estoy muy feliz de pensar que empezamos menos de 20 y hoy en nuestra comunidad somos más de 80 mujeres las que trabajamos”. ¿Cómo se sostienen económicamente? “Con la tienda virtual que abrimos en 2020 (www.vienedelmonte.com.ar), donde la gente puede comprar y se le envía a su domicilio; en ferias cercanas o cuando nos invitan a otras ciudades”, detalla.

El proceso para evitar a los intermediarios no fue sencillo. A través de las capacitaciones del INTA se sumergieron en el uso de computadoras, teléfonos y redes sociales, así como en manejar y hacer crecer los contactos. Álvaro Penza es el Jefe de la Agencia de Extensión Rural del INTA en Santa Victoria Este. Recuerda: “También debieron construir el precio justo de sus productos, porque siempre las cagaban. En un principio, vendían una yica que les lleva un mes de trabajo por dos paquetes de azúcar. Cuando les pagaban con dinero, los intermediarios se aprovechaban y les daban miseria; en una tienda de Buenos Aires aparecía la artesanía a un valor 6 veces más del que se pagaba en el territorio”. 

En la página web aparecen los logos de la Secretaría de Agricultura Familiar, Campesina e Indígena, del ENACOM, así como los Ministerios de Ambiente, de Agricultura, Ganadería y Pesca, y de Desarrollo Social. Arremete Claudia: “Figuran que nos acompañan pero no sucede nada de eso. Tampoco tenemos apoyo del intendente municipal ni del Estado provincial o nacional. Estamos totalmente solas”.

Álvaro Penza ratifica: “La ayuda que se recibe es cero desde el Municipio y la Provincia. Las mujeres se mueven solas; buscando compradoras, viajando a las ferias; cuando podemos las apoyamos para que hagan algún viaje, pero en materia económica nuestro apoyo es chico. Desde 2016 en adelante, atravesamos todo el macrismo sin guita ni para la asistencia técnica, por lo que debimos buscar fondos extrapresupuestarios para el acompañamiento”. 

El titular del INTA amplía: “Los logos se pusieron para diseñar la página y que se financie el mantenimiento, pero por fuera de eso el apoyo no existe. A veces pienso que tampoco lo necesitan, porque cuando se introducen recursos mal distribuidos, generan más quilombos. El crecimiento de Thañí es enorme, y así también son las tensiones, más aún cuando en un proceso como este, de autogestión, autonomía, pautas de cooperación, acción colectiva, irrumpen prebendas. De hecho pasó que nos llevó puesto la misma provincia con un proyecto de Desarrollo Social de Salta, que bajó 16 tablets para 150 artesanas. Dejó un tendal, las rompió internamente. Por eso, o hay para todas o no hay para ninguna”. 

Maribel, tejedora de La Puntana, exterioriza su bronca por una reciente donación de tinacos para almacenar el agua, que le mejoró la vida a un montón de personas, aunque no cubrió a todas las familias de su comunidad y de Alto La Sierra: “Es mejor que no vengan si no hay para cada una. Las divisiones no nos hacen bien. Lo mismo pasa con el Estado cuando empezó a traer bolsones alimentarios: no alcanzaban y eso hizo que nos dividiéramos”.

La necesidad de que llegaran los tanques evidencia un derecho básico incumplido, como el acceso al agua potable. “El agua es lo más importante para el ser humano, pero no nos llega; no tenemos respuesta por parte de los gobiernos. Siete pozos hicieron el año pasado en distintas comunidades cercanas y no se sabe qué pasó; lo único que sí sabemos es que seguimos sin agua. También vinieron a poner un tanque a nuestra comunidad y al día siguiente se cayó; no lo solucionaron”, dice Claudia, que le da pie a Maribel: “Los pozos que hay no son profundos, entonces la poca agua que hay tiene arsénico, lo que genera vómitos, diarrea, esa es nuestra real inseguridad”. Y repite Maribel, sin levantar la voz, porque lo vital es el contenido: “En el monte hay víboras y arañas venenosas, leones, tigres, pero lo que nos da inseguridad y nos hace infelices es cuando alguien viene y no cumple su palabra. Estamos acostumbradas a soportar el dolor; cuesta mucho sobrevivir acá, más siendo mujeres”.

Empoderadas

Entre las comunidades La Puntana, Alto La Sierra y La Nueva Curvita, casi 180 mujeres conforman Thañí. Los distintos grupos organizan qué van a tejer para evitar la competencia y ampliar el catálogo. Se organizan para su independencia económica, se organizan para decir. Dice Andrea Fernández: “Las mujeres wichi no suelen hablar en español. Son los varones quienes están en contacto con los criollos, entonces era muy difícil saber lo que pensaban las mujeres porque no querían hablar, no sentían que podían hacerlo frente a los blancos, como nos dicen. Fue transformador cuando se animaron”. Dice Claudia: “Antes de que empezáramos con Thañí, no podía hablar, no podía sacar los sueños. Ahora, de a poco van saliendo”.

Dice Melania –a quien se le entiende perfecto el castellano–, no sin antes aclarar que le cuesta el idioma español, porque no es el suyo: “De a poco estamos perdiendo la timidez; como antes no teníamos participación, no decíamos nada, no teníamos derecho de hablar, de participar en reuniones. Desde que nos juntamos, eso está cambiando”.

El sentimiento de pertenencia construido es notorio, palpable, oíble. El lugar de la mujer ha mutado y es hora de exteriorizarlo. Claudia: “La unión nos permite soñar con más fuerza, levanta el ánimo apoyarnos entre todas y tomar nuestras propias decisiones. Estamos demostrando que las mujeres indígenas sí podemos”. Maribel: “Con Thañí se sorprendieron. Recién ahora nos sentimos respetadas, escuchadas”. Melania: “Antes las mujeres no teníamos participación en nada, solo los hombres hacían proyectos, solo a ellos les daban trabajo”.

A la discriminación, se le suma una lógica instaurada en las provincias del norte argentino, basada en violaciones a mujeres originarias por parte de criollos. Se trata de una práctica que conjuga el machismo con el racismo denominada “chineo”. No se calla Melania: “La fuerza de Thañí nos ayudó a denunciar la discriminación por parte de los criollos y el chineo. Sufrimos violencia de género y todo tipo de violencias. Gracias al grupo aprendimos a defendernos, nos hicimos más valientes”. Los abusos no son exclusivos del afuera, también existen intracomunidad. No se calla Maribel: “Yo me siento abusada como mujer, porque para muchos hombres aborígenes tampoco somos nada”. No se calla Andrea: “Se viven muchas violencias cotidianas sobre todo en el contacto con los criollos que llegan de afuera. Incluso quienes lo hacen con las mejores intenciones, pero sin paciencia, imponiendo su ritmo, su idioma. No se da el tiempo de esperar al tiempo que ellas digan. Lo mismo con las instituciones cuando suponen…, y en general, se cometen errores suponiendo”.

El horror

En este territorio empobrecido y postergado conviven el espanto y la resiliencia; el terror y la vida; el dolor y la fuerza colectiva. Acá, se multiplican los embarazos prematuros, muchos por abusos sexuales. Abundan las madres niñas, las madres y los padres adolescentes. “No hay educación sexual integral y sí hay un montón de niñas embarazadas… embarazos que en la mayoría de los casos no son consentidos”, afirma Valentina Fernández Alberdi, pediatra que trabaja junto a las comunidades de Santa Victoria. En esta zona perteneciente al Departamento de Rivadavia –y al igual que en los Departamentos de Orán y San Martín– desde el 29 de enero de 2020 se declaró la emergencia sociosanitaria tras la muerte de seis niños y niñas wichi. La emergencia continúa; las infancias fallecidas también.

Lorenzo tenía 2 años hasta el 13 de julio pasado. Cuando nació, su mamá tenía 12, su papá 14. Lorenzo llegó al mundo en la comunidad originaria Vertientes Chicas, de donde Lucinda Romero es la única enfermera. Cansada de denunciar el vacío sanitario y de políticas públicas, llora del otro lado del teléfono: “Es muy triste lo que sigue pasando, este tipo de cosas atroces suceden siempre en la zona. Cuando nació el niñito estuvo un tiempo en Tartagal, internado en incubadora, hasta que se recuperó. Acá le hacíamos controles permanentes porque necesitaba muchos cuidados. Luego los papás se separaron y la mamá de la nena se llevó a su hija y a su nieto a la comunidad Pozo El Toro y ahí perdí el día a día. Cuando murió, hacía cuatro meses que el niñito estaba enfermo”. Se frena el relato por un sollozo. Pide disculpas. Sigue: “Los agentes sanitarios fallaron, era un niñito sin control, de bajo peso, con baja talla toda la vida. Murió desnutrido, con bronquitis, fiebre, tos, inflamación en su garganta, en su lengua, con retenciones de gases porque tenía el abdomen distendido; no comía hace tiempo, no podía tomar la leche, alguien lo tenía que haber visto. Ya no aguanto más, es mucha la injusticia”.

Se le entrecorta la voz. Dice que está angustiada, enojada, dolorida. Continúa: “La mañana en que murió, me fueron a avisar que el niño estaba muy mal, que vaya; fui, pero el chiquito ya había fallecido y también lo habían sepultado. Lo comuniqué al hospital y al rato llegó la policía, que no examinó el cadáver porque para hacer el acta de defunción necesitaban la orden del juez, que en vez de hacerla automáticamente se demoró. Seis días después, el abuelo paterno me fue a buscar para decirme ‘habían sacado los trapitos de donde estaba enterrado’ su nieto. Informé la situación y recién ahí fueron las autoridades, quienes encontraron que al cuerpito se lo habían comido los chanchos y los perros”. Para. Llora. Sigue, porque necesita contarlo para que algún día la crueldad termine: “Es una noticia escalofriante. Yo no me puedo recuperar, la sensación que tengo es bronca, impotencia, está todo mal, me duele tanto”. Desde hace tres meses los pedidos de entrevista por parte de MU al gobernador de Salta, Gustavo Sáenz, y al Intendente de Santa Victoria Este, Rogelio Nerón, nunca fueron contestados.

Una luz llamada Thañi

Para que no se corte el fino hilo de la vida, cada uno de sus tejidos es 100% artesanal, único e irrepetible. Hechos a mano, no hay dos iguales. “Cada pieza tiene un por qué, un significado ancestral; en cada artesanía que hacemos, está nuestra historia, nuestra cultura”, dicen en ronda. Avizoran un futuro más esperanzador, integrando a las más jóvenes: “La iniciativa nos está permitiendo generar un diálogo con las adolescentes para que se acerquen a las costumbres milenarias. El estímulo es diferente cuando existe una salida concreta”.

Thañí crece para afuera y para adentro. La experiencia de este emprendimiento colectivo ha salido fuera de Salta, con participación en ferias de distintas provincias y en otros países, como en Paraguay hasta Alemania. En junio del año pasado, sus creaciones integraron la muestra “La escucha y los vientos” en Ifa-Galerie, Berlín, la galería de arte del Instituto de Relaciones Exteriores alemán. Recuerda Andrea Fernández, porque lo que verdaderamente tiene valor, nunca se olvida: “Para esa exposición, las mujeres confeccionaron tres tejidos enormes, como banderas. Debían elegir un mensaje unificador. ‘Que estamos vivas’, definieron. Y cuando les pregunté si valoraban más el haber hecho tejidos grandes, me miró Claudia y me dijo: ‘Para nosotras es lo mismo el tamaño. Siempre vimos la belleza y la importancia de nuestros tejidos; los hicimos grandes para que ustedes los vean’”.

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