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Monte Hermosa: Josefina Lamarre

Editó el álbum Yin Yang y también le cantó (en contra) al amor extractivista. De la tevé en piyamas a la comedia musical, la perfomance, el Hotel Faena y las coplas chismosas. Lo que surgió de una ducha y la convivencia entre lo tanático, lo erótico y lo vital.
Por María del Carmen Varela
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Desde Misiones: alerta verde y la desregulación de la realidad

Desde que asumió Milei, el precio que se paga a productores y trabajadores de la yerba mate está desregulado. Cómo impacta esto en una industria ya precarizada, en vías de destrucción, y lo que genera: éxodo rural, desarraigo, pobreza. Crónica de la época desde un territorio con pulpos yerbateros, y un concepto electoral: «Los trabajadores rurales nos dimos un tiro en el pie».
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro
(Enviados especiales a Misiones)
“Hoy ganaron ustedes, pero la venganza es un plato que se come frío”.
El que intimida es Ramón Puerta, poderoso empresario de la yerba mate, gobernador de la provincia de Misiones entre 1991 y 1999.
El intimidado es un productor yerbatero de los tantos que en aquel febrero de 2002 celebraban la creación del Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM, en adelante) que regularía la actividad durante más de veinte años, achicando la brecha entre las grandes industrias y el resto de la cadena productiva.
La venganza está sucediendo ahora, un cuarto de siglo después.
PUNTO DE PARTIDA
Hay causa y consecuencias que impulsan a tomarnos un micro que luego de 18 horas nos deposita en Misiones, la provincia mayor productora de hoja verde de yerba mate en Argentina, el país de más producción y exportación de yerba mate en el mundo.
Las consecuencias:
• Para la cosecha de 2023 al productor se le pagaban 400 pesos por kilo de hoja verde (materia prima recién cosechada). Hoy debería rondar los 700, pero se le ofrece menos aún que hace dos años y en algunos casos hasta 70 pesos. El 10% de lo que corresponde.
• Un pequeño y mediano productor gana menos del 50% de lo que le cuesta producir. Va a pérdida.
• El tarefero (el que cosecha) debería ganar 80 pesos por kilo cosechado según la paritaria, pero se le pagan entre 30 y 40.
• Miles de trabajadores rurales misioneros están emigrando a Brasil para buscar mejores condiciones de empleo y de vida. Un éxodo.
• Más de 200 mil millones de pesos pasaron del sector primario (los más bajos eslabones de la cadena) a las manos de las grandes empresas fijadoras de precio.
La causa tiene un punto de partida: el DNU 70/2023, bautismo de Javier Milei como presidente, que modificó un amplísimo abanico de normas. Entre ellas la desregulación del INYM, que fijaba un precio de referencia de la hoja verde para hacer más equitativo el reparto de la torta. Hoy, quienes fijan los precios son los oligopolios yerbateros, únicos beneficiados en esta historia. Debajo, pierden todos: quienes secan la yerba (los secadores), y sobre todo quienes la producen (medianos y pequeños productores) y quienes la cosechan (los tareferos, también llamados mensúes).

yerbatero del municipio de Pozo Azul, departamento de San Pedro, Misiones. Acá,
Jorge y Luisa tareferos y productores de su propia
yerba, en el paraje Bella Vista.
ÉXODO MISIONERO
Verde, roja, verde, roja, verde y roja. Así es Misiones, hecha de caminos y rutas cual serpientes infinitas rodeadas de verde monte y verde selva. Sierras, valles, ondulaciones de una geografía maravillosa que rebalsa a los ojos.
Así es Misiones, roja de tierra colorada, clima subtropical, calurosa, húmeda, de lluvias y sol y de sol y de lluvias, imponente.
Así está Misiones, roja de una crisis que se profundiza día a día. Día a día. Por goteo.
Jorge es tarefero y desde hace unos años también pequeño productor. Junto a Luisa, su compañera, y sus hijos, plantan, cosechan y elaboran una yerba familiar.
Llegar a su chacra es una odisea. Y no porque vivan en el paraje Bella Vista del municipio de Pozo Azul, de la ciudad de San Pedro en medio de la selva en el nordeste misionero.
Es una odisea porque el camino es un no-camino, una arteria de tierra obstruida por piedras y barro que cuando no llueve es casi imposible transitar, y cuando caen un par de gotas mejor no intentarlo. Este, como tantos otros problemas estructurales de la provincia, no empezó en diciembre de 2023.
La familia está obligada a viajar a los campos brasileños. “Hay mucha gente que sufrimos por esto. Primero se fue mi marido a partir de 2019, después mi hijo mayor y ahora yo también”, cuenta Luisa, 45 años, trigueña, pelo largo y negro, ojos claros, portuñol dulce y suavecito. “Es triste dejar tu país, un país tan rico. La situación en la provincia es esta: abandonar, emigrar por unos pesos”, susurra y el eco de la palabra “abandonar” se queda flotando en el aire.
Jorge tiene 50 años y 50 años de campo. Lo muestran sus manos y las venas sobresalidas como si latieran encima de esa piel curtida por el sol. Dice con seguridad una cifra del campesinado misionero que no le conviene llevar a ninguna estadística oficial, pero que carga su mirada: “Un 95% estamos yendo a trabajar a Brasil”. Luisa: “Y ya no solo hombres, como antes: mujeres, niños, la familia entera”.
El destino son los campos de cebolla y uva en Santa Catarina y de Río Grande do Sul.
“Cuando cuento que tengo un pedacito de tierra me dicen qué hago changueando en otro país. Les cuento que ni camino tengo para que lleguen a comprar lo que cosecho. Agacho la cabeza y me callo, para no hablar mal de Argentina”.
A metros de donde Jorge habla, cuatro mesas de madera sostienen la yerba mate secándose al sol. Ya pasó por cuatro pasos previos y artesanales: 1) la cosecha; 2) la sapeca –la hoja recién cosechada se pasa medio minuto por encima de un fuego intenso para tostar la superficie y detener la oxidación– 3) secado de 48 horas encima de las brasas –proceso ancestral llamado barbacuá– 4) la molienda. Luego vendrá el secado al sol durante una semana y el estacionamiento entre 3 y 4 meses en un lugar sin humedad, que la dejará lista para el consumo.

en su chacra de Oberá.


ñía de sus bueyes para trabajar la tierra.
El hijo mayor se llama Romualdo, tiene 24 años y una madurez que no abunda. El nombre ya le da una presencia que ratifica cada vez que opina, entre que va y viene de la charla para corroborar que el barbacuá –las hojas verdes arriba, y las brasas debajo, a un metro y medio de distancia– esté bajo control: la yerba se arruina si el exceso de calor quema las hojas o si se produce un secado desparejo.
Romualdo dice que la yerba mate fue tan importante en la provincia que ser tarefero siempre fue considerada una profesión. Dice que las jornadas en la chacra no bajan de las 10 horas. Que lo máximo que se puede cosechar son mil kilos por día, pero que la mayoría hace alrededor de 500. Que hay que levantarse a las 3 de la madrugada, hacer la matulita (la vianda) y subirse al camión que te lleva a la chacra a empezar la poda. Y que los problemas profundos de Misiones no son de ahora, sino históricos.
Para todo ese esfuerzo, al tarefero se le paga 40 pesos el kilo cosechado. “Es menos de lo que ganábamos hace dos años, porque en paralelo subió la comida, la nafta. Como no nos cierran los números, nos tenemos que ir”, explica Jorge.
El Sindicato Único de Trabajadores Rurales aporta un dato: el promedio anual de misioneros que cruzaban la frontera era de 8000. El último año fue de 40 mil.
YERBA BUENA NUNCA MUERE
La forma artesanal de producción en la agricultura familiar de hoy es la misma que usaban los guaraníes, originarios de esta tierra que consideraron sagrado al árbol de la yerba mate por las cualidades de sus hojas a las que llamaban caá –planta–, que en su lengua también significa selva. La veneraban por estimulante, por medicina y por el bienestar que les provocaba. La convertían en ritual de ceremonias.
Con el tiempo, se comprobó su alto valor nutricional, fuente de vitaminas y minerales, y antioxidante para prevenir el daño celular.
OTRAS YERBAS
Valdir es una referencia en la agroecología misionera (su historia y la de la cooperativa Unión Campesina serán parte de la próxima MU). Para arar la tierra no usa maquinaria de último modelo. Usa bueyes. Para juntar sus cultivos (múltiples, todos los colores, sabores y tamaños están en su chacra) no usa una cosechadora de tecnología innovadora: usa sus manos. Para mover el carro donde mete la cosecha, también usa sus bueyes.
Vive en el paraje selvático de Santa Cruz del Monte. Junto a su compañera Ivone arrancan el día a las 5 de la mañana, y un par de minutos después tomamos el primer mate con la luna todavía alumbrando y unos gallos que se desperezan a puro canto.
Para Valdir, ya no alcanza con revertir el DNU de Milei y regular el precio, porque las grandes molineras son muy grandes y seguirán haciendo lo que quieren. Canoso, humilde, se pone el sombrero de paja y camina su chacra al amanecer mientras dice: “Que las empresas grandes impongan el precio está haciendo estragos. Hay una única solución para contrarrestarlo: que los colonos –así se les dice a los productores– se agrupen de forma cooperativa. Si no hay una organización desde abajo, vamos a vivir como esclavos el resto de la vida”. Aclaración: la palabra colono no deriva de Cristóbal Colón, sino del verbo colere que en latín significa cultivar y habitar.
A tres kilómetros de la casa de Valdir está la que construyó con sus manos Agustín Pane, pequeño productor yerbatero de la selva paranaense, zona de yaguaretés, víboras, arañas venenosas, grillos y pájaros que no paran de celebrar una biodiversidad esplendorosa e inagotable. En su campo tiene lo que llama “yerba bajo monte”, planta sembrada a la sombra de árboles nativos como el guatambú, el loro blanco, la yacaratia, la maría preta, la canela, el incienso. Lo que ve Agustín es una repetición: “Las grandes molineras marcando el precio son las únicas que no son afectadas y les crece la demanda”. Algunas estadísticas lo demuestran: según el propio INYM, Argentina recuperó en 2025 el primer lugar en exportación de yerba mate luego de siete años de predominio brasileño, con 57.980.912 kilos, que equivalieron a ingresos por 116 millones de dólares.
Se trata de un ciclo que también azotó a la yerba en la década del noventa menemista, cuando se liberó el mercado. Hasta ese entonces regía la Comisión Reguladora de la Yerba Mate (CRYM), organismo estatal creado en la década del 30 para garantizar el equilibrio en la cadena productiva. Lo que Memen hizo con la CRYM, Milei lo hizo con el INYM: el precio quedó a merced del mercado y las condiciones en el mercado –chocolate por la noticia– las imponen las industrias. “Veo repetición, fractura y crisis, y que los legisladores del gobierno provincial le votaron todo a favor al gobierno nacional”. Y ve, también, en la debilidad, fortaleza: “La oportunidad para que entre varios pequeños productores hagamos nuestra yerba. Se nos paga tan poco que no conviene venderles a secaderos y molineras, la única que nos queda es tener nuestros propios medios de producción, sabiendo que no habrá respuesta ni del gobierno nacional ni del provincial”.

secadero de la yerba mate.

TOMÁ MATE
Cuando viajamos de San Pedro a Oberá –otro de los centros neurálgicos de la yerba mate– al verde (en todos los matices y degradés imaginables) y al rojo lo acompaña otro color que se repite a lo largo y a lo ancho de Misiones: el marrón. El marrón madera, el marrón tronco, el marrón Arauco, empresa multinacional de origen chileno, la forestal más grande del país que tiene el monopolio del monocultivo de pino que atraviesa toda la provincia. A Arauco se la ve en los millones de árboles plantados en serie, se la ve en los permanentes camiones que van y vienen con exárboles, se la ve en las más de 200 mil hectáreas que ostenta. A Misiones la gobiernan las enormes yerbateras, y también Arauco.
En su oficina de la ciudad de Oberá, Salvador Torres, secretario general del Movimiento Agrario de Misiones (MAM), toma mate de la yerba Titrayju, que produce como integrante de la cooperativa Río Paraná. El nombre Titrayju se desprende de la proclama Tierra, Trabajo y Justicia, palabras que hoy ni se asoman por estos lares.
Torres agarra un papel blanco –como su pelo y su camisa– y dibuja lo que pasa en la provincia. En el centro de la hoja sitúa a las grandes empresas y a los hipermercados. “No son más de ocho los actores que determinan los precios. Debajo están los secaderos de yerba, 15 mil pequeños y medianos productores y 15 mil tareferos que levantan la cosecha”.
Otra aclaración por si hiciera falta: en la cadena de la yerba mate el tarefero le levanta la cosecha al productor, que luego lleva la hoja verde a un secadero donde se realiza un proceso que la deja lista –se le llama yerba canchada– para la molienda final que hacen las grandes molineras, tras un periodo de estacionamiento de alrededor de un año.
Los pulpos yerbateros son Las Marías, de la familia Navajas (Taragüí, Unión, Mañanita, La Merced), la cooperativa Liebig (Playadito) –entre ambas concentran casi el 50% del mercado–; además de CBSé, La Cachuera (Amanda), Cordeiro (Verdeflor), Rosamonte, Yerbatera Misiones (Nobleza Gaucha y Cruz de Malta, su dueño es Ramón Puerta), que concentran más del 80% del mercado y compiten para vender más barato y quedarse con los consumidores. Esa es la explicación por la que casi no sube el valor en la góndola y el consumo interno se sostiene, incluso en 2025 fue superior al año anterior. Dice Salvador: “Tiran el precio abajo lo más que pueden y destruyen al resto de la cadena: el secadero aprieta al productor y el productor al tarefero. La cadena se rompe hacia abajo, nunca hacia arriba”.
Al cierre de esta edición, el gobierno provincial de Hugo Passalacqua –del Frente Renovador por la Concordia, partido liderado por Carlos Rovira– llamó a una Mesa del Agro para intentar morigerar la crisis y fijar un precio mínimo provincial para la hoja verde. Torres fue parte: “No se llegó a un acuerdo. Las grandes empresas ofrecieron pagar 280 pesos el kilo de hoja verde, un precio bajísimo si pensamos que hace 3 años estaba casi 200 pesos más. Nosotros propusimos que lo eleven por encima de los 500, que ya es menos de lo que deberíamos”.
La reunión entró en un cuarto intermedio sin fecha de próximo encuentro.
YERBA NO HAY
En el municipio de Guaraní, en Oberá, la cooperativa Caiyal –Cooperativa Agropecuaria e Industrial Yapeyú Limitada– tiene un secadero donde productores llevan su hoja verde para ser procesada.
Luis Mancini es el presidente y también uno más de los obreros. Dice que el principal problema es que el peón y el productor están ganando lo mismo que hace tres años. “Pero los costos subieron. La desregulación dejó mal parada a mucha gente con un desfasaje de precios. Acá muere el argumento del gobierno nacional: se enorgullecen de que desfinancian al Estado, pero lo que desfinancian es a la gente”.
La cosecha debería haber arrancado el 1 de abril, pero después de un mes no hay yerba para procesar por dos motivos: la cantidad de semillas que aún tiene la planta y una producción paralizada por no haber precio de referencia. La consecuencia: el secadero está vacío, a la espera de ingresar los 3 mil kilos por hora que puede secar.
Caiyal se fundó hace 27 años y su principal sostén es la venta de la yerba canchada –secada y habiéndole hecho una molienda gruesa– a Playadito, la empresa que más está pagando el kilo en el mercado ($280).
“Estamos en un sandwich, con la presión de arriba y la presión de abajo, porque si nos pagan poco a nosotros, nosotros les pagamos poco a los productores y los productores a los obreros rurales, toda la cadena se afecta”.
Entre mate y mate que le ceba Julio –socio de la cooperativa con aires a Berugo Carámbula, aunque más canoso y de alpargatas–, dice que el conflicto va en vías de estallar porque la situación está perjudicando a todos. Se rectifica: “A casi todos, en las crisis siempre hay ganadores”.
PRECIO JUSTO
Hugo Sand es un histórico productor yerbatero y está contento. No por el clima social, pero sí por la temperatura: “Necesitábamos un poco de lluvia, que refrescara”, celebra después de varios días de un calor poco otoñal. El frío lo lleva en la sangre: su bisabuelo fue un inmigrante finlandés que llegó en 1906 a Bonpland, sur misionero, y cuatro años después ya tenía plantados sus primeros yerbales: “Vino de las nieves eternas al verano eterno”. Aun en la denuncia, su decir es así, poético, y la boina negra con rombos blancos y la barba blanca tupida que le cuelga hasta la zona pectoral alimentan la bohemia.
Es ingeniero agrónomo y su lado dirigencial comenzó a fines de los 90, cuando los colonos se manifestaron contra un mercado desregulado –lo mismo que ahora comienza a gestarse muy tibiamente–. “En un principio me daba mucha vergüenza cortar una ruta”, recuerda, y también que puso dos carteles bien legibles al costado de la 14, que atraviesa la provincia de sur a norte hasta Brasil. Dignidad por la familia agraria, decía uno; el otro se convirtió en un emblema de la lucha yerbatera que hoy vuelve a tomar actualidad: Precio Justo.
A las quemas de gomas y cortes de ruta le siguieron dos tractorazos –en 2001 y 2002– por toda la provincia hasta la Casa de Gobierno, en Posadas, que transformaron la historia. “De esa lucha nació el INYM”. Y también nació el Hugo dirigente, que hoy referencia la Asociación de Productores Agropecuarios de Misiones (APAM).
Desde aquel punto de quiebre, al directorio del INYM lo conforman un presidente designado por el Poder Ejecutivo, un director por cada una de las provincias productoras (Misiones y Corrientes), y directores que representan a la industria molinera, secaderos, cooperativas, productores y obreros rurales. Ni bien asumió, Milei no solo le sacó al instituto la responsabilidad de fijar un precio mínimo y equilibrar la balanza entre los pequeños productores y la industria; tampoco nombró al presidente: lo dejó acéfalo. Recién en diciembre de 2025 asumió por decreto presidencial Rodrigo Correa, contador, empresario de la carne y militante de La Libertad Avanza. Ni bien tomó el cargo ratificó el camino: la interacción entre productores, secaderos y molinos bajo las reglas del mercado.
Correa no aceptó ser entrevistado para esta nota.
El INYM generaba un marco legal donde todas las partes presentaban sus costos de producción y se discutía el margen de rentabilidad. “Logramos que el precio acompañe la economía del país y la provincia, que el colono viva dignamente y pagándole a sus obreros rurales el jornal correspondiente. A veces ganamos un margen interesante, otras salimos empatados, pero nunca por debajo del costo como ahora”, comparte Hugo, que traza el valor en dólares que debería pagarse el kilo de hoja verde: 0,50 centavos. “Por eso deberíamos estar en 700 pesos. Milei fue irresponsable al dictar un decreto de necesidad y urgencia que de necesidad y de urgencia no tenía nada. Tendríamos que estar todos cosechando y la mayoría de la producción está paralizada, es un caos”.
De la poesía Hugo pasa a las matemáticas. Dice que si hace dos años les pagaban 400 y ahora la mitad, esos 200 alguien se los quedó. Y si esos 200 los multiplican por los casi mil millones de kilos que se cosechan al año, “esos 200 mil millones de pesos no fueron al sector primario sino a los amigotes de Milei”. Si en vez de 400 se establecen los 700 que debería recibir un productor, la ganancia de las industrias se multiplica.
ARRAIGO CULTURAL
En Misiones se da una particularidad sobre la propiedad de la tierra: el 80% de los productores son pequeños, con 25 hectáreas en total, y entre 5 y 10 de yerba. El origen: una política pública que ejecutó el presidente Marcelo Torcuato de Alvear en 1925 para fomentar la producción nacional, ya que hasta ese momento se importaba de Brasil. Se establecieron miles de inmigrantes en miles de chacras de 25 hectáreas, a quienes les imponían una condición antes de entregarles el título de propiedad: plantar entre el 25 y el 50% del campo con yerba mate. Esa conformación de Misiones en minifundios es la que hoy está en riesgo de desaparecer y dar paso a los latifundios.
“Es un proyecto político que busca quedarse con la tierra del colono y con el acuífero guaraní, el agua bebible debajo de nuestras chacras. A la yerba no debemos mirarla solo como un cultivo, sino como una planta estratégica de arraigo rural”, piensa Hugo, que dialoga también con las manos como si también desde la mímica quisiera reafirmar que es imposible que un pequeño productor de 5 o de 10 hectáreas negocie “con monstruos molineros”.
Detrás de él, sobre una pared de ladrillos, cuelga una foto de un auto viejo que incluirá en el relato: “Es como poner a correr al Ford A de mi abuelo, de 1930, con el Fórmula 1 de Colapinto, una locura inconcebible”. Toca la foto y toma envión. “El presidente sabe que en un mercado oligopsónico, imperfecto e inelástico como el yerbatero, si no les ponés freno a los compradores, son depredadores”.
Las secuelas: migración sin precedentes, desarraigo, quiebre de familias, jóvenes decididos a dejar el campo e instalarse en las ciudades. “Más allá de un valor económico, es una pérdida enorme para nuestra sociedad. A lo largo de las rutas aparecen más y más cartelitos de chacras en venta, que no las comprará el vecino pobre como yo: los grandes capitalistas se quedarán con la tierra. Por eso esta política no tiene que ver con la libertad y sí con la esclavitud”.
YERBA MALA
Junto a otros colonos denunciaron penalmente a Javier Milei, primero por incumplimiento del deber de funcionario público y recientemente pidiendo la inconstitucionalidad del DNU. El abogado Federico Padolsky argumenta tres aspectos de inconstitucionalidad: 1) la falta de motivación a realizar un cambio, no había argumentos para sacar el régimen existente; 2) el abuso de poder, no había necesidad ni urgencia; 3) no modificaron nada administrativo, fue una venganza de la industria a la producción, que llevó a que el 2024 sea el año del sopapo y aumentara la importación de la yerba en un 550%.
La venganza… ese plato que se come frío.
Otro de los colonos que inició la demanda se llama Jorge Skripczuk y es presidente de la organización Impulso Yerbatero. Describe la situación “de caída libre desde la desregulación” con una analogía: “Para comprar un litro de gasoil en 2023 necesitábamos 2 kilos de hoja verde de yerba, hoy necesitamos 50. Esa diferencia la está pagando el productor”. Un litro de gasoil cuesta 2.300 pesos en Misiones y al productor por kilo le quedan menos de $50 (el resto se va en limpieza del campo, flete y el convenio de responsabilidad gremial para el peón). Resume: “Con todo lo invertido, vamos a pérdida”.
Es alto, espigado, usa lentes que ahora enfocan su teléfono celular. Me señala con ansias de que vea: “Mirá, mirá, esto me pasó un productor anteayer. Son todos cheques rechazados. Entregó la yerba en enero de 2025 a un secadero y todavía no le pagaron. Hay muchísimos productores afectados y endeudados por esto o porque si les pagan es a 120, 180 días”.
Otro Jorge, de apellido Lizznienz, es productor de Jardín América, municipio de San Ignacio en el suroeste misionero. Se ríe cuando escucha al presidente del INYM decir que “no hay crisis en el sector”. Dice que se llegó a un extremo que a la yerba se le está agregando té (el precio también está en el subsuelo). “Es consecuencia de los controles que ya no hace el INYM”. Agrega Skripczuk: “Me preocupa la calidad que se está perdiendo. Se llena al paquete de descarte, no es la hoja molida hecha polvo, es el palo molido convertido en polvo. Acá se perjudica también al consumidor, que cree que es un kilo de yerba cuando no”.
En relación a lo que llega a la góndola, Jorge Lizznienz plantea otro problema del pequeño y mediano productor: “Corrientes es quien copa los supermercados, con Las Marías y Liebig a la cabeza, y a eso se suman las industrias misioneras. Nosotros quisimos ingresar y los hipermercados nos pidieron como condición que le regaláramos un camión entero de paquetes de yerba, algo imposible si no sos un productor grande. Lo sabemos: quien concentra la góndola, concentra el negocio”.
PÁJAROS Y AVES DE RAPIÑA
Ana y Damián no concentran la góndola ni tampoco el negocio. Lo que concentran, además de su amor, es un universo de biodiversidad agroecológica en las afueras de Oberá, donde también caben dos gatos, cinco perros, tucanes que muestran su belleza cada tanto y cultivos varios, entre los que, claro, está la yerba. En su chacra pasa algo magistral: dejaron una cuadrícula de campo solo para cosechar yerba que no planta ninguno de ellos dos. Lo hacen los pájaros: comen la semilla del yerbal, luego se posan en un árbol, defecan la semilla y listo: plantada la yerba.
Antes de vaciar al INYM, desde el organismo se tenía un programa hacia 2030 que no dejaba todo a merced del excremento de las aves. “Había una planificación a futuro, una segunda etapa basada en ayudar a que los productores tengamos molino propio, el envasado y la comercialización, con el objetivo de discutir el precio y el margen de ganancia. Esto vinieron a cortar, generando una estrategia maquiavélica para fundirnos”.
Hay un síntoma de este momento que Ana y Damián detectaron con una propiedad en desuso: la escucha. “Todo el día oíamos la motosierra. Eran los vecinos sacando hasta lo último que les quedaba del monte. ‘Pagan mejor la leña que la yerba’, nos decían. Eso es terrible, porque el problema político, económico y social también es ambiental”.
Esta crisis se da en paralelo a un boom de la yerba en el mundo, que explica el auge exportador: Messi con yerba, la Selección Argentina patrocinada con yerba –brasileña–, el hijo de Donald Trump incursionando en una bebida energética a base de… yerba.
“No hay una crisis del producto, al contrario; hay cualquier cantidad de personas con capital sacando su propia marca, superalimentos en base a yerba, productos de cosmética a base de yerba que un potecito te cuesta 17 dólares. La crisis la tenemos quienes producimos o tarefean, pero pocos miran para ahí”.
¿SABÉS LO QUE PASA?
Al Movimiento Agrario de Misiones (MAM) lo conforman más de 2.000 socios, entre pequeños y medianos agricultores. Su secretario general, Salvador Torres, dice que en el universo yerbatero “el 90% de los alrededor de 15 mil productores y 15 mil tareferos votó a Javier Milei, y eso se repite en el resto del campesinado”.
El motivo que encuentra: las ideas de la libertad generaron una “revolución comunicacional” que sigue hasta hoy: “Los trabajadores rurales nos dimos un tiro en el pie. Hay algo más grande que penetró en la gente, un hartazgo de la política que, en algunos casos, todavía justifica su fanatismo al león pese a sacrificar su propia olla”.
La vecina de Ana y Damián se llama Beatriz Isabel Yablonski. Betty. Tiene un humor que da envidia, y por momentos disimula una realidad que retrata con nombre de un animal de la zona: “Como la mona”.
Este 22 de mayo festejará sus 59 años, está casada con Carlos, con quien tuvo una hija y un hijo. Sostiene nueve hectáreas y media de yerba y dos de té. “Pero el té tampoco se paga nada. Y la yerba, bueno, ni dan ganas de limpiar la chacra”.
La risa con la que cierra la frase carga con la angustia de lo que dice. Y lo que dirá:
“Es muy complicada nuestra situación. Hace dos años que no sacamos la yerba porque a fines de 2023 la entregamos a un secadero, del señor Juan Carlos Schmidt, y de un día para el otro cerró y no nos pagó, igual que a muchos colonos. Hicimos la denuncia al INYM, pero no hicieron nada”.
La situación empeoró: “Por el precio que nos pagan hoy, imaginate que prefiero que caiga la hoja en la chacra, que sea abono y no regalársela a las industrias”. El drama de Betty es un drama colectivo. En una tierra rica, riquísima, donde tirás cualquier cultivo y crece, el campesino es pobre. “Ya no hay cómo vivir, ya no hay cómo sostener la chacra”.
Betty creyó que la cosa sería distinta, estaba esperanzada con el gobierno de Milei porque entendía que iba a “mirar al agro”, que traería alguna solución “para la gente que trabaja la tierra”, porque acá la gente trabaja mucho, de sol a sol. “Pensé que podía ser distinto al ser un presidente nuevo, creí que se iba a fijar en quienes trabajábamos, pero así es la vida: uno tiene que dar un paso en falso para aprender”. Dice que la desilusión “se notó enseguida”, ni bien recortó el alcance del INYM. “Cada vez nos fuimos más y más abajo, y vemos que no hay solución, que cada día está peor”. Ahora, cuenta, los chicos ya se fueron a trabajar al pueblo y no quieren volver.
Betty solía cosechar cada temporada el 40% de su yerba, un equivalente a 40 mil kilos. Con el precio justo de 700 pesos, la suma da 28 millones. Con los 180 que le ofrecen, el monto baja a 7: un cuarto. “Si sacamos la yerba perdemos y tampoco hay mucho resto para protestar, el colono no tiene ni para el combustible que le permita salir con el tractor a la ruta”.
Lanza al aire pregunta y respuesta: “¿Sabés lo que pasa? Retrocedimos 50 años”. Se sincera con un dolor que le brota del pecho y le estalla en la garganta: “¿Sabés la desilusión que tenemos los colonos? La yerba era el oro verde de Misiones y no sé si lo volverá a ser. La gente no quiere trabajar en vano, y menos para que se hagan ricos los de siempre. Pero, ¿sabés qué es lo peor de todo, sabés lo que más me duele? La gente ya no quiere que se le nombre a la yerba mate. ¿Entendés? ¿Sabés lo que significa eso para nuestra provincia?”.
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Mover el mundo: Cumbre de imprescindibles

Jubilados, discas, asambleístas ambientales, travas, familias víctimas de femicidios y el papá de Pablo Grillo: reunimos a quienes se movilizan y no abandonan la calle a pesar de los palazos y de la falta de respuestas. Quienes marcan una agenda por abajo que es a la vez un rumbo y un llamado a la acción, y también a la unidad. Frente a la dispersión, voces que hablan de un horizonte común, más acá de la política partidaria, para repensar la democracia y la forma en que resistimos.
Por Claudia Acuña
Fotos: Martina Perosa
Hay organizaciones sociales que se movilizaron para defender sus derechos. Y eso es bueno.
Hay organizaciones sociales que se movilizaron varias veces. Y eso es mejor.
Y hay organizaciones sociales que se movilizaron siempre para conquistarlos y garantizarlos: esas son las imprescindibles.
El cuerpo colectivo en movimiento expresa en la palabra otra semántica: crea lenguaje político a partir de algo concreto. Y eso es lo que se escucha en este encuentro entre integrantes de demandas que se construyeron al despiadado ritmo de esta época. Son los que sufren los gases y los palos, las humillaciones y, fundamentalmente, la crueldad de las políticas económicas que representa el actual des-gobierno.
Jubilados y jubiladas, por supuesto.
Las familias “discas”, como abrevian para referir a lo que significa en estos días soportar el abandono de quienes más necesitan.
Las mal llamadas “ambientalistas”, gente que desde hace décadas construyó en todo el país formas de democracia directa para defender sus territorios de la depredación extractivista.
Las travas, uno de los motores del movimiento antifascista y antirrascista.
Las familias víctimas de femicidios.
La comunidad universitaria, con toda la diversidad de sus protagonistas: docentes, no docentes, estudiantes, autoridades académicas.
Y también está el símbolo de quienes tampoco pararon de moverse, sufrir represiones y soportar escarnios: Fabián, el papá del reportero gráfico Pablo Grillo.
En esta diversidad hay, por supuesto, mucho en común, y una de las principales coincidencias es esa: unirse a partir de un objetivo común y enriquecerse con las diferencias, que las hay y crean divisiones que no paralizan el reclamo, sino que lo sostienen a lo largo del tiempo, que es eterno. Lo saben: ningún derecho está garantizado. No hay hasta siempre en sus victorias. Hay respiros para luchas contra un enemigo fundamental: el cansancio.
Estamos ahora mismo frente a personas cansadas que llegan desde las periferias urbanas, porque allí viven los protagonistas de esta pésima película de terror. El ejemplo alcanza: María y Jorge llegan desde Lomas de Zamora con sus dos hijos. Kevin tiene 28 años y el razonamiento de un niño de 5. Brendan tiene 16 años y una de las llamadas Enfermedades Raras Poco Frecuentes: fenilcetonuria. Daniel llegó con sus hijos Nahuel (21) y Pablo (12), ambos del espectro autista. Las dos familias están desocupadas. Lo que las convoca a este encuentro es una necesidad desesperada. Lo dice María con una palabra: “visibilizarnos”.
Dirá también María como conclusión de esta juntada: “La sensación que me queda es que sin conocernos nos conocíamos todos. Había mucha comunidad y mucho amor en ese momento. Todos nos preocupamos porque el otro saliera en la foto, para que no quedara excluido y eso es lo que no nos perdona este gobierno: que nos cuidemos entre todos”.

Las personas y movimientos reunidas por MU: los puntos en común para salir a la calle a enfrentar el presente.
En el durante pasó algo de lo que necesita este tiempo: se escucharon.
Algunas de las cosas que se dijeron:
Larisa Kejval, directora de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires: “Lo que venimos sufriendo es una sensación de impotencia ante la lucha. En la Ley de Financiamiento universitario diría que hicimos casi todo lo que indica el ‘manual’ de la resistencia. Logramos la articulación de gremiales, docentes, no docentes, estudiantes, más allá del color político, gestiones con las autoridades, metimos las tres marchas más grandes contra el gobierno de Milei, impulsamos una ley que votaron ambas cámaras, y aun así la justicia no la implementa. Esto no es solo una lucha contra el gobierno de Milei y sus políticas profundamente regresivas, sino que también hay maniobras del poder -en este caso de la justicia- que avalan en gran medida esas políticas. Eso lo que va generando es una sensación de impotencia. Entonces creo que una de las cosas que tenemos que hacer es ver cómo sostenemos la resistencia en el tiempo y, al mismo tiempo, cómo vamos cuidando los cuerpos respecto del desgaste que las luchas significan, en un contexto donde la mayoría de las personas tienen 2 ó 3 trabajos o están desempleadas”.
Delfina, integrante del movimiento socio ambiental: “Pero algo que nos reúne también es la reivindicación de la lucha como motor de vida. El encuentro también nos retroalimenta, nos hace crecer, nos expande. La lucha no es solo dar y quedar golpeado y cansado, sino también fortalecernos juntos. No hay otra: es construyendo comunidad como se ganan estas batallas. A mí lo que me preocupa es la identidad de nuestro pueblo. O sea, cuando decimos pueblo argentino, ¿quiénes somos? Fraccionar es la mejor estrategia fascista para quitarte la identidad como pueblo: te rompen en mil pedazos. Y esa me parece que es la tarea de los sectores que estamos en resistencia o en lucha: volver a recuperar nuestra identidad, más allá de lo partidario, que es parte del pueblo, porque no está por fuera de eso tampoco. Lo vemos en el movimiento socio ambiental: hay partidos o hay fracciones que son parte, pero como muchas otras. Y por eso la identidad de la lucha socio ambiental, por lo menos acá en Argentina, tiene una base asamblearia, vecinal, que permite construir la resistencia organizada”.
Daniel, padre de Cecilia Basaldúa, integrante de Familias Víctimas de Femicidios: “Lo mejor que está haciendo Milei es que nos une, porque todos la estamos pasando mal. Pero tenemos que seguir conociéndonos y apoyándonos: en los pueblos es más fácil conocerse y por eso podés sostener durante todo el tiempo necesario una red que te acompañe en la batalla”.
Naty, integrante del movimiento antifascista y antifascista y activista trans: “En la ciudad también hay territorios que están siendo especialmente violentados todos los días. Vendedoras ambulantes, trabajadoras sexuales, gente en situación de calle están siendo condenadas a la muerte sin piedad ni solidaridad. Nadie se conmueve ni protesta, pero tampoco ninguna se resigna a exigir sus derechos: estamos acostumbradas. Tenemos leyes que son pioneras y modelo, pero no tenemos justicia. Tampoco tenemos respeto: el presidente nos insulta. ¿Qué hacemos entonces? Nos organizamos y nos movilizamos. No podemos esperar porque sabemos que no son discursos: son sentencias de muerte. Por eso mismo nosotras acompañamos otras luchas de personas que están también en riesgo: vamos los miércoles a las rondas de jubiladas y jubilados, vamos a las marchas de trabajadoras. No aislarse en el propio reclamo es importante y no es una postura política: si estamos vivas es gracias a comprender eso”.
Nicolás, docente en la Carrera de Ciencias de la Comunicación y miembro de la Comisión Directiva de la Asociación Gremial Docente (AGD) de Sociales UBA: “La tarea política pendiente es la de coordinar. No se trata de dirigir, sino de articular y eso es lo que más cuesta cambiar dentro de la lógica de las organizaciones. Desde mi punto de vista esa es la tarea urgente y pendiente”.
Celina Font, integrante de Actrices Argentinas y del movimiento socio ambiental: “En la política partidaria hay una crisis de representación y en las instituciones una des-democratización de la democracia”.
Rubén, del movimiento de jubilados: “Uno de los mayores problemas que tenemos todos los argentinos es la dispersión. Nosotros sabemos que los jubilados, solos, somos como un pedo en la tormenta. No podemos hacer absolutamente nada más que visibilizarnos y, por supuesto, mantener la resistencia. Y esa dispersión nosotros la vemos cuando todos hablan de unidad, unidad, unidad. Pero la unidad se construye. Buscar algunos puntos en común es la única manera de poder revertir esta situación”.
Marcela, integrante del movimiento socio ambiental: “La lucha contra el extractivismo es un punto en común porque no tiene grieta partidaria. Si miramos, por ejemplo, el Congreso, vemos que ninguna lucha está bien representada, más allá de que ante determinadas leyes nos voten a favor y otras en contra. Nadie nos representa, hay mucho show en torno a ‘estoy a favor en contra’, pero que no hay un interés genuino”.
Delfina: “Para mí hay otro problema que es el extractivismo político: los partidos de todas las fuerzas se arroban de la lucha que viene de abajo, que se construye de otra manera, con otras lógicas y se las apropia sin respetarlas”.
Rosario, secretaria del Centro de Estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA: “Si el objetivo es lograr esa unidad que pudimos conseguir el 24 de marzo con la movilización por los 50 años del golpe tenemos que aprender todo lo que significó en cinco décadas sostener esa lucha: es súper importante la continuidad porque es lo único que nos garantiza el triunfo”.
Magalí Salerno, integrante del movimiento socio ambiental: “Ante la modificación de la Ley de Glaciares organizamos una demanda colectiva con un millón de firmas, pero además seguimos en la calle en defensa del agua. Porque no es solo una ley, sino que hay que defender cada territorio, que es lo que hacen las comunidades en cada lugar amenazado”.
Jubilado: “La democracia no es en realidad: es un elemento que se construye en forma diaria. Y en esa construcción podés profundizar lo democrático, o podés restringirlo. La democracia se va modificando en lo diario y en la medida que el poder pueda, avanzar, o retroceder y eso depende de nosotros. Eso se llama lucha de clase: es así de simple. Ahora lo que pasó es que lo institucional se cayó a pedazos. Entonces lo que tenemos que hacer es construir desde abajo de nuevo todo”.
Tati, integrante del movimiento socio ambiental: “Milei se agarró de la crisis institucional, de la política partidaria y de representatividad para imponer ese cambio que tanto anhelábamos todos y no sabíamos qué queríamos. Por eso me parece que es interesante preguntarnos ahora qué queremos: si queremos construir algo nuevo o restaurar lo viejo. Para mí esas son las conversaciones que tenemos que darnos ahora. Trabajar esos imaginarios. Y seguramente vamos a tener un montón de diferencias, pero también hay un montón de cosas que nos encuentran, y eso en cada ámbito de lucha, de encuentro, de asamblea y de generación de resistencia: alentar esas conversaciones interesantes para ver qué puede salir”.
Celina: “Tenemos que ser lo suficientemente osadas y osados para pensar el mundo que queremos. Empezar a imaginar otros mundos porque en este momento en el que la realidad es una pesadilla es necesario soñar. Soñar otras cosas. Y en el plano más próximo y más concreto, plantear un plancito de acción. Hay algunas pistas que nos indican cosas comunes, como por ejemplo, el rol del Poder Judicial: tenemos que pensar entonces cómo democratizarlo y que sea elegido por el pueblo. Pienso también algo que nos afectó mucho en la lucha socioambiental que tiene que ver con la obligatoriedad de la realización de asambleas públicas, pero que además de consultivas sean vinculantes para obligar a que los poderes se transparenten, y que ofrezcan toda la información necesaria, porque creo que también todo esto que nos está pasando está muy facilitado por la opacidad. Por ejemplo, no es lo mismo el debate de una ley nacional que afecta a territorios concretos que ese proyecto se debata en ese territorio a afectar: que cada territorio decida, entonces, sobre cada proyecto que se va a llevar adelante donde se está habitando. La salida a la crisis de representación es reforzar el poder comunal”.
Tati: “Creo que la mayoría ya no sabemos en qué creer. Estamos en un momento de crisis y en ese sentido, es ahí donde entra en juego el poder de la asamblea comunitaria y de cada territorio para que pueda decidir y construir la vida que quiere. La cuestión pasa por la profundización de la democracia. Necesitamos que las personas se comprometan, que haya militancia, activismo, politización: cada quien le pone el nombre que le quiera poner. Lo importante es transmitir que nos tenemos que hacer cargo de la democratización de la democracia. Hay una lógica muy partidaria instalada que la democracia implica meter una boleta cada cuatro años, y eso hoy no está siendo suficiente. La gente no está pudiendo comprometerse porque está pasada por arriba porque está cansada o porque cree que no tiene la capacidad de hacerlo”.
Celina: “Es tanto el ataque que se recibe desde arriba hacia el pueblo y hacia todo lo vivo que toda nuestra inteligencia, todo nuestro trabajo y la potencia está puesta en una estrategia defensiva: cómo proteger lo que están destruyendo, cómo responder lo que están atacando, cómo cuidarnos y cuidar lo que ponen en riesgo de muerte. Pero creo que tenemos que pensar también estrategias de ataque. Por ejemplo, si se ponen tan nerviosos cuando se habla de impuesto a las grandes fortunas, bueno: impulsemos ese impuesto”.
Marcela Laudonio, asambleísta: “Para que recuperemos la confianza de nuestra capacidad de lucha quizá tengamos que mirar para atrás, a nuestros orígenes, a nuestros ancestros, a nuestros pueblos originarios. Porque partiendo de ahí podremos volver a implantar la confianza en una sociedad que está completamente rota y desconfiada de su capacidad de obtener algo luchando. Hay un desánimo tan grande que es necesario y urgente reconstruir la autoestima colectiva… no sé si llamarlo así: se me acaba de ocurrir el término”.
Delfina: “Quizá estamos pensando nuestra lucha en términos de exitismo, de resultados. Y tomo el ejemplo reciente de lo que pasó con la reforma de Ley de Glaciares. En términos de resultado, perdimos: se logró la modificación de la reforma de la ley, pero en la movilización que le siguió hubo más gente que en la previa. Eso para mí es algo muy propio y que aprendí de los movimientos socio ambientales: la lucha se sigue todos los días. Y hay días que se pierde y otros que no, pero no hay días sin lucha. Lo que se gana, en todo caso, es otra cosa: son vecinos juntándose, construyendo comunidad y pensando colectivamente estrategias. La salida hay que construirla entendiendo que no estamos como hace 40 años atrás, no tenemos los mismos conflictos. Entonces tenemos un problema grande: es un desafío también: ¿cómo hacemos para que los partidos también le hablen a la gente, de la realidad, que es re difícil. Porque la gente no quiere escuchar cosas feas, quieren que le digan “te voy a resolver la vida y vas a salir adelante conmigo”. Sin embargo, en estos momentos tan difíciles estoy esperando para ir a votar feliz al partido político que diga: “Mirá, voy a hacer lo posible, pero solos no vamos a poder. Así que vos hacé también tu parte porque sos un actor político y social tan importante como nosotros: organizate”.
Fabián Grillo, papá de Pablo, fotógrafo baleado por la Gendarmería: “Es un orgullo y una alegría unirse con otras luchas. Muestra una necesidad de verse reflejado uno en la mirada del otro, a pesar de la diversidad y las diferencias: estamos en la misma. Pero no es solo una necesidad: es un placer, porque nos encontramos a gusto entre nosotros. Y esa alegría es parte de lo que necesitamos”.
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Ojos bien abiertos: Tadeo Bourbon, fotógrafo

Fue uno de los premiados por el World Press Photo por una imagen que podés ver en la página siguiente. La historia de Tadeo y de aquel día de marcha, represión, golpes y gas pimienta. De la moto, los casamientos y otros empleos, al contexto profesional y a la vez emocional que alimentó ese click al que llamó La Argentina de Milei.
Por Sergio Ciancaglini
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