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Viaje al fin del modelo

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El pueblo mapuche en Chile. En la patagonia chilena el Estado defiende con ley militar los negocios que arrasan con los recursos naturales. Causas armadas y testigos comprados son los mecanismos que ya lograron encarcelar a 96 comuneros mapuche. Teléfonos pinchados y operativos violentos forman parte de la vida cotidiana de quienes se resisten a ponerles precio a sus vidas: eso es el territorio para la comunidad más perseguida de Latinoamérica y con la que conversamos en la cárcel y a orillas del lago que hoy es zona de guerra.

A orillas de la belleza del lago Lleu Lleu, el más limpio de Sudamérica, pero zona de guerra en una dimensión invisible por la cual los vecinos mapuche son juzgados según la Ley Antiterrorista del aborigen chileno Augusto Pinochet, Gladys Huenuman me observa intrigada cuando le pregunto:
–Supongamos que no les dan la tierra, pero les ofrecen dinero. Mucho dinero. ¿Qué harían?
Silencio.
En estos lugares se comprende que el silencio puede ser una experiencia sanadora. Odio haberlo roto, pero pertenezco a una etnia llamada “argentina”, del clan de “periodistas” cuyo subgrupo nómade –aparentemente en extinción– graba, anota y toma fotos. En el Lleu Lleu, tal hiperactividad resulta un tanto excéntrica. Pero quiero registrar, y entender.
Gladys, mamá soltera y abuela de 42 años, dos de cuyos hijos son considerados terroristas por leyes que la nación chilena obedece desde los tiempos del pinochetismo originario, me explica:
-No queremos plata. Queremos la tierra. Queremos vivir. La plata se termina. La tierra no: y es nuestra.
El silencio del Lleu Lleu, y el de Gladys, me ponen en mi lugar. La respuesta tuvo una claridad sencilla, y unos alcances misteriosos. Quiero registrar y entender. Pero tal vez se trate, sobre todo, de sentir.
Estreno: policías vs. terroristas
Para la historia reciente de Chile (Pinochet, Concertación, la gestión actual de Sebastián Piñera) y para la mucho más larga aventura mapuche, el siguiente episodio puede parecer una anécdota, pero contiene gran parte de la cadena genética del presente: lo pequeño, según los artistas descubrieron antes que los científicos, porta lo grande. La aldea pinta al mundo. Para colmo, esta aldea se llama Puerto Choque.
En estos días están siendo juzgados 18 comuneros mapuche de esta zona, que forman parte de los 96 presos políticos mapuche que hay en el país, según la estimación de la Comisión Ética contra la Tortura (CECT) que integran Amnistía Internacional y diversos organismos religiosos y de derechos humanos de Chile.
21 de los procesados son menores de edad.
57 lo son por la Ley Antiterrorista.
7 son casos de doble procesamiento, clonando los supuestos delitos en la autodenominada justicia militar.
Si la acusación marcha sobre ruedas, Héctor Llaitul Carrillanca quedará libre en la primavera del año 2138, cuando cumpla 170 años. Los pedidos de penas a Marco Millanao Mariñan, Ramón Llanquileo Pilquiman, José Huenche Reiman, Luis Menares Chanilao, Jonathan Huillical Méndez, Carlos Muñoz Huenuman o Juan Parra Leiva, por ejemplo, van de 50 a 77 años.
El caso que los tiene en prisión ocurrió en 2008.
 
Versión policial: un grupo de policías liderado por el fiscal Mario Elgueta, destinado a tiempo completo a temas mapuche (traducción: su única actividad es acusarlos) llegó a la zona del Lleu Lleu para proteger a un vecino que denunciaba ser hostigado por los mapuche de modo “terrorista”.
Las fuerzas del orden, 10 vehículos incluyendo carros de asalto y tanquetas, recorrían la zona de Puerto Choque, pero se les hizo de noche, y en una curva del camino se toparon con una barricada hecha con ramas (tecnología que no ha llegado a la versión 2.0). De las sombras, siempre según este relato, salieron encapuchados. No se sabe cómo el pelotón del fiscal captó que los encapuchados eran mapuche, pero menos averigua Dios y perdona, según las creencias mitológicas de la minoría judicial.
Los encapuchados dispararon sobre las huestes policiales (no hay pruebas), y el fiscal Elgueta declaró haber sufrido lesiones en su mano izquierda (no habló de balazos, pero ni siquiera hay constancias de tales “lesiones”). Los encapuchados también tiraban piedras (tecnología de punta), una de las cuales rompió un cristal de un móvil policial que provocó que el fiscal fuese herido por “esquirlas” de los vidrios (cosa rara, ya que están hechos para astillarse sin lastimar cuando se rompen, pero tal vez estos vehículos fueron fabricados por auto-terroristas). La versión agrega que algunos policías fueron “gravemente” heridos.
Conclusión: luego del episodio salieron a cazar mapuche, y encarcelaron a varios integrantes de la Coordinadora Arauco Malleco (CAM) acusándolos de intento de homicidio frustrado, amenazas, lesiones, un incendio, todo enmarcado en la Ley Antiterrorista de 1984 dictada por la dictadura de Augusto Pinochet.
 
Versión mapuche: las comunidades cercanas al Lleu Lleu tienen diversos conflictos por la tierra, pero algunos son por la Historia. El vecino José Santos Jorquera, por ejemplo, dueño del camping Los Castaños, era colaborador de la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional) en tiempos de Pinochet pero, mas aun, su camping fue utilizado por las fuerzas del orden como centro transitorio de detención y tormentos a detenidos, cosa que ha sido denunciada no sólo por los mapuche sino por organismos chilenos de derechos humanos, y por las propias víctimas allí torturadas, chilenas y mapuche (la dictadura no fue excluyente en este rubro). Un rumor local indica que allí se sepultaron clandestinamente decenas de cadáveres. Además, el camping sigue funcionando como centro de operaciones del GOPE (Grupo de Operaciones Policiales Especiales) en sus denodados combates con los mapuche en la zona.
Por eso le han hecho sucesivos escraches (funas) en el camping, y la comunidad mapuche se apersonó para aclararle a Santos Jorquera que no lo aprecian en el lugar. Le dijeron cosas como “traidor” y hasta lo insultaron, sin contar las recriminaciones por la venta clandestina de alcohol en la región. El señor Santos Jorquera denunció ser víctima de “terrorismo”, lo cual propició el regreso de la policía y el fiscal, que también venía investigando robos de algunos animales (abigeato) y de madera en la zona: más terrorismo.
El abogado de varios de los mapuche acusados, Adolfo Montiel, me explica: “Todo esto podría entenderse si alguien hubiera puesto una bomba como a ustedes les ocurrió en la AMIA, o si se hace estallar un autobús o un avión. Pero aquí se aplica al pueblo mapuche, de manera discriminatoria y con atisbos racistas, una legislación excepcional que restringe las garantías constitucionales, el debido proceso, el derecho a la defensa. Hay testigos sin rostro, falsos, intercepción de comunicaciones. Los mapuche nunca mataron a nadie, nunca pretendieron atentar contra el Estado”.
Un detalle curioso: las reseñas turísticas sobre el Lleu Lleu reconocen el conflicto mapuche, pero aclaran que jamás hubo problema alguno con los turistas. Continúa Montiel: “Y si cometieron algún delito común, también es discutible, porque ha sido parte del proceso de disputas por recuperación de tierras y de su autonomía cultural y social. Pero claro, aquí un policía lo provoca o lo amenaza, usted lo insulta, y usted va a la justicia militar. A la vez, los policías que mataron a cuatro mapuche durante los gobiernos de la Concertación también van a la justicia militar; imagine usted la impunidad”.
El informe de la Comisión contra la Tortura de este año, publicado por la Editorial Quimantú, además de reseñar casos de detenciones ilegales y tormentos, menciona esos crímenes, producidos en “enfrentamientos” extravagantes, ya que los muertos nunca mueren de “frente”, sino acribillados por la espalda (¿serán espaldamientos?) como ocurrió con Jaime Mendoza Collío (24 años) en 2009 y Matías Catrileo (22) en 2008. Los policías siguen libres.
Los llamados “testigos sin rostro” sustentan la acusación contra los mapuche. O sea, testigos desconocidos, de quienes no se puede confirmar si dicen la verdad, y que según reconoció la propia fiscalía, reciben una serie de beneficios económicos a cambio de su declaración. La Comisión Ética contra la Tortura denunció las ofertas económicas y presiones para que los testigos declaren lo que quieren los fiscales. El comunero César Parra Leiva denunció al propio fiscal Mario Elgueta (el supuestamente atacado por los mapuche) por haberlo presionado y amenazado para que se convirtiese en testigo sin rostro en contra del mapuche Héctor Llaitul.
La maniobra es una de las decenas que fueron frustradas y difundidas, aunque no se conoce cuántas fueron exitosas, dejando a comuneros en prisión, quién sabe hasta cuándo, delatados por testigos a sueldo, que ni siquiera acuden a los juicios: declaran por teleconferencia.
Un día en la cárcel
La cárcel El Manzano, en Concepción, tiene una especie de jaula techada y con paredes de barrotes, donde pude reunirme con Héctor Llaitul gracias a una serie de gestiones de familiares y amigos de los detenidos, y ciertas carambolas. Héctor es integrante de la CAM (Coordinadora Arauco Malleco), una de las múltiples organizaciones mapuche que hay en Chile. Ya estuvo preso casi tres años por un supuesto incendio “terrorista”, pero resultó absuelto en 2008. Esta vez lleva 19 meses en prisión, esperando el juicio. La huelga de hambre de 82 días le hizo bajar 28 de sus 94 kilos. Tiene 42 años, 5 hijos, una compañera que lo espera, y una pregunta: “¿Por qué el Estado chileno, que se dice democrático, nos aplica estas leyes y esta violencia? Porque necesitan aplacar todo un movimiento importante por los derechos territoriales y políticos. Y por la autonomía”.
Llaitul reconoce que los mapuche viven metidos en un problema: “Es que al pretender la tierra, quedamos automáticamente enfrentados con el proceso de transnacionalización de la economía. Tenemos a las empresas forestales, las centrales hidroeléctricas, mineras, rutas. Bien variado”.
Pasan unos gendarmes corriendo con palos, rumbo al interior del penal. Llaitul murmura: “Sigamos conversando” y enumera: “Tenemos una desventaja estratégica, porque nuestro reclamo va en contra de lo que quieren el Estado, los grupos económicos, el gobierno, la oposición, la prensa, la justicia, la policía… todo”. Ante el panorama, agrega: “Somos un pueblo duro, golpeado, pero tenemos memoria de lucha. Creemos que se puede trabajar desde lo menos, desde lo poco. En la cárcel no teníamos nada y pusimos nuestros cuerpos”.
Para Llaitul el fondo del problema tiene una descripción sencilla: “Hay una confrontación entre el pueblo mapuche y el Estado chileno. Ellos defienden a las empresas, un estilo de dominación. Y nosotros defendemos los espacios mínimos de comunidad”.
¿Cómo ve a la sociedad chilena? “Dispersa, desarticulada, y es el país con el peor movimiento social y político de América Latina, por la misma situación: hay una dictadura prácticamente perfecta del mercado”. Diferencias hacia la izquierda: “La nuestra es una lucha con aspectos culturales, políticos, religiosos. No estamos en el marco de un concepto de clase. Somos un pueblo”. Ese pueblo tiene casi un millón de personas que se autorreconocen como mapuche. Y en el sur hay 250.000 comuneros mapuche, tratando de vivir.
¿Qué es la autonomía que reclaman? “De la territorialidad reivindicada hace dos siglos, vivimos en menos de un 5 %. El resto fue despojado. La realidad es que con mucha dificultad podríamos recuperar un porcentaje básico para seguir siendo pueblo. No vamos a recuperar el total. Hay ciudades, administración del Estado. Entonces no somos tan fundamentalistas. No es todo nuestro. Somos una minoría en términos poblacionales, tenemos poca tierra, entonces hay situaciones que hacen inviable plantear una territorialidad absoluta”. Sin embargo, dice: “Vamos a seguir buscando la tierra y la autonomía”.
En ese espacio entre lo perdido y lo deseado, entre lo violado y lo reclamado, parece jugarse el presente, de modo violento por parte del Estado y el mercado. La opinión de Héctor –uno va aprendiendo–, es parte del flujo muchas veces contradictorio y hasta mutuamente hostil que hay en el universo mapuche, que incluye toda una diversidad de ideas, organizaciones, debates y silencios. Algunos pueden verlo como debilidad (no hay unidad), otros como fuerza (no hay un poder concentrado con el cual negociar o al cual someter). Los españoles, especialistas en decapitar caciques para conquistar pueblos, lo aprendieron hace algunos siglos: con los mapuche no pudieron, y tuvieron que reconocerles la autonomía territorial Así es la historia que les permitió sobrevivir. Tal vez así sea su futuro.
Chiquitos
Gladys, en Puerto Choque, me convida el pan más rico que he comido en mucho tiempo. Su familia forma parte de la comunidad Venancio Ñeguey. Su hijo Juan, 26 años, estuvo detenido, será juzgado, pero lo excarcelaron por una hernia en la espalda que le impide caminar normalmente: “Aquí plantamos papa, trigo, porotos, hay dos vaquitas, unas gallinas. Tenemos una hectárea. ¿Qué hacemos en una hectárea tres familias? Allí (señala todo lo que lo rodea) está lleno de forestales, como 10.000 hectáreas. Se quedaron con todo, engañando a los mapuche, por una miseria de plata. El Estado chileno nos culpa por atentado al fiscal, por robos, pero es todo falso”, dice Juan, que vive con su madre, con su mujer Carmen y sus hijos Alonso (2 años) y la sonriente Linkan (1). Para Juan piden dos años de condena. Carlos, su hermano preso, afronta 50 años de prisión. Gladys: “La situación en Chile es muy oprimida. Por los carabineros, la policía de investigación, el Estado. Nos quitan nuestra cultura, nos persiguen. Nos hacen montaje” dice, en referencia al “armado” de causas judiciales. “Fumigan, contaminan el agua, y la están secando. Sin vida no hay agua. Aquí va a durar muy poco”. El pozo de su casa se está secando, rodeado de pinos y eucaliptos. “Iré a buscar el agua al Lleu Lleu”. Caminamos juntos esos 800 metros, con varias cuestas. “Pero se puede beber el agua del lago” cuenta Gladys.
Anuncia una minera en la zona. “Buscan escandio. Es un millonario famoso que se llama Leonardo Farkas”. Se trata de un empresario farandulizado y teñido de rubio que ganó fama con gestos como regalarle 10.000 dólares a cada uno de los 33 mineros rescatados en la mina de Copiapó. Gladys: “Cada año la familia es más grande, y estamos quedando más chiquitos. Por eso reclamamos la tierra. No queremos plata, queremos vivir. Lo peor aquí es la opresión. Lo mejor es que se puede caminar tranquilo, respirar aire puro. Nuestra vida”. Miramos el Lleu Lleu. Y viceversa. Linkan ríe.
Intermedio Avatar
Cuando iba en el ómnibus hacia el sur mapuche, pasaron Avatar, la película de James Cameron. Narra la historia de un pueblo originario que vive en contacto con la naturaleza, con autonomía en su estilo de vida y su cultura, que es atacado por fuerzas militares aliadas a empresarios, que buscan destruirlos junto a su bosque y su medio ambiente. Las etnias urbanas que sean capaces de disfrutar y comprender Avatar (y reconocer la justicia de lo que defienden en Pandora esos azules aborígenes Na’vi), pueden entender perfectamente a los mapuche y el significado de palabras como “resistencia”. No es en 3 D, sino en 4, porque lo mapuche integra especialmente la dimensión del tiempo. Una duda, lanzada al cosmos: ¿lo único que puede hacerse es mirar películas?
Clandestino
Saliendo del Lleu Lleu, ocurre un imprevisto. En la ruta, a 10 kilómetros de la comunidad, perdimos el colectivo a Cañete. Se vino la noche. Alejandra, guía de la recorrida, me prohíbe intentar hacer dedo. “Nunca se sabe a qué auto uno sube”. Hay que caminar rumbo a una casa a unos kilómetros, pero en absoluta oscuridad y por el campo. No hay luna. Aprendo a valorar la luz de las estrellas. Además, no hay que hacer ruido. Lo que estamos intentando evitar es a los carabineros o al GOPE. Silencio, oscuridad y caminata. “Lo peor es quedarse quieto”. Sin embargo, en un momento debo quedarme a esperar en un lugar, solo, con orden de no iluminarme con el celular, ni hacer llamada alguna (ya me habían aclarado, como lo más natural del mundo, que nuestros teléfonos y conversaciones con mapuche y allegados, desde que estoy en Chile, están seguramente intervenidos). Espero en la oscuridad. Media hora. Llueve un poco. No sé dónde estoy, ni cómo podría retomar el camino recorrido. Me vienen a buscar. Caminar mojado por el barro no es de tribus urbanas. Llegamos a una casa que casi no veo, tan cerrada es la noche. Alguien abre la puerta a oscuras, y recién cuando vuelve a cerrarla enciende la luz. Veo la sonrisa de una joven, lo cual facilita el tardío regreso del alma a mi cuerpo. Estamos lejos de la casa de Gladys, pero junto al Lleu Lleu. La joven tiene 24 años, 3 hijos, la mayor de 5 años. Otra historia. En 2009 los carabineros allanaron esta casita de madera donde ella y su pareja estaban con una amiga y los niños, pelando pescados para el almuerzo. Un policía disfrazado de mapuche sacó un arma larga y comenzó a disparar. El joven se lanzó al agua helada. Los policías aguantaron pocas brazadas y volvieron a la orilla en estado de hipotermia mientras el mapuche cruzaba el lago. La represalia fue insultar a la mujer y a los niños: “Chinas, culiás (culeadas), mapuches de mierda, putas, maracas”. La Comisión contra la Tortura detalla que además los policías exhibieron sus genitales, como la menor de las vejaciones que intentaron cometer. Además amenazaron de muerte a las mujeres y a los niños. El mapuche se les escapó al menos dos veces más; empezaba a convertirse en leyenda. En un posterior allanamiento llegaron 30 vehículos, rompieron los pocos muebles de la casa. El lugar quedó sitiado policialmente por varios meses durante los cuales el joven debió vivir en la clandestinidad. Fue finalmente detenido. Su compañera me ofrece pan y manteca casera. Sus niños duermen. Ella sonríe, y siento que irradia algo sorprendente: confianza: “¡Pasamos tantas cosas! Esto también lo pasaremos”.
Duermo en el piso, para irme al día siguiente. Ley mapuche: hay que mirar atrás para poder volver algún día. Las palabras están confundidas. Los mapuche son acusados como terroristas, pero es al revés: son objeto de la versión actualizada del terrorismo de Estado.
Generación M
Natividad Llanquileo forma parte de una nueva generación mapuche. Tiene 26 años; abandonór por un tiempo la carrera de Derecho, para dedicarse a ser una de las voceras de los mapuche presos: “El Estado chileno responde a intereses económicos muy poderosos de las forestales, mineras, hidroeléctricas, que están dentro de las tierras mapuche. Hay que ser muy inocente para pensar que van a legislar a favor nuestro”. Para Nati la huelga de hambre permitió algo: “Que se vea el problema. Chile entero tuvo que hablar de esto. No hubo indiferencia, como pasa siempre, y muchas comunidades mapuche que ni conocíamos apoyaron y se acercaron a sus hermanos”. Tres ejemplos: la escritora Isabel Allende recordó la deuda pendiente de Chile con los mapuche. Un genio de 96 años, el poeta Nicanor Parra, llamó a desmilitarizar (o despolicializar) las tierras mapuche. Los 33 mineros mientras esperaban a 700 metros bajo tierra, emitieron un comunicado (un papelito en realidad) de solidaridad con los huelguistas, dato ocultado por la prensa oficial y privada.
Natividad: “Tenemos una juventud más despierta, dispuesta a defender sus derechos políticos, territoriales, culturales. Hay una recuperación del idioma, del reconocimiento de ser mapuche. Hay grupos de rock, hip hop. No nos sentimos chilenos. Respeto al chileno, tengo amigos, pero ellos también aprenden a respetarnos”. Una hipótesis casi antropológica: “El sistema te habla de la plata, la propiedad privada, te llena la cabeza. Nosotros estamos en otra cosa. Un sistema de economía distinto, y una cultura que no vamos a vender. Queremos vivir como mapuche. Sólo eso”. Tres dimensiones mapuche podrían ser: autonomía, territorio, tiempo. Con memoria de 500 años de violencia, y sonrisa de 26, Natividad menciona la cuarta dimensión: “No pedimos clemencia. Pedimos justicia”.
Planeta Chile
El gobierno de Salvador Allende intentó la reforma agraria, la vía pacífica al socialismo, la nacionalización de los recursos naturales y la economía, una relación diferente con los mapuche, hasta que en 1973 llegaron los militares con Augusto Pinochet a poner las cosas en orden. Entre otros hallazgos, la dictadura intentó legislar la inexistencia de los indígenas como tales. Cuando Pinochet dejó de ser presentable y útil, los sectores económicos internos y externos facilitaron el regreso de la democracia, que simbolizó una nueva decepción para los mapuche. En Santiago, Mario Ramos, ex militante, ex exiliado en Argentina (Rosario) y Europa, y uno de los motores de la editorial Quimantú, abre la conversación a una cuestión más general: “La clase empresarial chilena es inteligente, hermética, capaz, y autoritaria. Han ido copando todos los espacios al pueblo chileno. Y salvo excepciones como los pingüinos (los estudiantes secundarios que hace tres años ganaron las calles) y algunas huelgas mineras, no se ha logrado cuestionar al sector dominante: el Estado, la clase política y la empresarial. Tuvimos 20 años de Concertación, supuestamente progresista, que en realidad fueron de adormecimiento de los movimientos sociales”.
La herencia de Pinochet en términos de sistema político y económico, fue alimentada, criada, corregida y aumentada por la Concertación, según Mario. “Además, fueron los más intransigentes, los más duros, para no parecer débiles o izquierdistas. Alguien de derecha como Piñera, como no tiene que demostrar nada, ha aceptado el diálogo con los mapuche. La Concertación, incluida Michelle Bachelet, jamás los recibió ni los escuchó”.
El Estado transmite además la sensación de estar ante un peligro. Los datos de lo que podría llamarse “control social” sobre la población pueden percibirse por el aumento de un 78% de las cámaras de seguridad callejeras, que en Santiago ya son más de 400. O la propia presencia policial permanente en la calle (con caballería y tanques); la imposibilidad de realizar actos o marchas sin solicitar antes autorización a los gobiernos locales y la policía; el maltrato permanente a los que se manifiestan aun con esos permisos, y una curiosidad: planean que los futuros documentos de identidad tengan un GPS que permita el seguimiento de cada persona. “Las escuchas telefónicas son legales” agrega Alejandra.
Durante la Concertación hubo 400 procesados mapuche, y el Diario Uno publicó una lista de 70 muertos –no sólo indígenas– por fuerzas represivas desde que Pinochet dejó el poder. El propio sistema institucional se transformó en una democracia restringida y autoritaria donde hasta la representatividad es ilusoria. Además de concentrarse en un bipartidismo a la chilena, la participación es decreciente incluso en lo electoral. Para votar hay que inscribirse previamente. Los inscriptos entre 18 y 34 años, bajaron a la mitad entre 2000 y 2008. De cada 100 jóvenes entre 18 y 24 años, sólo votan 7. La participación más baja se da entre las mujeres y los sectores más pobres (estadísticamente, los D y E). Mario: “Millones de jóvenes descreen de los políticos, ni se inscriben para votar. El problema es: se vota a candidatos, pero en lo cotidiano la toma de decisiones la hace la clase política encerrada en sus oficinas”.
Cualquier debate de este tipo siempre quedó en segundo plano frente al éxito del modelo económico chileno, que bajo la teoría del “derrame” o “chorreo”, planteó la necesidad de enriquecer a los sectores más altos, cuyas ganancias se derramarían sobre el resto de la sociedad. El tema funcionó durante década y media. Los pobres bajaron del 38 por ciento de la población en 1990, al 13,7 en 2006. Y los indigentes del 12,8 al 3,2 por ciento.
Pero esas mejoras que aparecen como espectaculares, empezaron a revertirse en los últimos años. Desde 2006 el porcentaje de pobres creció del 13,7 al 15,2, y el de indigentes del 3,2 al 3,7. Unas 500.000 personas fueron así derramadas del mapa de la prosperidad. Pero eso ocurrió pese al crecimiento económico de más del 6 por ciento, con China comprando el cobre salvador a precios cada vez mejores. Traducción: no crece el país, sino el sector empresario, vendiendo recursos naturales como siempre. Se reduce el “derrame” y se confirma que Chile es la economía más concentrada –más “monopólica” si se quiere– de Sudamérica, mientras todos los macronúmeros se diluyen con el incremento de la pobreza que ni siquiera se mitiga con los planes sociales. Crecen el empleo en las diferentes policías, y la construcción de cárceles privadas (10 en los últimos años, duplicando la capacidad existente). Otro número importante del modelo es que se trata del país con la mayor proporción de presos en relación a su población.
Es apenas un pantallazo parcial. Faltaría hablar de las dificultades de los jóvenes para estudiar (“las escuelas son malísimas, deterioradas, profesores mal pagos, pésima educación” enumera Mario Ramos, cuya editorial publicó además el libro De actores secundarios a estudiantes protagonistas sobre la rebeliones estudiantiles de los últimos años). Toda la universidad es paga. Lo mínimo, 300 dólares mensuales. El Estado presta el dinero a los estudiantes, que deben devolverlo con intereses al terminar su carrera. Cada año de estudio puede costar entre 3.000 y 7.000 dólares, según la carrera y la universidad. Y deberá reintegrarse esa suma multiplicada por los años de estudio. Y comer, tener techo y otras rarezas. Del otro lado, los autos nuevos, los edificios, la tendencia a un “desarrollo” que incrementa la desigualdad.
Futuro abierto
¿Por qué pasan estas cosas en Chile, por qué esa especie de resignación incluso en la generación que alguna vez se planteó una vida diferente? Elena Varela, documentalista que pasó dos años presa por filmar a los mapuche, me dice: “Hay una máquina de la mentira, relacionada con la imagen, con la venta de productos para que te inventes un mundo. Actúan sobre tu conciencia. Con la política pasa lo mismo”. De tantas charlas, van quedando al menos dos explicaciones técnicas para esa resignación: el miedo, y el mercado. Cierto pinochetismo post mortem, derramado por izquierda y por derecha: las ventajas de la docilidad, de no moverse.
“Pero muchas cosas están cambiando” anuncia Mario. “En un pueblo sin calidad de vida, en buena parte marginado, hay una lucha entre el conservadurismo del modelo, y esta frustración de tantos años. Los jóvenes, los pingüinos, los trabajadores, los vecinos que se organizan por la defensa del medio ambiente en distintos lugares, radios populares, centros comunitarios, nuevas expresiones culturales, los talleres de educación popular, algo aparece siempre. Y los mapuche”. Luego, en la zona minera del norte chileno, alguien me dirá que hay que aprender a mirar cuáles son las expresiones portadoras de futuro. No sé si puedo racionalizarlo, pero siento que es verdad. En cualquier caso, esta historia merece una palabra que no sea una conclusión, sino una apertura: continuará.

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