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Locuras

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Crónicas del más acá.

La locura como desquicio o sea, ir en auto a la Capital Federal de la República Argentina desde las lejanías del Sur del Gran Buenos Aires.
Ana es una amiga siempre bien dispuesta. Me pasó a buscar a las 9 de la mañana por la puerta de mi casa en Lomas de Zamora. El espíritu era relajado, cuasi festivo. La hago corta: llegamos al Malba a las 11 y cuarto
En nuestro currículum de culpabilidades transporteriles, solo hubo una: erramos (por poco) una bajada de la General Paz.
Entonces, el misterio y la acción.
Anduvimos unas cuadras (creo que era Lugano) y vimos un agente de la Federal en una esquina: solo, solísimo, en una caseta que estaba muy cerca de la categoría casucha, rodeado por unos 15 mil pichichos plebeyos, que ladraban con inexplicable entusiasmo.
Ana le preguntó con su mejor sonrisa al agente (no a los perros) cómo retomábamos el rumbo perdido. Ante semejante planteo filosófico, el agente del Orden y La Ley miró al infinito y luego emitió una serie de sonidos, incluso sospecho que monosilábicos aunque no puedo asegurarlo.
Ana dijo gracias y continuamos.
Yo la miré de reojo.
Por esos misterios de lo femenino, ella había entendido.
Por la obviedad de lo masculino, yo no.
Tránsito y más tránsito y más y más…
Todos hacen zigzag sin ningún prurito ni escrúpulo, todos están apuradísimos, todos han perdido la paciencia en algún lugar que han olvidado.
Una experiencia que pone a prueba el equilibrio de cualquiera. Y lo vence.
Como dos psicóticos medianamente compensados, Ana y el que suscribe transitamos en alegre charla esa laguna Estigia llamada Centro.
Por supuesto que llegamos tarde.
La locura como creación y la desgracia de haber nacido en el tiempo equivocado. Carl Gustav Jung fue contemporáneo de Sigmund Freud.
Eso es tener mala suerte.
Llegamos al Malba invitados por la Fundación Constantini a un desayuno antes de la presentación de un libro de Jung sólo para periodistas y libreros que se atragantaban con una cierta distinción los últimos cafés y medialunas sobrevivientes. Vimos las migas mientras la horda, entre eructos y repeticiones, se dirigía a panza llena y con cara de supremo aburrimiento al auditorio.
Éramos unos 60 en el coqueto y desolado auditorio donde se presentaba El Libro Rojo de Jung, que relata sus experiencias alucinatorias en un período de su vida que duró unos cuatro años.
Jung, un hombre muy sufrido y, a pesar de ello, talentoso.
Mi tía Juanita diría que el tipo estaba loco como una cabra.
Tras las presentaciones, escuchamos una sólida, erudita y entretenida explicación de un libro que navega los fecundos mares de la heterodoxia.
Auditorio con una clara mayoría de gente joven. Vaya. ¿Qué significa?
Sorpresa: finalizada la exposición sólo tres preguntas pedorras, que tenían más que ver con una curiosidad personal del que preguntaba que con otra cosa, y un comentario maestril de una Sra. a la que el amigo expositor demolió con una contundencia que nos resultó muy divertida.
Y nada más.
Todos se fueron rapidito. Libreros y periodistas.
¿Nadie tiene nada que preguntar?
El pobre Jung luchando contra los fantasmas de la locura, dejando un testimonio riquísimo y nosotros morfando (Ana y Yo, más bien poco), haciendo la escucha como si fuese una gauchada y huyendo como facinerosos aburridos de no encontrar el botín.
Incluso me acerco a lo que sería la RRPP para confirmar si todos eran periodistas y libreros (salvo nosotros que no somos ni lo uno ni lo otro). Sí: la RRPP confirmó mi peor pesadilla.
Pobre Jung.
Ni por un instante se me cruzó por la cabeza que nadie preguntó nada porque todos ya sabían todo.
El cigarrillo y los prejuicios me van a matar.
Le dimos la espalda al coqueto Malba y encaramos para Juan B. Justo, en lo que sería otra ridícula y extensa travesía para ir a comprar dos estantes de mierda que conseguí por la Web, “en oferta”, en el culo del Sistema Solar.
Siempre fui muy astuto para los negocios.
Y en el medio de la troyana Juan B. Justo, un Metro Bus (¿?) que está haciendo La Ciudad, encerrando pavimento con cercas muy altas (¿?), más calor, mugre en cantidades elefantiásicas, caritas y caripelas de los eternamente ofendidos, autos que parecen naves espaciales, colectivos devenidos en bestias míticas, gente que cruza las avenidas como Orfeo yendo al Hades en busca de su amada y ningún héroe homérico que dé un poco de sentido a la cosa
Mi tía Juanita debería tener más respeto por Jung.

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La bendición de la impunidad

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Jorge Garaventa intervino como terapeuta en casos de abuso y escribió una docena de libros sobre el maltrato infantil. Para resumir su opinión sobre cómo resuelve la justicia estos temas inventó un nuevo concepto: ostentación de impunidad.
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Abusados

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En un caso, una maestra fue condenada, pero cumplió sólo 6 meses de prisión y no se investigó a los hombres mencionados por las seis nenas abusadas. En otro, fue absuelto el profesor de gimnasia y fueron procesados dos peritos. El tercero sucedió en un jardín de infantes de Villa Gesell y todavía espera justicia. Sus diez expedientes se convierten en una prueba de cuál es el rol de quienes deben escuchar el relato de niños y niñas de apenas 4 años y hacer algo a partir de ello. También, de cómo se comporta la máxima autoridad eclesial cuando se reportan denuncias que involucran a las instituciones de la que es responsable, actitud que mereció hasta el reproche de los mismos jueces que exoneraron a los denunciados por considerar que los testimonios de los chicos estaban “contaminados”. El caso del Instituto Ana Böttgger de Villa Gesell permite verificar cómo se toman esas pericias y plantea un debate de fondo: por qué los tribunales no están en condiciones de hacer justicia.
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Infierno en el paraíso

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El corte de ruta de los qom reclamando tierras que les pertenecen, terminó en represión, muertes, ranchos quemados y derechos humanos violados por el gobierno formoseño ante el silencio del nacional. Viaje a la lógica y los sueños de una comunidad que se cansó de ser paciente, entre el clientelismo, el abandono y la soja.
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LA ÚLTIMA MU. Crecer, crear, cooperar

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