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Mc Pocho

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Crónicas del más acá.

Amo los días de lluvia. No niego su posible carácter incómodo ni reivindico su imprescindibilidad. Sencillamente, me hacen feliz. Sin embargo, la manada de pronosticadores, periodistas y locutores insiste en desestimar mi felicidad y repiquetea con la creativa frase del “Mal Tiempo”. Será malo para vos, cabeza de inodoro…
Cuando salimos llovía con amabilidad, con exquisita cortesía, con la justa intensidad que permite el goce sutil. En la combi, que era manejada por un energúmeno apodado chofer, me perdí un rato por la ventanilla, no sin antes dedicar algún segundo a putear el enésimo corte de vías del Roca. ¿Un burgués muy pequeño?
Bajamos en la noche parturienta sobre Avenida Belgrano y la 9 de Julio y caminamos rumbo al Bajo. Pobre la Avenida Belgrano: tiene mal marketing. ¿Quién sale a caminar por Belgrano? La desolación que nos acompañó en el trayecto ratificaba mi hipótesis.
En el cruce con Roca descubrimos un esperpéntico edificio angular vidriado (después sabría que es la Jefatura de Gabinete de Ministros) y otro que, desde un determinado ángulo parece un decorado. Creo que tiene que ver con la Legislatura porteña, pero no quiero ser prejuicioso.
Cual japoneses recién llegados, sonreímos, sacamos fotos y, como corresponde, nos perdimos un poquito. Luego nos detuvimos ante el mausoleo encerrado y enrejado de Don Manuel en la Iglesia Santo Domingo. José Francisco se lleva las palmas de admiración popular, sin duda, pero admito (en voz baja): mi preferido es Manuel Joaquín del Sagrado Corazón de Jesús…
En la esquina de 5 de Julio (¿qué pasó el 5 de Julio? ¿Dónde pasó?) y Belgrano, la olvidada, está el restaurante El General. Ése, sí.
El restaurante está apenas avistado porque lo tapan las hordas de gringos bañados y perfumados que son transportados en micros blancos como heladeras. Pasan por El General, pero su objetivo es otro: un boliche de Tango Show, donde son recibidos por un negro (no un morocho de las pampas, un negro negrísimo) de 6 metros cúbicos, disfrazado de malevo. A mí no me molesta que se preparen cosas para los turistas, pero que los traten de pelotudos me irrita.
San Telmo brilla, entonces, a las espaldas de El General.
Temo que todo lo que escriba de aquí en más parecerá una metáfora, pero juro que no es mi intención.
En la ochava hay un gran cartel con un retrato de Juan Domingo muy clásico, ya anciano, sonriente y estirando sus brazos a la multitud.
El restaurante está vacío.
En el pequeño hall de entrada, algunas fotos, un libro del Plan Quinquenal (original y maltrecho) y en una vitrina, entre otros, dos libros en exposición que me ponen algunos puntos en claro: Imberbes. Esos estúpidos que gritan, de Edgardo Devita, y El Invencible,. no jodan con Perón de… ¡¡Miguel Angel de Renzis!! (aquel gordito que era entusiastamente puteado en su programa de cable, entre otros logros culturales).
Un lugar amplio, de dos plantas, sobriamente arreglado. Colgadas y apoyadas en sus paredes, hay cientos de fotos de Perón y Eva. Cientos, hasta la puerta del baño (adentro no). Fotos sin referencias, fotos, fotos, fotos y una curiosidad: no hay fotos de Isabel y ninguna (salvo la de la entrada) del último Perón. Todas pertenecen al legendario 46/55 y alguna de Juan Domingo casi adolescente.
Hummmmmmmmmmm.
Luis es muy joven y me atiende con absoluta amabilidad. Es el chef y la voz de los trabajadores. El restaurante es una cooperativa formada después de una serie corta y profunda de disparates de los antiguos dueños, duhaldistas y manijeros, que se pelearon entre ellos y dejaron a todos en banda. Cualquier parecido con la realidad es real.
Me cuenta de la lucha por sobrevivir, de las varias figuras K que van por allí a comer y a realizar reuniones, del apoyo que reciben del Ministerio de Trabajo y del INAES, de que (como siempre) hablamos de poca plata, mucho trabajo y un preciso orgullo de ser los dueños de su esfuerzo.
Reconoce Luis que El General es una marca que heredan. Pienso entonces que el destino sería idéntico si se llamara El Peludo o Almirante Cero; se lo digo y lo admite con una media sonrisa, pero después me reconoce una difusa identidad peronista de la cooperativa, que no termina de quedarme claro si es hija de la conveniencia o la convicción.
Nada que agregar.
Me despido de Luis y nos ponemos a comer. Cuando nos vamos, a las 23, hay tres mesas ocupadas con pudor.
¿De qué se trata esta obra, sacando el esfuerzo conmovedor, como siempre, de los trabajadores? El General, objeto de culto gastronómico, recordado en una ¿inevitable? memoria fragmentaria, caótica. No hay una potente arenga política, no hay un recordatorio intimista, no hay un gancho turístico donde El General sea una especie de algo.
Entonces…
¿Qué?
Brilla San Telmo en el fondo, con luces fanfarronas y en la semioscuridad de Belgrano los fantasmas transforman la andinia de basura en una pampa multicolor maloliente, mientras la lluvia vuelve a amagar. Futuros consumidores de algún Mc Pocho, nos miran indiferentes y ajenos a nuestros estúpidos miedos de ser agredidos. Están muy ocupados en soportar la agresión que significa vivir.

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