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Ocupar, resistir, escribir

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El Diario de la Región, de Chaco. Es uno de los diarios recuperados por sus trabajadores. Lo lograron a base de guisos y solidaridad. Aprendieron así qué hacer cuando las recetas no funcionan.

Alguien grita: “Opama”. Y significa “se terminó” en guaraní. Otro dice: “Se borró Balbuena”. Y significa que el empresario-dueño del medio desapareció. Otra voz da la peor noticia: “La justicia viene a cerrar el diario”. Y significa lo que significa: una injusticia. Para los cínicos hay una novedad: así comienza esta historia que no tiene final.
Marcelo Nieto es el encargado de contarla. Es chaqueño, es periodista y es poeta. Acaba de presentar su último libro Así era el indio en el marco de la Feria del Libro Chaqueño y Regional, realizó cantatas, muestras e instalaciones plásticas en Buenos Aires, Asunción, Resistencia y Barranqueras. Y además, recupera empresas.
“Vaciamiento” y “trabajadores en la calle” resumen una época trazada por el neoliberalismo, el menemato y los empresarios que huyeron para evitar las consecuencia del fraude de sus gestiones. Son también los primeros conceptos que Marcelo elige para contar la historia de El Diario de la Región, recuperado por sus trabajadores y devenido en flamante cooperativa con 42 integrantes en su haber y a la fecha. Sin embargo, hace más de ocho años atrás, estos datos hubieran sido producto de un delirio.
Marcelo tiene barba muy larga y el pelo bien cortito. Enciende un cigarrillo y narra su historia, que es la de su diario: “Cuando nos encontramos con la noticia de que querían cerrar el diario nos quedamos sin aire. En aquella época éramos todos unos pelotudos que no sabíamos qué hacer”. Marcelo larga el humo y se desdice: “Instintivamente sí sabíamos”.
¿Qué sabían?
Que teníamos que sacar el diario al día siguiente.
Cómo vaciar una empresa
El 16 de noviembre de 1990 se editó el primer número del entonces denominado El Diario Chaqueño e Independiente. Se armó con los restos de un diario cerrado en Santa Fe y con la inversión de empresarios locales. “Se convocó a gente joven y se creó un semillero con la prehistoria tecnológica -estoy hablando de máquinas Olivetti-, pero con una estrucutra grossa y funcional”, resume Marcelo y me entrega gentilmente un word que él mismo redactó con la cronología de los hechos. “Cosa de no pifiarle con las fechas”, aclara.
A fines de 1993 un porcentaje importante de las acciones fueron vendidas a un empresario correntino, quien fundó Editora Del Nordeste. Entre ambas empresas se dividían las funciones; una encargada de la cuestión editorial –producción y redacción– y la otra, de las correspondientes a taller, impresión y distribución. Cinco años después, crearon Apint como una sociedad anónima dedicada a la prestación de servicios. Resultó ser una empresa fantasma por la que se fugaban los ingresos del diario, mientras al interior de la empresa comenzaban a aparecer los primeros problemas financieros relevantes”, escribe Marcelo en palabras políticamente correctas. El modo políticamente incorrecto Marcelo lo escupe cuando abre la boca: “Parte del capital lo compró un correntino mafioso y crearon empresas fantasmas en conspiración con el Estado que le daba guita a full. Fue algo muy menemista”. Los trabajadores veían cómo la publicidad, el tiraje y las ventas crecían, pero ellos no cobraban un centavo por supuesta falta de fondos. Hubo otros damnificados: los proveedores también padecieron la falta de pago. Y fueron los que reaccionaron.
El martes 1 de octubre de 2002 sucedió lo que los astutos empresarios sabían y los trabajadores ni sospechaban. Lo que pasó lo escribe Marcelo: “Era la tarde noche cuando entraron los oficiales de justicia a la redacción trayendo la mala nueva, apoyados por Gendarmería que acordonó el edificio. Bien valía para la ocasión el consabido ‘paren las rotativas’, porque tomaba forma una fatídica noticia que esta vez, no llegaba del afuera, sino de los propios intestinos. Ese patrón inmoral -del que todo había que temer-, hizo una jugada maestra: salió de su despacho portando el maletín de cuero, diciendo ‘hasta mañana’. Y desapareció para siempre”.
Cómo recuperar una empresa
Marcelo señala que al despertar del día siguiente la realidad se le vino encima. Del centenar de trabajadores que eran, sólo resistieron veintidós. “Lo único que nos quedó fue pelearla. Tuvimos que poner la fe en una religión nueva. Y ahí tenés que zambullirte”. El famoso tirarse a la pileta implicó coraje y la certeza de que el diario debía salir al día siguiente, pero también sortear obstáculos varios (y básicos). ¿Cómo empezar de cero?, ¿De qué voy a vivir? Marcelo recuerda: “Eran cien familias para alimentar y veníamos sin cobrar ocho sueldos. Son esas situaciones límite que te obligan a pensar de otra manera”.
La solución estaba sólo a unos metros. Una vecina, Kuka, cocinaba los guisos al mediodía y mediante el mágico trueque conseguían verduras y hortalizas a cambio de una buena y merecida publicidad al verdulero de la esquina. Además de convertirse en magos, debieron aprender malabares. Porque el diario nunca dejó de publicarse. Esto implicó la ardua tarea de conseguir la chapa y el papel todos los días, entre otros tantos insumos que dan forma a cada uno de los ejemplares.
Sin perder tiempo, los trabajadores del diario realizaron una serie de encuentros en la sede del Sindicato de Prensa. Solicitaron asesoramiento legal y técnico. El 22 de octubre el grupo de 22 empleados realizó una asamblea, dio lectura y aprobó el estatuto de La Prensa Cooperativa de Trabajo y Consumo Ltda., editora de El Diario de la Región.
Cómo crear algo nuevo
Parieron una cooperativa y enterraron las viejas estructuras. “En la Asamblea –y a voto de mano alzada– se decidió eliminar las jerarquías: director, jefe de redacción y demás cargos. Es una maravilla ser tu propio editor, aunque en toda estructura hay una forma vertical, un coordinador o responsable. Pero el presidente de la cooperativa es elegido por ser el más idóneo en esa función. Y además reconozcamos: hace cuatro veces más laburo que cualquiera de nosotros. Y gana lo mismo que yo”, resume Marcelo.
Hoy son 42 trabajadores los que conforman la cooperativa, devenidos magos y malabaristas. La plata que se reparten mensualmente les alcanza “ajustadita” para vivir, pero alcanza. De aquel diario de octubre de 2002, de 16 páginas, blanco y negro, ofrecen ahora un producto de alta calidad de impresión, con más páginas y suplementos especiales. Tienen proyectado cambiar la maquinaria obsoleta por tecnología de punta. Lograron conformar la Asociación de Diarios Cooperativos de la República Argentina (Adicra) junto con otros tres medios editados por cooperativas constituidas por sus trabajadores de prensa y gráficos: El Independiente (la Rioja), El Diario del Centro del País (Villa María Córdoba) y Comercio y Justicia (Córdoba).
Marcelo hace un recuento y agrega: “Pasaron ocho años y recién estamos estabilizándonos. A nosotros nos resultó muy difícil, primero por la conciencia moral que te exige el coopertivismo. Así apareció el principal recurso que tenemos: la ética. Tenemos que ser coherentes con la filosofía cooperativista: somos socios y somos compañeros, entonces somos solidarios”.
A este ingrediente básico Marcelo le suma otro que puso por escrito. “¿Qué hacer cuándo las recetas no funcionan, no encajan, no sirven? La respuesta es simple. Mucha creatividad. Mucha libertad”.

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