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Clave de sol

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Apuntes sobre el movimiento que agita a España. Desde el 15 de mayo cientos de españoles ocuparon el espacio público con carpas y asambleas. Amador Fernández Savater comparte las ideas, miradas y pensamientos que allí nacieron, cobijadas por un movimiento que superó todas las etiquetas y desafía hasta a su propio futuro.

Aunque encuentres esto en un medio de comunicación, aunque estas líneas sean unas más de las tantas que leíste sobre el tema en los diarios, por favor: no leas estos apuntes como una tentativa de decir la verdad de lo que está pasando o de dar con la interpretación correcta. Sólo son preguntas que me hago, detalles que quiero aferrar, fogonazos que me pasan por la cabeza, pensamientos compartidos con los amigos en la Plaza del Sol, registro de algunas conversaciones. Los habrá más acertados o más sugerentes, los habrá más superficiales y parciales, los habrá muy tontos o directamente equivocados. Es un poco el riesgo de esta escritura de urgencia. Sólo espero que ninguno falte al respeto (esa palabra tan importante estos días) al esfuerzo colectivo desplegado en Sol para crear una Plaza.
En la acampada hay una Comisión de Respeto. Se encarga de velar por el carácter incluyente y pacífico de la concentración. Suena muy naíf, ¿no? Pero, ¿cómo se justifica hoy en todas partes el poder de representación que rechazamos? Como un arbitraje necesario en la guerra de todos contra todos que es cotidianamente la sociedad-mercado. De ahí el esfuerzo infinito por neutralizar la guerra civil entre distintas formas de vida en la acampada de Sol. Así que ¡¡viva la Comisión de Respeto!!
“Octavillas, carteles, boletines, palabra de las calles… no es una preocupación por la eficacia lo que imponen. Eficaces o no, pertenecen a la decisión del instante. Aparecen, desaparecen. No lo dicen todo, al contrario, lo arruinan todo, están fuera del todo. Actúan, piensan fragmentariamente. No dejan huellas: trazo sin huella. Como la palabra sobre los muros, se escriben en la inseguridad, son recibidos bajo amenaza, portan en sí mismos el peligro, pues pasan con el paseante que los transmite, los pierde o los olvida”. (Maurice Blanchot, sobre Mayo del 68).
Entender participando, participar entendiendo.
Una amiga que ha participado en mil historias políticas y acaba de ser madre de dos mellizas dice: “Un espacio para niños en una dinámica como ésta es una verdadera revolución”.
Parecería que el problema de la representación ha pasado a primer plano, desplazando a la cuestión de la crisis. Pero quizá se apunta al sistema político porque es lo que tenemos a mano, aunque el fondo del asunto sea la cuestión del gobierno de los mercados. Lo que tal vez no sabemos aún es cómo hacer directamente una política contra algo tan abstracto y anónimo como el mercado, aunque sea lo más concreto en nuestra vida diaria.
Un amigo me escribe: “No dejo de pensar en el hecho de que la documentación de la spanishrevolution está hecha a partir de un salvaje esfuerzo cooperativo. No está hecha sobre fotos de fotógrafos reconocidos, ni programas de televisión, ni grandes editoriales, autores o editores. Miles de lucecitas y teclados. Copyleft funcionando al 500%. Eso existía, pero era otra de esas cosas que se minusvaloraba. Se han destruido todos los derechos de autor del mundo: la foto del celular sale en el medio comercial, la foto del medio sale en un blog y vuelta a empezar”.
Sólo actos locos donde uno se la juega pueden cambiar las cosas. Plantarse en Sol como se plantaron algunos el domingo por la noche fue un acto loco, pero muy loco.
Al lado de estos chicos y chicas sub20, uno se da cuenta de que se ha vuelto un poco cínico sin pretenderlo ni apenas advertirlo.
Le pregunto a un amigo si cree que lo que está pasando influirá en las elecciones. Me responde: “Creo que por primera vez en su vida mucha gente no votará automáticamente, sino que se lo pensará antes”. Interrupción de los automatismos. Pensamiento. Son pequeñas victorias del movimiento.
Otro amigo: “Cuanto más abstracto es el enemigo, más transversal puede ser un movimiento”.
Uno más: “Los problemas siguen igual (poder financiero, etc.), pero la situación cambia”.
Resistir a la tentación de saber demasiado sobre lo que pasa. Si lo que ocurre es algo nuevo, singular y excepcional, ¿cómo puede ser que yo pueda pensarlo con mis esquemas conceptuales previos? ¿Cómo no ver sólo lo que uno quiere ver, lo que a uno le confirma en sus hipótesis y teorías, en su identidad?
¿Y ahora qué? Un chat en Facebook:
“Ahora ya sabemos el camino de vuelta a la Plaza”.
Discusión en el grupo donde estoy: si debemos llamarnos ciudadanos o personas. Los que defienden que somos ciudadanos dicen que estamos haciendo una revolución política. Los que defienden que somos personas dicen que se trata de una revolución apolítica. ¡Pero lo que nadie pone en duda es que esto es una revolución!
La misma discusión en muchos grupos: ¿somos medios para un fin o somos medios sin fin? Es decir, ¿debemos tener reivindicaciones concretas o lo que vale es el propio movimiento, el propio proceso, la propia apertura de un espacio donde encontrarse, proponer y hacer con otros? Una intervención en el debate me toca de cerca: “Sólo somos un lugar, un lugar fuera de lugar, un lugar para los que no tienen lugar”.
La Comisión de Política se ha dividido en dos: política a largo plazo y política a corto plazo.
Un amigo me pregunta: “¿Acaso el movimiento 15-M no tiene nada de trágico y es pura armonía?”.
Tres de la mañana. En el grupo en el que estoy hay un chico de los primeros que acamparon el domingo. Cuenta cómo fue. Todos escuchamos súper atentos y muy emocionados. Al final la gente se acerca al chico lo abraza y le dice: “gracias”. Gracias por haber abierto y habilitado para otros un espacio que ha cambiado tanto las vidas. Estoy llorando por dentro.
En el grupo donde estoy por la tarde no se trenza ningún pensamiento común. Monólogo tras monólogo. Y sin embargo… Hay quien tiembla de emoción al coger el megáfono, la gente que pasea de compras por Preciados se queda prendida al grupo como atónita, se habla mucho desde las vísceras…. Sí que pasa algo
Una amiga escribe: “La Plaza transforma. Hemos dejado de transitarnos para transformarnos. No nos enseñamos, nos aprendemos. No nos convencemos, nos comprendemos. Combatimos creando, desafiamos construyendo. La plaza ya no es un espacio de transición sino de transformación. Hemos invadido un tiempo que no se cambia por dinero. Hemos liberado al presente del futuro. Nos hemos liberado del futuro, para habitar de nuevo el presente”.
Me encuentro un amigo muy militante: me habla de los mil problemas que tiene todo para funcionar. Hablo luego con un joven sub20: me dice que la máquina va sola, que la energía desbordará cualquier obstáculo, que el movimiento es imparable. Me gustaría pensar con el espíritu del segundo lo que me plantea el primero.
En la acampada, lo político pasa también por lo técnico: hay gestos políticos que abren un mundo en la actividad cotidiana de los equipos de limpieza, guardería, alimentación, etc. No sólo en las asambleas y en los discursos.
Deleuze hablaba de que había un devenir-joven. Ahora lo entiendo.
Me escribe un amigo sobre la transmisión casera que acaba de hacer: “Éste fue un programa singular. Lo hicimos fuera de estudio, en una casa. Un dispositivo tecnológico precario, virtuoso y completamente de garaje. Durante tres horas y media, evitando deliberadamente Madrid y Barcelona, contactamos bastante azarosamente con gente de veinte acampadas que nos contaron dónde están situadas, cómo se organizan, cuáles son sus objetivos, qué relación establecen con la ciudad y el resto de la población, cómo están pensando la cuestión de la continuidad, si la movilización allí tiene o no precedentes y qué tipo de microclima sensible han creado. El resultado es muy sorprendente, al menos eso nos parece. Porque nuestra impresión tras el programa es que está pasando más o menos lo mismo en todos los sitios: el mismo tipo de espacios, de lenguajes, de afectos, de imaginarios, de anhelos y de problemas. ¿Cómo es posible que aflore y se replique espontánea y simultáneamente una misma molécula de transformación social que no tiene ni copia un modelo previo? Es increíble, hay tanto por pensar…”.
Impresiones de una amiga sobre la acampada en Barcelona: “La plaza materializa sin parar: se va construyendo, desarmando, rearmando para muchas necesidades y funciones concretas. Pero también, y sobre todo, materializa relaciones, situaciones, simultaneidades. No hay plan u organización: la plaza materializa fuertes canales entre fragmentos, hace un esfuerzo muy grande por conectar partes, porque circule lo que pasa. La plaza produce y recepciona, y todo está a la vista, el orden del día, los horarios, las propuestas, etc. Tampoco se pone nunca en ‘gestión automática’. Se materializan con mucha plasticidad las modificaciones imprevistas, los encuentros aleatorios. El aro que circunda la plaza está lleno de estas escenas (cómo se usan los árboles, los bancos, los escalones, las estatuas). La sensación es que las actividades no están dispersas, son partes conectadas del mismo aparato, cuadros de la misma exposición, no sé cómo decirlo. Ayer había en simultáneo y sin interferirse, entre muchas otras, estas actividades:
Una charla sobre el Mayo Francés.
Un grupo de teatro con mucho público.
Una importante cola para merendar.
Asambleas de todas las comisiones.
Asambleas de barrios.
Una peluquería gratuita.
Unos grafiteros con mucho niño mirando.
Un corralito con mucho niño más pequeño.
Un estudiante estudiando con sus libros bajo una sombrilla.
Mucho músico suelto y mucha gente charlando, debatiendo, contándose historias…
Las ideas que circulan nacen claramente desde la plaza (se ve sufrir mucho a la gente de la Comisión de Contenidos, prácticamente la única comisión donde hay militantes conocidos, vienen con ideas para la plaza y eso los tiene muy angustiados y angustiadas). La gente que está trabajando en las comisiones le pone unas ganas que yo no sé de dónde sacar de mí, porque a pesar de que me entusiasma muchísimo estar ahí, no llego a contagiarme como para quedarme”.
Un debate recurrente: ¿alguien sabe de qué sirven las asambleas? No parecen muy capaces de tomar ninguna decisión. Y menos aun de llevarla a la práctica. Pero siempre están muy concurridas y animadas. En general hay escucha y un nivel alto de atención. No funcionan como espacios de decisión, sino como lugares donde circula la palabra. Alguien me dice: “las asambleas son inútiles, pero muy bellas”. ¿Bellas precisamente por inútiles?
Me gusta ir solo a Sol. Perderme, mezclarme, curiosear, hablar con desconocidos. En el grupo de amigos o con los compañeros del colectivo uno se blinda más. Exponerse al anonimato.
La gente joven que se mueve por la Plaza es increíble. ¿Dónde están los descerebrados, los consumidores egoístas ajenos al mundo a los que sólo cabe educar mediante el miedo y el castigo? ¿A quién hay que felicitar por la educación de estos chicos? Una amiga dice: “Todo lo que pasa demuestra que somos muy buenos ciudadanos pero con muy malos gobernantes”.
La organización de Sol es un misterio. No creo que nadie tenga un mapa ni siquiera aproximado de cómo funciona la Plaza. La utilidad de las comisiones está clarísima en todo lo que tiene que ver con una logística absolutamente impecable. ¿Pero más allá? Se ha escrito mucho sobre la “lógica de enjambre” que organiza algunos comportamientos colectivos: ausencia de un control centralizado impuesto; naturaleza autónoma de los nodos o subunidades; alta conectividad entre ellos; causalidad en red no lineal de iguales que influyen en iguales (como una orquesta con muchos centros). En todo caso Sol no sería un enjambre, sino un enjambre de enjambres.
¿De dónde salen los saberes de autoorganización que se están desplegando con toda su potencia por toda la Plaza? ¿Tienen que ver con saberes profesionales o de la vida cotidiana?
Siempre es una minoría la que se mueve. Lo decisivo es la relación que esa relación establece con lo que un amigo, al que echo mucho de menos en la Plaza, llama “la parte quieta del movimiento”: el resto de la población. En este caso la cresta de la ola está en absoluta sintonía con la base de la ola. No hay más que escuchar las historias que cuentan cualquier mañana los que duermen allá sobre el apoyo que brindan un día y otro también los vecinos de Madrid.
¿Qué tenemos que dejar fuera cada cual para entrar en la Plaza?
Los que llevamos la máscara de V de Vendetta nos saludamos como si fuéramos sectarios: “Venceremos”.
“Fuera todos los ismos: comunismo, capitalismo y anarquismo”.
Me encuentro con muchos amigos militantes. Perros viejos que han conocido de cerca los movimientos más interesantes de los últimos 20 años: insumisión, okupación, antiglobalización, etc. Están felices, como todo el mundo. La mayoría se mueve por los márgenes de la Plaza, me parece un detalle significativo. Lo interpreto muy positivamente: un gran respeto por la autonomía de lo que está naciendo.
Amigos argentinos se burlan de la pobreza de nuestros cánticos: “Son todos ta-ta-ta, os falta la cultura de la cancha”. ¡!
Prenden mucho más los gritos de “policía, únete” que los de “a, anti, anticapitalistas”.
Un amigo me dice que la Plaza no se puede pensar en términos de usuarios y mirones vs implicados. Porque la Plaza la construimos entre todos, los que están comprometidos en una comisión o los que pasean por allí una tarde. Todo suma.
No entrar en las disputas por el sentido de lo que pasa, ni siquiera para abrir el sentido.
“No necesito siglas para luchar”.
Le pregunto a una chica sub20 porqué razón está en la Plaza. Es fulminante: “Para hacer historia”.
Un SMS recibido a las 4 am: “Hemos venido al mundo para hacer esto”.
Ya no aparecemos tanto en los medios. Una amiga me dice: “Son buenas noticias, así tenemos más tranquilidad para pensar”.
Hay quien dice que necesitamos algo concreto para seguir y ser creíbles. Los comprendo. Otros dicen que lo que queremos es lo que ya estamos haciendo: lo comparto. Lo que tal vez necesitemos entonces es una propuesta que nos dé una dirección y que a la vez nos permita seguir haciendo lo que estamos haciendo. Imagino: nos proponemos organizar un referéndum dentro de X meses sobre qué queremos hacer con nuestro dinero (una idea parecida ha salido de la acampada de Mallorca). Ya habría una propuesta, un sentido, un objetivo. Que al mismo tiempo nos permitiría seguir encontrándonos, haciendo, pensando juntos, aprendiendo, agitando, proponiendo debate público. La propuesta tendría que estar relacionada con las preocupaciones que expresa el movimiento: democracia política y democracia económica. Pienso que es mejor una propuesta que nosotros podamos llevar a cabo que una en la que le pidamos al poder de hacer esto o cambiar lo otro. Ni medios para fines, ni medios sin fin: articular un objetivo con el proceso. Ése es el desafío.
Una chica sub20 en un grupo de debate: “Nos dicen que somos muy abstractos, pero los abstractos son ellos”. Me hace pensar en la diferencia entre utopía y heterotopía. La utopía es otro mundo. La heterotopía es una pequeña distancia con respecto a la realidad que nos permite habitarla de otra manera. Sol es esa pequeña distancia. No ha buscado la separación en ningún momento, por eso ha suscitado tantos flujos de solidaridad fuera del campamento. No queremos otro mundo, el otro mundo son ellos.
En un grupo de debate alguien dice: “En la indefinición está la fuerza”. Pensar Sol como una enorme huelga de identidades.
Problemas decisivos: no sólo cómo nos organizamos (por barrios, etc.), no sólo en torno a qué propuesta, sino también cómo mantener viva la relación con la parte quieta del movimiento: la población amistosa.
Debate de dos horas sobre el respeto como idea-fuerza del movimiento. Hay consenso: lo que hace fuerte a este movimiento no es un programa o una ideología, sino (entre otras cosas) el respeto. ¿Qué significa eso? Hay que darle aún muchas vueltas. Pero pienso que la palabra respeto en boca de la gente de acampadasol quiere nombrar otra convivencia posible, donde la diferencia no se exprese como guerra, donde la tolerancia no signifique indiferencia. Un nosotros abierto e incluyente donde quepa cualquiera, el cualquiera que hay por debajo de las identidades de cada cual (todo el rato escucho decir: “antes que nada somos personas”).
Respeto no es tolerancia: entre nosotros y el otro hay una exigencia, no indiferencia.
Un chico de la Comisión de Respeto cuenta la anécdota siguiente: a las tantas de la mañana, un tipo no para de molestar a un grupito de redskins que duermen en la Plaza. Durante una, dos, tres horas. Los redskins se acercan entonces a la Comisión de Respeto y les dicen: “Nosotros sólo sabemos resolver esto de una manera, ayudadnos a encontrar otra”. Esto es puro Sol: advertir que lo que uno trae de casa puede no caber en el nuevo espacio y encontrarse con otros para aprender cómo ir más allá de uno mismo.
Una persona de la Comisión de Respeto: “Nuestro objetivo es desaparecer”. Autogestión del respeto.
Ellos lo llaman “mediar”, pero entiendo que lo que hace la Comisión de Respeto es ayudar a la traducción. A que nos traduzcamos y contratraduzcamos unos a otros. Traducción vs interpretación. El poder representativo interpreta desde arriba: los intereses de la mayoría, etc. Desde abajo nos traducimos.
No pensar en términos de flujo y reflujo (subidón y depresión), sino de actualizaciones constantes.
Ni permanecer, ni desaparecer: desaparecer para permanecer, permanecer desapareciendo.
Alguien dice: “Cuando salgo de aquí (Sol) no sé dónde estoy ni quién soy”. Escucho más o menos lo mismo una y otra vez. Me inquieta esa imagen de ruptura. Tendríamos que pensar mejor las conexiones entre lo normal y lo excepcional, qué había en lo normal qué preparaba lo excepcional, cómo prolongar y aterrizar lo excepcional en lo normal.
Una intervención: “Irnos de Sol, pero llevarnos el sol con nosotros”.
Dijimos “Democracia real ya”. Luego creamos en Sol las condiciones que decíamos. Sol es, como dijo alguien, “un taller de democracia real al aire libre”.
No encuentro a nadie en el campamento que se describa a sí mismo como «indignado». Es una etiqueta mediática, no un gesto de autorrepresentación.
Da vértigo desplazarse diez metros desde Sol: la vida y el capitalismo se reproducen con total normalidad. ¿Cómo nos relacionamos con esto los que nos hemos salido del quicio?
Un amigo me dice: «Uno de los efectos de Sol es la disminución radical del cinismo. Se nota que todo el mundo se cree lo que dice, lo que hace y dónde está».
No volvemos a los barrios de siempre, sino a los barrios conmovidos por Sol. Hacer que ni los barrios ni las universidades sean iguales que antes, que las asambleas de barrio y de universidad no sean como las de antes, extender el acontecimiento Sol, ¿va por ahí el movimiento?
¿Cuál es la naturaleza de este movimiento? ¿Se trata de un movimiento revolucionario que propone la autogestión generalizada? ¿Se trata de un movimiento liberal que pide una representación política del pueblo más representativa? Una amiga cita la fórmula siguiente de un antropólogo francés: control político de la economía, control social de la política.
Sol es un espacio de cualquiera, pero lo importante es el protagonismo del cualquiera, no el espacio.
En los grupos y las asambleas (organizadas o improvisadas) se dice mucho que “hemos despertado”. Lo entiendo bien, pero lo comparto sólo a medias. ¿Estábamos completamente dormidos? ¿Dónde se ha «cocinado» entonces el 15-M?
¿Dónde está el pensamiento de Sol? ¿Dónde hay que buscarlo? ¿En la producción de discurso y contenidos, en los dispositivos formales y organizativos, en la idea-fuerza del respeto, en los mil gestos de cuidado de la plaza, en la comunicación con el afuera? Me pregunto cómo pensar lo que está pensando en Sol y cómo pensar con lo que está pensando.
«El movimiento no es la acampada»
«Prisa y definición son nuestros enemigos», dice alguien en una asamblea. La fuerza del movimiento consiste en su ambigüedad y su poder de indefinir: no es esto ni lo otro, no se dirige a estos o a aquellos, sino que interpela y se abre a cualquiera. Ahí está la potencia y la gracia de ese lenguaje que muchos consideran demasiado plano, genérico, humanista o apolítico. Despolitizarse para politizarse (y para entender algo de lo que ocurre).
Pregunta de un amigo: «¿Estamos ante un acontecimiento que ya fue o ante un movimiento por venir?»

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