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Flogger y resto

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Cumbio hoy. Regresó con un documental que registra el fenómeno de ser adolescente y moda. Se aburrió de dar notas, pero aceptó esta para contar cómo sobrevivir a la fama.

Cuenta la leyenda que, con tan solo 17 años, recorrió el país entero desfilando frente a miles de púberes que coreaban su nombre al unísono y corrían ansiosos por sacarse una foto con ella o abrazarla. El fenómeno data del año 2008, y si bien hay varias versiones, hoy en día sabemos que no fue una estrella de rock, ni una vedette ni una política. Aparentemente, habría sido la primera en convocar una reunión general entre usuarios de Fotolog, la plataforma digital que marcó el inicio de lo que hoy conocemos como redes sociales y que terminó por darle nombre a un nuevo grupo de jóvenes que ostentaban prendas coloridas y peinados estrafalarios: los floggers, de los que hoy sólo quedan vestigios.
El fenómeno Cumbio puso en evidencia que había nuevos canales de interacción y conectividad. Según fuentes confiables, su página personal tenía más visitas que la del diario más vendido del país. Pero Cumbio, que por lo que sabemos no era una comunista libertaria, terminó cayendo rápidamente en las fauces del mercado: firmó acuerdos publicitarios con importantes marcas de nivel internacional, sacó un libro sobre su historia y llegó a salir en la tapa del New York Times de Estados Unidos, con un reportaje titulado “En Argentina una cámara y un blog crean una estrella”.
Pasó el temblor. Facebook en poco tiempo desplazó a Fotolog y los pequeños floggers crecieron y dejaron atrás las reuniones en el Abasto junto con los chupines de colores. ¿Y Cumbio? ¿De qué le sirvió todo esto? ¿Cambió algo en ella? ¿Ganó mucha plata? ¿Tuvo esta experiencia algún sentido? Todo esto y mucho más a continuación, en esta charla que pudimos tener casi en exclusiva en el bar de la esquina de su casa, con el lanzamiento de un documental sobre su vida como excusa.
Jugar y ganar
«La directora quería contar la vida de un adolescente. Fue al Abasto, donde nos estábamos juntando nosotros y ahí la vi hablando con un amigo mío. Le pregunté: ¿Es tu mamá?. Me dijo que no y me fui sin darle bola. Eso le gustó, no sé, mi actitud. Todavía no había explotado mediáticamente ni firmado el contrato con Nike. A la semana vino a casa y lo charlamos con mis viejos. Me estuvo filmando durante dos años. Viste que siempre te dicen que hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Bueno yo a eso le agregué tener un documental”.
Ahora sabemos que no fueron ni Nike ni el suplemento Sí! los primeros en llegar, sino la cineasta Andrea Yannino. Y hay que reconocer esa virtud: le bastó con un gesto para intuir que en esa chica había algo, por eso pudo registrar todo lo que pasó desde el principio. El resultado final del documental no es malo, pero podría haber sido excelente. Hay un error conceptual, que es el de trabajar sobre la consigna “La persona detrás del personaje”, pero Cumbio, es decir, Agustina, es la misma en todos lados, allí no está el misterio. Lo más interesante de ella es la puesta en escena porque es allí donde surge el contraste, que se puede percibir en el film no como un manifiesto estético, sino como algo que se filtró inadvertidamente: su casa venida abajo y el afiche multicolor de Nike, los almuerzos familiares y su visita al programa de Mirtha Legrand, o la relación con su representante, que por momentos pareciera no entender cuál es su función: “Lo que ustedes hacen en un segundo y sin gastar un peso a nosotros siempre nos costó muchísimo tiempo y dinero”, se queja. Pero gracias a la película tenemos el gusto de conocer a su padre, un plomero tatuado que siempre sonríe cuando habla de su hija, y a su madre que, por el contrario, parece estar siempre preocupada, inquieta, superada por la situación. En esos cuerpos y en esa forma de hablar reconocemos de dónde viene Cumbio, la flogger más famosa del país (si es que eso todavía quiere decir algo).
“Para mí fue un juego y por eso me divertí mucho. Tuve siempre en claro que todo era una moda. Yo tengo que crecer como persona y sabía que no puedo vivir toda mi vida de un fotolog. Sabía que en un tiempo ya no me iba a divertir, me iban a gustar otras cosas. La mayoría de los chicos crecieron y casi ni lo usan, en parte porque Facebook lo mató. Muchos hasta se arrepienten de haber sido floggers, y los entiendo, porque seguro que vos tampoco querrías ser lo que fuiste a los 14 años. Tenemos otros gustos, otras obligaciones… me aburrí de hacer notas. Todavía me siguen llamando para preguntarme por los floggers. ¿Cuántas veces te lo tengo que explicar? Siempre lo mismo, hablemos de otra cosa…”
¿Se gana mucha plata siendo famoso?
Y, mirá, a mí lo que me entraba era por lo de los boliches. Primero eran 300 pesos y después llegué a 2.000 por fin de semana. Con la plata que gané, más una ayuda importante de mi hermano, me pude comprar una casa. Después trabajé en Vértigo, un programa de televisión. No te creas que ganaba mucho más de lo que gana mi novia como empleada en un local de ropa.
Agustina -esa piba de barrio que parece la encarnación humana de un animé- encaró el fenómeno Cumbio como si fuera un juego en su acepción más pura: no se trata de ganar o perder, sino de divertirse. No se trata de avanzar casilleros, sino de aprovechar las oportunidades que de otra forma, como bien dijo ella, nunca se le hubieran presentado.
Ahora ya tiene 20 años, pero parece más chica. Pienso que es un poco ingenua. Enseguida me doy cuenta de que esa ingenuidad fue el antídoto que la mantuvo invulnerable frente al poder enloquecedor de la fama y le permitió disfrutar al máximo una experiencia que a muchos otros los hubiera desbordado.
Juicios y prejuicios
Cumbio, es decir Agustina, está en pareja desde hace cuatro años con Maru. Había pasado el primer año de noviazgo (tenían 17 y 15 años respectivamente) cuando decidieron hacer público su amor y subieron fotos en las que se estaban besando, razón suficiente para que el amarillismo lo tomara como fundamento principal de aquello que le da de comer: el Escándalo. Agustina, es decir, Cumbio, tuvo la entereza suficiente como para soportar los golpes bajos de algunos periodistas y, sobre todo, de los transeúntes que le gritaban cosas como “¡Me das asco!” cada vez que salía a la calle. Dice Cumbio: “Al ser famoso estás expuesto a que cualquier pelotudo sienta que tiene el derecho de decirte lo primero que se le venga a la cabeza. Lo mío con Maru nunca lo ocultamos. Quizás al principio a nuestros padres les decíamos que salíamos con dos chicos, pero eran unos amigos gays. Además siempre nos besamos frente a todos. Yo subí las fotos porque sabía que no estaba haciendo nada malo. Hay muchos chicos a los que entiendo: les da vergüenza o no pueden aceptarse a sí mismos. Pero a mí nunca me pasó eso. El tema fue cuando se empezó a hacer muy masivo, eso no me gustó. La madre de ella se enteró por la tele y se enojó mucho. Varias veces me echaron de la casa. Mis viejos, en cambio, la aman. Fue difícil, pero seguimos juntas”.
Nuevos tiempos
Agustina, es decir Cumbio, está contenta por cómo cambió en tan poco tiempo la situación frente a la ley y al prejuicio social. Lo resume en tres anécdotas (la primera quizá no sea la más ilustrativa).
1) “Una vez me estaba besando con Maru en un McDonal´s y nos echaron. A los dos meses, cuando explotó mi fama, nos llamaron de ese mismo lugar para que ‘Cumbio y su novia’ participaran´ de una campaña solidaria”.
2) “Siempre nos besamos en la calle, pero antes había muchos señores que nos miraban con asco o nos gritaban cosas. Nos hacían sentir vergüenza de lo que estábamos haciendo. Ahora, esos mismos señores nos miran y siguen caminando. Son ellos los que deben sentir vergüenza de lo que piensan”.
3) “En la primaria varias veces llamaron a mi vieja diciendo ‘su hija tiene gustos raros’. Ahora por suerte no me pasa. La otra vez, un boludito de la facultad me empezó a joder diciendo que no sabía si yo era mujer u hombre. Hablé con las autoridades y me re respaldaron. Fue muy lindo poder escuchar cómo me defendían frente a él”.
Agustina, es decir Cumbio, está estudiando comunicación audiovisual en la Universidad de Palermo donde, al parecer, le va bastante bien.
Con respecto al fotolog, mantiene un contrato informal para subir publicidad de una empresa que fabrica notebooks.
Con respecto al documental, ya estuvo en el BAFICI, en Málaga, en Guadalajara; se proyectó en el Gaumont y está invitado a tres festivales más. Uno de ellos es en Brasil, al que Agustina viajará en condición de jurado.
Con respecto al amor, a fin de año se irá a vivir sola con su novia.
Agustina, es decir Cumbio, está entera, feliz.

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Elecciones de vida

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Loncopué quiere votar «No a la minería». A 300 kilómetros de la capital de Neuquén, los vecinos se organizaron para resistir el desembarco de un proyecto minero chino. Comenzó con una maestra, un cura y un abogado y terminó reuniendo en asamblea a políticos oficialistas y opositores, estancieros y sindicalistas.
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Oración de la Virgen Barbie

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Ya no quiero ser la Virgen Barbie.
Ya no quiero ser la patrona del racismo
ni la protectora del capitalismo.
No quiero ser la Virgen Barbie.
No quiero enseñar a las niñas
a odiar sus cuerpos morenos.
No quiero ser nido
de prejuicio, insultos y complejos.
No quiero ser la Virgen administradora
y santificadora de privilegios.
 
No quiero hacer milagrosos matrimonios
ni encontrar príncipes azules
tiranos, celosos y violentos
para mujeres ilusionadas,
ingenuas y equivocadas.
No quiero ser perfecta, ni virtuosa
No quiero ser modelo de belleza,
No quiero mirar la vida
desde arriba de un altar.
No quiero juzgar a nadie
ni tampoco tener el derecho de perdonar.
 
No quiero ser yo.
Quiero ser otra distinta.
Alegre, amiga, defectuosa,
imperfecta y amante…
pisar con mis pies el piso,
pasear por la ciudad,
bailar en las calles.
 
Que detrás de mí
el capitalismo se derrumbe
y pierda hasta los dioses
y las vírgenes que lo sustentan.
Que detrás de mí
se desmorone el racismo
y el color blanco que lo sustenta.
Que los úteros de las mujeres blancas
puedan parir hijas morenas.
Que las morenas tengan hijos rubios.
Y que el amor y el placer nos mezcle
y nos mezcle y nos mezcle.
Hasta diluir todas las estirpes de nobles,
de patrones y de dueños del mundo.
 
No quiero ser la madre de dios,
de ese dios blanco civilizado y conquistador.
Que dios se quede huérfano
sin madre ni virgen.
Que se queden vacíos los altares
Y los púlpitos.
Yo dejo este altar mío.
Los abandono por decisión libre.
Me voy, lo dejo vacío.
Quiero vivir, sanarme de todo racismo,
de toda condena, de toda dominación.
Quiero sanarme yo misma
y ser una mujer simple.
Ser como la música que solo sirve
para alegrar los corazones.
He descubierto que para ser feliz
solo hay que renunciar a tus privilegios,
a tus virtudes y perfecciones.
 
Proclamo la inutilidad de los privilegios.
La tristeza de los altares.
La muerte del capitalismo.
 
 
 

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Mu49

Flor de jardín

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Mi mamá trabaja, la guardería de Mujeres Creando. Una escuela feminista que enseña a no confundir regalos con afecto ni cariño con violencia. Abierto de 7 a 23, para madres que trabajan, estudian o se divierten.
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La última Mu: La voz originaria

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