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La morocha

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Mora Godoy. En un género de machos compadritos logró hacerse un nombre propio. Ahora sube a escena con un show que escribió y financió y recrea una leyenda tanguera.

“No se produjo ningún click” me responde Mora Godoy cuando le pregunto cómo fue su paso de la danza clásica al tango. Me cuenta que egresó como bailarina clásica del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón y no quiso presentarse luego al cuerpo de baile porque tenía que esperar que alguien se jubilara. Comenzó a estudiar Ciencias Políticas en la UBA, y se incorporó a una compañía de jazz por tres años. Me confiesa que su primera experiencia con el tango no fue buena y que había decidido no bailar más, cuando por esas cosas del destino la vio Miguel Angel Zotto: se probó nuevamente los tacos y no se los sacó más.
Hoy es reconocida por haber creado una nueva manera de bailar el género (incorporó la destreza, la velocidad de los pasos, la acrobacia y la fusión de técnicas), pero además es docente, coreógrafa, directora y productora. Actualmente lleva sobre su espalda un espectáculo llamado Chantecler tango, que a modo de autogestión ideó, guionó, coreografió y financió, y que desde que pisó la calle Corrientes mantiene las localidades agotadas.
Mora tomó un puñado de prestigiosos profesionales y los ordenó estratégicamente fuera de escena. Convocó al director inglés Stephen Rayne (el mismo que llevó a escena clásicos del teatro y musicales en las salas más populares de Inglaterra). Llamó a Cecilia Monti para que llevara a cabo el diseño de vestuario (fue vestuarista del film ganador del Oscar El secreto de sus ojos y es la esposa de Juan José Campanella). Puso la música original a la orden de Gerardo Gardelín (el mismo que dirige musicalmente Mamma Mía) y ubicó a Fernando Marzán en la dirección musical. A estos laureles, le sumó bailarines convocados mediante casting, vía Facebook. Salvo tres personas que trabajan con ella y la acompañan en este espectáculo (uno de ellos, su hermano Horacio Godoy), el resto eran para ella desconocidos. Mora diseñó esa forma de convocarlos, lanzada con la alevosía de la credibilidad. Ella sabe, no por rumores, que hay castings truchos. Que se expone a los participantes a expectativas que no serán cumplidas porque los protagonistas ya fueron elegidos de antemano. “Cada uno de los bailarines pudo comprobar que quedó dentro del elenco por mérito propio. Y eso da mucha alegría, pero sobre todo les otorga mucha seguridad”, señala Mora.
Otro Buenos Aires
Está cumpliendo 10 años del éxito que resultó ser su espectáculo Tanguera y los festeja “no con un brindis, sino con más trabajo”. Dice que redobló la puesta y el resultado fue Chantecler. El guión lo escribió hace cinco años: un policial con suspenso. Su hermano Horacio fue quien sentenció el nombre. Y que a partir de allí comenzaron a hurgar en la historia de ese cabaret que había funcionado allá por los años 40 del siglo pasado en la calle Paraná 440, y que fue demolido en el año 1962. Rescataron a personajes reales como Madame Ritana, que regenteaba el cabaret y que, se dice, fue amante de Carlos Gardel; también a Ángel Sánchez Carreño, conocido como “El Príncipe Cubano”, y al maestro Juan D’Arienzo.
La leyenda
Giovanna Ritana, también llamada Jeannete, estaba casada con un tal Juan o Amadeo Garesio, un inmigrante procedente de la isla de Córcega, que se decía, era dueño de una cadena de prostíbulos. La pareja era la dueña del Chantecler, hoy sinónimo de épocas y noches esplendorosas, tanto que las leyendas cuentan que allí nació la frase “tirar manteca al techo”, acuñada por el periodista Miguel Ángel Bavio Esquiú, que se la hizo decir a su personaje Juan Mondiola.
Desde un principio el lugar fue escenario de las mejores orquestas y cantantes de la época, lo que lo transformó en una suerte de templo tanguero para exquisitos. La decoración incluía una cascada y un molino luminoso. La primera orquesta que tocó allí fue la de Julio de Caro.
Uno de sus mejores clientes era Carlos Gardel, que llegaba luego de sus actuaciones. El Zorzal prefería los palcos. Cuentan que descorría una cortina gris para poder conversar tranquilo y disfrutar de la música en vivo. Fue inevitable que alguien le presentara una noche al violinista Juan D’Arienzo.
Veintiocho años actuó D’ Arienzo en el Chantecler. Alguien dijo de él en esa etapa: «D’Arienzo le puso alas a los pies de los bailarines». Pero fue el legendario animador de Chantecler, Ángel Sánchez Carreño, el «Príncipe Cubano», como lo bautizó Madame Ritana, el que le puso la etiqueta de «El Rey del Compás».
Cuando finalmente cerró sus puertas, Enrique Cadícamo le dedicó un tema, dicen que para compensar la tristeza de su demolición:
Entre aquellas rojas cortinas de pana
de tus palcos altos
que ahora no están
se asomaba siempre Madama Ritana
cubierta de alhajas,
bebiendo champagne.
Cuenta Mora que antes del estreno recibió en su casilla un mail que la conmovió. Eran los herederos de Madame Ritana que un día se aparecieron en su oficina y le llevaron la documentación con la verdadera historia del Chantecler. “Me dijeron que muha de la información que circula en Internet es falsa y me contaron historias y mostraron fotos. Si hubiéramos tenido antes esa imagen de la fachada real, la escenografía hubiese sido diferente. Pero ya la cambiaremos”.
Hacer y bailar
Mora está orgullosa de haber creado un musical desde el punto cero y poner arriba del escenario a 30 artistas, entre bailarines y músicos, porque también hay una orquesta tocando en vivo. Pero su principal virtud es haber logrado una integridad arriba de las tablas, en donde se luce lo individual y lo grupal. Su trabajo luce incluso cuando no está en escena, precisamente por eso: porque no está. Esa generosidad no le pertenece: me dice que la heredó de la familia. “También tiene que ver con la seguridad y con saber que si no te respalda un gran grupo, vos no estás tan potente”.
El nombre de Mora Godoy, entonces, toma la forma de colectivo de trabajo que sustenta un equipo que atraviesa desde las figuras, pasando por los técnicos hasta llegar a los bailarines, con una característica: todo es sostenido desde su propio bolsillo. Mora es la única mujer del territorio tango que está al frente de dos compañías y además preside una escuela que lleva su nombre. ¿Cómo se logra montar un espectáculo con un presupuesto propio? Mora piensa, come unas almendras, nos convida y enumera: “No me paro desde el lugar del empresario-productor teatral. Me tapo los oídos y me concentro en la orden del día”.
Todo, desde ese Chantecler hasta su elección de cambiar una danza elitista, de formación individualista, por un baile que no existe sin la presencia escénica de un acompañante, pienso, tiene que ver con algo que ella me dice, pero no conecta: “Me encanta el abrazo”, suelta mientras lee la tarjeta de un ramo de flores que acaban de traerle.

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