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Corpo-oraciones

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Susana Kesselman. La vida y la eutonía la llevaron a crear una teoría sobre los cuerpos y los sufrimientos modernos. Enseña a leer a los filósofos con los huesos y a sentir no sólo dolor.


¿Cuál es la edad de la belleza? Mi respuesta no es un número sino una sensibilidad. Mi respuesta es Susy Kesselman. Es cierto que estoy fascinada con ella desde hace demasiado tiempo, no porque tenga un trato personal, ni siquiera por ser su discípula, sino simplemente porque verla o leerla representa para mi entender que el horizonte femenino contempla una exquisita combinación: Susy piensa con el cuerpo. Cada una de sus palabras me resuena, entonces, profunda, verdadera y sabia.
Es cierto que me cae la ficha recién cuando ella me explica a Deleuze o cuenta cómo lee a Focault o por qué Spinoza dijo: “Nadie sabe lo que un cuerpo puede”. Susy explica la filosofía desde los huesos: lo medular.
Es cierto también que lo que piensa con su cuerpo es femenino y revela pliegues que a los Homo Sapiens les conviene esconder. Un ejemplo muy Susy: “Deleuze habla del devenir mujer, pero ojo: no cualquier mujer. El devenir del que habla es el de una mujer indómita”.
Ajá.
Punto para las chicas bravas, entonces.
Susy no es brava: es valiente. A simple vista esa cualidad podría confundirse con curiosidad, pero hay que ser algo más que inquieta para transitar la vida política e intelectual de nuestro país en los últimos 50 años sin quejas ni reproches. Dirá Susy: “Nuestra militancia fue muy alegre, pero todavía tengo pesadillas con la Cátedra”, para referirse a los años en los que se sintió a gusto en villas y sindicatos, pero aprendió el miedo en la Facultad de Medicina enfrentando a la terrorífica CNU.
Planeta Susy
Imposible separar la vida de Susy de su relación con el psicoanalista Hernán Kesselman, padre de la revolución psicoanalítica argentina (“las feministas españolas siempre me criticaban porque usaba su apellido”), pero no sería justo imaginarla solo como la mujer de, ni siquiera la compañera de: demasiado simple para explicar lo que representan uno para el otro y los dos para los otros. Susy no es un satélite, sino un planeta habitado por un montón de intereses que cultivó con pasión hasta hacerlo crecer por su propia cuenta y riesgo. Imaginemos, por ejemplo, una escena de la vida moderna en los años 60. Susy sentada en círculo y rodeada por los más grandes popes del psicoanálisis criollo. Todos desnudos. Era la forma de despojarse de cualquier atributo de poder. “Yo igual nunca me pude sacar la bombacha”, aclara Susy. La envidio: ¡cómo me gustaría ver en público y en bolas a todos los que juegan a ser Dios con un diván! La idea me divierte y me deprime porque revela cómo se nos han acotado los posibles. Susy tiene una explicación: “En los 60 el cuerpo era un escenario más lúdico y sobre ese escenario comenzaron a aplicarse mecanismos de control social. Primero, con la excusa de los rollitos, vino toda la escuela californiana del cuidado, que convirtió ese cuerpo en un objeto snob, al cual dedicarle tiempo y dinero. Luego, pasó algo peor. Leyendo a Focault, sintiendo su desgaste físico, te das cuenta cómo el Sida transformó el goce del cuerpo en algo peligroso”. Y desde entonces, la ciencia tomó el control.
De la KGB a la CGT
Susy estudió Letras y luego hizo un doctorado en Sociología. Sus compañeros fueron José Nun, Alcira Argumedo y Horacio González. Se dedicó a una especialidad que recién nacía en Argentina: la orientación vocacional. “Trataba de vincular el descubrimiento de una vocación con el descubrimiento de tus relaciones sociales. A los chicos les aconsejaba militar, por ejemplo.” También nació su deslumbramiento por el peronismo, que descubrió en los barrios del conurbano sur y la llevó a desertar de su filiación al PC (“el PC estalinista: teníamos reuniones con agentes de la KGB y todo eso”).
En los 70 ocupó un lugar en la dirección de la CGT de los Argentinos: Susy era la secretaria de Educación, Hernán de Salud y Rodolfo Walsh de Cultura. “Recuerdo los cuerpos de esa época como muy libres, no prejuiciosos, pero a la vez con muy poca conciencia de género. No había posibilidad de nombrarse homosexual: no había ni palabra para decirlo, por ejemplo”.
La dictadura expulsó a Susy y su familia –ya con 3 hijos– al exilio. A esa experiencia le dedicó 10 años de su vida durante los cuales escribió un libro intenso, Diario de una sudaca, que centra el relato en su último día antes de la huida. No sólo lo que cuenta, sino cómo lo escribe da una idea de esa valentía para cruzar fronteras y romper moldes que caracteriza a Susy.
A mover el esqueleto
En España conoció a su gran amor: la eutonía. Pacho O´donnell la invitó a un seminario y a partir de allí se lanzó por sí misma a descubrir esa herramienta que le permitió construir todo lo que quería. Había descubierto su esqueleto intelectual.
Así encarnó su propia teoría que comparte en libros, clases y artículos. Otro ejemplo muy Susy: “Deleuze habla del cuerpo en estado de arte, que no es el cuerpo del artista: es un cuerpo sensible. Pero ¿qué hace a un cuerpo sensible? Su régimen de afectación. Uno dice: me duele acá, me duele allá, pero ¿qué siento además de dolor? ¿Tengo la sensación del peso de la ropa, por ejemplo? ¿Me doy cuenta si es más agradable la tela de la remera que la de la bombacha? ¿Por qué es importante darme cuenta de la diferencia? Porqué si puedo darme cuenta cuál me agrada más, puedo elegirla”. Buscar ampliar el régimen de afectación, nos enseñará Susy, permite sacar del cepo al cuerpo dolorido y recuperar otras sensaciones de placer o disgusto, y al mismo tiempo, otras formas de estar bien, o al menos intentarlo.
“Spinoza dice: una pasión alegre es lo que va con uno. Si va con vos, esas cosas te van a producir pasiones alegres. No se trata de un deber ser, sino de encontrar lo que te va, lo que te calza. Eso te potencia. Este es un típico pensamiento corporal. Podés entenderlo a partir ahí. Por jemplo: cuanto más esfuerzo hacés, menos fuerza tenés. Si yo estoy forzando los hombros, no tengo fuerza en los brazos. El mensaje de Spinoza es que lo que va con uno no requiere esfuerzo. ¿Cómo encontrarlo? Problematizando, preguntándonos cómo nos sentimos con lo que hacemos, cuánto nos pesa. Ojo: Deleuze hace una diferencia entre interrogar y preguntar. El que interroga está buscando lo obvio: ¿sos mujer o varón? ¿Cómo te llamás? El que pregunta, en cambio, problematiza. ¿Por qué? Porque no sabe la respuesta.”

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