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Sentir con los pies

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Carla Rímolo y Laura Figueiras, directoras de Acto Blanco. Una obra conmovedora que invita al espectador a crear su sentido es, además, una muestra de lo que hay de nuevo: la movida que impulsa una ley para la danza.


La razón no tiene lugar en este acto. Sí lo tienen las emociones fuertes. Cuatro cuerpos femeninos bailan con las tetas al aire en el centro de la oscuridad, al ritmo de una música que me pone la piel de gallina. Sus movimientos provocan sensaciones crudas. Ellas frente a lo racional, remarcan lo pasional. Frente a lo instituido como la verdad absoluta, presentan múltiples verdades. Frente a lo real, juguetean con la fantasía. Ellas usan sus cuerpos como un medio de comunicación.
Las directoras de Acto Blanco son dos y son mujeres: Carla Rímola y Laura Figueiras. Se conocieron estudiando composición coreográfica en el IUNA y, luego de ser compañeras en varios trabajos, se eligieron mutuamente para producir juntas su tesis y recibirse de una vez. Esta creación superó sus expectativas, las desbordó y se volvió toda una obra de movimiento. Carla sonriendo dice: “Nos entusiasmamos, recién ahora nos volvimos a acordar de que era una tesis”.
El nodo que las vincula es el Grupo del Patio, configurado desde el 2008, del que son parte Laura y dos de las bailarinas (Natacha Visconti y Marisa Villar). Carla y las otras dos bailarinas (Bárbara Alonso y María Sol Gorosterrazú) son invitadas al proyecto. Al Grupo del Patio lo definen como un colectivo de autogestión que produce espectáculos de danza y está formado por cuatro chicas. “Es un grupo en el que definimos cómo queremos producir”, me explica Laura.
Otro punto en común: las dos describien a la compañía del IUNA como un semillero del que pueden germinar muchas flores movibles, flexibles y en busca de transformación, como ellas. Lo esencial de ese espacio, dicen, es que allí los coreógrafos se toman tiempo para investigar. Carla me aclara: “Se trabaja a nivel independiente, pero en formato compañía, compensándose muy bien esos dos elementos”. Laura agrega sonriendo: “Me pongo la camiseta del IUNA a full” y las dos me señalan con orgullo que de los seis proyectos de danza ganadores en la Bienal de Arte Jóven (en la que se presentaron ciento cincuenta) tres son tesis del IUNA.
Sentir qué hacer
La obra revuelve temas centrales del romanticismo: la noche, lo sobrenatural, lo irreal y lo femenino. Me pregunto: ¿Por qué elegir hoy hablar desde ese lugar? Ellas se definen como pasionales y defienden esa decisión desde el sentimiento: las movió. Laura me explica: “La elección del tema tiene que ver con cómo sentimos el mundo”. Carla agrega: “Y con el placer que genera ser honesto con lo que uno es y con lo que uno construye desde ese ser”. Frente al racionalismo iluminista y moderno, eligieron sentir.
Carla: “Hay algo de la energía de lo femenino que es romántico”. La noche, la transformación, lo sobrenatural, los sentimientos, todo ese universo tiene para ellas muchas relaciones con lo femenino. En un mundo patriarcal y colonial que sostiene a la ciencia como su caballito de batalla, remover estos elementos tan diferentes es una fortaleza.
En esta obra, la imagen, las luces y la música: todo es igual de importante para comunicar. El vestuario es otro pilar. Una bailarina tiene un corset –es con el que Laura bailaba Copelia cuando era chica– pero nada cubre la parte de abajo. Otras usan polleras –una es el vestido de fiesta de 15 de Laura, recortado– pero nada cubre la parte de arriba. Es un vestuario decimonónico incompleto. Laura: “Se relaciona con el sujeto romántico como el sujeto incompleto, escindido y que sufre su finitud. Es una piecita de ropa para todo un cuerpo que se abre”. De esta manera, a partir del vestuario y lo desnudo también se arma un lenguaje de movimiento: se construye todo un mundo.
Otra pata fuerte en la obra es la música. Carla está casada con un pianista, Laura también, clásicos ambos. El padre de Laura también es músico. Por eso resaltan que la música les vibra desde un lugar muy especial. A partir de ese gusto sentido, se las ingeniaron para que los sonidos cobren un papel importante en la representación. Sostienen a la música como otro lenguaje con el cual conmover.
Describen el tipo de danza que hacen como una experiencia vivencial para el público. Una vivencia que involucra todos los sentidos. Carla me dice: “Es vivencial porque en el escenario ves un cuerpo y se genera mucha empatía. Por eso el cuerpo se vuelve una potencia en tanto comunicación y poder transformador”. Consideran al cuerpo como creador de discursos: un movimiento puede decir mil palabras distintas. Es otro lenguaje posible para decir cosas, que apela a otros sentidos de los que estamos acostumbrados a usar todos los días.
En esa lucha contra el sentido único, consideran que el espectador también debe ser una potencia creativa. Y redoblan la apuesta afirmando: estimular esa creatividad es tener un poder transformador del mundo. Laura: “El espectador, a veces, reprime sus sentidos y trata de buscar cierta linealidad argumental. Pero en estas obras de danza ese sentido lo tiene que crear el espectador”. Pienso: en la era del zapping no estamos acostumbrados a que nos pongan en esa posición.
Las autogestivas
“La danza se vive, se disfruta, pero no es una verdadera fuente de ingreso. La mayoría de los actores del escenario alternativo viven de cuestiones aledañas, como dar clases, o de otra cosa”, me dice Carla. Laura cuenta: “En el caso de Acto Blanco tuvimos la suerte de ganar dos subsidios, pero en el caso de Una Obvia (otra obra del grupo) fue todo a pulmón”. Carla: “Si investigás y profundizás en serio, te lleva mucho tiempo de ensayo y nunca llegás a cubrir lo que invertís en horas de trabajo. Salvo que pertenezcas a una compañía estable, pero eso ya es hablar de otra estructura”. Laura se suma: “Eso pasa porque no se reconoce a los artistas como trabajadores”.
Al finalizar la obra, una de las bailarinas le habla al público en medio de los aplausos. Agitada, nos informa sobre la Ley Nacional de la Danza y nos invita a firmar para que se sancione. El proyecto entró en comisión hace un año y todavía no tuvo tratamiento. La letra de la ley plantea que se reconozca el valor de la danza como actividad cultural y social.   Laura: “No es una ley sólo para la comunidad artística: contempla también la danza social. Está pensada desde una visión ampliada: que todos podamos acceder a todos los bienes culturales”.
En Internet la propuesta la está batallando el Foro de Danza en Acción, un espacio para reflexionar y cuestionar las políticas relacionadas a la danza independiente en Argentina. Hay mil y pico de miembros de todo el país. Laura comenta con entusiasmo: “Las redes sociales están ayudando mucho, la información circula muy rápidamente”. Los miembros de la comunidad de la danza bailan también al son de una música de esta era: la web. Las chicas de Acto Blanco no están solas: hay muchos seres pasionales y en movimiento dando la misma pelea.

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