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Rompiendo Moldes

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La editorial Muchas Nueces. Libros infantiles pensados para ganarle la batalla a Disney. Los financiaron con ferias, reciclaje y risotos. Se definen como un nodo de producción cooperativa.

muchas nuecesUno. Lucía dijo: quiero escribir cuentos para chicos. Gonzalo, en un acto de amor, tiró: yo te hago la editorial. Empezó como un capricho y en tono broma, pero cuando hubo que armar un proyecto de autogestión para la Cátedra Autónoma de Comunicación Social de lavaca, Lucía y Gonzalo no dudaron: era la editorial. Entre los compañeros que escucharon la idea hubo uno especialmente interesado: Néstor.
Dos. Un día, en una sobremesa familiar, un tío le acotó a Gonzalo: “Vos, al final, mucho ruido y pocas nueces”. Lo calmó a Gonzalo asociar esa frase a una idea exitista que nunca lo había motivado. Quedó ahí.
Tres. Otro día, Néstor, aquel compañero de cátedra a quien no veían desde hace tiempo, le escribió un mail a Gonzalo y Lucía. “¿Qué onda la editorial?”, preguntó, colgado de aquel trabajo final. Gonzalo y Lucía se miraron: ¿qué onda? Le explicaron lo del ruido y las nueces…
Néstor replicó: “Yo necesito que mi hijo Tobías lea otra cosa que Disney”.
Nuez. Gonzalo, Lucía y Néstor plantaron la nuez.

Investigando

Estabámos con Tobías, 5 años, sediento de nuevas lecturas, y su padre, Néstor, que se sumó al armado de una editorial infantil que cuente historias en las que el protagonista no sea Mickey. Lucía: “En general las editoriales infantiles contratan un ilustrador y un escritor. Si es bueno el contenido no les importa la estética: blanco y negro con dibujos básicos. Y sino, al revés: mucha calidad, tapa color, pero de contenido pobre”. La idea era integrar todo.
Gonzalo: “Además, conocíamos un montón de amigos que son ilustradores o que escriben y a quienes el mercado editorial no les da trabajo”. Ornella, Nina, Agustina y Julián, Gabriel, Ezequiel se sumaron para ilustrar, escribir, diseñar, idear, soñar. Son artistas plásticas, músicos; estudian cine, antropología, edición.
Con este plantel, ¿cómo limitarse a una editorial?
“Muchas nueces es un nodo de producción”, definen.
Gonzalo: “Cuando terminamos de armar el grupo fuimos entrevistando experiencias similares que nos parecían interesantes. Los reporteados fueron Augusto Bianco, el editor de Rompan Fila; los trabajadores del BAUEN, que hicieron Duendes por la dignidad contando la recuperación del hotel y Juan Manuel Troncoso que escribió La dulce victoria, un relato sobre una fábrica recuperada. Las entrevistas pueden leerse en la página de Muchas Nueces. Y si uno busca la referencia de esos libros infantiles en Google lo primero que salta son esas notas: encontraron un nicho.
En paralelo, fueron tomando la temperatura del público en ferias autogestivas: “Siempre había padres que buscaban otro tipo de lecturas infantiles e incluso docentes que querían otra cosa para sus alumnos”, cuenta Lucía. Gonzalo rememora una imagen célebre sobre estos aprendizajes: una chiquita en un piquete en Esquel con la siguiente inscripción en su remera: “Yo empecé a caminar marchando contra la megaminería”.
¿Qué leen los jóvenes que caminan?

Ritmo Bifo

Muchas Nueces hacía de todo, pero ¿y sus libros? “Las primeras reuniones dejamos en claro que queríamos trabajar más Bifo (se refieren a intelectual italiano Franco Bifo Berardi, teórico de las formas de producción de la comunicación), de otra forma que no sea al ritmo del capital”, dice Gonzalo. Traducción: no los corría nada ni nadie. Lejos de significar un relaje, los Muchas Nueces creen que generó más responsabilidad sostenida en el tiempo: “Si un eslabón fallaba, fallaba todo”.
La decisión del ritmo propio fue una cuestión de (auto) gestión: “No queríamos invertir plata ni deberle nada a nadie”.
Aprovecharon sus turbios contactos para vender en ferias libros editados por lavaca, la editorial independiente El Colectivo y los dos infantiles que habían recolectado: La dulce victoria y Nosotros dijimos no, sobre la experiencia del No a la mina en Esquel. Así y durante año y medio, lograron juntar gran parte de la plata para la edición de su primer libro: Con Tucho no hay tachos.
“Nos parecía bueno tener la obra para cuando ya la gente conociera a Muchas Nueces”, dice Lucía. Gonzalo hace un cálculo optimista: “A esta altura nos conoce más gente que la cantidad de libros que podemos llegar a imprimir”.
Sobre el primer libro: “Donde otros ven basura, Tucho ve juguetes”, adelanta Lucía del cuento, subtitulado Un cuentito sobre el reciclaje. Pero este no es el reciclaje estilo Gobierno de la Ciudad: “Tucho no está pensando en el reciclaje: juega con chatarra porque le parece útil”.
Gonzalo: “Tucho no pierde el proceso de armar el juguete, juega con algo propio”.
Tucho asiente con la cabeza.

Matar a Mickey

Muchas Nueces prefiere no encasillarse en las etiquetas ya gastadas de “temáticas sociales” para definir sus publicaciones, entonces dice que contarán “lindas historias”. Tienen un contra-ejemplo claro en todo esto: Disney. “Los libros de Disney, que enseñan los números en el final, el Tío Rico se queda con toda la guita”, aseguran sobre las lecciones de ética y moral de la editorial del imperio.
Hay una batalla cuerpo a cuerpo que se impone en todo esto: Mickey vs. Tucho. “Así como la revista Barcelona nació diciendo que quería destruir a Clarín, Muchas Nueces quiere matar a Mickey”, declaran sin miedo a las represalias. Fuera de broma: “Nosotros queremos competir”.
Muchas Nueces escribió dos cartas de presentación, una más formal y otra en el estilo surrealista de “cadáver exquisito”. En la primera (la segunda, busquenlá: es mucho más clara), plantean que los chicos no son objetos de mercado sino sujetos activos, a quienes los atraviesa la realidad. Esto está escrito por estudiantes de antropología, pero de alguna manera hay que decir que los chicos son chicos, pero no idiotas.

El risoto y la risa

Además de lo recaudado en las ferias, los Muchas Nueces lanzaron una campaña de reciclado a la que invitaron a amigos y enemigos a aportar papel, que luego vendieron. “Queríamos que Tucho, que habla del reciclado, tenga reciclaje encima”. En el medio, Kafka se dignó a darles su matrícula como cooperativa de trabajo. “Nos faltaba un puchito para imprimir y nos habíamos puesto el tope de fin de año”, cuenta Lucía. “Y queríamos festejar la matrícula”. Lógico: hubo fiesta. Para recaudar y para encontrarse con la gente que los había visto crecer. Un sábado, en una terraza, cocinaron un risoto en olla popular para más de 60 personas, hubo música en vivo, rodaron un cortometraje y siguió la fiesta. Esa que les hace decir, cuando el cronista pregunta si quieren agregar algo: “Sí: que nos divertimos mucho”.
El libro sale en diciembre.

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