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El mayor pecado

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La obra de León Ferrari. Más de 10 mil obras que hoy nadie puede ver esperan tener un lugar y un reconocimiento a uno de los mayores artistas argentinos. Sus nietas están a cargo de cuidar ese legado que hoy, en pleno reinado del Papa Francisco, resulta incómodo.

La última obra de arte del genial León Ferrari es un desafío: mirar toda su creación a través de los ojos de sus nietas. Ellas lo cuentan así: “Cuando nació mi mamá los médicos la declararon muerta. Un sacerdote le dio la extremaunción y le dijo a nuestro abuelo: tiene que aceptar la muerte. Pero él no la aceptó. Movió cielo y tierra y descubrió que en Italia había una posibilidad de salvarla. Contra todas las opiniones y bajo su responsabilidad, la cargó en brazos y se subió a un avión. Ese avión hacía escalas, pero nuestro abuelo convenció a todos los pasajeros, a la tripulación y a los controladores para que volara directo a Florencia. Y mi mamá se salvó. Nuestro abuelo siempre nos repetía una frase, que es la que nos motiva todos los días: ´Si alguien te dice que algo es imposible no lo escuches. Si yo lo hubiese escuchado ninguna de ustedes estaría acá hoy´. ¿Entendés lo que significa? ¡Desvió un avión! Después de esa experiencia, imaginate: podés hacer cualquier cosa. Nosotras estamos hechas de eso. Es como si León nos hubiera parido. Por eso, no nos sentimos sus herederas, sino parte de su obra”.

La emblemática imagen del cristo crucificado en el avión cobra así un significado diferente. Es cierto que León Ferrari creó esa obra en tiempos de la guerra de Vietnam y para expresar el indignado dolor que le producían las imágenes de aquellas comarcas incendiadas con napalm, los niños ardiendo por el fuego que regaba un ejército desde el cielo. Pero no es menos cierto que su fe en el otro, los otros, era tan fuerte, tan decidida y tan testaruda porque sabía que era posible cambiar el rumbo de un avión en pleno vuelo.

Hoy, sus nietas enfrentan otro imposible. ¿Quién puede ver la obra de León Ferrari en pleno reinado del Papa Francisco?

La respuesta es clara.

La respuesta es nadie.

Un brindis por el Papa

Este año debería montarse una retrospectiva de homenaje a León Ferrari en el Museo de Bellas Artes. Así se lo habían anunciado a sus herederas, pero hasta ahora no se concretó. Es fácil especular por qué la demora: la última restrospectiva fue en el Centro Cultural Recoleta, en 2004, y provocó rotura de obras, clausura y reapertura de la muestra por parte de la justicia y uno de los mayores debates de la historia del arte argentino sobre la libertad de expresión, el rol del Estado y la tutela de la Iglesia católica. Todo lo que sucedió en esa muestra está resumido en el libro El caso Ferrari que detalla los pedidos de censura, las movilizaciones (es antológica la foto que muestra la movilización encabezada por la agrupación Hijos separada, apenas por unos metros, de la organizada por el fundamentalismo católico; una frente a otra, como dos ejércitos civiles blandiendo banderas de libertad uno, y cruces el otro), fallos judiciales, titulares de diarios y el veredicto final: León Ferrari fue indeminizado. El dinero lo donó a la CHA para su campaña por la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario.

La minuciosa reconstrucción de todo este terremoto cultural, social, jurídico y mediático deja en claro quién inició la cruzada contra la muestra: el entonces arzobispo de la ciudad de Buenos Aires, cardenal Jorge Bergoglio, al que el mundo hoy conoce como Francisco, desde que fue consagrado Papa.

“El día que se difundió la noticia mi abuelo se levantó de su silla de ruedas, abrió una botella de champán y brindó. Estaba feliz. ´Es perfecto´, nos decía. ´Todo cierra´”.

Via Crucis

La historia de León Ferrari abre con la obra de su padre Augusto, un arquitecto, pintor y fotógrafo italiano, especialista en “panoramas”, un estilo artístico muy particular que consistía en obras enormes, montadas como escenografías que reproducían grandes momentos de la historia. Augusto se instaló durante 12 años en la provincia de Córdoba, dedicado a construir iglesias y colegios católicos. Luego, ya en Buenos Aires, continuó construyendo y pintando frescos en ámbitos religiosos.

León fue el tercero de sus seis hijos. Estudió Bellas Artes, pero también ingeniería y entre esos dos torrentes navegó durante varios años, durante los cuales formó una familia, tuvo tres hijos y crió una forma de hacer arte político, participando de experiencias que hicieron la historia, como Tucumán Arde. También comenzó a trabajar sobre un tema que lo obsesionaba: la religión. ¿Cómo se puede adorar una fe cuyo símbolo máximo es una herramienta de tortura?, repetía para explicar sus obras.

La dictadura partió su vida en dos. “A fines de 1976 nuestro abuelo evaluó que estaban en riesgo y decidió exiliarse con toda la familia”. El único que no lo siguió fue Ariel, su hijo menor.

Ariel había trabajado como laboratorista en el diario Noticias, estudiaba Sociología y era militate montonero. “Nuestro abuelo se enteró de que secuestraban a las familias como forma de presionar a los militantes para que se entreguen. Convocó a todos y armó la salida. De un día para el otro dejó casa, trabajo, obras. Eran un montón. Cruzaron por Iguazú y en plena huida, ahí mismo frente al río, agarró unos alambres y se puso a trabajar en una escultura. Hoy todo el mundo habla de las esculturas de alambre de León, como un material característico de su obra, pero ningún crítico señala lo importante: León creaba porque se moría del dolor. Y con ese dolor llegó a Brasil. Su obra cambió. Los ves claramente: si observás un dibujo del 62 y otro del 76 notás la diferencia en el trazo. Son dibujos tremendos. Paralelamente a estos dibujos, comenzó con los collages”. De esa época son dos series muy poco difundidas: una la llamó Algo habrán hecho y otra, Nosotros no sabíamos, cuyo material básico son recortes de prensa.

Ariel desapareció el 25 de febrero de 1977. Tenía 25 años. “Imaginate que durante los primeros 2 ó 3 años de su estancia en Brasil nuestro abuelo no sabía qué habia pasado con su hijo y se desesperaba buscándolo, pero desde el exilio. Ahora encontramos unas cartas de esa época y nos costó descifrarlas porque muchas están en código. En esas cartas le cuentan, por primera vez, que Ariel estaba en el departamento de un integrante de Montoneros en Villa Devoto y cuando salió a la puerta lo esperaba un grupo de tareas que integraba Alfredo Astiz, que lo balea ahí mismo. Luego, llevaron su cuerpo a la Esma. León hizo entonces un habeas corpus increíble. Es la primera y única vez que usa el término “espíritu”, por ejemplo, porque uno de sus argumentos es lo que representa el arquetipo de enterrar a los muertos. Es un habeas corpus único, escrito enteramente por él, que argumenta de todos los modos posibles, desde el arte, desde la cultura, desde lo social y desde lo humano su pedido: verdad y justicia”.

El año pasado, Pablo, el segundo hijo de León, declaró como testigo en la causa que investiga delitos de lesa humanidad cometidos en el centro de detención clandestino Esma y detalló ante los jueces las gestiones que realizó la familia para encontrar a su hermano Ariel, entre ellas ante el cardenal de San Pablo. Y agregó: “Los capellanes de las Fuerzas podrían estar como testigos en esta causa. Mi padre mandó varias cartas a la Curia para que den a conocer las listas de esos capellanes y le respondieron que no tenían esa información”. Pablo exigió también que se abran los archivos de la Iglesia católica, a la que acusó de haber apoyado a la dictadura.

Madonna y el Papa

«Cuando él se exilió podía haber trabajado de ingeniero, era muy bueno en eso. Le preguntamos: ¿por qué no llevaste tu curriculum a las empresas? Y nos respondió: ´Porque fue el momento de decidir que me dedicaba a esto´. Y así fue. A partir de ese momento trabajó en sus obras del día a la noche. Produjo sin parar. Le habían desaparecido al hijo, lo habían echado de su casa y de su país, ya tenía una experiencia de muerte con su otra hija, a la que la medicina casi mata, y en el arte encontró la única manera de no resentirse ni llenarse de odio. Nuestro abuelo era una persona divertida. Siempre nos decía: ´Si no te reís, lo lograron´. Crear era su manera de burlar la condena al pesimismo”.

Del exilio en Brasil también es la serie de collages aún inéditos con imágenes de Madonna o el Papa como íconos de una época de stars. Miradas hoy, podría decirse que León Ferrari anticipó la lógica de las portadas de la revista Rolling Stone. También de esa época es su serie sobre la violencia sobre el cuerpo femenino, que desnuda con imágenes de revistas, esas biblias modernas que consagran la cosificación de las mujeres. Imagino que se corresponden con la llegada de sus nietas mujeres.

Ellas cuentan, entonces, que son hijas de padres sordos orales (¿otra clave para entender por qué la obra de Ferrari se detiene tanto en la palabra?), y que apenas terminaba el ciclo escolar, las subían a un avión, con un cartelito colgando del cuello, para llegar hasta el abrazo del abuelo, con el que pasaban varios meses, hasta el regreso escolar. “Nosotras crecimos en su taller y así debería ser para todos la infancia. Y lo comprobás: cuando generás un contexto que te permite crear, el artista aparece. Aparece tu voz, tu línea, tus colores. Darles un valor superlativo a unos creadores por sobre otros no es una operación para valorar talentos, sino para darle precio a lo que así se genera: es una operación del mercado”.

En cuanto al lenguaje, aclaran: “Mi abuelo se propuso hablar de lo innombrable. Damos por obvio el lenguaje, pero el lenguaje es una construcción histórica. Su obra pone en evidencia esa trama. Por eso te sentís tan identificado. Él nos lo decía todo el tiempo: ´Esto lo podés hacer vos´. Nos hizo entender así que todos somos creadores”.

Diez mil obras

León Ferrari murió el 25 de julio de 2013. Tenía 92 años, había producido más de 10.000 obras y había tomado la decisión de dejarlas a cargo de sus nietas. Creó, entonces, una fundación y las puso a cargo.

Tener un legado es un tesoro, pero también un peso. ¿Cómo lo alivianan?

No lo sentimos como un peso. Es como cuando nos preguntan cómo es ser criadas por padres sordos. Y nosotras no sabemos cómo es ser criadas de otra forma. Crecimos con la obra de nuestro abuelo desde siempre. No sentimos su peso. Cuando mi abuelo estaba vivo nos sentíamos más agobiadas, por miedo a equivocarnos. Pero ahora nos dimos cuenta de que nos preparó toda la vida para esto.

¿Por qué?

Porque sabemos que lo que suceda con este legado no depende de nosotras, sino de la sociedad. Este es el momento que estaba esperando la obra de nuestro abuelo. Que la persona que lo censuró sea el nuevo Papa, que es una figura con la que León ha dialogado durante tanto tiempo y durante tanta obra, le da a su trabajo una nueva clave. Y esa clave es: ahora.

¿Ahora qué?

Nosotras no funcionamos como las herederas ni como sus representantes. Estamos intentando crear una forma nueva. Partimos de la obra concreta de León, pero para hacer otras cosas: estamparlas en telas que estaban en la basura de La Salada, que entregamos a una cooperativa para que cree piezas que den identidad, belleza, placer, todo a partir de un proceso transparente, claro, en medio de un sistema de producción tan brutal y oscuro como el que soportamos hoy. Productos que respeten ecología, derechos, tengan un precio justo y apoyen una causa social, además de que sirvan para sostener un proyecto artístico. Partimos de trabajar con la obra de León, para armar una red con otros artistas, con proyectos sociales y con la gente.

¿Y cómo ponen en marcha esos proyectos?

Autogestionándonos, coordinando con otros grupos, artistas, cooperativas, personas, instituciones. Es más difícil con las instituciones, porque te ofrecen apoyo porque les interesa tal obra en particular, pero no todo lo que León Ferrari representa. Nos ayuda la época. Hay una realidad muy actual: cada vez más personas se expresan a través del arte. La sociedad se está expresando desde allí. Pero las instituciones siguen funcionando como si esa producción saliera de unos pocos iluminados, de una elite. Lanzan una beca para 100 artistas y se presentan 9 mil. ¿Qué pasa con los 8.900 que no reciben nada? Algo pasa con la escala. ¿Y? ¿Cómo contenemos esa necesidad? León fue uno de los tantos artistas que vendían el auto para poder bancar su obra, pero ese sacrificio tiene que resignificarse para que una nueva generación pueda encontrar en el arte una forma de vida digna, no miserable.

¿Cómo lograrlo?

Nosotras tenemos claro que la Fundación debería ser una herramienta para promover eso. Si pensamos, por ejemplo, en un Museo León Ferrari, lo pensamos como un lugar que tenga residencias para artistas, movidas sociales: como un todo. Pero lo cierto es que en estos momentos, lo básico y prioritario de la Fundación es el cuidado de la obra de León, pero también el cuidado de su esencia. Porque si la opción es colgar todo en el Museo Fortabat, no va.  Sentimos que esta obra es patrimonio de la humanidad, es una creación social, parte de nuestra historia. Es una obra que manifiesta que no nos gusta el dolor, la injusticia, la tortura, el abuso, el hambre, la dominación de las mujeres . No importa si te gusta o no tal cuadro, si se vende a millones o a un peso o si es gratis: lo que importa es que representa nuestra forma de plantear que no estamos anestesiados, que reaccionamos frente a las imágenes que consagran la violencia y el sufrimiento con otras imágenes que señalan que, al menos, tenemos que dedicarnos a pensar si queremos eso. Son formas de reflexionar sobre el lenguaje y estructuras de pensamiento y cómo las simbolizamos. El arte como forma de no dar por obvio que la violencia sea el único modo posible de relacionarnos.

El tesoro oculto

Ahora mismo la Fundación está instalada en el Club Atlético Fernández Fierro, casa de la Orquesta Típica y cooperativa, cómplice de la movida que traerá al poeta y performer brasileño Arnaldo Antunes, protagonista de una clínica de arte y de una “estampida”: así bautizaron las leonas las jornadas en las que estampan obras de arte en las prendas que lleva el público.

“Podríamos habernos limitado a vender obra, pero ese no es el legado de nuestro abuelo. Nuestra tarea es hacer fiestas, clínicas de arte, encuentros, estampados masivos, armar redes, todo con la misma idea: el arte es una producción social y todos tenemos derecho a disfrutarlo. Nuestro trabajo, entonces, no se limita a la obra de León Ferrari. Muchos artistas nos conocen desde bebés, saben qué pensamos y qué construimos. Nosotras podemos decirles que nos den los derechos de imagen de una obra porque saben qué vamos a hacer a partir de ahí: nos creen. No hay interés de lucro. Podemos evaluar una estampida o una retrospectiva en un museo, pero lo importante es que, hagamos lo que hagamos, pase algo, tenga un efecto social. La obra de León fue concebida como un campo de batalla. El arte es una herramienta que él usó para transmitir su sensibilidad sobre temas que investigó, conceptualizó y sobre los cuales tomó posición. No salen de la nada. ¿Una herramienta para qué? Para transformar la realidad”.

Estamos sentadas en la casa que fue el taller de León Ferrari, en el barrio de Once, rodeadas de obras y obras que cuelgan de las paredes, se acumulan en estantes, se multiplican acá y allá, en el piso de arriba, en el patio y en la terraza. La cantidad y el desborde, la belleza y la crudeza de todas y cada una dejan en claro que es imposible que no exista en este mundo un espacio capaz de albergarlas como corresponde: a la vista de todas y todos.

La explicación de esta privación de libertad está en esa cruz con la cara de Videla, aquel inodoro con la cara del obispo Quarraccino (que en tiempos de la dictadura ocupaba la Catedral porteña que luego albergó a Bergoglio), esos cientos de tanques de juguete comandados por un cristo redentor también de plástico o aquella colección de imágenes de yeso que está acomodada en los estantes de la cocina, donde conviven diablos, santos y otras pequeñas devociones.

Está claro que juntas iluminan la actualidad con una intensidad capaz de hacer arder museos.

Él lo advirtió: todo cierra.

La pregunta, entonces, quema: ¿quién libera?

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