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Dos imágenes de la locura

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Pape Mateos y Belén Revollo. Él es fotógrafo y delegado en Clarín. Ella trabaja en un canal comunitario de Villa Soldati. Ambos sufrieron la represión en el Hospital Borda. ¿Qué pasó después?

Dos imágenes de la locura

Desde que llegó al Hospital Borda hasta que la policía la detuvo, Belén Revollo estima que sólo transcurrieron 15 minutos. Como mucho. Sus compañeros de En Movimiento TV, el canal comunitario de Villa Soldati que forma parte del Movimiento Popular La Dignidad, la habían despertado temprano para avisarle que estaban demoliendo el Taller Protegido 19 y que fuera a cubrirlo. Ella, que es jujeña pero vive en Barracas, cerca del hospital, todavía no había encendido la televisión.

Al llegar, percibió el clima de tensión, pese a que las oleadas de represión parecían haberse detenido. Notó que había varios cordones policiales. Mientras programaba su cámara y tomaba algunas fotos, observó cómo la policía rodeaba a un camarógrafo. “Me acerqué para que sientan que él no estaba solo y que alguien estaba registrando lo que estaba pasando. Cuando empecé a sacar fotos de cómo lo empujaban, una policía me agarra del brazo. Levanto la mano y me identifico como prensa. Inmediatamente vino un oficial de apellido Roth -que es el que después todos vimos por televisión- pelado, con boina y lentes oscuros, me agarra del cuello y dice: ´Llevala por resistencia a la autoridad´.

Swat porteño

El comisionado de la Policía Metropolitana Martín Roth, retirado de la Federal (donde fue integrante durante 10 años del GEOF), era jefe del Área Destacamentos de Operaciones Especiales Metropolitano (DEOM). Según consigna él mismo en su perfil de la red social Linkedin, la DEOM era una únidad táctica similar a Swat, versión porteña. Fue apartado de la fuerza. En diciembre, el juez Jorge Adolfo López, en un fallo que sobreseía al jefe de Gobierno de la Ciudad, Mauricio Macri, y otros funcionarios porteños (todos revocados en abril por decisión de la Sala IV de la Cámara del Crimen, que sostuvo que los sobreseimientos eran “prematuros”), procesó a Roth por abuso de autoridad y lesiones leves. Su accionar puede apreciarse en muchas fotos y filmaciones del día de la represión, disparando fervientemente contra médicos, trabajadores, pacientes y periodistas. Incluso hay una imagen de Daniel Dabove, fotógrafo de Télam, que registra el preciso instante en el que detiene a Revollo.

La fotógrafa señala que llegó al Borda entre las 10 y las 11 de la mañana. “Ya habían pasado dos oleadas de represión y ya se había destruido el taller. Después me enteré que en una de esas oleadas fue cuando se llevaron detenido a Pepe Mateos”.

Tenés un balazo en la pera

El día en que lo iban a reprimir, José Pepe Mateos bajó las escaleras de su casa de Barracas, al sur de la Ciudad de Buenos Aires, con la cabeza puesta en la muestra fotográfica que iba a presentar en Berlín. Una sensación agridulce lo invadió mientras pisaba los escalones. “Está todo muy tranquilo”, pensó, sospechando del parsimonioso viernes 26 de abril de 2013. Llegó al diario temprano. “Era un día medio raro. No había nada”, recuerda. El único hecho de magnitud parecía ser el que estaban mostrando varios canales de noticias: el operativo de la Policía Metropolitana dentro del Hospital Neuropsiquiátrico Borda para garantizar la demolición del Taller Protegido 19, donde los pacientes aprendían oficios, para la posterior construcción de un Centro Cívico. “Voy a ver qué pasa”, anunció.

Primero distinguió los dos grupos. Por un lado: el de choque de la Policía Metropolitana, con cascos y escudos; por el otro, profesionales del Borda, pacientes y sindicalistas. “Desde lo personal, tengo como una idea de no involucrarme, pero en ese momento sentí mucha indignación, porque vi los dos lados y era imposible no indignarte”. Entendió, también y rápidamente, cuál era el objetivo del operativo: impedir que pacientes, profesionales y gremialistas detuvieran a las topadoras que ya habían comenzado a demoler el pabellón. “Lo importante era fotografiar la demolición.La fotografía tiene un peso simbólico muy fuerte, y eso ellos lo tuvieron muy claro aquel día: estaban levantando un cerco de chapa para que nadie se acercara”.

Pepe se obsesionó con buscar la foto de la topadora y la demolición. “La carga estaba ahí”. En ese momento comenzó otra oleada de represión, los sindicalistas y trabajadores intentaron pasar, la policía lo impidió, el grupo policial levantó sus armas, y Pepe sintió un golpe en la cara : balazo de goma en el mentón.

Tras ese choque, Pepe se encontró con Ricardo Pristupluk, fotógrafo del diario La Nación. “Tenés lastimado”, le advirtió a Mateos. Pepe le señaló su ombligo. Pristupluk se levantó la remera y notó que tenía la misma marca en el abdomen.

Ambos aprovecharon que los oficiales metropolitanos estaban concentrados en la represión para adentrarse en la demolición. Corrieron, saltaron las chapas, pasaron ante la vista de los obreros que los miraron desconcertados y, cuando llegaron, Pepe desenfundó la cámara. No tuvo éxito: mientras disparaba la foto, un policía lo agarró del brazo. La imagen se tomó y fue la última. Salió movida.

“Le pegaste a un policía, estás detenido”, le anunció el oficial. Mientras intentaba procesar esa orden, tres efectivos le cayeron encima. Lo tiraron al suelo, le doblaron los brazos, le hundieron la cara en la tierra y le clavaron la rodilla en la nuca. La cámara de fotos aún la tenía colgada y al hacer presión contra el piso, se le clavó en las costillas. “Me dolieron un mes”, recuerda ahora.

Malabares por un mensaje

Belén Revollo intentó sacar alguna foto, pero los efectivos la esposaron por la espalda, le quitaron el teléfono y la cámara y la arrastraron hasta un furgón. Arriba del vehículo le cambiaron las esposas por precintos, que le lastimaron las muñecas. Allí se encontró con la trabajadora del SENASA y dirigente de ATE nacional, Carina Maloberti, y la delegada del Hospital Garrahan, Cristina Díaz Alem, que usaba un bastón para caminar y fue arrastrada por más de dos cuadras por cuatro policías mujeres. “Detrás mío llega el papá de un interno que me cuenta que, mientras estaba siendo arrastrada, vio que un policía sacó un bastón para pegarme por atrás y él se puso en el medio para que no pegara. Entonces lo agarraron a él, lo tiraron al piso, le pegaron y se lo llevaron al furgón”.

Los efectivos le devolvieron la cámara y el teléfono cuando se subió al vehículo. La cámara se la colgaron. “Dámela”, reclamaba la fotógrafa. El oficial respondió: “No te puedo tocar”. Revollo recuerda ese momento y se ríe: “Es muy gracioso que me dijeran eso después de haberme arrastrado”. El celular se lo pusieron en el bolsillo trasero del pantalón. Cuando cerraron la puerta e iniciaron la marcha hacia la comisaría, ella y Maloberti, ambas de espaldas, trataron de mandar mensajes de texto, marcar teléfonos y llamar. La sindicalista se agachaba para poder hablar, recuerda Revollo. “Gracias a esas llamadas y mensajes, nuestros contactos se enteraron que estábamos ahí. Una vez que llegamos a la comisaría de la comuna 4 nos volvieron a quitar todo”.

Estuvieron más de siete horas detenidas en calabozos separados. “Había otra enfermera, que estaba muy golpeada, que es diabética, pidió asistencia y no se la dieron”, señala. Revollo recuerda el alivio que sintieron cuando oyeron los bombos fuera de la comisaría. Esa presión, dice, posibilitó las liberaciones, en la agonía de la tarde.

Hola, Vidal: me reprimieron

Fue una cosa inesperada, que ahora pienso y no la puedo entender”, dice Mateos. El preciso instante en que los policías lo tiraron al suelo y lo llevaron esposado fue registrado por su compañero de aventuras de aquella tarde, Ricardo Pristupluk. Esas fotos fueron subidas al portal de La Nación. “Menos mal, porque después no me hubiesen creído”, sostiene Pepe.

El SAME lo llevó al Hospital Argerich. En medio de una telaraña de nervios, una médica le sugirió que se lavara la cara. Tenía toda la frente lastimada. Una vez afuera, se dirigió al Hospital Británico. Estuvo dos días internado, con suero.

Mientras Mateos estaba con su hija en el hospital, lo llamó María Eugenia Vidal, vicejefa de Gobierno porteño. “Le digo: yo no discuto con ustedes si es lógico o no la construcción de un Centro Cívico, pero si llegan a ese nivel de confrontación es porque, evidentemente, fallan en la negociación o no pueden negociar o lo que tienen que hacer no es negociable”. Por su parte, Vidal le echó la culpa al sindicato.

Una vez que cortó, su hija lo miró y le dijo, implacable: “Fuiste muy amable”.

Esto no se fotografía

Lo primero que hizo Belén Revollo cuando salió de la comisaría fue levantar en alto su cámara de fotos. “Al fin y al cabo me detuvieron por haber hecho mi trabajo”, reflexiona. Creía que la pesadilla había terminado, pero lo peor vendría meses después, cuando llegó a su casa una cédula judicial que le informaba que estaba imputada por los delitos de ataque, resistencia a la autoridad y lesiones. Los oficiales habían alegado que ella les había gritado “facho hijo de puta”, y que los había golpeado. Con el paso del tiempo, las pericias y las pruebas, dos imputaciones cayeron: quedó procesada por resistencia a la autoridad. “Pensamos que un proceso así era absurdo porque no cabía duda social que toda la ilegalidad del procedimiento fue responsabilidad del Gobierno de la Ciudad, pero acá estamos todavía”, sintetiza Revollo.

“Después de todo lo que me pasó elaboro una hipótesis.En la dictadura, al principio, desaparecían personas sin que nadie supiera nada, pero después se empezaron a mostrar operativos a través de la prensa para generar terror. El mensaje era que si te metías, podías desaparecer vos también. Creo que con la represión en el Borda pasa algo por el estilo. Es decir, por lo general, el hecho de ser prensa a veces te salva, pero ahí fue al revés: la prensa fue golpeada como el resto de las personas. Incluso, en algunos casos, más. No es casual: permiten que se vea la violencia represiva, incluso cómo te golpeo a vos que la fotografiás, porque lo que quiero mostrar es la impunidad que tengo”.

Clarín o proceso

Pepe Mateos fue detenido bajo el cargo de resistencia a la autoridad, pero no fue procesado. ¿Por qué? “Cuando me sacaron las esposas llamé al diario, el diario se comunicó con (Guillermo) Montenegro (ministro de Seguridad porteño) y se ve que evaluó que no era conveniente tener entre los procesados a un trabajador de Clarín”. A pesar de haber sido excluido, sigue pendiente de la causa. “No es coherente que los procesados sean gremialistas y trabajadores. La violencia estuvo del lado de la policía y es eso lo que debe la justicia debe investigar”. Revollo concluye: “Nos dimos cuenta de que los medios comunitarios estamos muy desprotegidos y que tenemos que hacer algo concreto para que no criminalicen más nuestro trabajo.”

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