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Desde adentro

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Zona de Humo. Una obra que interpela temas como el encierro, tla locura, los vínculos y otros desquicios actuales.

Desde adentro

Verónica Mc Loghlin con los tres protagonistas de Zona de Humo

Rejas, oscuridad, sirenas penetrantes, ruidos de llaves, portazos fuertes y  humo de cigarrillo. ¿Es una cárcel? ¿Un neuropsiquiátrico? ¿Un hospital?  Desde la primera imagen, Zona de Humo nos confronta con la idea de que cualquier institución de encierro posee las mismas marcas ambientales,  inquietantes e inhóspitas. “La obra transcurre en un lugar de encierro de esos que, para mí, te aislan más de lo que te integran y te enferman más de lo que te curan”, nos dice Verónica Mc Loghlin, la directora. Ella  estudió actuación en el IUNA y dramaturgia muchos años con Marcelo Bertuccio,  hoy uno de los protagonistas de su creación. En cuanto comenzó a escribir sus obras, se animó a dirigirlas. “Mi camino fue actuar, escribir y dirigir, en ese orden. Todo parte de actuar: pienso desde ahí siempre. También trabajé mucho tiempo como asistente de varios directores. Esa fue para mí una educación no formal muy importante. Me sirvió para aprender a analizar cómo miran los otros”, cuenta Verónica. 

Rejas, drogas y después

El programa de la obra lleva escrito: “Una historia entre hombres contada por una mujer”. Los protagonistas son tres hombres, pero la sensibilidad que configuró ese mundo carcelario proviene de las huellas en la vida de una mujer. Verónica vivió la situación de tener que ir a visitar a un familiar muy cercano a un neuropsiquiátrico y, al mismo tiempo, en esas malas rachas que a veces nos toca atravesar, su abuela vivió un herpes cerebral que le afectó la memoria. Verónica cuenta: “Mi abuela tuvo que volver a aprender los nombres de todos pero, por ejemplo, nunca se olvidó las oraciones religiosas. Eso me llevó a preguntarme sobre el universo que implica la memoria y su importancia”. Esas experiencias la atravesaron, se combinaron  y resultaron en ella una potencia creativa.

A partir de estas situaciones Verónica  abrió un sinfín de interrogantes sobre el universo del aislamiento que hoy forman parte de una puesta en escena artística muy fuerte. Primer elemento: el título. Zona de humo por un lado refiere al vínculo en esos ámbitos, donde lo único que tienen permitido es fumar y al mismo tiempo da pautas sobre lo nebulosa  que se vuelve la vida en las celdas. “La obra cuenta lo poco claro que es todo en los lugares de encierro. Es un ambiente que no tiene límites claros y donde el vínculo con el otro tampoco es claro. Se genera la nebulosa que implica estar en esta situación en la que no se ve bien qué pasa”, cuenta  Verónica.

Segundo elemento: las drogas. “Cuando fui al neuropsiquiátrico y vi lo que sucedía me empecé a preguntar por el poder de la droga. ¿Para qué te sirve? ¿Te domina en qué aspecto? ¿Con la medicación estás socializado y si no no lo estarías? Encima los médicos no te explican claramente, son muy reticentes con la información, porque total vos no vas a entender. Uno termina sin saber bien qué le están haciendo al propio cuerpo”. A su vez, el proceso de medicación y de encierro se vincula directamente con la pérdida de memoria, ahí es donde aparece la otra historia: su abuela. “El personaje principal está medicado: está preso en su propio cuerpo. Ya ni siquiera sabe quién es, pierde su memoria y su identidad”, resume Verónica.

Tercer elemento: los guardias. “El personaje del guardia habla sobre la falta de libertad que tienen los trabajadores en ese tipo de instituciones. Hay un guardia que supuestamente es la conexión con el exterior, pero en realidad, ¿cuál es ese exterior? Los guardias de esos lugares son otros presos más. Están encerrados en una rutina muy similar. Duermen ahí y comen ahí. Están todo el día adentro de ese ámbito y se vinculan mucho con los internos. Tienen un poco más de autoridad, abusan de eso, y al mismo tiempo generan vínculos poco claros”.

Cuarto elemento: las rejas. El espectador ve la obra a través de ellas. “La reja es la primera imagen que tengo de ese neuropisiquiátrico. Es la primera pregunta que me surgió: ¿Por qué esa reja me separa de vos? ¿Quién dice que vos tenes que estar adentro y yo afuera? ¿Estamos todos encerrados? ”

La imaginación a escena

Verónica produjo siempre sus obras de forma independiente y cuenta que si bien ha recibido subsidios de Proteatro, el Fondo Nacional de las Artes y el Instituto Nacional del Teatro, los montos son insuficientes para cubrir una obra. “El teatro independiente está acostumbrado a hacer magia con los presupuestos. Le pedís una madera a tu tío, un filtro de luz a otro y así. Además, los subsidios no admiten honorarios: son sólo subsidios a la producción. Esto se vincula a que el teatro independiente no está tomado como un trabajo profesional”, explica Verónica que no se queda en la queja y propone: “Creo que si no hay dinero para todos habría que repensar una estrategia, porque puede no ser dinero lo que uno necesita. Por ejemplo, nos podrían ayudar a través de convenios con lugares de ensayo, con imprentas para programas y con salas”.

Verónica da clases para niños de escuelas públicas en el proyecto Teatro en la Escuela del gobierno de la Ciudad: un programa de educación y arte vigente con distintos nombres desde hace más de veinte años que está siempre a punto de ser cerrado. “Corre riesgo de desaparecer desde que existe. Estamos muy precarizados, no tenemos suplentes si nos enfermamos: somos contratados. Es un programa que se viene sosteniendo a pura lucha”. ¿Por qué resistir en un espacio con semejante situación laboral? Verónica me contesta: “Resistimos porque creemos que es realmente valioso. Son chicos que tienen necesidades básicas no resueltas y numerosas problemáticas cotidianas, entonces lo expresivo está en el último lugar y es realmente un lugar de sanación. Es un espacio donde se genera identidad; son escuchados; se pueden expresar; y, sobre todo, donde pueden imaginar. Yo creo que los chicos necesitan lugares donde puedan imaginar. Si ellos pueden imaginar otra cosa, esa otra cosa puede existir”.

Le comento que en su obra aparecen justamente la imaginación y el afecto en un lugar donde no había. Se sonríe mientras acaricia su hermosa panza de embarazada y dice: “Es porque yo creo en eso. Me dedico al teatro porque me sirve para pensar que otra realidad es posible. El tema es si nunca tenés esa experiencia y todo es siempre un bajón. Pienso que si uno tiene la experiencia, aunque sea por dos segundos, de que algo puede ser distinto, entonces lo puede replicar en otras circunstancias. También creo que esa imaginación se logra colectivamente, se hace con un otro. Solo no se puede. Puede pasar hasta en una celda: te libera el encuentro con el otro”.

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