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El otoño del patriarca

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María Galindo visitó Buenos Aires para presentar su nuevo documental Trece horas de rebelión, que revela las grietas de la cultura patriarcal. Su obra, nacida en la calle, llega este año a la Bienal de Venecia.

María Galindo

Tu nuevo documental 13 horas de rebelión es una tesis sobre el principio del fin del patriarcado. ¿Cuáles son las señales de esa decandencia que señalás?

Se trata de fenómenos paralelos que son masivos y muy interesantes. Son fenómenos a los cuales, como feministas, no les estamos dando la lectura política que merecen y que estamos dejando que la tarea de distorsión de lo que está aconteciendo esté en manos de los medios. Por ejemplo:

Pienso en procesos como la impugnación de la división sexual del conocimiento. En Bolivia, tú encuentras prácticamente una toma del sistema educativo por parte de las mujeres: los colegios nocturnos están llenos de mujeres que van en busca del bachillerato; los institutos técnicos y las universidades públicas, también. Muy especialmente se puede ver mujeres jóvenes incursionando en terrenos que eran monopolio masculino hasta hace 5 ó 10 años.

Pienso en procesos de apropiación de la pregunta de la maternidad como una pregunta personal, existencial y no como una respuesta obediente al mandato social de tener que ser madre. La presencia del aborto como una opción para cientos y cientos de mujeres, a pesar de su penalización, a pesar de los riesgos que implica. Me parece un fenómeno de ejercicio de soberanía de hecho, desde el campo de la ilegalidad inclusive.

Pienso en múltiples formas de emancipación económica por parte de las mujeres al interior del tejido de la economía informal, con respuestas y creación de formas de subsistencia que implican la pelea cotidiana por el espacio público, la conversión de la calle en un medio de subsistencia, e inclusive en una morada fundamental, que llega al punto de transformar el sentido mismo de grandes porciones de ciudades importantes.

Pienso en la exploración de sus cuerpos y de su sexualidad por parte de mujeres jóvenes, para quienes la virginidad no es un valor y el sexo no representa ya la donación de sí mismas, ni la posesión absoluta por parte de sus parejas.

Pienso en la masiva incursión de mujeres en la prostitución. Una incursión trágica, que pone en la vía de la comparación a prostitución versus matrimonio; que pone en una vía de comparación a prostitución versus acoso sexual en el empleo y que nos lleva a preguntarnos sobre el lugar de las mujeres dentro del empleo formal.

No digo que estos resquebrajamientos sean versiones nítidas, ni mucho menos virtuosas. Son resquebrajamientos donde hay mucho que trabajar, porque las mujeres en estos procesos están desconectadas unas de otras, sin construir colectividad. Muchas veces están inmersas en estos procesos sin el tiempo suficiente para reflexionar y verbalizar lo que están protagonizando y por eso quedan, en la mayor parte de los casos, como fenómenos subterráneos no explicitados. Lo que me perece importante es establecer el hecho de que el discurso machista de sometimiento, de disciplinamiento, no recae hoy sobre las mujeres así como se espera, sino que hay cualquier cantidad de fenómenos que nos indican que hay un proceso de darle la vuelta a todo ese discurso patriarcal. Es un proceso intuitivo, errático, contradictorio, ilegal, alegal, en muchos casos anti estatal y subterráneo.

Uno de los capítulos de tu nuevo documental interpela directamente a la masculinidad. Otro de los capítulos, al mito del macho proveedor. Planteás una bella frase: “El machismo es debilidad y no fortaleza”. ¿Qué sostiene todavía a ese machismo en los hombres o notás que ha comenzado a ser cuestionado por ellos mismos?

En la realidad, lo que percibo es un aferrarse por parte de los compañeros a la identificación con la generación de sus padres, a la complicidad masculina en torno de la dominación y la supremacía masculina. Parte de la violencia machista la veo como una revancha masculina muy fuerte frente a la rebelión de las mujeres. En los hombres no percibo cambios, ni deseos de cambio, sino muchísimo miedo.

Retratar la violencia

Otro tema central del documental es la violencia. ¿Cómo podemos abordar el tema de la violencia para politizarlo? ¿Qué estrategias discursivas y de imagen construyen una herramienta política capaz de terminar con la violencia machista?

Creo que tenemos una gran responsabilidad en dar una respuesta a la inmensa cantidad de mujeres -que vienen masiva y mayormente de sectores de clase media para abajo- y que todos los días denuncian violencia machista. Tenemos la responsabilidad de conocer los casos, estudiarlos, buscar los elementos comunes. Y replicar todos los días los contenidos de esa violencia. Hoy en Bolivia, por ejemplo, desde el Estado sale un discurso demagógico reiterativo, muy fuerte, en torno de la violencia machista: se la llama “violencia de género” que, además, pretende retratar a las mujeres nuevamente como sujetos pasivos que necesitan protección y tutelaje. Es nuestra responsabilidad feminista interpelar al aparato judicial, policial. Potenciar y organizar las estrategias de lucha contra la violencia. Creo que debemos trabajar en torno de la revictimizacion y el victimismo que impulsan los medios comerciales de comunicación. Nosotras hemos montado una escuela de autodefensa y formas de denuncia bastante efectivas, que ponen el foco en el hombre violento y que no involucran el nombre de la víctima. Realizamos lo que ustedes llaman “escrache” a través de la radio y nos dedicamos a denunciar a las autoridades que, en el aparato judicial, se parcializan a favor de un hombre violento. Es una interpelación de todos los días. A mí, particularmente, la marcha Ni Una Menos organizada en Argentina me parece que marca un hito muy interesante en la politización del tema, pero no puede quedar ahí.  Creo, además, que son especialmente importantes todos los casos de violencia que involucran a hombres con poder. Ahí tenemos también mucho trabajo que hacer, porque las mujeres que sufren violencia ejercida por esos personajes tienen menos posibilidades de obtener justicia y, al mismo tiempo, nos permite romper con la idea del hombre violento como sinónimo del trabajador de la construcción o el desempleado. Me preocupa muchísimo sacar una conclusión errada, porque como son las mujeres de sectores populares las que más fuerza y de forma más masiva están dispuestas a denunciar violencia, se puede caer en una suerte de visión clasista y racista sobre quién es el hombre violento. Y así, sigamos fomentando la idea del hombre blanco como el príncipe azul.

Politizar el deseo

Otro aspecto importante que señalás es el del placer. Nuestra impresión es que el discurso feminista ha perdido el eje del placer, para centrarse tan solo en las consecuencias de su búsqueda en un sistema que o lo comercia o lo condena, pero en ningún caso deja libre al deseo. Por otro lado, los discursos del Buen Vivir tampoco incluyen el placer como una de sus demandas prioritarias. ¿Cómo podemos trabajar el tema del placer sin caer en facilismos? Es decir, ¿cómo politizamos el deseo?

La gran manipulación de la agenda feminista en torno de ciertos temas y la expulsión del placer de esa agenda es algo que a mí me indigna muchísimo. Y tienes razón: uno de los ejes donde el placer ha desaparecido completamente es en la famosa cantinela de los derechos sexuales y reproductivos, que ha vuelto a fusionar sexualidad y reproducción, cuando habíamos bregado tanto por separar una cosa de otra. También lo hacen las discusiones en torno de las regulaciones del aborto, que solo contemplan la posibilidad de abortar en casos de violación y condenan así, de antemano, la exploración sexual, el embarazo accidental no deseado y tantas otras realidades de todos los días. Para mí la contundencia del discurso del deseo (así se llama nuestra radio) no requiere más adornos. El deseo enunciado, explicitado, gozado y proclamado desde las mujeres, es de hecho político, es de hecho liberador y tiene una gran contundencia. Lo que es cierto es que hay cientos y cientos de mujeres que se han negado completamente al placer. El Vivir Bien en Bolivia sigue siendo una frase sin contenido, y ciertamente jamás contuvo ni remotamente noción alguna de placer sexual.

De la calle al museo

Una de las cosas que siempre queda claro en tu obra es la importancia del espacio público. En esta oportunidad señalaste que la intervención en ese espacio tiene que encontrar un lenguaje que permita el diálogo y la interpelación, pero también que produzca ruptura. ¿Cómo lograrlo?

Ese es el vértigo que tengo siempre que hago un documental. Lo único que tengo claro es que todo se desarrollará en la calle; la comprensión de la calle como espacio público, como espacio político, como escenografía, como marcador de toda la estética. Tú conoces Bolivia y sabes que eso más que producirlo nosotras, lo produce la sociedad en su conjunto. Más bien recogemos y aprendemos. Tú no te imaginas las veces que he observado a una mujer montar su puesto de venta. La calma y detalle con que lo hace. Vivo leyendo la calle, asimilándola , tratando de entender sus códigos y descubriendo sus novedades. La calle en Bolivia es un lugar de ingenio popular, es lo menos monótono que hay, así que salgo a la pesca de estrategias. En cuanto a la ruptura, creo que el ingrediente principal es salir de la actitud misionera de querer transmitir algo, de pretender predicar algo o de pretender la aceptación. La relación con el público no es una relación de oferta, sino una relación en la cual el público se convierte en parte de la acción: ahí está la ruptura. No queremos ni convencer ni complacer.

Estuviste en la Bienal de San Pablo, ahora vas a la de Venecia, ¿ cómo pensás ese tipo de intervenciones en espacios más institucionales del arte?

Eso siempre es un problema porque la institución del arte oficial no es un lugar neutral ni mucho menos: es tremendamente complejo y ser parte de ellos, integrarte, es un peligro. Nunca buscamos ese lugar, sino que fue el mundo del arte contemporáneo que nos fue ofreciendo espacio, debido a una serie de cuestiones que tienen que ver con la fuerza de nuestros lenguajes y la originalidad de nuestras propuestas, pero también con la propia crisis al interior de esos universos. Por eso hemos tenido la suerte o el privilegio de haber trabajado con gente de mucho nivel y muy crítica, y desde ya he tenido muchísimo cuidado de poner muy claras mis condiciones. Todo lo que hago en Bolivia es por convicción, gratuito, y aunque no necesito mucho para sobrevivir, muchas veces estos contratos además de procurarme dinero para producir -que es otra cosa que difícilmente encuentro- me ha permitido estar tranquila años enteros. Sin embargo, no dejo de ser muy escéptica y muy crítica con estos escenarios y estas invitaciones: las evalúo muchísimo. Me invitaron a exponer en el hall de ingreso del Banco Mundial en Nueva York y dije que no. Muchas veces dije que no. No creo que el objeto simbólico que produzcas no vaya a ser devorado por el aparato, sino todo lo contrario: el aparato del sistema arte devora absolutamente todo, sin que nada se salve. Por eso, para mí lo importante es la trascendencia que tiene mi trabajo en Bolivia, la huella política que vamos trazando y que hoy es imborrable. Ahora te confieso que me da un gusto crearle tanta desazón a la intelectualidad boliviana, que me desprecia y que nunca accede a esos espacios y no se explica por qué ni cómo una loca como yo lo hace. Para la última edición, el Ministerio de Culturas mandó a los curadores de la Bienal de San Pablo una carpeta gorda de artistas bolivianos con la inocente intención de que alguno más estuviera, pero las cosas no funcionan así.

En Argentina estamos en ese momento tan especial que crea la campaña electoral en la agenda pública, ¿cómo intervenir en ese ruido para introducir temas tan urgentes y siempre postergados como lo son esos derechos que solo el Estado puede garantizar? Pienso fundamentalmente en el aborto.

Por lo general, percibo los tiempos de campaña electoral como tiempos de secuestro político, donde no hay posibilidad de abrir nada con dignidad y con espacio. Cuando hay campaña política en Bolivia, nosotras ni siquiera grafiteamos porque es una pérdida de tiempo y los aparatos partidarios no te dejan ni respirar. La lucha por el voto en Bolivia es idiota, es proselitista y es anti ideológica. Sé que muchos grupos piensan lo contrario y suelen hacer debates e intentar acomodar ideas y compromisos en tiempo de campaña. Nosotras no lo hacemos. Creemos que los momentos para instalar ideas son los momentos de crisis política, los momentos del cotidiano, de la política del aburrimiento. Salir cuando no lo esperan, así como surgió la marcha Ni Una Menos, en respuesta a una sensibilidad social que emergió desde la vivencia de la gente y no desde la agenda del poder.

Por último, ¿por qué 13 horas?

La idea es hablar de una rebelión prolongada, que es larguísima, que te puede suponer más de medio día o más de media vida. La idea es entender que la rebelión de las mujeres es una rebelión de largo aliento, muy sazonada, que ha tomado mucho punto, mucho sabor antes de salir a la luz. Por eso 13 horas, 13 días, 13meses 13 años, como dice una canción. La rebelión de las mujeres tiene que dar algún fruto importante porque está siendo gestada en procesos muy, muy largos. No es una rebelión explosiva que despierta y luego se apaga de inmediato. Tiene otro ritmo vital y un nivel de profundidad misterioso.

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