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Damián Verzeñassi, organizador del Congreso hace un balance de este encuentro: qué es la ciencia hoy, para qué y para quién trabaja. Cómo se logró financiar, qué conclusiones deja y por qué lo sintetiza como un abrazo. Lecciones de cómo cuidar la salud de la resistencia.

Damián Verzeñassi

«Este congreso es como un partido de rugby”, dice el médico Damián Verzeñassi, juez y parte del evento. “Cada uno tiene su posición en la cancha, pero en un determinado momento hay que hacer un scrum, porque si no el equipo contrario avanza”. Damián habla de rugby, pero su actitud de estos días parece futbolística: tira el centro y va a cabecear.

Su equipo está conformado por estudiantes de Medicina de la Universidad Nacional de Rosario, donde Verzeñassi es docente en la cátedra de Salud Socioambiental y responsable de la Práctica Final de la carrera, que consiste en realizar estudios epidemiológicos junto a y en distintos pueblos del país. Los llamados “campamentos sanitarios” son la demostración empírica de lo que se habló en el Congreso de Ciencia Digna, durante la semana de junio en que el equipo rosarino se juntó con otros jugadores para hacer un scrum. El partido que están jugando implica las siguientes tácticas: salir de la facultad, pisar el territorio, poner al médico cara a cara con el pueblo, aplicar una medicina integral, producir datos científicos para la comunidad, hacer un diagnóstico de la realidad, motorizar cambios.

Queda claro que está en juego ganar, pero jugando dignamente.

Algo de esto habrá contagiado a la Universidad Nacional del Chaco Austral, de la localidad de Roque Sáenz Peña, de donde convocaron a Verzeñassi para ser decano de la carrera de Medicina. Allí se abre otra trinchera, a la que se suma el revolucionario plan de estudios de la carrera de Medicina de la Universidad de La Matanza. “Si las enfermedades se contagian, la alegría también se contagia”, dirá Damián, como filosofía terapéutica.

La ciencia digna también parece contagiarse, como demuestra la replicación del modelo de estudios que empezó en Rosario hace 12 años y que se esparce por el país, y como demuestra este nuevo Congreso.

El abrazo

¿En qué momento estamos?

Desde la facultad lo que siempre quisimos hacer fue estimular los encuentros, pero no por una cuestión poética -que no estaría mal-, sino porque sin encuentros no es posible la marcha en conjunto. Entendíamos que estábamos acá haciendo unas cosas, otros haciendo otras cosas en otros lugares, pero que en los territorios están los polos de lucha, muchas veces soportando la más absoluta soledad. Porque el 100% de las comunidades no está todavía de acuerdo en la lucha por la defensa de nuestro territorio y nuestra vida. Entonces, cuando empezamos a pensar los congresos de Salud Ambiental, los proyectamos con la idea de que sirvan como esa especie de área de descanso: un descanso activo. Un descanso que permite recargar energía a partir de encontrarnos con otros que están en luchas similares. Nos estamos re-descubriendo, nos estamos re-encontrando y fortaleciendo. Quienes están ahí al acecho para castigarnos, para silenciarnos, para instalarnos el miedo a querer hacer, a querer pensar, el miedo a hacer diferente, lo han hecho muy bien a lo largo de cientos de años, y en los últimos cincuenta años particularmente bien. Los proyectos genocidas están más vigentes que nunca hoy en el mundo. Siento que en este encuentro esto fue puesto arriba de la mesa y lo que necesitamos hacer ahora es advertirlo y abrazarnos.

Señalás que ese trabajo de desgaste y de desmoralización el sistema lo hace muy bien. ¿Se trata de mejorar, entonces, la calidad de la resistencia?

De ir más al fondo, en todo caso. En este congreso nos pusimos como eje poner en discusión qué es la ciencia. Esta pregunta estuvo presente en casi todas las mesas que se hicieron y no fue casualidad: fue puesta ahí, justamente, porque lo que tenemos que debatir es ése paquete tecnológico, ese paquete científico, esa herramienta de dominación que se instaló en el lugar de la “ciencia”. La ciencia dogmática, la ciencia hegemónica, la ciencia de la modernidad sustentable, que se presentó como la única posible para poder justificar desde ahí un único modelo y una única forma de entender el mundo posible. Eso debe ser contrarrestado con trabajos de calidad, con trabajos serios, con trabajos cargados de pasión, porque sin pasión el mundo y la ciencia no pueden existir. Trabajos que se propongan construir otros saberes, otros conocimientos, a partir de los intercambios y a partir, fundamentalmente, de recuperar la palabra y el entendimiento con el otro, con el diferente, porque tampoco es posible avanzar solamente con los que pensamos igual.

Ciencia y conciencia

Raúl Zibechi plantea que no existe la “ciencia digna”, sino los científicos dignos. Los chicos del EMISA de Universidad de La Plata sumaron la idea del afecto como motor de cualquier investigación. Y en otra mesa se relató que se hace difícil trabajar con científicos, si éstos, por ejemplo, son golpeadores de mujeres. Más que la ciencia, o incluida la ciencia, todo indica que es el tejido social lo que hay que reconstruir…

Creo que lo que existen somos los seres humanos que podemos o no asumir con dignidad el rol que nos toca vivir. Quienes asumen con dignidad su tránsito, su paso por esta forma de vida, y quienes deciden hacerse los distraídos para poder pasarla bien. Creo que nosotros tenemos que recuperar… En principio, tenemos que recuperar la humildad. Mientras sigamos creyendo que somos el ombligo del mundo, mientras aquellos que hacemos ciencia, los que estamos en la academia, los que estamos en los movimientos sociales, los que estamos haciendo nuestra actividad cotidianamente, creamos que los únicos buenos que estamos haciendo las cosas bien somos nosotros, el enemigo va a avanzar y nos van a seguir destruyendo tal como nos destruyen actualmente. Me quedé pensando en esto de los científicos dignos: uno no puede ser digno si es soberbio, y nosotros muchas veces lamentamos sentir esto entre nuestros compañeros, nuestros amigos, aquellos con quienes debemos construir, porque si bien podemos compartir algunas perspectivas del mundo, pareciera que en vez de estar en una construcción colectiva de una sociedad mejor, estuviésemos discutiendo la marquesina de una obra de teatro de la calle Corrientes. Este Congreso intenta convocar a pensar desde la humildad cúal es nuestro rol y cúal es la posibilidad real que tenemos de aportar, en serio, a construir otra sociedad. Quizá eso sea ser digno.

¿Esto incluye salir, necesariamente, de la ciencia tal cual como está encasillada hoy?

Es que los científicos, si no empezamos a dejar de ser los científicos y empezamos a ser parte de las comunidades, estamos fritos. No se puede hacer ciencia digna sin conciencia y agregamos: no se puede tener conciencia sin sentimientos. Los sentimientos son inherentes a la cuestión humana, aunque nos hayan querido convencer de lo contrario. Recuperar los sentimientos es un paso fundamental para recuperar el sentido de la vida y la dignidad.

¿Cómo se transmite eso, que no es un saber, sino una sensibilidad, una mirada?

Nosotros tenemos en la facultad de Ciencias Médicas de Rosario un lema que hemos instalado a partir de nuestra gestión: la solidaridad se contagia. Entendemos que si las enfermedades se contagian, la alegría también se puede contagiar, la solidaridad se puede contagiar, el amor también. El contagio no es una mala palabra. El contagio tiene que ver, también, con este compartir, con este intercambiar. No hay contagio sin intercambio, no hay intercambio sin compartir, sin espacio común. Me parece que estamos en un momento histórico y político en el que o nos animamos a intercambiar lo que sabemos, o no va a haber posibilidad de que nos pensemos como especie por mucho tiempo más. Quizá parece sombrío, quizás lo es; no hay, al menos desde nuestro punto de vista, un margen muy grande para seguir haciéndose el distraído.

Frente a esta idea del futuro negro, ¿cuáles son los presentes alentadores?

No es posible plantearse una estrategia terapéutica adecuada si no se tiene un diagnóstico adecuado y correcto. Y para hacer un diagnóstico correcto, lo que no se puede  hacer es ocultar la realidad. Cuando uno tiene que hacerse un análisis y dice: ‘dos semanas antes dejo de comer con grasas para que me de bien’, uno se está mintiendo. ¿Qué sentido tiene ese análisis? Este encuentro estuvo pensado para arrancar con diagnóstico sombrío y cerrar con experiencias concretas que demuestran que es posible, porque ya se está haciendo, construir otro tipo de territorio, otro tipo de realidad, a partir de la condición y el diagnóstico acertado de cuál es el momento histórico que estamos viviendo. No irnos con la idea de que está todo mal, porque sí: está todo mal, pero también estamos nosotros, intentando construir otra cosa.

La expulsión universitaria

¿Qué autocrítica puede hacerse de los sistemas de ingreso para que la universidad pública y la ciencia sean menos expulsivas?

Todas las otras facultades de Medicina del país, salvo Rosario, tienen un sistema de restricción en el ingreso que es extraordinariamente elitista, que se sostiene en una lógica darwiniana de la supervivencia del más apto, y que nada tiene que ver con estimular el compromiso social, con estimular una vinculación amorosa entre el que aprende y el que enseña. Ojo: no digo entre el docente y el estudiante, sino entre el que aprende y el que enseña. Rosario es hoy un ejemplo de enseñanza de la medicina con calidad desde la masividad: tenemos el ingreso más importante del país. Rosario en este momento tiene más estudiantes brasileños estudiando medicina que la facultad completa de Londrina o la de Campiñas. Curitiba tiene en toda su facultad de Medicina, menos estudiantes que nosotros en los tres primeros años. No digo que esté mal ni que esté bien: es un dato objetivo. En medicina lo llamamos un signo: un signo de que algo pasa. ¿Hay que venirse hasta Rosario para poder estudiar medicina teniendo la facultad en Tucumán, en Mendoza, en Córdoba o en Salta? Nos hace pensar que algo está ocurriendo. Si no tenemos estudiantes de medicina en Salta, en Formosa, en la Patagonia, bueno: tenemos que comenzar a preguntarnos qué estamos haciendo. La universidad pública necesita hacer esa autocrítica, que evidenciaría el reconocimiento de que asumió como propio el discurso y la lógica del mercado, la oferta y la demanda, para definir la política de ingreso en sus universidades. Escuché esta semana a muchos disertantes criticar a esta ciencia del paper, a esta ciencia productivista que se nos ha impuesto y me preguntaba ¿cuántos papers publicó Albert Einstein? ¿Su aporte es cuantitativo o cualitativo? ¿Cuántos trabajos científicos tiene publicados en revistas internacionales Galileo Galilei? Me imagino a un Copérnico siendo evaluado como se evalúa hoy a los científicos: ‘Ah, no: vos hace cuatro años que no publicás  nada nuevo, aparte de que la tierra gira alrededor del sol, así que te quedas afuera de la universidad’. Esta es una lógica absolutamente anti científica.

Todo bien con los Copérnicos y los Galileos, pero pienso en estudiantes como Nicolás o Giovana, que están arrancando el oficio, y no sé si publicaron papers, pero  sí que fueron a varios campamentos sanitarios. ¿Cómo validar social y académicamente otro tipo de trabajos de investigación, para que sean otros los valores que generen el reconocimiento?

Esto que decís para mi es vital porque desmitifica que los logros son individuales. Si nosotros podemos hacer la Semana de la Ciencia Digna con más de 530 inscriptos y  más de 70 panelistas invitados sin un solo centavo puesto por ninguna industria de nada, simplemente es porque la gente que vino pagó su inscripción, porque hay una decisión política de la facultad de apoyar esto con presupuesto propio, porque los docentes de la Práctica Final donaron parte de lo que ganaron como sueldo del año pasado para que el congreso pueda realizarse y porque el área de formación docente que tenía presupuesto asignado decidió que se destine no solo para formación docente, sino para toda esta semana. Eso es solidaridad y es compromiso político. Nosotros pudimos hacer esta Semana, entonces, no porque haya una persona que es super inteligente y es capaz de todo: la hicimos porque hay 65 voluntarios, estudiantes en su gran mayoría, que juntaron las faltas de todo el cuatrimestre para poder estar esta semana acá o se fueron cubriendo para poder venir en las horas que no estaban cursando, aunque dentro de 15 días tengan examen final. Pudimos hacer esto porque tenemos un compañero en la Práctica Final que, mientras tanto, está garantizando los campamentos sanitarios; porque tenemos en Servicios Ambientales otro compañero garantizando el cumplimiento de la materia que ininterrumpidamente se dicta desde el año 2004, cuando en la facultad todavía éramos oposición y no teníamos todo el apoyo institucional. Pudimos hacer esto porque tuvimos un área de formación docente que definió que no se puede formar a los docentes como si estuviesen en una burbuja: tenemos que formarlos desde el entendimiento y el compromiso con lo que está ocurriendo a partir de que lo vean, por eso era tan importante que estuvieran viéndolo a Fabián Tomasi, dando testimonio sobre su enfermedad producida por los agrotóxicos, y a los vecinos de Concordia que estuvieron presos por haber defendido el derecho a la salud y la vida y por haber impedido el avance de los camiones de fracking. Se puede hacer porque la Facultad de Ciencias Médicas sigue teniendo un equipo de gente que está en condiciones de llevar adelante no sólo este congreso, no sólo esta semana de ciencia digna, sino la actividad cotidiana, esa que hace necesario que cada dos años necesitemos encontrarnos y mostrarnos lo que hacemos unos a otros para  darnos un poco más de fuerza. Nada de todas estas cosas las sabíamos hacer antes: las fuimos aprendiendo, haciéndolas. Que las acciones vayan antes que la posibilidad de teorizar no significa que esas acciones estén construyendo una revolución. Esa revolución es, también, parte de la construcción de una nueva teoría. Hubo 11 países acá, casi todas las provincias, movimientos sociales de todo el país, de todos los movimientos afectados por los modelos productivos: me parece que eso también hace a una construcción diferente de la ciencia, de las universidades, de los saberes. Vale la pena, entonces, tomarnos unos días para escucharnos, para replantearnos lo que hacemos y redefinir estrategias del avance colectivo.

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