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La salud del modelo

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Semana de la Ciencia Digna en Salud: La Facultad de Ciencias Médicas de Rosario albergó durante una semana a investigadores, médicos, trabajadores de la salud, estudiantes, periodistas e integrantes de movimientos sociales que intercambiaron sus trabajos y experiencias. El diagnóstico de un país enfermo por el modelo agrotóxico.

«Monsanto tomate el palo”, dice uno de los carteles pintados a mano que está apoyado en la escalinata de entrada a la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario. La frase es un grito y una práctica que los estudiantes y algunos docentes de la Facultad vienen llevando a cabo desde que comprobaron, haciendo relevamientos epidemiológicos en las comunidades, el daño que causan los agrotóxicos en la salud, el medioambiente y, también, en la ciencia.

“Hacemos con alegría cosas terriblemente serias”, dice la remera naranja de un voluntario del Encuentro, uno de los 65 estudiantes que se guardaron las faltas del cuatrimestre para poder trabajar estos días, y que además pagaron la inscripción como cualquier hijo de vecino. Su gesto es el corazón de este encuentro de ciencia y de vida, dignas, que durante la semana del 15 de junio reunió científicos, médicos, profesores, estudiantes y militantes de movimientos sociales de nueve países latinoamericanos, que escucharon las 530 personas inscriptas para hacer un diagnóstico del estado de la ciencia actual y de su relación con una enfermedad terminal: el modelo extractivo.

El programa empezó con diagnósticos sombríos de la realidad del modelo extractivo, siguió dándole la palabra a los afectados, y terminó en la búsqueda de alternativas y resistencias para un buen vivir.

La postal actual

El Congreso arrancó el martes 16 con perspectivas que ampliaban el mapa argentino e invitaban a pensar los problemas domésticos en clave global y geopolítica. Tanto el uruguayo Raúl Zibechi como la francesa Marie Monique Robin –ambos periodistas- plantearon que el modelo extractivo mundial se dirige hacia un punto de colapso.

Zibechi comparó el impacto en la salud de las actividades extractivas con la peste negra y Marie Monique Robin habló del “mayor escándalo histórico de la industria química”.

Zibechi: “Para el modelo extractivo los pueblos son un obstáculo. En el modelo desarrollista del que venimos, la población era un recurso básico, porque en una punta de la producción había seres humanos y en la otra punta -la del consumo- había seres humanos. Hoy en día ninguna de las dos cosas son necesarias”. Luego profundizó su hipótesis en una charla con MU:

Soja y políticas sociales: “Argentina es un país que se ha desindustrializado. Entonces, una parte del excedente que da la soja se trasvasa para políticas sociales. Y a través de eso consiguen aquello que el modelo no puede dar. ¿Qué es lo que sí da el modelo? Una gran cantidad de población subempleada o en empleos absurdos, precarios. Entonces, las políticas sociales remedian aquello que hoy ya no funciona en la economía industrial. Esa es la forma de mantener a una enorme cantidad de población, casi 5 millones de personas, enganchadas a una prestación que no resuelve sus problemas de vida, pero que aliviana su sobrevivencia cotidiana. Y eso tiene un efecto general -a nivel macro- domesticador, pacificador. Y a nivel micro, crea una ilusión de que hay un Estado de bienestar”.

La industria imposible: “El mundo se ha complejizado. Un modelo industrializador, en esta situación, implicaría una estrategia de inversiones en áreas muy puntuales. Y que deberían poder competir con la industria asiática, sobre todo con China, que tiene un importante desarrollo tecnológico y una mano de obra muy barata. Hoy en día la industria argentina apenas puede sobrevivir produciendo partes de vehículos para la industria brasileña. Pero buena parte de esa industria sólo se dedica a ensamblar partes que fueron importadas, por una cuestión de costos y de saberes que se han perdido”.

Producción y especulación: “Ya no vivimos en un mundo de producción sino de especulación financiera. ¿Qué quiere decir esto? Los grandes capitales ya no están en la producción, sino en la especulación. ¿Por qué? Porque en la producción -sobre todo la fabril- los obreros llegaron a un nivel de poder lo suficientemente grande como para bloquear la acumulación de capital, sobre todo en Occidente. Entonces, al bloquear la acumulación de capital en las fábricas (con el Cordobazo, el Rosariazo, las huelgas obreras del 75) el capital huye hacia el sector financiero. Eso es lo que ha pasado en los últimos 30, 40 años. El modelo minero y el modelo sojero son modelos de especulación. En el caso sojero es muy claro: los que producen no compran las máquinas, las alquilan; no compran las tierras, las alquilan. Sólo compran la semilla y el glifosato, que son propiedad de las corporaciones. Las silobolsas son la imagen de la especulación misma. Las fábricas, los frigoríficos, las textiles de principios del siglo compraban la tierra, levantaban un edificio, compraban las máquinas, la materia prima y contrataban obreros. Y toda esa inversión esperaban amortizarla en 10 años. Hoy la soja recupera lo invertido en 3 meses. A eso llamo un modelo especulativo, y no productivo. Al extractivismo hay que considerarlo como parte de lo que es Wall Street: un sistema de capital es un gran casino que hoy se instala acá, mañana allá y juega sus fichas hoy a la soja, mañana a la construcción, pasado a los bancos”.

Pollos y desafíos: “En el año 45, cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial, el 80% de la población mundial era rural. Hoy es urbana. Y ha crecido exponencialmente: ya estamos en 7.000 millones; en el 45 era menos de la mitad. Entonces, si esa enorme población es urbana y no cultiva la tierra, las grandes multinacionales crean la agricultura industrial. La gente perdió el control de los alimentos. Cuando yo era chico, vos comprabas un pollo al que veías vivo, lo mataban, lo pelaban y te lo vendían. Hoy en día un criadero que tenga menos de 10 mil pollos no existe. Son pollos de kilo y medio que crecen en dos meses, con la luz prendida todo el día y que necesitan antibióticos para no enfermarse. Y todo es así. ¿Por qué? Porque no te sirve cultivar 10 metros de lechuga: tenés que cultivar 8 cuadras de lechuga. Estoy en contra de pensar que todo esto es algo que cranearon las multinacionales y los Estados para jodernos. Sin duda eso existe, pero también existe la gente que desea consumir. Es una cultura muy fuerte, difícil de cambiar, y menos va a cambiar sólo porque cambie un gobierno”.

Extractivismo y macrismo: “¿Cuál sería el escenario si ganara Macri? Bueno, probablemente la ley de semillas se aprobará más rápido, o ciertas políticas serán más implacables de lo que ya son. Pero el modelo no va a cambiar. Es más: lo que le conviene a las multinacionales es que sigan los gobiernos progresistas. Porque si ahora hay una cierta oposición al modelo, si gobernara Macri por ahí estaría La Cámpora cortando calles. Y no porque les interese el medio ambiente o la salud de la gente”.

La derecha: “Por otro lado, la clase media característica de la sociedad del Río de la Plata se partió: una parte cayó en la pobreza o en la clase media baja, y la otra parte ascendió. Esa parte es el macrismo, que tiene un piso del 30%. Quiere decir que hay un 30% de la sociedad que no necesita políticas sociales, que puede cambiar el coche, que puede irse de vacaciones al exterior. Ya no es un 10%: son 10 millones. Eso es la derecha argentina”.

La vida: “En abril estuve en una  asamblea de Paren de fumigar, en Santa Fe, y ahí dijeron algo muy interesante: ‘Cuando hablábamos del medio ambiente, rebotábamos. En un momento dijimos vamos a hablar de salud y todo cambió’. Al hablar de salud tuvieron retorno de la gente. Tampoco creo que sea un movimiento por la salud: es un movimiento contra el modelo y por la vida. Prefiero decir que es un movimiento anticapitalista o contra el modelo extractivo, que es el modo que asume el capitalismo en esta etapa histórica: el capitalismo enferma. Y esto lo que ha producido es una conciencia, pero no una conciencia de libro, sino una conciencia real, de la gente. Es una reacción ante el genocidio. Creo que la gente ha ido comprendiendo, poco a poco, que el modelo actual es un modelo que los aniquila. Lo de Malvinas Argentinas, en Córdoba, es un punto de inflexión porque allí se iba a instalar la planta más grande de Monsanto a nivel mundial. Y que no pueda hacerla marca un cambio cualitativo”.

Las salidas: “Un cambio no puede producirse sin una crisis social, económica y política de envergadura. Lo que estoy planteando es la dificultad para que salgamos del modelo. Esa dificultad, que no es imposibilidad, es un espejo que nos hace mirarnos entre nosotros. Estamos en una prisión, digamos, que es el modelo extractivo. ¿Qué vamos a hacer? Los afectados y los que estamos más o menos fuera, tenemos necesidad imperiosa de trabajar juntos. Tenemos que formar alianzas y vínculos estrechos. Porque al modelo lo podemos vencer en base a vínculos horizontales entre nosotros y los afectados, con el objetivo de que la alambrada la podamos tirar un día desde los dos lados”.

El riesgo genético

En los últimos días del Encuentro se concentraron las exposiciones de científicos que presentaron trabajos que explican cómo los agrotóxicos afectan la salud. El más contundente fue el que mostró la científica Delia Aiassa, de la Universidad Nacional de Río Cuarto, quien dirige la investigación de Riesgo en daño genético por exposición a plaguicidas desde 2006.

Aiassa presentó los resultados de una serie de investigaciones que su equipo realiza con trabajadores rurales cordobeses, y también adelantó algunos datos de un trabajo con niños expuestos a agrotóxicos. Sus estudios demuestran cómo los agrotóxicos dañan el material genético y pueden llevar a contraer, entre otras enfermedades, cáncer. Explica: “Si el daño ocurre en células germinales podemos decir que va a repercutir en problemas reproductivos, en enfermedades hereditarias y en  malformaciones genéticas. Y si ocurren en células somáticas puede dar origen a un determinado cáncer. Allí está la relación entre el daño que podemos estar encontrando y cómo se puede manifestar”. Para establecer esa relación el equipo de la Universidad de Río Cuarto evalúa la ruptura que se produce en los cromosomas y en las particiones de los micro núcleos, especificidades que no vienen al caso, pero que la doctora Aissa se encarga de explicar didácticamente.

El equipo, además, no cuenta tan solo con científicos de laboratorio y de territorio, sino con otros dos pilares a tener en cuenta: la legislación y la educación. Explica Delia Aiassa: “Más allá de estudiar mediante pruebas de genotoxicidad el potencial que tienen de causar daño esas sustancias químicas, el objetivo es la prevención. Y eso está totalmente ligado a la legislación que tenemos en nuestra provincia, que no contempla, por ejemplo, los estudios toxicológicos que deberían realizarse los aplicadores de plaguicidas. Y por otro lado, la educación que reciben esos aplicadores”. Aiassa mostró luego en un power point los trabajos realizados para determinar el daño genético causado por exposición a agroquímicos:

“De 100 trabajos analizados encontramos que 73 reportan resultados positivos. Es decir que hay una relación de aumento en el número de esta aberración genética en personas que están expuestas a sustancias agroquímicas”.

En los trabajos de campo realizados en Argentina los números se reducen, pero la tendencia empeora. Son diez trabajos, tres con floricultores de la provincia de Buenos Aires, y los otros –los de Aiassa, Fernando Mañas y el equipo de Río Cuarto- con aplicadores de Córdoba y Santa Fe. “De 10 monitoreos, 9 dieron diferencias significativas entre expuestos y no expuestos. En aplicadores cordobeses, en cuanto aberraciones cromosómicas, la diferencia es de 1,5 veces superior al valor de referencia y un 1,75 mayor para micro núcleos”.

Sobre la investigación con niños: “Es el primer reporte que existe sobre esta población”, aclaró Aiassa. Los resultados que adelantó: el 40% de los niños ambientalmente expuestos sufren algún tipo de afección que se asocia a la exposición crónica de agroquímicos. Los más frecuentes son los síntomas respiratorios o asociados: manchas en piel, picazón, lagrimeo.

Por último, mostró la recopilación de datos obtenidos en un relevamiento epidemiológico en dos localidades:

Río de los Sauces: 34 hogares de trabajadores rurales (146 personas): en el 34% de los casos se aplica alrededor de la vivienda. Los plaguicidas más usados declarados fueron glifosato, cipermetrina, 2-4d, endosulfán, atrazina y clorpirifós. El 53% no recibió información sobre los efectos. El 35% sufrió casos de intoxicación, de este porcentaje, el 83% entre personas que aplican plaguicidas. En el 47% de los hogares se informaron casos de alergía y asmas”.

En Las Vertientes: El 26% se aplica alrededor de las viviendas. El 92% no recibió información sobre los efectos. El 8% informa casos de intoxicación, 74% en personas que aplican plaguicidas.

Sobre las enfermedades y afecciones relevadas, el 42% señaló  irritación y erupciones en la piel, el 7% asma o bronquitis crónica, el 2% cáncer, y lo más llamativo: 27 de 110 mujeres en edad reproductiva tuvieron un aborto.

Aiassa concluyó: “No se puede discutir más que los agroquímicos no tengan capacidad de producir efectos adversos en el material genético. Más allá de la susceptibilidad de las personas, hay poblaciones en riesgo”.

El mundo según Robin

Marie Monique Robin es la autora de El mundo según Monsanto, entre otros documentales y libros vinculados a la producción de alimentos y el modelo extractivo. Otro de sus títulos es Argentina, la soja del hambre, realizado en 2005. El primer puente que establece es la comparación de aquella visita con esta: “En aquel momento nadie hablaba de agrotóxicos. Los únicos que habían hecho un trabajo muy bueno eran los integrantes  del Grupo de Reflexión Rural. Ahora noto que la sociedad civil, médicos, científicos empiezan a investigar qué está pasando”.

Robin cosechó un método exitoso para comunicar estos temas a mucha gente: realiza un audiovisual y, paralelamente, un libro con el mismo título y contenido similar, y en algunos casos le suma una muestra de arte. “Son medios de comunicación complementarios. El documental sirve mucho porque la gente ve lo que pasa. El libro tiene datos, estudios, más referencias”. 

Actualmente está trabajando en su próxima producción, que se centrará en el herbicida glifosato, como símbolo del modelo extractivo y el envenenamiento de las poblaciones. “Es un veneno que puede afectar el ADN, es un pertubador endógeno (causa de malformaciones y abortos), es un agente antibiótico que acaba con las bacterias del suelo y también de los intestinos, si lo ingerís”. Robin se empecina en marcar estos efectos porque los investigó: “Por un lado, te intoxica con metales pesados y, por otro, te absorbe los buenos metales como el hierro, por lo cual te quedas sin inmunidad”. En su país, Francia, el gobierno decidió prohibir su venta libre, tras la declaración de la Organización Mundial de la Salud que lo señalaba como cancerígeno.

La otra síntesis que encontró de este modelo global se llama Monsanto: “Es un símbolo de este sistema de extracción de recursos. Me alegro mucho al comprobar que las marchas contra Monsanto -que comenzaron en Estados Unidos- ahora se realizan en más de 50 países. Monsanto es el símbolo de un sistema que ya no queremos más. Es muy criminal esta compañía: sabe que sus productos son tóxicos y por eso ha escondido los datos y manipulado estudios”.

“La única opción es la agroecología”, dice sin dudar. Su documental Agroecología: las cosechas del futuro, expone, entre otras experiencias, las huertas urbanas de Rosario “que son un ejemplo a nivel mundial”. En este nuevo paso por el país, estuvo en el acampe de Malvinas Argentinas y se reunió con una parte de las Madres de Ituzaingo. “La agricultura urbana es algo bien concreto. Es la producción de alimentos sanos en la ciudad. Transforma la gente y transforma los espacios. Yo lo vi en Toronto al igual que aquí en Rosario, la gente me decía lo mismo: que es una actividad que les da sentido en la vida. De eso se trata: de rescatar valores comunes, y que la alimentación sea un bien común”.

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