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Trans-formarse

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El movimiento trans ha logrado que Argentina se convierta en un país único en el mundo. No sólo por la sanción de la Ley de Identidad sino por las rápidas consecuencias que esa conquistq tuvo en las vidas de las personas que hasta hace poco tenían como único destino social la prostitución. Cómo impactan estos cambios en toda la sociedad, y qué cuestionan.

Trans-formarse

¿Cómo se cambia el mundo? No ese Mundo de la utópica teoría, sino este que pisoteamos todos los días, eludiendo obstáculos, sorteando noticias de catástrofes y pronósticos aterradores. ¿Cómo hacemos para que este mundo que habitamos juntos no sea igual que el de ayer, ni mucho menos que el de anteayer, si no otro, distinto, que permita otras posibilidades, todas, incluso aquellas que ni siquiera hoy imaginamos?

¿Y si fuera así?

¿Y si fuera esto?

Ponele que el mundo cambia cada vez que alguien se mueve del lugar establecido hacia otro lugar distinto, diferente, desconocido.

Ponele que se mueve un mílimetro. Sería un movimiento imperceptible, es cierto. Pero aun así, algo se mueve.

Ponele que otro alguien también se mueve.

Y otro.

Y otra.

Y así, hasta sumar muchos alguienes capaces de habitar ese milímetro que hasta ayer no sabíamos que existía.

Ponele que ese movimiento es sostenido y así, a puro aguante, el mundo entero ensancha su mirada un milímetro.

Ese cambio ya no mide lo mismo: es enorme.

Nos cambia a todos.

Nos cambia todo.

El ejemplo es torpe, pero quizás alcance para darte una idea de la noticia que queremos darte: cómo cambia el mundo, hoy.

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Una regla que nos permite medir cómo el movimiento trans cambió nuestro mundo es la del lenguaje.

Ni La ni Él.

Ok.

¿Entonces?

“Personas”, dirá Marlene Wayar, una de las más brillantes cabezas de este movimiento.

Si seguimos la regla sintáctica, “personas” tiene por género el femenino plural. Habrá que corregir, entonces, el párrafo anterior: mundos, muchas, otras, todas.

2

La cabeza política de este movimiento es Lohana Berkins. Formada en las más oscuras calles del barrio de Flores junto a la mítica Nadia Echazú, quien luego de morir legó su nombre a la primera cooperativa de travestis del mundo. Lohana se asumió comunista, militante y activista en la etapa de cuestionamiento a los edictos policiales que lograron derogar en 1998, poniendo fin así a los castigos carcelarios a la homosexualidad y la oferta de sexo, que las retenían tras las rejas hasta 21 días, sin intervención de jueces ni defensores.

La mirada de Lohana, entonces, permite  reconocer quién movió el primer milímetro que convirtió lo trans en algo enorme. “Las que comenzaron a revertir todo el proceso fueron las Madres de Plaza de Mayo. Y lo hicieron porque ampliaron el concepto de derechos humanos. A nosotras se nos negaba el derecho a la educación, a la salud, a la vivienda, al trabajo digno, y nuestro único destino social era la prostitución. Pero nadie percibía eso como una violación a los derechos humanos. Ellas fueron las primeras”.

Desde entonces hasta hoy, dirá Lohana, el campo de batalla se fue ampliando hasta abarcar el panorama que sintetiza didácticamente: “El Estado nunca quiere resignar el control de los cuerpos. Y sobre todo, del cuerpo de las mujeres. De lo contrario, ya tendríamos ley de aborto”.

Desde esta perspectiva se comprende por qué la Ley de Identidad de Género, sancionada en 2012, es un trofeo que el movimiento festeja como un triunfo político, ya que implica -nada menos- que ese Estado “acepte la identidad como una elaboración propia de las personas”, dirá Alba Rueda, referente de la organización 100% Diversidad y Derechos.

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Esa ley, dirá Lohana, fue al núcleo de “uno de los grandes problemas que tiene la sociedad y, por ende, nosotras también”. ¿Cuál es? “La creencia de que la biología es un destino”. Explica Lohana: “Si tenés un pene, tenés que ser macho, fuerte, proveedor, padre de familia, no llorar en público y estar siempre dispuesto a satisfacer a una mujer. Y si tenés vagina, tenés que ser delicada, abnegada, madre, sensible y estar siempre dispuesta a obedecer. Esa binariedad todavía nos sigue construyendo. Varón y mujer siguen siendo los patrones de nuestras sensibilidades, conductas y acciones. No es lo mismo ser Juan que Juana y no son los mismos mandatos los que se les impone a cada uno. Eso lo tenemos marcado a fuego. Romper esa binariedad significa resignificar todas las posibilidades de ser. Incluso dentro de nuestro movimiento. A mí, por ejemplo, la palabra trans no me expresa. Prefiero identificarme como travesti porque es una categoría política: me presento en una oficina pública como Lohana Berkins, travesti, y la gente se desacomoda. No sabe si soy un pesticida o un analgésico, pero sí que estoy pronunciando una palabra peyorativa de manera digna porque logré resignificarla. La ley, entonces, desde el punto de vista de la cotidianidad es una ficción: a nosotras no nos matan ni nos niegan un trabajo por ser mujeres, sino por ser travestis. Pero tampoco define nuestra identidad social esa palabra. Habría que crear una nueva categoría política para nombrarnos”.

Para la poeta y cantante Susy Shock lo trans es lo que mejor expresa lo que esta etapa representa: un tránsito. “Nosotras no venimos a decirle a la sociedad: quiero un lugar en tu mesa. Lo que venimos es a cuestionarles qué mesa han construido. Porque de esta construcción binaria varón/mujer, ustedes son sostenedoras y víctimas también. Les venimos a decir: es un bajón ser el varón y la mujer que exigen ser. Y les venimos a decir: pese a todas las represiones que impongan como padres y madres, pese a todas la violencias que descarguen con la justicia y la policía, pese a todo lo que ordenen el Estado, las iglesias y la escuela, el puto, la torta, la trava, van a ser siempre  aquello que sientan. Y lo único que van a lograr es la infelicidad cotidiana de cada persona que habite su mundo”.

Para Marlene, lo trans es una mirada. “En cualquier discusión política que defina objetivos de cualquier tipo de micro o macro sociedad, lo que importa es lo que no somos. Si estoy en el ejército y tengo que matar gente en una guerra, no quiero ser un hombre. Si soy violada, no quiero ser mujer. Porque no quiero ser ni genocida ni víctima. Definir mi identidad como trans me permite ser creativa. ¿Quién dice qué es ser trans? Yo. Lo trans es una posición política. Los chabones a los que les encantan las minitas puede ser trans. Las minitas a las que les encantan los chabones pueden ser trans. Porque ser trans significa tener una ética y esa ética significa ser siempre críticas del mandato social”.

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Ahora acaban de cosechar otro logro: la reglamentación del artículo de la Ley de Identidad que garantiza el “acceso y la atención integral de la salud de las personas trans”. Sintetiza Lohana: “Nos llevó tres años, 5.000 cartas, 7.000 reuniones, presiones y ataques por todos los frentes. Ahora, celebramos”.

Ese ahora dura apenas un brindis: al día siguiente ya están organizando talleres y encuentros para garantizar que esa reglamentación sea una realidad que ellas construyen como siempre: poniendo el cuerpo. Dirá Lohana: “Ir a un hospital y exigir que te atiendan como corresponde es un acto de responsabilidad y de lucha”. Alba Rueda coincide: “La ley es un piso que tenemos que construir nosotras en cada hospital, salita o dispensario público de todo el país”.

Advierte Lohana: “La medicina sigue siendo una de las herramientas disciplinarias del cuerpo de las mujeres más poderosas que tiene este sistema. Y esa medicina es la que proclama que nosotros somos enfermas”.

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El movimiento tiene otra cabeza privilegiada: la de Mauro Cabral. Cordobés, licenciado en Historia, erudito, Mauro nació con ambos genitales y esa condición anatómica marcó su cuerpo y su formación. Fue la medicina la que decidió que sería mujer y lo intervino quirúgicamente para garantizarlo. Ahora, Mauro es un referente mundial que se sienta a la mesa grande de la discusión sobre los protocolos de la Organización Mundial de la Salud. Su tarea actual es lograr, nada menos, que se redacte el nuevo documento sobre la clasificación internacional de enfermedades relacionadas con la salud sexual de las personas. En lo que respecta a lo trans, la categoría que propone la OMS es la de “incongruencia de género”, muy resistida por el activismo, aunque signifique un avance con respecto a lo que rige hoy, que lo categoriza como una patología psiquiátrica. El trabajo que tiene que hacer allí Mauro es estratégico ya que el resultado afectará la vida de miles de personas en todo el mundo. “Estas categorías no solo afectan a las personas con fines medicalizantes, sino que también ordenan los protocolos de procedimientos médicos. El proceso es complejo porque hay casi 50 categorías en cuatro capítulos distintos de ese documento. Nuestra batalla es pensando cómo afectan esos protocolos a las infancias”.

Mauro señala que en ese contexto global “Argentina es el único país donde es posible acceder a la salud sin diagnóstico psiquiátrico”. Es lo que ordena la reglamentación recientemente sancionada, pero no es lo que sucede en los hospitales públicos: en el Durand, por ejemplo, es obligatorio que las personas trans inicien sus consultas en el servicio de Psiquiatría.

¿Por qué nuestro país pudo garantizar con una ley el acceso integral a la salud de las personas trans? Dirá Mauro: “Porque lo garantiza dentro del marco de los derechos humanos”. Es decir, por aquel milímetro que movieron las Madres.

La paradoja que plantea esta perspectiva hecha ley es que su reglamentación ordena algo que la medicina no sabe hacer. No hay en toda la formación de las ciencias médicas una especialidad, materia o cátedra dedicada al cuerpo trans. Y el cuerpo trans, justamente, es un cuerpo intervenido por múltiples operaciones medicinales: desde la ingesta de hormonas hasta las cirugías.

Sin acceso a la salud pública ni a profesionales de la salud especializados, la pregunta que se impone es cómo han hecho hasta ahora las personas trans para medicarse y operarse. La respuesta es la misma que para el aborto: pagando.

El precio no se cotiza solo en dinero. Gabriela, también referente de la organización 100% Diversidad y Derechos, lo sintetiza gráficamente: “Nos cuesta el hígado”. No es una metáfora: la ingesta prolongada de hormonas lo afecta seriamente. No hay estudios ni investigaciones que analicen cuáles son los efectos y, por lo tanto, ningún profesional de la salud está preocupado ni ocupado por encontrar métodos, dosis o tratamientos menos dañinos, aun cuando las personas trans están medicándose desde hace décadas. Esta es solo una de las tantas consecuencias de la invisibilización del cuerpo trans: la ceguera de la ciencia médica.

Mauro dirá: “A la medicina le cuesta mucho pensar que las personas puedan intervenir sus cuerpos buscando fines no binarios”. Es decir, que las personas no quieran tener un cuerpo Varón o Mujer. “Esto significa que, a priori, cree que lo que busca cualquier persona es una intervención quirúrgica para aproximarse a esos cuerpos ideales. Es decir, corregir el cuerpo trans”. Estamos hablando, concretamente, de operaciones que sacan o crean penes o vaginas. Sin embargo, no todas las personas trans desean operarse. “Deconstruir esa patologización del cuerpo trans no es tarea solo de las personas trans, sino de toda una sociedad que se piensa, construye y educa a partir de lo binario”.

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Mauro Cabral, quedó dicho, es cordobés y licenciado en Historia. No. Es mucho más: “Soy alguien que nació en una casa comunista y atea, que fue a la escuela en plena dictadura, que comenzó a militar contra la discriminación homosexual en los noventa y que no cree políticamente central la noción de identidad. Me opongo a una teoría general que explique por qué las personas hacen lo que hacen”.

Dirá Mauro, desde un lugar que trasciende su propia biografía marcada por intervenciones médicas brutales: “La medicina no es lo único que pasa por el cuerpo. El amor, el desamor también lo marcan. Mi cuerpo, sin duda, está marcado por la experiencia de medicalización, pero también por otras experiencias”.

Piensa.

Y pregunta.

“¿En qué experiencias uno conforma el cuerpo que carga?”

Piensa.

Y responde.

“Depende de cómo resignifiques las cosas que te pasaron. Depende de si le diste espacio a la construcción política. Hay un cuerpo que se produce en la lucha, otro que se produce en la escritura, otro en la poesía, otro en el sexo. A uno le pesan distintos cuerpos en distintos momentos de la vida”.

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Maju Burgos es la responsable de haber creado un espacio virtual que reúne a más de 800 personas trans de todo el país. Lleva un año bordando esa red que funciona en Facebook como grupo cerrado bajo el nombre de Mujeres Trans. Comparten ahí experiencias, urgencias, saberes y tareas. “El modelo de organización lo tomé de otro grupo al que pertenezco: Narcóticos Anónimos. Ahí trabajamos con el conceptos de dar diferentes pasos y esa es la idea que tomé: la de dar esos pasos juntas. Funciona como una red de contención y si tuvo tanto éxito es porque era eso lo que estaba faltando. No queremos confrontar entre nosotras porque bastante tenemos que pelear con el afuera. Lo que necesitamos es un espacio común para compartir experiencia por experiencia”.

Un ejemplo: Maju se hizo esa operación que la medicina denomina “reasignación de sexo”. Alerta: “Cada caso es diferente. Yo lo hice convencida de que había una parte del cuerpo que me sobraba y porque sentía que el espejo no me devolvía aquello que quería ser. Era como mirarme la mano y ver que me sobraba un dedo. Pero cada una tiene su realidad y por eso es importante que se respete y comprenda cada decisión que cada persona tome”.

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Maju comparte junto a Alba Rueda y Gabriela Abreliano el activismo trans del movimiento 100% Diversidad y Derechos. Ellas, como todas las que cuentan su experiencia en esta nota, siempre hacen referencia a que se sienten privilegiadas: “Somos conscientes de que hay muchas compañeras que están en este momento siendo explotadas sexualmente, sin voz propia, sin posibilidades de pensarse ni de  crear otras estrategias de vida. Nuestra tarea sigue siendo construir condiciones para que ellas se fortalezcan y, a la vez, pensar que las jóvenes no tengan como única opción social prostituirse”.

Dirá Maju: “La primera vez que me paré en una esquina tenía 12 años. Y no hubo nadie que sacara a esa niña de ahí. Cuando esa niña se preguntó qué estaba haciendo ya tenía 19 años, había perdido toda la adolescencia, las posibilidades de estudiar, de trabajar, de tener una casa… había perdido todo. No tuve a nadie que me dijera: salí de ahí y vení acá. Lo único que tuve fueron otras compañeras, mayores, que habían hecho lo mismo y me enseñaban cómo prostituirme, cuánto cobrar, cómo cuidarme. Durante muchos años creí que no podía hacer otra cosa, aun cuando me dolía el cuerpo y el alma por tener que venderme en una esquina. El frío era tremendo, la policía nos mataba a palos, nos habían expulsado del hogar, de la escuela, de todos lados. Entonces ¿qué te queda? La esquina. El único lugar donde podés ser lo que querés… y empezás como un juego, diciendo ‘acá puedo ser trava’… y de ahí no podés salir más si no te ayudan”.

Dirá Gabriela: “También conocí la prostitución siendo una niña. Y cuando miré para atrás y me pregunté qué estaba haciendo conmigo y con mi cuerpo no sabía ni dónde estaba parada. ¿Qué hago? No sabía. Empezó como juego, los finde, para tener plata para ir a bolichear  y se convirtió en el único sustento de mi vida y de mi techo. Y todo sin darme cuenta, porque estaba ubicada en un mundo que me tenía fuera de mí, de cualquier expectativa que no fuera pararme ahí. Cuando me encontré internada en un hospital me pregunté: ¿qué estoy haciendo con mi vida? ¿Qué estoy haciendo con mi cuerpo? Mi experiencia es la que me dice que nadie elige prostituirse, porque nadie elige a los 16 años tener encima a una bestia de 50. Y sin embargo, lo que vemos hoy es que se viene muy fuerte el tema de la reglamentación, impulsada por la OIT, para normativizar la prostitución como trabajo. Hay mucho dinero destinado a obtener eso y nosotras nos sentimos como hormigas trabajando contra un elefante”.

Lea trabaja en el servicio que atiende a las personas con HIV del Hospital Ramos Mejía. Cuestiona cómo los estándares médicos clasifican a las travestis como “grupo de riesgo” sin tener en cuenta que son personas que se han infectado por tener relaciones sin preservativo con prostituyentes. “Ellos nunca son visibilizados como grupo de riesgo porque significaría reconocer que el padre de familia, que vive en un chalecito de película, con auto y perrito, compra sexo sin preservativo con una travesti. ¿Por qué no se frena el contagio? Por eso: porque hay una negación en la medicina misma de cortar la cadena, porque para cortarla la tiene que investigar. Entonces, hacen congresos donde presentan investigaciones en coquetos gráficos: muy lindo tu Power Point, pero no tiene nada que ver con la realidad sino incluye a los hombres que tienen sexo con esas travestis que investigaste. No es una investigación: es un recorte de la realidad”.

La conversación entra, entonces, en un agujero negro que Alba ilumina: “Las políticas para las personas en situación de prostitución tienen que ser específicas, concretas, dirigidas, puntuales. ¿Por qué? Digamos que las políticas hacia la explotación sexual hasta ahora se han determinado de acuerdo a tres líneas de pensamiento. Una es la reglamentarista, que es la que persigue la OIT con una ley de trabajo sexual. Se supone que las feministas se oponen a esto con otra perspectiva: la abolicionista. Es decir, el objetivo es lograr que algún día no exista más la explotación sexual. Y hacia allí deben apuntar todas las políticas. Pero existe una tercera posición que es la más reaccionaria: el prohibicionismo. Son políticas que dictan normas para prohibir el comercio sexual, pero que en realidad lo empujan a zonas más oscuras, sin control. La doble moral. Lo que nos está pasando hoy es que al no tener el abolicionismo ningún contenido, ninguna medida concreta, se queda solo en discurso. Y ese discurso justifica medidas prohibicionistas. Lo que sufrimos hoy en Argentina con respecto a la explotación sexual son políticas que tienen abolicionismo en el nombre y prohibicionismo en la forma”.

¿Soluciones?

Alba dirá: “Acá lo que hace falta son políticas abolicionistas. Esto es: oportunidades de trabajo y formación que rompan los mecanismos de desigualdad social. No es difícil. ¿Cuántas mujeres en situación de explotación sexual conocés vos? ¿Cuántas yo? ¿Cuántas ella? Bueno: ya tenés las de Palermo, Once y Flores. ¿Cuántas son? ¿Cuán difícil es ir ahí con trabajadoras sociales y relevar caso por caso para que tengan acceso a programas, subsidios, tratamientos? No es tan complejo. Es bien concreto. Porque así de concreto debe ser el abolicionismo, sino es hipócrita”.

Alba estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, trabaja desde hace 10 años en el INADI y se define como activista. “Reivindico como fuente de conocimiento más mi militancia que la facultad. Aprendí cuando me encontré en la calle luchando al lado de mis compañeras”.

Marlene dirá que hay que trabajar paso a paso, pero sin perder el horizonte: “La única salida de la prostitución es una maternidad/paternidad deseante, que críe la vida con amor, respeto y confianza”.

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Gabriela Belizán trabaja en el Senado de la Nación y estudia odontología: le falta un año para recibirse. No tiene militancia orgánica, dirá, pero sí un compromiso con un movimiento social que la interpreta. Dirá Gabriela: “Estamos abriendo caminos para que más personas trabajen dignamente, sin soportar maltratos. Y para que eso suceda tiene que haber una familia que contenga, un Estado que reparta equitativamente y una sociedad que permita vivir y dejar vivir. Lo trans es eso: una apertura a la vida. Lo trans es transparente: lo que siente lo lleva a cabo”.

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Marlene reconoce que la Ley de Identidad fue un abrazo del Estado hacia las personas que hasta ese momento habían sido estigmatizadas. Ese abrazo es simbólico: representó un cambio en los imaginarios sociales que puede notarse claramente en una nueva generación que tiene otros horizontes y plantea nuevos desafíos.

El antes de la ley deberá considerarse, entonces, como una época violenta, pero también heroica, en la cual cada milímetro de la vida cotidiana representaba una batalla social. De esa época es hija esta ley. Dirá Marlene: “Y esta hija, si no tiene memoria, no sirve. Memoria no sólo para recordar qué la parió, sino para reconocer y reparar el daño social que la discriminación produjo en las generaciones anteriores: nuestras travas mayores, que han sido encarceladas tantas veces por el solo hecho de ser travas, que no han podido estudiar y se han visto obligadas a prostituirse, tienen derecho a terminar sus vidas abrigadas. Memoria, entonces, es reconocer que a ellas esos años sin ley las han dejado a la intemperie”.

Dirá Lohana: “Las travas no podían circular fuera de las zonas de explotación sexual y cualquier incursión fuera del territorio a las que estaban condenadas representaba una exposición a la violencia brutal”.

Dirá Susy Shock: “Tenemos que pensar que esas vidas horrorosas han pasado y siguen pasando. Y que para salir de ahí muchas personas tuvieron que aceptar un documento que las declara mujer. Pero no podemos exigirle a nadie que sea una heroína cada vez que quiere comprar un kilo de pan. Yo tuve la suerte de tener a una familia que me abrazó, pero igual padecí un mundo violento. Luego, me abrazó el arte, pero igual padecí esa mirada social de ser alguien que no merecía ser querida. Eso sigue sucediendo y va a seguir si no cambiamos la mirada social”.

¿Soluciones?

Alba dirá: Cupo laboral para personas trans en la administración pública.

Marlene sumará: Y cupo de representación política y sindical. Acceso al poder.

Es interesante el planteo porque da vuelta el problema.

La heroína ya no tiene que ir a comprar el pan.

Lo vende.

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Andrea es profesora de Arte en dos escuelas públicas y en otra privada y católica. Decidió hacer su “transición” –así llama la ciencia médica al proceso de conversión de identidad- cuando ya hacía varios años que había obtenido esos trabajos. Imaginemos la situación: el profesor Fulano desde ahora en adelante es la profesora Fulana. “Y todo esto previo a la Ley”, advierte Andrea. ¿Cómo hacerlo? Se entiende, entonces porqué la palabra heroína forma parte del imaginario de este movimiento: hace falta coraje. Y si algo enseña el movimiento trans es que el coraje no se tiene: se produce, se busca y se cría. “Me llevó tres años prepararme. Cuando finalmente me sentí fortalecida fui a hablar con las autoridades de las escuelas públicas, que respondieron bien”. El problema fue el otro colegio, no por católico, sino por privado: temían que los alumnos se fueran, temían perder clientes. A Silvia la acompañó el sindicato: “No solo me asistió legalmente: me contuvo. Logramos, finalmente, que no me movieran de mi puesto”. ¿Qué pasó cuando estuvo frente a los alumnos? Nada. ¿Cuál fue la reacción de los padres? Ninguna. “Propuse vernos las caras, escuchar los cuestionamientos, pero las autoridades prefirieron evitar que estuviera presente en la reunión en la que iban “a tratar el tema” con los padres. Luego, algunos se me acercaron para contarme que en esa reunión la mayoría me apoyó. Y esa actitud fue clave para que continuara”.

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¿Cómo cambia el mundo? El mundo cambia cuando la que habla es Ona, auxiliar de enfermería y estudiante del CBC en la Universidad de Buenos Aires. Quiere ser obstetra. Dirá Ona: “Sé que mi objetivo es grande y lejano, pero me gusta mucho la medicina y mucho la cirugía general, y cuando por mi trabajo de enfermería pude participar de un parto, me apasioné. Sé que es una carrera larga y pesada, pero tampoco estoy desesperada por terminarla. Tengo un trabajo, me gusta lo que hago y mientras, voy disfrutando paso a paso lo que voy aprendiendo en la carrera”.

Dirá también Ona que su lugar de militancia es ése: “Cada una tiene que dar la batalla donde esté, en su lugar de estudio o trabajo. Y esa batalla significa hacer política ahí. Hacer política es ir a la facu y que mis compañeros vean que estoy cansada porque vengo de trabajar, que me maté estudiando y que di el examen y aprobé. Que vean que me cuesta todo igual que a cualquiera de ellos, que quiero lo mismo que ellos y que mi vida es igual a la de ellos. Y que si la sociedad me margina, está dejando de lado un recurso humano tremendo, capaz, honesto, decente, apasionado”.

Ona sabe cómo cambió su mundo. “Hasta hace unos años nuestro destino era morir violentamente, jóvenes, solas y sin proyectos. Hoy podemos proyectar una familia, una vejez plena, una amistad. Eso es muy lindo. Y eso antes no pasaba. Pero para que eso pase hacen faltan recursos, preparación, amor”.

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¿Qué milímetro se está moviendo hoy? Alan Pietro lo marca: “Los varones trans estamos invisibilizados. Todo el movimiento se piensa en femenino, pero nosotros también existimos, también sufrimos violencias y, lo peor, es que esas violencias provienen de los propios movimientos. A nosotros, los varones trans, nos excluyen de muchas discusiones y eso trae consecuencias: si te invisibilizan en el momento en que se están tomando políticas públicas, esas políticas nunca te van a tener en cuenta”.

Pablo Gasol dirá: “El problema es que esa invisibilización es muchas veces un refugio para protegernos de las violencias. Exponerse significa tener resueltas algunas respuestas. Yo, por ejemplo, compré el discurso del “cuerpo equivocado” y eso me hizo vivir terroríficamente todo lo que sentía y me pasaba”. Pablo encontró en el arte algunas de esas respuestas. Es escritor, dramaturgo y director. Tiene un columna en Radio Gráfica y otra en el suplemento Soy, del diario Página 12. Ahora mismo está en proceso de montar una obra autobiográfica. “Desde que tengo uso de razón siempre me autopercibí como hombre. La parte difícil de entender fue la de ser trans.” También plantea las dudas que generan las cirugías a la que muchas veces las personas se somenten para buscar respuestas. “Cada uno responde esas preguntas y a esa construcción de la identidad en base a sus deseos en el mejor de los casos y en el peor en base al idela que tenemos en la cabeza. Yo me hice la mastectomía y cuando estaba internado me sorprendió muchísimo que una de las enfermeras no supiera que era un hombre trans: no lo terminaba de entender. Yo era Pablo antes de tener la barba. La diferencia es que ahora ven al Pablo que siempre fui con más facilidad porque eso ayuda.”

Pablo expresa, además, que no está de acuerdo con el título de tapa de esta edición: “yo soy un él y me costó mucho serlo”.

Alan dirá: “No soy un hombre ni pretendo serlo: soy una persona trans que transita por lo masculino y toma de lo femenino lo que más me gusta. Soy un varón, tengo tetas y estoy feliz con eso. Y soy un activista trans, lo que representa que siempre voy a tener una mirada crítica, de ir por más, de no conformarme, porque siempre hay que ampliar los horizontes de la política”.

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Es Susy Shock la que menciona un término inquietante: heterofuga.

Inquieta por lo nuevo, por lo extraño y por el horizonte que dibuja.

¿Fuga hacia dónde?

Susy Shock responde con poesía: “Mi género es colibrí: el único pájaro que muere si está encerrado”. Marlene asegura que no es una metáfora: Susy vuela porque sigue su deseo.

Dirá entonces Marlene: “Volemos”.

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