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La mirada del saber

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Horacio Lucero, jefe del Laboratorio de Biología Molecular chaqueño: En 1993 conoció el primer caso: una beba llamada Adriana. Relacionó sus malformaciones con las fumigaciones y desde entonces no se detuvo. Qué investigó, qué denunció y qué pronósticos hace sobre la salud de la ciencia. La epidemia de celíacos, las consecuencias de no tomar medidas y de silenciar las evidencias.

Horacio Lucero

El bioquímico Horacio Lucero ha elaborado el siguiente diagnóstico sobre los tiempos actuales: “Los políticos en campaña son los gatos que reparten queso a los ratones”.

Su reflexión incluye cierta afonía de los candidatos. “No se escucha que digan nada sobre lo que representa un escándalo nacional que no está en la agenda de los políticos: el problema del modelo de monocultivo y extractivo en general, la destrucción que implica, lo que está ocurriendo con la salud, con el ambiente y con lo que comemos cotidianamente. El tema tampoco aparece en ningún diario”.

Lucero es jefe del Laboratorio de Biología Molecular que funciona en el Instituto de Medicina Regional de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), de Resistencia, Chaco. Es además uno de los pocos científicos que desde un primer momento alertó sobre las características y efectos del monocultivo de transgénicos.

Según su diagnóstico, el queso es el dinero proveniente de la soja, por ejemplo. Y cabe imaginar quiénes somos los ratones.

Adriana, Dios y Menguele

Su vida cambió cuando conoció a Adriana. Raúl Horacio Lucero (Horacio para todo el mundo) hoy de 53 años, 5 hijos. Trabajaba en 1993 en un laboratorio privado, haciendo análisis genéticos, concentrado en los microscopios. “Nos derivaban casos del Hospital Pediátrico de Resistencia para hacer estudios cromosómicos. Llegó una beba: Adriana. Le faltaban los brazos. Eso se llama focomelia. Tenía como aletas de foca en lugar de miembros superiores, que son apenas esbozos de brazos. Y en uno de ellos tenía un esbozo de mano: mano o pinza de cangrejo. Y un fémur era más corto. Eran serias alteraciones en una sola paciente”.

El primer problema al que lo enfrentó Adriana fue cómo extraerle sangre: “Como no tenía brazos, le tuve que sacar sangre de la yugular”.

¿La causa de las malformaciones? “El que tiene conocimientos de genética debe preguntarse si hubo alguna medicación que haya tomado la madre. Por esos riesgos es que a una embarazada no se le da ni una aspirina. Conversando con esta mamá lo que me cuenta es que trabajaba en el campo mientras rutinariamente se aplicaban plaguicidas”. El bioquímico pasó así de lo microscópico a lo macroscópico y comprendió que la larga exposición de una embarazada a plaguicidas significaba una sentencia. “No podía creerlo. Pensé que ni a Menguele se le hubiera ocurrido una perversidad parecida”.

La mamá de Adriana trató de conformarse: “Me dice: ‘¿Sabe qué? Es un designio de Dios. Me mandó esta hija’. Y creo que en ese momento la cabeza me hizo click. Porque el que hizo eso no fue Dios”.

El click le encendió un artefacto interno que no a muchos les funciona adecuadamente: “La indignación. Sentí un nivel de indignación absoluta. Soy creyente, y en la Biblia había leído que hay un compromiso que uno debe tener contra la injusticia. Fue lo que sentí al conocer este caso. Y cuando entendí lo que estaba pasando, nunca más me despegué del tema”.

Dosis letal

El relato de la mamá de Adriana era para Lucero una evidencia: “Los fabricantes de plaguicidas hacen estudios sobre ratas preñadas que van exponiendo a diferentes concentraciones para ver qué alteraciones se producen en la rata y su descendencia. Se busca la llamada Dosis Letal 50: cuánto de una toxina mata a la mitad de los animales en estudio. Y además las malformaciones de las que no mueren. Claro: nadie va a pensar que van a exponer a seres humanos a algo parecido. Pero era lo que estaba pasando”.

Lo que estaba pasando era apenas el comienzo. “Cuando se empieza a aplicar glifosato para la soja transgénica, en 1996, los casos aumentaron exponencialmente. Aunque el glifosato fuera supuestamente menos tóxico que otros plaguicidas, se ha usado en cantidades cada vez mayores por las resistencias que aparecían, con lo cual la exposición al plaguicida para las personas fue también mucho mayor”.

En números:

La aplicación de glifosato en el país aumentó en un 858% con respecto a los años 90, contra un 50% de aumento de la superficie cultivada, y un 30% del rendimiento de los cultivos.

Si se empezaron usando 3 litros de glifosato por hectárea, hoy ya se llega a 12 o más. “En un sistema que sólo busca rentabilidad, la tendencia es que esto siga en aumento”.

Epidemia celíaca

En portafolios empezó a albergar en 1993 anotaciones, informes y datos de lo que Lucero iba conociendo e investigando. Es impresionante ver aquellas planillas donde una columna incluye malformaciones (hidrocefalia, imperforación anal, implante bajo de orejas, falo bífido, macrocefalia, hipertrofia de clítoris, entre tantas), y otra describe la actividad de la madre y/o el padre, siempre expuestos a fumigaciones.

Mate y tono chaqueño fluyen en la charla: “Hice notas a la Cámara de Diputados provincial diciendo que esto era una bomba de tiempo, presentamos cantidad de denuncias, hubo contactos y encuentros con los médicos de los pueblos fumigados, con científicos como Andrés Carrasco y tantos otros en todo el país. El modelo siguió, obviamente no lo íbamos a parar nosotros solos, pero ahora salió la Organización Mundial de la Salud reconociendo que el glifosato es cancerígeno. Y recién se están tomando medidas, supongo que es porque se ven venir juicios”.

Pero sigue pasando el tiempo sin que esas medidas estén a tono con el problema. ¿Entonces?: “Por eso mismo no podés frenar. Cuanto más tiempo dejemos pasar y la sociedad no reaccione, más van a ocurrir enfermedades y epidemias que antes no existían”.

¿Por ejemplo? “La intolerancia al gluten y la enfermedad celíaca fueron siempre cosas muy poco comunes, que se diagnosticaban en los primeros años de vida. La enfermedad es de origen genético y tenía un tratamiento. Hoy ya se considera que hay una epidemia celíaca. Acá mismo, en nuestro Instituto, de 25 investigadores, 7 son celíacos y todos adquirieron la enfermedad de adultos. Y hay negocios y productos para celíacos por todas partes”.

Hubo una mutación de esas enfermedades. “Lo novedoso es que ahora son adultos que nunca tuvieron antecedentes familiares. Uno tiene que ir atando cabos y ver si alguien más se ha hecho estas preguntas”.

Muestra en su computadora uno de tantos archivos. Un trabajo norteamericano: Glyphosate, pathways to modern disease: Celiac sprue and gluten intolerance (Glifosato, las vías a las enfermedades modernas: enfermedad celíaca e intolerancia al gluten), de los científicos Anthony Samsel y Stephanie Seneff. Describen los efectos de náuseas, diarrea, erupciones en la piel, anemia y depresión. “Es una enfermedad multifactorial asociada con numerosas deficiencias nutricionales, así como con problemas reproductivos y un mayor riesgo de enfermedades de la tiroides, insuficiencia renal y cáncer”. El trabajo de Samsel y Seneff considera que “el glifosato, el ingrediente activo en el herbicida Roundup, es el factor causal más importante de esta epidemia”.

Lucero: “Son muchos los trabajos que describen rutas metabólicas que alteran el equilibrio celular a través de disruptivos químicos cada vez que consumimos algo. O sea, al consumir un producto que tiene plaguicidas, se va produciendo un efecto acumulativo que inhibe enzimas que pueden detoxificar el organismo. Los Organismos Genéticamente Modificados (GMO) fueron hechos con ingeniería genética para resistir este herbicida. El trabajo plantea que al usar gruesos volúmenes de plaguicidas, pueden quedar cantidades ínfimas en los alimentos. Por lo tanto, nos estamos alimentando diariamente con diferentes productos que tienen incorporados restos de plaguicidas que vamos acumulando en nuestro organismo y esa es la ruta que los estudios relacionan con algunas patologías nuevas, entre ellas intolerancia al gluten y la epidemia celíaca”.

Otros trabajos conectan a esos tóxicos con enfermedades como la diabetes o las neurodegenerativas, como el Mal de Parkinson o el  Alzheimer. “Frente a eso te contestan que esto no puede provocar todas las enfermedades, y es cierto. Pero es importante estar alertados porque se está alterando e interfiriendo una ruta metabólica demasiado importante para la detoxificación de sustancias que, de lo contrario, tienen un efecto dañino en el organismo”.

¿El tema son los plaguicidas, o las características de los propios alimentos transgénicos? “Las dos cosas, porque la ruta metabólica está describiendo específicamente a los restos de herbicidas incorporados a los alimentos. Lo que puede producir el propio alimento transgénico es algo que todavía no se conoce, lo que genera todavía más inquietud. Porque estás metiendo en el cuerpo material genético sin idea del efecto de ese gen extraño sobre nuestro ADN y nuestro metabolismo”.

No quiero saber qué como

Rompiendo las más razonables leyes del liberalismo y de la honestidad, los consumidores argentinos no pueden elegir lo que consumen: “Si vamos a comer lo que está en las góndolas de los supermercados creyendo lo que dicen las etiquetas, estamos fritos, porque las empresas no informan. No te van a decir lo que tiene el producto, porque el etiquetado no es obligatorio, como pasa en muchos países. No sabés qué estás comiendo, de dónde viene, o si está hecho con productos transgénicos. Eso debería ser obligatorio para que vos tengas la posibilidad de poder elegir. Así, las que eligen son las corporaciones”.

Esa es la causa por la que nació un nuevo concepto: “Ya se está hablando de colonialismo genético, porque la nueva manera de colonizar a alguien es manejar su alimentación. Y el que maneja la alimentación puede manejar el mundo. Creo que la industria alimentaria está entrando en una zona de perversidad. Uno no quiere ser alarmista, y encima hay gente que dice que prefiere ni saber qué come”.

¿Mejor no saber? “Yo prefiero estar informado: es un derecho. Y quiero conocer qué opciones tengo, aunque sean pocas. Soy responsable de mi grupo familiar, por ejemplo. Entonces no puedo ser indiferente con respecto a lo que le estoy dando a mis hijos. En muchos lugares se están armando redes de personas que quieren comer mejor, vivir mejor, que se conectan con producciones naturales. Es lo que dice siempre Remo Vénica (de la Granja Naturaleza Viva): si estás bien nutrido no te enfermás. Y de alguna manera buscar esas opciones es otro modo de dar por tierra con el discurso hegemónico que nos quiere hacer creer que los transgénicos son el progreso”.

¿Estamos en el horno?

Para Lucero el rumbo científico actual no significa progreso, sino una crisis civilizatoria de la Modernidad: “El principio de dominación y sojuzgamiento de la naturaleza continúa operando en la educación y la producción a todos los niveles, y esto es algo que se tiene que desactivar para frenar este proceso destructivo”.

¿Cómo frenarlo? Aparece la noción de principio precautorio: “Frente al aprendiz de brujo que tiene la intención de dominar la naturaleza y los procesos vivos, el principio precautorio estipula que si algo implica un riesgo posible para la salud y la vida, no debe usarse. Sin este concepto, estamos en el horno. La aplicación de este principio tiene que permitir repensar una manera de producir que no sea ésta, que es insustentable en el tiempo no sólo por los efectos en la salud, sino por los que produce en la naturaleza y en la sociedad”.

¿Y lo social? El científico vuelve a mirar más allá del laboratorio: “Acá en el Chaco se ven los cordones periféricos con villas cada vez más numerosas y pobladas por gente que se quedó sin trabajo en el campo, desplazada por la tecnificación. Me dirán que quiero volver al siglo pasado, pero no hablo de eso, sino de buscar un equilibrio. Porque esto que vivimos hoy te demuestra por sí solo que estamos haciendo una agricultura sólo para producir un dinero que, además, queda en muy pocas manos. Y no una agricultura para producir alimentos ni trabajo”.

Consejos raros

Lucero podría haber tenido una vida económicamente salvada de haber optado por un trabajo científico volcado al mercado. Se ríe: “En una época algunos jefes me dieron consejos medio raros del tipo: ‘No te metas con éstos temas, vos tenés hijos’. Pero si en algo pensé siempre, justamente, fue en mis hijos. Porque ellos, y toda su generación, son los que están comiendo alimentos contaminados desde que nacieron”.

¿Cuál es el futuro de la ciencia? “Va a ser cada vez más feroz la pelea entre los científicos cooptados por el sistema, contra los investigadores que estamos tratando de buscar el lado beneficioso del conocimiento para la sociedad. La ciencia no es neutral. Es como el martillo, se puede usar para sacar un clavo o para partirle el cráneo a alguien. Y todo lo que estamos hablando sobre los transgénicos, además de representar una técnica rudimentaria y peligrosa, es algo que va contra las normas naturales de evolución”.

¿Cuál es la frontera tras la cual la manipulación científica se transforma en algo antiético? “El punto de inflexión es la plata. Sería muy utópico pensar que todos los científicos buscan el avance de la humanidad. Creo que esos científicos saben lo que están haciendo, saben el daño que se genera y el que potencialmente están provocando, y lo hacen igual. Tendría que haber formas de autorregulación, o comités de ética que van a tener demasiado trabajo y habrá que ver por quién están formados porque la pelea, insisto, va a ser feroz”.

Lucero cree que el asunto depende de muchos ámbitos donde hay mentes abiertas, o que se están abriendo: “Veo una masa crítica cada vez mayor que comprende esto. Y cuando eso ocurre, me parece que no hay marcha atrás. Un cúmulo de personas con convicciones puede cambiar las cosas”.

Hacia adelante, Lucero está preparando una investigación científica con sus colegas Delia Aiassa (Rio Cuarto) y Raúl Montenegro (Córdoba) para estudiar más en profundidad las causas de las enfermedades y el grado de daño genético que se genera  en las zonas fumigadas. “La ciencia no puede estar alejada de la sociedad, que es la que nos pagó los estudios. Me gusta hacer lo que dicen mi conciencia y mis creencias. Eso me da la libertad de elegir hacia dónde quiero ir”. 

Aquella chiquita, Adriana, sigue viva, postrada. Es tal vez el símbolo de un lapso en el que se pudo haber evitado tanta muerte: 22 años.

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