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Amores que sudan

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Crónicas del más acá.

El día anterior no había sido sencillo. Una amiga había sacado su flamante registro de conducir, pero aún insegura para salir sola, me había pedido que la acompañara en sus primeras incursiones con su autito por la salvaje Buenos Aires.

El amor fraterno a veces nos hace cometer peores errores que el otro amor, que es un supermercado de cagadas. Acepté.

Seré breve. Se puso nerviosa. La puse nerviosa.

El auto se le apagaba cada 100 metros y jamás se encendía de una.

Por ejemplo, en avenida Libertador.

Yo daba indicaciones y ella transpiraba.

Los gentiles choferes de micros, verdaderos humanistas viales, pegaban las trompas de sus elefantes a milímetros del autito y, alegres cual Pipo Pescador, hacían sonar sus bocinas con entusiasmo y dedicación.

Los conductores de automóviles, solidarios, hacían comentarios con voz de soprano acerca de posibles tareas que mi amiga podía ejercer en vez de conducir, e incluso manifestaban todo tipo de salutaciones a su familia.

Incluso hubo uno que, agotadas las ricas metáforas dirigidas a mi amiga, me dedicó un intenso inventario de reconocimientos por mi condición de copiloto.

Es lo lindo de la solidaridad y la paciencia que caracteriza a la fauna automotriz.

Finalmente, mi amiga, agotada y angustiada, encaró trabajosamente para la playa de estacionamiento, en un arranque de lucidez que le hizo reconocer que le faltaban un par de lecciones y que no debía dejarme subir al auto por los próximos 15 años: la puse muy nerviosa.

En su ingreso al playón, le dejó al costado derecho del auto una franja muy coqueta producto de un raspón contra el pilar de entrada.

Corolario de un desastre.

El amable playero la consoló, mientras que Yo permanecía en silencio, culposo y secándome el sudor, tras de los momentos de pánico que había pasado.

Al llegar a casa descubrí un aspecto saliente de mi popularidad: resulta que hacía unos días había sido incluido en un grupo político muy concurrido de Facebook. Había observado su actividad unos días y sintiéndome que no era parte de sus lógicas ni sus entusiasmos, resolví irme, dejando una salutación fraterna y blanqueando mí no pertenencia.

Si el amor fraterno te hace cometer errores, las reglas de cortesía te llevan a la boca del Vesubio.

Me putearon hasta en paquistaní: botón, tibio, blando, servicio. 

Hay días en los que solo hay que dormir.

Pero duermo poco.

Encima, me avisaron que me necesitaban para donar sangre para una tía muy querida. No soy lo que dice un héroe para estos asuntos, pero los restos de mi dignidad merecían ser salvados.

O al menos eso creí.

El amor filial es abismo aterrador.

El Hospital Alemán es enorme y feo como cualquier hospital. No entiendo por qué no le ponen más onda al diseño hospitalario. Encima que Uno no va contento, es como si quisieran decirte “¡tomá!”,

Era un sábado y estaba vacío, casi como en las películas (malas) de terror.

El cagazo lo ponía yo.

Caminé por largos pasillos, giré para acá, giré para allá y llegué a Hemoterapia, el paraíso del Conde Drácula. Una empleada aburrida y amable me dio una planilla para completar, mientras esperaba mi turno en otro pasillo larguísimo que hacía las veces de sala de espera, lleno de butacas vacías donde estaba Otro fulano y Yo.

Si hubiese sido de noche, juro que pelaba el ajo, el crucifijo y la estaca.

La planilla a llenar era exhaustiva, extensa, detallada, tremenda. No está mal. Claro que no.

Las preguntas sólo dejaban un vacío: si había tenido sexo con un burro o con una cotorra. O con dos. Una imprevisión objetable.

Nos llamaron al Otro y a Mí juntos. El Otro era ligeramente más joven que Yo (toda la gente empieza a ser más joven que Yo y eso me empieza a hartar).

Cada uno nos acomodamos en unos inmensos sillones con cabezal. A mí me atendió una chica joven, muy amable, que me volvió a preguntar si había estado haciendo chanchadas en las últimas semanas. Me sacó un poquito de sangre para hacer un primer estudio (se ve que no confían mucho en la palabra de la gente. Lo bien que hacen…) y me mandó a tomar un café con leche y galletitas a una dependencia al lado de los sillones, con el Otro que tenía un amarillo Cambiemos mortuorio y apenas si probó el café. Yo me lastré alegremente mis galletitas y las de él mientras pensaba: “Se nos va…”

Volvimos al sillón extractor. Mi vampiresa me dio un par de indicaciones y con mano maestra me empezó a chupar la sangre sin darme tiempo para asustarme.

El Otro, en el sillón de enfrente, simplemente se quedó seco, desmayado con una contundencia que ya querría Yo para otras cosas. El vampiro que lo atendía, sereno y expeditivo, le retiró la aguja y lo empezó a reanimar suavemente.

Le dieron a inhalar algo (se ve que estaba bueno) y volvió a este valle árido de la vida.

En la tevé sin sonido había imágenes de Lilita Carrió.

El Otro ya habia resucitado, mientras le tomaban la presión y le preguntaban cómo se sentía. La inespecificidad de la pregunta la volvía ligeramente pelotuda: el pobre estaba con un pie en el Tártaro y el otro en Villa Luro.

Unos segundos después, lo inesperado: se puso a llorar.

Lilita seguía en la TV.

Mantuve la discreción, mientras trataba de escuchar qué era lo que le decía a su vampiro personal. No pude.

Me llené de pena y como nada anda solo en el mundo, me empezó a doler la cabeza.

Terminé con lo mío sin haberme asustado. Estoy envejeciendo.

Me regalaron unos folletos sobre cómo ser feliz donando sangre y una lapicera china.

Mi cabeza se partía y pensaba en la desolación del Otro. A lo mejor se había muerto, nunca se sabe.

Salí al bullicio de Pueyrredón y vi en la esquina un senegalés grande como el Sheraton, vestido con la camiseta de Argentina. Por supuesto: vendía lentes de sol.

Le compré un par, por unos pocos pesos. No los necesito en absoluto, pero sí necesitaba sentirme bueno y generoso.

Me subí al taxi pensando acerca de estos días tan raros y en cómo iba a hacer esta columna. La patilla del anteojo senegalés se rompió como si fuese… algo que se rompe fácil.

Pasé de la categoría “bueno y generoso” a la categoría “negro hijo de mil…”

El amor es inexplicable.

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La campaña de Burson-Masteller para la dictadura argentina. Hace dos meses un equipo de investigadores encontró en la cancillería los documentos que prueban en qué consistió el trabajo de esta agencia para ocultar los crímenes de la dictadura. Detallan qué hicieron, quiénes y por cuánto.

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