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El triunfo y después

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IMPA. La primera fábrica recuperada por sus trabajadores logró la expropiación definitiva, la legalización del canal comunitario y el reconocimiento a los profesorados de la Universidad popular. Prácticas y reflexiones para pensar la que se viene.

Natalia Vinelli, de Barricada TV y Eduardo Murúa, referente de IMPA.

Natalia Vinelli, de Barricada TV y Eduardo Murúa, referente de IMPA.

Sdivina adivinador.

Cuatro letras.

Dos sílabas.

Diecisiete años.

Una fábrica recuperada.

Una cooperativa.

Un canal de tevé digital comunitario.

Un bachillerato con 200 alumnos.

Un centro cultural.

Un museo.

Una universidad.

Una radio.

¿Qué es?

Es el aquí y ahora, una vena abierta en Almagro.

Es IMPA.

La alcancía

El 18 de mayo de 1998, envueltos en una crisis y una quiebra que no habían provocado, 40 trabajadores ocuparon la fábrica Industria Metalúrgica y Plástica de Argentina (IMPA) con el objetivo de resguardar su  dignidad y sus fuentes de trabajo. Sin luz ni gas ni materia prima, salieron a la calle con una alcancía para recolectar la colaboración de los vecinos, en medio de una deuda millonaria que la administración les cargó como un yunque. Parieron la primer fábrica recuperada en el país y esa insolencia atemorizaba: era la demostración ética y operativa de que se podía producir sin patrón.

Amenazas de desalojos, represiones, detenidos, una expropiación, un juez (Héctor Vitale) que  la declaró inconstitucional y más amenazas de desalojos ilustran el lienzo que estos trabajadores bordaron a lo largo de 17 años. La puntada final de este capítulo recién llegó el 25 de noviembre de este año cuando le arrancaron al Senado nacional la expropiación definitiva del inmueble, que significa la empresa en manos obreras.

“El proyecto de expropiación fue la ley que siempre planteamos y soñamos como movimiento”, explica Eduardo Vasco Murúa, uno de los referentes de IMPA y del Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (MNER). “Es una necesidad de nuestro pueblo tener una ley donde el Estado pueda expropiar y cedérsela en comodato a los trabajadores, pero que quede como propiedad social. Eso significa que si el objeto de la cooperativa fracasa, por un motivo u otro, el Estado sólo puede realizar en el lugar expropiado un bien común, ya sea en salud, educación, cultura, deporte. Y esto es fruto de la lucha y el reconocimiento de toda la tarea que vino realizando IMPA, que no es solamente el mantenimiento de las fuentes de trabajo. Es muy difícil discutirnos si contamos todo lo que hicimos durante años. Si valorizamos económicamente todo lo que hicimos en función del empleo y educación, en los últimos 7 años le ahorramos al Estado casi 70 millones de pesos en concepto de planes de trabajo, programas, pibes que laburan, pibes que estudian. El Estado destina casi 8 mil pesos por pibe que estudia. Acá no cuesta nada”.

Pedagogía autogestiva

Carla Grossi y Fernando Santana son los coordinadores de uno de los distritos medulares de la patria IMPA: el bachillerato popular, primero y punta de lanza en toda la Ciudad de Buenos Aires. Nacido en 2004, tiene un plantel estable de casi 40 docentes que dictan clases durante tres años a más de 200 alumnos y alumnas mayores de 18 años. Emergente de una época, el bachillerato contó en su año debut con 60 estudiantes.

Santana: “Percibimos así una demanda educativa no satisfecha por parte del Estado y una falta de ofertas para los chicos”.

Rossi: “Son estudiantes que vienen de varias experiencias de repitencia o de abandono por quedar libres, la mayoría por inasistencia o por conducta”.

Santana visualiza el quid de esta cuestión: “El sistema escolar funciona de tal manera que los estudiantes viven estas experiencias de repitencia o de expulsión como un fracaso individual: terminan autoconvenciéndose de que son ellos los que fallan, a quienes no les da la cabeza, y no que hay un sistema que genera esa expulsión. Nuestro trabajo apunta a correr esas visiones construidas sobre sí mismos y que se sientan sujetos constructores de saber”.    

Grossi y Santana cuentan que la relación con los trabajadores de la fábrica fue una construcción diaria: muchos no estaban de acuerdo con que puertas adentro hubiera un bachillerato, pero fueron los mismos obreros los que decidieron su fortalecimiento. “Fue una forma de agradecimiento a la comunidad por la solidaridad en la toma”, explican los coordinadores, que también demostraron que el bachillerato en IMPA era una decisión política, al ser un actor central en la segunda recuperación de la fábrica en 2008, tras el desalojo: “Estuvimos 15 días dando clase en la puerta, en la calle”. Ese reconocimiento se acrecentaría con los años, cuando muchos trabajadores completaron sus estudios en la propia empresa que habían recuperado. Grossi: “Sirvió mucho a nivel simbólico y permitió que vean la potencialidad del lugar para sus hijos y sus nietos. Se amplió el tejido”.

El sostén académico

El tejido se amplió aún más cuando se inauguró la Universidad de los Trabajadores, bajo la dirección académica de Vicente Zito Lema, un nombre con propio peso simbólico y político en la historia argentina. Poeta, dramaturgo, periodista, docente y filósofo, tuvo que exiliarse durante la última dictadura y fue el rector fundador de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo hasta 2003, cuando renunció, tras alertar sobre el crecimiento de Sergio Shoklender como figura influyente dentro de la organización. Hoy es el rector de la Universidad que días antes de la expropiación de la fábrica consiguió el reconocimiento de los profesorados en Biología, Historia, Matemática y Lengua y Literatura por parte del ministerio de Educación porteño.

“Fuimos organizando la Universidad de forma lenta. Acá no hubo nunca un peso. Como se dice en el barrio, todo a pulmón y atado con alambre. Hasta las sillas donde estamos sentados las hemos construido nosotros, pero poco a poco pusimos en marcha los profesorados. Hoy estamos peleando para que se reconozca la justa remuneración de los docentes. Y el eje de la Universidad es el trabajo: organizar desde la cultura del trabajo y desde el interés de los trabajadores. Que estemos en una fábrica recuperada es muy fuerte: las palabras tienen un peso, pero esa carga hay que mantenerla todos los días”.

¿Cómo se mantiene? “Ha sido una gran lucha, que nace de una época dura. Ya no del terrorismo de Estado, pero sí en el segundo momento de gran dolor para las clases populares. En el terrorismo de Estado hay una destrucción económica y una destrucción directa de los cuerpos, pero a fines del siglo 20 la  destrucción fue social: hambre, enfermedades, dolor físico. Entre ellas, la destrucción del aparato productivo. Allí cae IMPA”. Y de allí IMPA se levanta. “Las generaciones del 60 y 70 luchamos por cambiar el mundo, por construir otra sociedad, y pagamos con sangre, dolor, muerte, desaparecidos y exilios, pero veo que, humildemente, algo de ese gigantezco sueño se está dando en IMPA, casi en sombras. Pero existimos”.

La mosca televisiva

Sobre el cuarto piso de la interminable IMPA funciona Barricada TV, el canal comunitario que un día antes de la expropiación de la fábrica se convirtió en la primera emisora de baja potencia autogestiva en ganar el concurso de operador licenciatario que otorga la AFSCA. Eso significa -ni más ni menos- que al sintonizar la Televisión Digital Abierta (TDA) se podrá ver al aire una programación sin fines comerciales, con una agenda dedicada a los movimientos y las organizaciones sociales. “Para ir realmente a fondo contra los monopolios hay que poblar el espectro con otras voces”, sintetiza Natalia Vinelli, fundadora de Barricada TV. “Somos un canal comunitario que funciona dentro de una fábrica que está completamente atravesada por la lógica de la autogestión y la perspectiva de la clase trabajadora, que es la que nos brinda una identidad y los objetivos y razón de ser del medio”. El canal ahora está en proceso de equipamiento y diagramación de la programación que mantendrá 14 horas al día.

¿Qué panorama observa para los medios comunitarios? “Hay que dejar de leer la ley desde el binarismo Clarín-Gobierno. Ni siquiera somos un ruido: somos un mosca que pasó, y eso nos obliga a estar muy atentos. Hay que pelear para que se sigan abriendo concursos y, si bien hay líneas políticas muy diversas, todos estamos de acuerdo en la defensa de la ley”.

Dónde está la potencia

¿Y las fábricas recuperadas? ¿Cómo están posicionadas frente al cambio de gobierno? Murúa: “Nos encuentra débiles. Tiene que ver con que todavía no hemos conseguido cambiar la lógica del Estado respecto a las fábricas recuperadas. Si bien este modelo está más instalado que nunca, y cada vez se recuperan más fábricas, no hemos conseguido políticas públicas. Y eso tiene que ver con una debilidad de nuestro movimiento. Por un lado, hay una incomprensión o desatención de la clase política en darle a nuestro país la posibilidad de tener una herramienta que logre parar el desempleo a partir de proyectos de economía popular. Por el otro, nos faltan cuadros. Hoy todas las empresas recuperadas están en un limbo jurídico y ninguna ha progresado de forma suficiente para estas instalada dentro del mercado”.

Cuando mira el trayecto recorrido, Murúa es de los que propone fijarse en lo que falta: “El peor error del movimiento popular fue haber salido de la calle. Creo que lo más fuerte que tenemos es la lucha de cuerpos. Es ahí donde podemos ganar: en la ocupación de las calles. Porque en lo que tiene que ver con la representación democrática formal, estámos débiles”.

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