Nota
El acto piquetero: panorama desde el puente
Durante toda la noche y gran parte del día, el Puente Avellaneda fue escenario del recuerdo. Y de algunas cosas más. Mientras la organización piquetera se concentró en la denuncia de un plan criminal cuyo responsables políticos siguen impunes, el tradicional ímpetu de Hebe de Bonafini intentó encender polémicas. Mucha gente, mucho dolor, demasiadas palabras.
Bajo el Puente Pueyrredón de Avellaneda la imagen no era la de piqueteros, acampantes o manifestantes, sino la de sobrevivientes del futuro.
En ciertas películas -Terminator, Mátrix- aparecen tribus de humanos de alguna posguerra, empobrecidos, despojados de todo, perseguidos por la maquinaria de la muerte pero resistiendo: en ellos vive la esperanza.
A tales escenas habría que agregarle un frío húmedo y cruel, un viento antisocial, el aroma de gomas quemadas, una pobreza latinoamericana y un mural que muestra a dos jóvenes asesinados por la maquinaria de la muerte.
Se llaman Darío Santillán y Maximiliano Kosteki.
En ese paisaje los hombres, las mujeres y los chicos de los Movimientos de Trabajadores Desocupados que acamparon bajo el puente pasaron la noche del 25 al 26 de junio comiendo alrededor de ollas. Abrigándose pegados los unos a los otros en cuclillas o sentados en cajones de frutas frente a hogueras de maderas, ramitas y papeles. Durmiendo rotativamente por cuestiones de seguridad, iluminados por las llamas y algunas híbridas luces de neón.
«Demasiado frío, y se rompieron muchos termos» cuenta Carlos, del MTD de Florencio Varela ya en la mañana de los preparativos para conmemorar un año de aquellos asesinatos. Los termos volaban por el viento y se les partía el alma de vidrio. «Volaron también las ollas, y las carpas se aplastaban contra el piso. Pero ya pasó» dice Carlos, que se levanta para observar a las columnas que van acercándose.
Algunas vienen por una de las ramas de la autopista que sobrevuela el campamento. Ahí pasan Barrios de Pie y el Polo Obrero.
Otras llegan desde la zona de Mitre y Pavón, donde hay un local cerrado con un mensaje que ahora suena extraño: «Menem 2003». Son columnas de los MTD que decidieron no acampar sino dirigirse directamente al acto: vienen con menos frío, y los termos sanos. Algunos cantan: «El puente es nuestro, la puta que los parió».
Entre los de arriba de la autopista, los de abajo y los que llegan, hay miradas cruzadas, un par de desganados aplausos, algunos que se saludan de lejos. Cada uno entiende el acto de un modo distinto, aunque parezca que todos participan de lo mismo.
Por los parlantes pasan la densa música del conjunto norteamericano System of a down. El escenario se armó en el medio del puente. Una frontera. Y un cambio, o un agregado: de las concentraciones en las plazas, a ocupar puentes, autopistas, redes de comunicación.
Por el carril que va hacia Avellaneda, pero a contramano, sube el MTD. El escenario está de espaldas a la Capital. Por la otra se movilizan el resto de las agrupaciones, más o menos incluidas en el Bloque Piquetero. Andan por allí el multifacético Raúl Castells con su Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados, la gente del Polo Obrero, y todos van pasando hasta rodear completamente el escenario. El panorama desde el puente -con el permiso del señor Miller- es que cada una de esas autopistas aéreas está totalmente cubierta de gente. Algunos calculan 30 mil personas. Muchos con gorros, gorras, cualquier cosa que sirva para cubrirse. Muchos con pañuelos y bufandas sobre el rostro, entre el frío y el hábito de las movilizaciones piqueteras.
Una de las banderas frente al escenario dice: «Maximiliano, el artista que no dejaron ser» y en un dibujo lo envían «al paraíso de los dibujantes valientes». El MTD de Lanús canta: «Dale alegría a mi corazón, la sangre de los caídos es de Verón».
Como había diferentes escenarios, desde el que ocupaba el Bloque Piquetero se leyó el documento que pide juicio y castigo a los culpables de la represión, y cuyo mayor valor parece residir en que toda esa retórica pudo firmarse de modo conjunto por todas las organizaciones que participaron allí.
Leído el documento, el foco pasó nuevamente al otro escenario, donde comenzaría el Juicio Popular, regido por las evidencias de que en la represión -como tantas otras veces- no hubo errores ni excesos, ni policías con los nervios alterados, sino la planificación de un aparato que actuó siguiendo órdenes. ¿Órdenes de quién?
Empezó a contestar esa pregunta Juan Cruz D’Affuncio, del MTD, que en una intervención fuerte y emotiva dijo que quería recordar a Santillán y a Kosteki vivos. Lo hizo mirando a las integrantes de la Asociación Madres de Plaza de Mayo sentadas en primera fila con Hebe de Bonafini en sitio preferencial. Juan Cruz dijo de Darío que era el primero en trabajar, en ser solidario, en luchar y en estudiar. «Valía oro». De Maxi dijo: «Era un ángel al que le cortaron las alas». «Eran dos jóvenes espléndidos -continuó- que tenían todo para dar, y los masacraron».
Juan Cruz estableció tres niveles de responsabilidad.
- La mano de obra que se utiliza -dijo- para masacrar al pueblo que se levanta para luchar.
- El Estado y el Gobierno de Eduardo Duhalde. «Muchos periodistas dicen que estamos locos por acusar al gobierno. Que nos prueben que no tuvieron nada que ver. Tuvimos que escribir un libro con todas las pruebas que nunca pudimos presentar en los medios». El libro es Darío y Maxi-Dignidad Piquetera, capaz de provocar brotes envidiosos en buena parte del denominado periodismo actual. Lo extraño del argumento de Juan Cruz es que los periodistas a los que alude parecen abogados de Duhalde. Y lo lamentable es que alguien deba perder el tiempo respondiendo a los balbuceos de ese supuesto periodismo.
- El tercer acusado, según D’Affuncio, es el imperialismo. «El enemigo número uno del género humano, los Estados Unidos, estado asesino y masacrador de pueblos. Y decimos que acusamos al imperialismo, aunque los periodistas y los políticos nos digan locos. El FMI presionaba al gobierno en aquellos días para que hubiera control social y seguridad financiera, seguridad para los banqueros». D’Affuncio dijo que ese tipo de cosas fue empujando la situación, sin control alguno por parte de una dirigencia a la que calificó así: «Casta política cagona, verduga del pueblo, y cobarde».
Luego habló el abogado de la Correpi (Coordinadora contra la represión policial), Claudio Pandolfi, quien contó que la fiscalía que lleva la acusación judicial ya ha reconocido la existencia de un plan, pero no la autoría intelectual del mismo. Según surge de la causa, varias comisiones policiales han ido a buscar al prófugo agente Leiva a su casa pero -consta en actas- se van después de tocar el timbre varias veces sin éxito. El doctor Pandolfi dudó del entusiasmo puesto en la búsqueda, cuya responsabilidad atribuyó al gobernador Felipe Solá y al ministro Juan Pablo Cafiero. Otro abogado, Sergio Sminowsky, cambió el tono de la intervención, diciendo que Santillán fue un modelo de Hombre Nuevo, según la propuesta de Ernesto Guevara, demostrando, al ir a proteger a Kosteki, la mezcla de dureza y ternura que el Che reclamaba para los revolucionarios. El público rubricó: «Maxi no se murió, que se muera Fanchiotti la puta madre que lo parió».
Subió al escenario Mario Pérez, del MTD de Florencio Varela, que omitió la retórica: «La yuta son una manga de hijos de puta que mataron a dos muchachos que sólo querían dignidad y comida». El público cantó «piqueteros, carajo». Sebastián Conti, del MTD de Almirante Brown, relató cómo la policía parecía preparada para la represión, cómo se veían movimientos atípicos. Sintió un golpe en la espalda mientras corría porque los estaban cercando. Fue un balazo que le perforó el pulmón, pero está para contarlo. Remató su intervención diciendo: «Podemos sentir opresión y represión, pero tenemos dignidad, coraje y fuerza. La dignidad es piquetera, compañeros. La dignidad es nuestra».
Esa idea de dignidad es tal vez la que marca los discursos de la rebeldía y la resistencia en esta época, y que la palabra sea reiterada con tanta vehemencia es una demostración de los grados de humillación a los que se ha sometido a millones de personas.
Habló también Marcial Balarino, del MTD de Quilmes, con una flauta colgada al cuello con la que había estado demostrando sus habilidades en las horas previas al acto. No fue excesivamente musical, aunque dijo cosas tremendas con voz serena y dulce. La descripción fue la de una cacería, de las «lanchas» policiales contra los manifestantes: «La sangre nos une para salir de este sistema hijo de puta que nos caga de hambre y nos mata». «Queremos justicia de veras y que paguen con su sangre, porque son unos negros de mierda, como somos nosotros, pero nosotros por lo menos tenemos dignidad y huevos para salir a pelear». A este señor le fracturaron la pierna de un balazo de plomo.
Algunos cantaron y saltaron: «Borom-bom-bom, el que no salta es un botón».
Juan Carlos Rey, de Lanús, un hombre mayor de 60, habló de Santillán y de su sabiduría, de su solidaridad, y dijo que aquel 26 de junio se dispersaron. Santillán le dijo: «Viejo, buscá a las mujeres y llevátelas, yo voy a la estación que están reprimiendo». Rey volvió a Lanús, y allí se enteró del asesinato. «Se me cayó el alma. Darío fue el que me dio coraje, con mis años, a seguir con la lucha». Carlos Tapia, de Almirante Brown, contó que vio a los «cabezas de tortuga» -policías con casco- perisguiéndolos, y que vio también que a Darío «lo mataron como a un perro, por la espalda». Hizo también su relato el fotógrafo Sergio Kovalewsky, cuyo material fue central para observar la secuencia del asesinato de Santillán. «Las fotos no cambian la historia. La historia la cambia el pueblo luchando en la calle. La dignidad está acá» dijo.
Orlando Vaqueiro, funcionario de la Municipalidad de Avellaneda, acompañó a Santillán en la camioneta que lo trasladó al hospital Fiorito. Darío estaba vivo. «Yo le hablaba, él me miraba, me parece que no confiaba. Le puse una almohada en la cabeza y ahí cambió. Me miró distinto. Empezó a desmayarse, y yo sentí como que pasaba un ángel. No escuché más nada. Creo que murió en paz, eso transmitía. Como el que está tranquilo de haber hecho lo que tenía que hacer». Dijo también: «He visto muchas represiones, pero ésta fue la más injusta que vi en mi vida».
Hablaron también integrantes de otros movimientos como el MTR (Alejandro Adrón), el FTC (Roberto Palavecino), el Teresa Vive (Mariano Benítez), siempre alrededor de lo que ocurrió aquel día, la correspondiente denuncia, y los reclamos encendidos. El señor Palavecino aprovechó para intercalar su convocatoria a una asamblea nacional de trabajadores ocupados y desocupados, tema que no despertó adhesiones.
Isabel Mazo, médica del Fiorito, hizo un aporte muy interesante al describir la complicidad de las autoridades del hospital con la policía al negar públicamente que hubiera heridos con balas de plomo, entre otras miserias como impedir la entrada al hospital a los familiares de las víctimas, y permitírsela a la policía para que arrestara a heridos.
Pilar Molina, de RedAcción, centró sus palabras en la complicidad de los medios masivos de comunicación, «que construyen la verdad de los que oprimen». Carlos Rodríguez, de Página/12 dijo que los periodistas, cuando les ordenan ciertas notas o contenidos, tienen al menos la posibilidad de decir «no».
Luego fue el turno de Pablo Solanas, de Lanús, que subió al escenario con el libro-investigación del MTD. Dijo: «Duhalde tiene responsabilidad directa en los asesinatos de Maxi, Darío y en la balacera que recibían los compañeros. ¿Es discurso de barricada, como nos decían los periodistas? Nos enorgullecemos de esas barricadas, las del 26 de junio, las del 20 de diciembre. Pero también les decimos que podemos ir más allá. Que además de hacer piquetes, además de construir organización en los barrios, podemos y sabemos entender la realidad, investigar y documentarla. El gobierno de Duhalde no fue ajeno a la planificación y la responsabilidad directa sobre la muerte de Darío y Maxi, y tenemos fundamentos».
Detalló cómo el gobierno había preparado el terreno para la represión antes (con declaraciones de Duhalde sobre cómo estaba dispuesto a poner orden frente a los cortes de calles y rutas) y cómo había ideado incluso los pasos posteriores. Todo esto está insuperablemente detallado en el propio libro, ya que además se trata de una compleja trama de actitudes, revelaciones y complicidades. El ministro de Justicia Jorge Vanossi, por ejemplo, inició una causa contra las víctimas (los que recibieron los balazos, por ejemplo) por 17 delitos y por violación a la Ley de Defensa de la Democracia. Toda esa planificación, dijo Pablo, fracasó por la aparición de las fotos y por las nuevas movilizaciones. Pidió juicio y castigo a los responsables.
Subió después Hebe de Bonafini, quien encaró un discurso para la polémica. Algunas frases.
- «Darío y Maxi están volando sobre nosotros para exigirnos lo mismo que hicieron ellos. No habrá revolución posible si los hombres y las mujeres no nos hacemos revolucionarios. El Che decía que la verdad ajustaba como un guante. Que a veces hay que abandonar todo, hasta la familia, para iniciar el camino de la revolución. Que hay que entregar la vida al servicio de otros, para que la vida tenga valor».
- «Nuestros hijos nos mostraron que no quieren una memoria de mierda, quieren que se imite lo que ellos hicieron. No hay revolución posible si los pueblos no aprendemos que tenemos derecho a la violencia. Y que se dejen de joder con que nos digan violentos. Ellos son los violentos, no sacan la comida, nos sacan el trabajo, nos sacan la educación, ellos nos matan los hijos de hambre, y después nos dicen violentos».
- «Si queremos una revolución, lo dijo muchas veces el presidente Chávez, y lo dijo Fidel, una revolución sin armas no es posible, es una cagada».
Debe decirse que con esta apelación la señora de Bonafini levantó aplausos (aunque quedó la sensación que fue más por el tono que por el contenido explícito de sus palabras). La oradora exigió al gobierno de Kirchner que desprocese a todos los procesados por manifestarse, que meta cuchillo hasta donde sea necesario y que «si tiene que llegar hasta Duhalde que lo haga». Dijo también que Kirchner «no es igual a Duhalde, no es igual a Menem, pero que cumpla lo que prometió». Una mujer le gritaba «son lo mismo, son la misma mierda»; la señora de Bonafini la observó, pero siguió con su discurso. Volvió a mezclar pasado y presente con sus ideas habituales: - «Nuestros hijos, a los que reivindicamos cada vez con más fuerza, nuestros queridos y amados guerrilleros, se levantaron en armas porque se hartaron de que los pisoteen, que los engañen, se hartaron de ver la muerte de tantos chicos. Y no nos da vergüenza decirlo, al contrario, el orgullo más grande de haber tenido hijos con semejantes pelotas para enfrentar al sistema y al imperialismo».
- «Hoy vemos en ustedes a nuestros hijos. Nuestros hijos nacieron en los piquetes, en los puentes, en las fábricas ocupadas en producción. Y nacen cada día como nace el hombre nuevo. El hombre nuevo no es una utopía. Nace cuando cada uno de nosotros deja de ser un hombre común y se planta en la calle para decirle basta a estos hijos de remil puta que nos quieren masacrar».
- «Vamos a vengar a nuestros hijos cuando el pueblo sea feliz, y el pueblo será feliz cuando la revolución esté en marcha».
El discurso, levemente abrumador, fue seguido por el de Mariano Pacheco. Ahí se tenía que llegar a la conclusión del Juicio Popular, tramo un tanto teatral de la presentación, ya que Mariano pidió a los presentes que dijeran si los mencionados como responsables materiales o ideológicos de la represión son inocentes o culpables. Por supuesto, todo el mundo contestó «culpables». Luego preguntó cuál es el castigo que corresponde, pero todo estaba coordinado para que desde distintos puntos se gritara «paredón», y como aún así no se oía bien, Mariano pidió aclaraciones: «¿Escuché que dijeron paredón?».
Sin embargo, varias pancartas del MTD lucían una consigna diferente: «La mejor venganza es la justicia».
El acto terminó allí, y en ese momento en el otro escenario comenzó el del resto de las agrupaciones, instaladas en la misma autopista, pero del lado de Capital.
La bajada por el Puente Pueyrredón fue más bien silenciosa.
Un integrante del MTD comentó: «La señora (Bonafini) dijo un discurso un poco raro. No me llega. Me parece que es querer copiar cosas que ya demostraron ser un fracaso. Mataron a mucha gente. Nosotros no queremos que maten a nadie. Ni queremos matar a nadie. Y que mezcle esas cosas con nosotros, no me gusta. Pero ella tendrá su forma de pensar y nosotros tenemos la nuestra».
Un integrante de una agrupación de derechos humanos -que participó justamente en toda aquella situación de los 70 que la señora de Bonafini rescató con su conocida retórica- comentó su radiografía del discurso: «Ella dice que los otros se armen, pero va a hablar con Kirchner. Propone lucha armada, pero crea una universidad popular. Además, no todos los desaparecidos eran guerrilleros, ni mucho menos. Lo puedo decir porque yo lo fui. Pero entender qué ocurrió en aquel momento no puede significar querer trasladarlo a esto. Justamente aquí los piqueteros están demostrando que hay otras formas de construcción, que cuando hay violencia es para defenderse, para reclamar por sus derechos, y porque no les queda otro camino. Pero esta gente no es estúpida, el discurso de Hebe es muy seductor, pero los del MTD son muy educados: escuchan, y después hacen lo que ellos quieren».
Miguel, un joven que apenas pasó los 20 del MTD de Don Orione (Almirante Brown) estaba ya acomodando los bolsos, ollas y mochilas para emprender el regreso. Llevaban también canastos, floreros, velas y tejidos de los que producen, y que exhibieron estos días. «Estuvo bueno el acto, pero bajaron mucha línea política ¿no? Los movimientos de izquierda. Madres articula bien con nosotros. Pero en muchas cosas no coincidimos. Nosotros lo de la violencia lo agarramos con pinzas. Somos movimientos de trabajadores desocupados, no solo piqueteros. Hacemos otras cosas, organizamos el barrio, trabajamos. Eso no está mal». Miguel casi pide disculpas, tras un discurso que pareció decir que las cosas que él considera valiosas, no lo son.
Un poco más allá estaba Nito Librado, también de Almirante Brown, responsable de la olla de 100 litros en la que preparó un guiso carrero que permitió que sus compañeros pasaran la noche de un modo más digno. «Se hace con carne, hueso, verdura, especias, arroz. Y otra olla con fideos». Nito, como Carlos Escalada que está a su lado, tienen esa pobreza que incluye educación, seriedad y un tono amistoso que en los tiempos actuales tantas veces parece perdido y que en estas agrupaciones se encuentra a cada paso, a cada palabra.
Ambos pasaron la barrera de los 60. Carlos comenta que el regreso (al contrario que las otras organizaciones que llegaron al acto) no es en los clásicos micros escolares alquilados, sino que vuelven al pago en colectivos y trenes. Tiene 14 hijos, y a poco de conversar cuenta que su mujer lo echó de la casa: «Me dijo que no soy hombre si no pongo plata, y puso a mis hijos en mi contra. Toma muchas pastillas para los nervios. Me fui a vivir con un amigo».
Nito, que era comerciante, dice: «Es el drama de las familias. La familia desintegrada». Carlos es carpintero, perdió su trabajo hace tres años, y es especialista en tapizados, decoraciones, muebles de cocina, pulido de pisos, placards a medida, modulares, refacciones en general. «El problema es que no tengo dónde instalarme para iniciarme» dice. ¿En el barrio no hay lugar? le pregunto.
Nito lo mira de reojo: «¿Cómo no me dijiste? Yo tengo un localcito». Carlos: «Yo te pago». Nito: «¿50 pesos por mes?» Se dieron la mano y me la dieron a mí.
¿Por qué están en el MTD? Nito: «Compañerismo. Es muy feo andar solo».
No sé si según el discurso del puente, Nito y Carlos, o Miguel, o tantos otros que anduvieron por allí, son hombres nuevos. Tal vez sean buenos hombres. Tomaron sus cosas y fueron con cientos de compañeros a las paradas de colectivo. La mayoría no pudo ver el recital de León Gieco y Víctor Heredia ante cientos de jóvenes piqueteros que seguían el ritmo moviendo sus cuerpos, junto a la estación clausurada donde mataron a Santillán y Kosteki.
El hit de la tarde fue «Todavía cantamos».
Nota
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Nota
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