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El jugador: Hernán Casciari, escritor

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Fundó Orsai, revista que circula como un mito. Escribió una novela que fue éxito en calle Corrientes. Publicó 12 libros. Y montó una obra íntima. Cómo hace Casciari. ▶ FACUNDO PEDRINI
El tipo está lejos. Muy lejos. El televisor 14 pulgadas del bar de Barcelona dice que Racing salió campeón después de 35 años. El lugar está repleto de personas que no saben qué es Racing y que miran al único que está mirando la tevé: es un gordo que llora. Llora mucho mientras piensa que Racing es ese Orsai del que no va a escapar nunca, y que el exilio es esto: estar apartado de la jugada que sostiene el alma.
Allá y acá
“Tu padre nació en un lugar maravilloso, en un país en donde nunca le fueron bien las cosas pero que huele a tierra mojada, en el que mires para donde mires siempre hay algo que es verde y alguien que es tu amigo. No dejes de ir nunca, nunca”. Las máximas que escribió para su hija Nina (12), pueden aplicar ahora para Pipa (meses). El pasillo que lo alejaba de la puerta de entrada y la puerta de salida se convirtió en Villa Urquiza, barrio donde el escritor vive hace 2 años después de una década en Barcelona.
Ya acá, cuenta: “El exilio te hace llorar hasta una medalla de bronce en canotaje, te hace querer al tipo que silba por la mañana, a la harina de la factura más dura, redescubrís relieves y ves cosas especiales en la textura de un semáforo. Cuando volvés, el canotaje es zapping, y el tipo que silba te empieza a incomodar, porque además de silbar, estaciona mal”.

Foto: Nacho Yuchark


Estar en Orsai
En su primera temporada, Orsai fue una revista internacional, arriesgada, con centros de distribucion en mas de 30 países, una logística llena de utopías y “con glosarios para que cada lector supiera como se dice chucha en los países donde no se dice argolla”, según indica el propio autor en el primer número de la segunda temporada. También montaron un bar en San Telmo, donde funcionaban talleres y un kiosco de revistas, con muchísima gente soñadora, que come con la boca abierta, encerrada en cuentos involuntarios, flacos y elegantes y periodistas con la camisa afuera.
Sonaba todo menos Caetano Veloso. “En 2008 me descargué la discografía completa de Caetano Veloso, pesaba 1GB. A la semana la computadora se volvió imposible, lenta y disfuncional. Con total naturalidad agarré ese GB y lo tire a la papelera de reciclaje. Ahí me di cuenta lo fácil que nos resulta todo. Ahí es cuando decidí que Orsai sea cara y complicada, porque lo barato y fácil lo tirás para hacer lugar en la primera mudanza. Si no te resultó costoso, no sirve. No vamos a ser masivos nunca. Eso es el paraíso de los tontos. Lo que genera Orsai no es popularidad, es comunión: que las personas que consumen ciertos productos puedan tener cierta complicidad en el subte cuando se ven”.
Nada de lo que ames tiene que ser un medio de vida, algo que tenes que hacer sí o sí. Tiene que ser un placer defender un texto, no una necesidad. Nadie debe decidir hasta que hora podes jugar. Ningún gobierno ni anunciante va a dictaminar cuando termina el recreo: “No tenemos publicidad ni privada ni estatal. Esa es la dimensión de la autogestión que nos determina. La contratapa de la Para TI, los carteles al costado de la ruta, los banners que cubren las avenidas doblemano serán una opción cada vez más prescindible en un mundo que va camino a la autogestión. Las grandes corporaciones No van a ser necesarias”.
Cómo contar
Vomitó 12 libros en 12 años, algunos reeditados: “Diario de una mujer gorda”, encabezando el fenómeno de los blogs que se vuelven libros; “Más respeto que soy tu madre”, que se convirtió en el fetiche de la calle Corrientes; “El pibe que arruinaba las fotos” un viaje a todos los pebetes de salame y queso de su infancia; “Charlas con mi hemisferio izquierdo”, lugar que encontró después de 6 meses sin escribir, “Messi es un perro y otros cuentos”, en donde compara al crack argentino con su perro de los 8 años ,“El nuevo Paraíso de los tontos”, 40 historias que desnudan al hombre y a la transición entre lo analógico y lo virtual; y “Doce cuentos de Verano”, el último, que cuenta con ilustraciones de Horacio Altuna y que tiene como única meta que el calor fuera el protagonista secreto de cada historia.
“Le escapo a la descripción, traslado sin describir, hay cierta coloquialidad en mis cuentos que hace sentir cómodo a quien lo lee. Nada más. No creo que el lector llegue primero a la imagen y después al concepto. No me gustan los autores que se meten hasta tu médula para terminar hablando de sí mismos. Trato que el lector esté en el lugar donde yo quiero que esté pero que no esté en mí, para eso hay que despejarse. Necesito que esté en la calle, asustado, jugando con sus sombras. No en mi cabeza. La hoja está en blanco y él es el que tiene que dibujar”.
Ahora: “Desde que dejé de escribir, interpreto. Taché las descripciones de mis cuentos y de mis novelas para aprender a decir, asimilé el silencio de los otros y entendí que quedarte callado también es un adjetivo. Me animé a volver al Siglo XIX. Eso es Una obra en Construcción, literatura chiquitita que se dice. Por eso lo monto con toda mi familia”. En ella intervienen “Chichita”, su madre, la hermana Florencia, su cuñado -el temible Negro Sanchez-, sus sobrinos y sus primos, Los Carabajal.
Humo por la boca
Revela: “No escribí desde que estoy en Argentina. Dejé de fumar. Me cuesta mucho salir del ritual literario. Nunca elaboré sin tabaco y marihuana. Cuando tuve que dejar de tirar humo por la boca, me salió un texto desapasionado. No puedo hacer nada sin pasión. No escribí todavía con ganas, si escribo y en algún momento siento que me está gustando es mucho peor, porque lo tengo que camuflar. Para escribir el editorial de Orsai me tuve que engañar: redacté 600 palabras pensando en el discurso para el lanzamiento. El paso del tiempo te advierte que no tenés que llenar la bolsa de nada ni correr detrás de ningún guión. Cuando hay cosas que te dejan de importar, significa que estás cansado. Y estoy cansado. A los 30 años pensaba que todo era plausible de ser escrito, cualquier cosa que me pasaba era susceptible de ser un cuento o una buena historia. Ahora ya no quiero convertir cualquier ocurrencia en un cuento”.
La cancha de Flandria
Sigue: “Soy de una generación intermedia, no me seducen las construcciones de 3 minutos, pero las hago porque me interesa conversar. Lo que hacemos no tiene por qué ser Peter Pan. Orsai tiene nuestra edad, nuestras canas y dolores, pero es mucho más Argentina que cuando la hacíamos en España. No me importa tanto que el nicaragüense no entienda lo que dice, no es una publicación que hace pie en todas las piletas ni pretende ser hispanoamericanista. La vieja revista estaba llena de pies de páginas con aclaraciones, de llaves que explicaban e interrumpían los relatos. Demasiadas apostillas. Ahora estamos en casa para 7.000 lectores, que no llenan la cancha de Flandria pero que pretenden algo que no encuentran en el lenguaje de los likes y la brevedad de los 140 caracteres. No es necesario tener la energía que te da la inexperiencia. Esta segunda parte tampoco será masiva, pero tampoco será careta. Algunas cosas no tienen que ir por el lado del éxito”.

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Memoria, verdad y un nuevo reclamo de justicia a 3 años sin Carla Soggiu

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A 3 años del femicidio de Carla Soggiu su familia realizó un ritual junto a un mural con la cara de la mujer asesinada por su ex pareja, que no fue juzgada por el crimen por decisión del fiscal César Troncoso. Recordaron así y ahí, en Nueva Pompeya, los alertas que Carla le hizo a un Estado que no la protegió de la violencia machista ni la encontró cuando se encontraba desaparecida. La causa por el femicidio fue investigada recientemente por MU: lo que el expediente oculta y tergiversa, y lo que devela sobre la falta de funcionamiento del sistema de botón antipánico. Una historia que demuestra paso a paso cómo lo judicial puede encubrir la responsabilidad estatal y archivar procesos, convalidando la impunidad.

En uno de los límites de esta ciudad infinita está el mural que recuerda a Carla Soggiu sonriendo. “Madre, hija y vecina del barrio Nueva Pompeya” proclama con delicadas letras esta pared pintada que hoy da lugar a una ceremonia de dolor y memoria. “A esta hora empezó el infierno” dirá Roxana, la mamá, en este sábado de calor asfixiante. Señala entonces la esquina para marcar el lugar donde Carla activó por primera vez el botón antipánico que el Poder Judicial le entregó para protegerla. No funcionaba.

Aquel 15 de enero de hace ya tres años Carla pidió ayuda cinco veces y cada vez el patrullero policial llegó a la casa de la familia Soggiu preguntando dónde estaba. Comprendieron así, cruelmente, que Carla estaba en peligro y que nadie podía ayudarla. Cuatro días después un trabajador de limpieza encontró su cuerpo en el Riachuelo, que en ese límite es apenas unas cuadras.

Días antes Carla había sido torturada y violada por su pareja, con su hija de 2 años como testigo. Cuando logró escapar presentó una denuncia: fue la que originó la entrega del botón, una medida de protección que en esta ciudad portan tres mil mujeres al año.

La pareja de Carla fue condenada por esos delitos, pero la causa por su femicidio fue archivada: el fiscal César Troncoso consideró que no había delito alguno que investigar. Haber sido golpeada y violada días antes, soportar golpes en la válvula que calmaba su hidrocefalia, pedir ayuda a través de un dispositivo inútil, entre otras tantas de violencias, no son considerados por el fiscal como indicios de una trama que une ambas causas. La familia de Carla se enteró del archivo hace apenas unos días y de casualidad y ahí está ahora, parada frente al mural, clamando ayuda porque contra tanta injustica “solos no podemos”.

A su lado están Susana y Daniel, padres de Cecilia Basaldúa, víctima también de un femicidio y de un Poder Judicial cómplice de la impunidad. Está su tía y su primo y una vecina con su hijita y en ese abrazo la familia de Carla encuentra la fuerza para recordar sin lágrimas lo que necesitan: justicia. La exigen por sus nietos que todavía no accedieron a la pensión a la que tienen derecho según la Ley Brisa. Tras reclamos y trámites solo tuvieron una Asignación Universal por Hijo. Un abogado les cobró 40 mil pesos para renovarla, pero el trámite no lo completó y quedó nulo. De eso también se enteraron hace apenas unos días y de casualidad, cuando acudieron a la Defensoría General a pedir ayuda y se encontraron allí con la abogada que asistió a Carla en su primera denuncia. Ella los ayudó a solicitar la renovación del subsidio, pero en esta tarde de infierno Roxana cuenta que ya pasaron los 10 días previstos y la asistente social que debía visitarlos para darles la aprobación nunca llegó, así que tendrán que seguir esperando a ese Godot que es la justicia en Argentina. Mientras, el sustento sigue dependiendo de la espalda de Alfredo, que hace años trabaja en la misma empresa cumpliendo tareas de carga y descarga. Lo ayudan dándole horas extras: más peso.

En esta tarde de dolor y memoria hay flores y globos violetas, el color preferido de Carla, que su madre suelta para que rueden por las calles silenciosas del barrio de Nueva Pompeya. Docenas de globos mecidos por la brisa ardiente que anticipa una tormenta. Ahí quedan, en ese límite y a la espera.

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Lo que falta: 16va Carta al Presidente de Familiares Sobrevivientes de femicidios

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A plena luz del sol y en un centro desolado, las familias que componen el grupo Familiares Sobrevivientes de Femicidios se reunieron en Plaza de Mayo para dejar por vez número 16 una carta al Presidente Alberto Fernández, pidiendo que los reciba, exigiendo justicia por sus hijas y acercando medidas concretas para que eso suceda.

En la jornada de hoy estuvieron presentes Daniel y Susana, papá y mamá de Cecilia Basaldúa, asesinada en Capilla del Monte, Córdoba; Marta y Guillermo, padre y madre de Lucía Pérez, asesinada en Mar del Plata; y Analía Romero, mamá de Camila Flores, asesinada en Santa Fe.

En todos los casos estas familias debieron trasladarse hasta Plaza de Mayo; recorrido que significa a la vez que las causas que se tramitan por las muertes de sus hijas distan muchos kilómetros de la Casa Rosada; distancia que garantiza la impunidad, ya que facilita las trabas judiciales y las tramas territoriales; y complica el acceso a la justicia como un derecho para familias que no cuentan con recursos para viajar ni para sostener abogados ni peritos.

Así lo denuncia la mamá de Camila Reyes:

Así reclama Guillermo Pérez, papá de Lucía, que Alberto Fernández los reciba:

Estas son las fotos de algunas de las jóvenes asesinadas por la violencia machista, cuyas causas siguen impunes:

Estas son las cartas que entregan las familias al Presidente cada segundo miércoles del mes:

Esta es el informe que junto a las cartas las familias entregaron en la Rosada, un diagnóstico y una muestra de lo que falta para lograr un Nunca Más de la violencia patriarcal, de la que el Estado es parte:

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Infeliz año nuevo: trabajadores de alfajores La Nirva con orden de desalojo

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“Resuelvo: disponer el lanzamiento de los ocupantes de la planta fabril deudora ubicada en laa calle Dorrego Nº854, Lomas del Mirador, La Matanza, Provincia de Buenos Aires y restituir la posesión de la misma a la concursada”.

El fallo lleva la firma del juez nacional en lo Comercial Fernando D’Alessandro, está fechado el 30 de diciembre, y precisa dos aclaraciones: cuando se lee “lanzamiento” debe entenderse “desalojo” y “ocupantes” a 57 familias de la tradicional fábrica de alfajores La Nirva que recuperaron sus fuentes de trabajo en plena pandemia después de la estafa de los exdueños Matías Paradiso y Marcelo Iribarren. Las familias pusieron las máquinas a producir nuevamente luego de conformarse en una cooperativa de trabajo, y así trabajaron este año y medio pandémico hasta recibir el fallo previo al año nuevo.

“Estamos laburando muy bien”, dice a lavaca Marcelo Cáceres, presidente de la cooperativa. “En este último tiempo estábamos con pan dulces y muchos proyectos de ampliar la máquina de galletitas y alfajores, de inaugurar una línea más: estamos en crecimiento. El síndico ya había venido a revisar la fábrica y quedó sorprendido de lo bien que estaba. La decisión nos lleva a pensar que hubo un arreglo político con plata de por el medio, porque el juez no se fijó en esto, y directamente decretó el desalojo”.

La decisión, por ahora, no tiene fecha, pero las familias sí están en alerta y la noche de año nuevo reforzarán la presencia de guardia en la fábrica.

Dice Cáceres: “Vamos a aguantar la que se venga”.

Compartimos la nota de MU sobre la recuperación de la empresa.

Triple sabor: La Nirva, recuperada por sus trabajadorxs

Luego de estafas patronales, amenazas de la Bonaerense y dos meses en la calle durante la pandemia, la popular fábrica de alfajores de La Matanza se hace cooperativa. La autogestión como salida ante la crisis. Por Lucas Pedulla.

(publicada en julio 2020)

Después de trabajar 20 de sus 42 años en el control de la máquina de chocolate de La Nirva, Lorena Pereyra se encontró en pleno aislamiento social, preventivo y obligatorio enviándole al dueño una foto de su tupper en la olla popular que cocinaban al frente de la empresa, con un mensaje: “Mirá a lo que llegué”. La foto era la misma para cada una de las 65 familias que desde el comienzo de la cuarentena tuvieron que desoír el consejo de quedarse en casa, con los riesgos que eso implicaba, e instalar una carpa frente a la fábrica de alfajores en el partido bonaerense de La Matanza para reclamar por sus fuentes de trabajo.

Allí permanecieron durante casi dos meses con venta de torta fritas y budines para el fondo de lucha, y con carteles que explicaban la necesidad preventiva, social y obligatoria de otro virus:

  • “Nuestro virus tiene nombre: Matías Paradiso y Marcelo Iribarren (los dueños)”.
  • “Nos dieron cheques sin fondo en diciembre. Nos estafaron”.
  • “Si nos quedamos en casa nadie escucha que pasamos hambre. Queremos recuperar nuestro trabajo y vivir dignamente”.
  • “Queremos cobrar”.

Con cuatro hijos y su marido que había sido despedido de la misma empresa años atrás, Lorena nunca imaginó que atravesaría la lucha en medio de una crisis sanitaria sin precedentes. “La patronal cambió hace tres años y vimos cómo empezaron a irse compañeros. De 120 pasamos a 65. Hace dos años que no tenemos aportes, mientras vemos cómo en la ANSES figura que cobramos sueldos de 70 mil y 80 mil pesos, cuando hace nueve meses que no cobramos nada. Pero ante la necesidad te hacés fuerte, quieras o no”.

Lorena ya no habla desde la olla popular en la calle, sino desde adentro de la fábrica, donde permanece de forma pacífica junto a sus compañeros y compañeras en resguardo de las maquinarias y su fuente de trabajo que hoy toma una forma que augura un futuro pospandemia sanitaria y laboral: la forma cooperativa.

Foto: Ramiro Dominguéz

Conflicto grandote

La popular fábrica La Nirva es la encargada de hacer los famosos alfajores Grandote y La Recoleta, entre otros productos como cubanitos y copitos de chocolate y dulce de leche. El 80 por ciento de su personal son mujeres. “Mi pareja trabajó 31 años acá: lo echaron el año pasado pagándole una sola cuota de 51 mil pesos como indemnización”, contaba María de los Ángeles Santillán, 46 años, 23 en la empresa, cuando MU se acercó a la fábrica una semana después de iniciado el acampe. “No tiene nada fijo. Y la plata no alcanza, las boletas aumentan, tenemos mamás enfermas que tenemos que dejar para venir acá. Se complica todo: no tenemos ni para cargar la SUBE, por eso estamos vendiendo tortas fritas”. 

Marcelo Cáceres (34 años, 12 en la fábrica) pasó de ser delegado sindical a presidente de la futura cooperativa. Desde esa transformación recuerda que la caída  comenzó en 2018, cuando la firma cambió de dueños. “Se vendió al grupo Blend. Durante dos meses seguimos con el ritmo de trabajo que teníamos. Al tercer mes, el salario empezó a retrasarse. De a poco, se fueron cerrando líneas. Al tiempo, nos cortaron todos los servicios: agua, gas y luz. Nos quedamos literalmente a oscuras”.

Empezaron los despidos de personal administrativo: de más de 120 trabajadorxs quedó la actual planta de 65 personas. Y como en la pandemia, se contagió el miedo. Santillán: “Había miedo a hablar porque si alguien criticaba, al día siguiente era despedido”.

Cáceres aclara que el problema no era la producción. “Por quincena, y laburando una sola línea, hacíamos un millón 200 mil alfajores. En 2001, año de la peor crisis, ni se sintió: hasta horas extras se hacían. Fue un mal manejo. No sabemos lo que es cobrar un sueldo completo. Eran puchitos: de 2.000, 3.000 pesos. De octubre a hoy, solo en salarios la deuda con nosotros es de 18 millones de pesos”.

Hay más: “En diciembre nos dieron cheques a 60 y 90 días. El dueño nos dijo que vayamos a cobrarlo a una financiera, que nos iban a sacar un porcentaje, pero que lo íbamos a poder cobrar. Nadie vio un peso”.

Cáceres tuvo que vender su auto para poder pagar deudas. El 24 de diciembre llamaron al dueño para que les diera algo de efectivo para pasar las fiestas: “Nos dieron 3.000 pesos”. Y el 2020 arrancó con más promesas. “El primer día de febrero nos prometieron 40 mil pesos para arrancar y que, mientras producíamos, iban a abonar la totalidad de la deuda. Trabajamos una semana: nos dieron 20 mil. Hay buena predisposición, pensamos. Trabajamos otra semana más, pero ahí ya dijeron que no había efectivo. Como veníamos de dos años de mentiras, decidimos dejar de trabajar hasta que nos pagaran”.

Así llegó marzo, la pandemia agudizó todas las crisis y la situación  de los trabajadores era desesperante. Al combo se sumó que un vecino les avisó que un camión había ingresado de madrugada a la fábrica a llevarse cosas. No dudaron: estaba en juego la fábrica y sus fuentes de trabajo. 

Y votaron la instalación de la carpa.

Foto: Ramiro Dominguéz

Unión & galleta

Cuando el acampe cumplió una semana, recibieron una visita inesperada. Cáceres: “Apareció la policía, con la excusa de que no podíamos estar en la calle por la pandemia, cuando hacía siete días que estábamos ahí. Y nos corrieron por todo el barrio: un grupo terminó en la plaza, otro cerca de la ruta”. El efecto se vio al otro día: entre vecinos, vecinas y movimientos sociales hubo 200 personas apoyando a las familias en la puerta con olla popular. Y la policía no volvió más.

Ante la evidencia del apoyo, los dueños firmaron un acta en la que se comprometieron a cumplir el 100 por ciento de los salarios adeudados. Pero esta promesa tampoco se cumplió. “Agotamos todas las instancias legales que había. Primero, el dueño nos tomó el pelo a nosotros. Segundo, al sindicato. Y tercero, al Ministerio de Trabajo: hicimos cinco audiencias y no cumplieron ninguna, hasta que con los abogados del sindicato decidimos cerrar el acto y quedarnos en asamblea permanente, pero ya adentro de la fábrica”.

Lorena Pereyra hace una lectura de todo el proceso: “20 años son toda una vida. Tuvimos un mes en la puerta sin la ayuda de nuestro sindicato, con la ayuda de los vecinos. Ahí te das cuenta de que tu lucha vale, y que tiene un poder. Antes, con un pago mínimo entrábamos y desistíamos, pero ahora la pandemia terminó de desatar todo. Fui aprendiendo mis derechos. Uno viene acá, exponiéndose a todo, cuando lo que más queremos es estar en casa, pero lo valió”.

Mientras los trabajadores y trabajadoras buscan volver a la producción, Cáceres fue denunciado por “usurpación” por los exdueños, causa que tramita en los tribunales matanceros. “Por ahora el fiscal actuó bien. Y entre nosotros tenemos mucha unión. Sin eso, no hubiéramos llegado a nada. Esa es la base: la unión y la convicción que tenemos”.

Paula Rojas, 30 años, fue una de las últimas trabajadoras que entraron, hace cuatro años, en el área donde se colocan las galletas y empieza el proceso del alfajor. Sus compañeros la eligieron para que sea la tesorera de la futura cooperativa. “Me gusta y es una responsabilidad, porque si nos hubiéramos quedado en casa no habríamos conseguido nada. Mucha gente va a quedar desocupada después de todo esto, y si no recuperábamos también nos íbamos a quedar sin nada. Por eso tampoco podíamos quedarnos en casa. En casa estábamos todos separados, cada uno en su vida, aislados. Acá es distinto, estamos apostando a un mismo objetivo: recuperar nuestras fuentes laborales”.

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