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Macho menos: Nuevas masculinidades

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El libro Cuerpos minados compila una serie de trabajos académicos sobre las masculinidades desde distintas disciplinas: arte, historia, sociología, activismo. Aquí, una reseña con pistas para abrir el debate. ▶ BRUNO CIANCAGLINI
Cuerpos Minados es el título del volumen recientemente editado por la Universidad Nacional de La Plata que se encarga de abordar, desde distintas disciplinas- arte, activismo, psicología, sociología, historia, sociología-, las masculinidades en Argentina.
Esa alusión al (los) cuerpo(s) masculino(s) como un campo minado, un territorio que en la superficie parece calmo, llano e invariable pero que en el fondo está por estallar en mil pedazos, puede leerse de dos maneras:
Desde el corto plazo y por el contexto, en referencia a cómo cierta forma de masculinidad se ve interpelada por la explosión de los movimientos femeninos, a có- mo determinado paradigma de “ser” hombre- las “masculinidades hegemónicas” y su estatuto dominante- está corroí- do y en cuestionamiento.
Desde el largo plazo, el título y el volumen en sí se constituyen como una investigación y rastreo de aquellas personas, obras o producciones que, sobre todo desde los años 60 en adelante, desde diferentes campos como el arte o el activismo fueron poniendo las bombas en el terreno, abriendo líneas de fuga hacia otras formas de masculinidades y que hoy, resumidos en esta serie de ensayos recopilados por José Maristany y Jorge Luis Peralta, nos formulan una pregunta simple e incómoda, que desde su mera enunciación ya puede hacer tambalear hasta la más viril de las certezas:
¿Qué es ser hombre?

Ilustración: Agustina Olivera para MU


Salir de lo obvio
“Veíamos que había un vacío, un punto ciego. Los estudios de género empezaron muy fuerte en los 80, de la mano con el crecimiento del activismo post-dictadura, pero por diferentes razones hubo una distorsión que convirtió a estudios de género en sinónimo de perspectivas feministas o de estudios de la mujer. De este modo, la masculinidad se mantuvo como lo obvio, algo que no se interroga, que por eso se vuelve invisible, innato, natural y universal”, explica José Maristany, investigador, docente de literatura y uno de los compiladores. Continúa: “También hablamos de masculinidades en plural, porque creemos que no existe una masculinidad única, sino que hay variedad y complejidad. De esa manera, refutamos la idea de una sola manera de ser ‘varón’ y que cambian no solo en diferentes contextos históricos y culturales, sino también en un mismo tiempo y sociedad”.
Los autores sostienen que la masculinidad hegemónica, o lo que hoy se considera “ser hombre”, no es más que un modelo normativo y plantean la apertura hacia otras formas de habitar los cuerpos que hacen estallar el binarismo de género (hombre/mujer) y su anclaje biologicista, “natural”.
Dice Maristany: “No queríamos limitar la masculinidad al cis-hombre (aquel que asume su identidad según su configuración cromosómica, genital), queríamos tener artículos de todo ese espectro que son las masculinidades trans, lésbicas o femeninas, formas de masculinidad que no están asociadas al cuerpo de ‘hombre’ y que ponen en crisis ese paradigma”.
Facultad chonga
A partir de esas premisas los diferentes ensayos plantean más preguntas e inquietudes que certezas académicas. El texto en primera persona de Valeria Flores, maestra lesbiana “chonga” de Neuquén, pone sobre la mesa los contrasentidos que genera su cuerpo, en tanto que su aspecto varonil es cuestionado, según ella, por cierto feminismo que lo asocia a lo masculino como algo negativo per se, y al mismo tiempo su presencia en una institución normalizadora como es la escuela rompe con el dispositivo feminizado del ideal de maestra en lo que ella denomina la (hetero) institucionalidad.
Escribe Valeria: “Estos son apenas unos desprolijos apuntes de una maestra prófuga, con 14 años de trabajo áulico en escuelas públicas de Neuquén, y un zigzagueante y dispar estado laboral de creciente precariedad al que muchas lesbianas ‘chongas’ somos arrojadas por una (hetero) institucionalidad hostil y expulsiva. Apuntes borroneados desde una ‘facultad chonga’ . La ‘facultad’ es esa sensación que dura un instante, una percepción fugaz a la que se llega sin razonamiento consciente pero que permite ver la estructura profunda debajo de la superficie de los fenómenos, y nos vuelve disponibles más que a una idea, a una ars operandi que no separa lo ético y lo teórico de lo estético y lo estratégico. Esa misma “facultad chonga” nos alerta sobre las sutiles formas de sujeción a la norma sexo-genérica que traman la vida cotidiana”.
No tan distintos
El ensayo, ¡Éramos tan diferentes y nos parecemos tanto! de Santiago Joaquín Insausti y Pablo Ben, parte de un análisis histórico a partir de datos demográficos, económicos y poblacionales para dar cuenta de los cambios en la pareja heterosexual, la crisis de la idea tradicional de familia y de la identidad masculina hegemónica a partir de los años 80. Citando otro estudio de Carolina Rocha, escriben:
“Entre 1945 y 1989 el Estado había reforzado la masculinidad tradicional en varios sentidos. La existencia de un Estado de bienestar paternalista fortalecía la legitimidad de la identidad masculina. El Estado se presentaba como garante último de la salud, educación y bienestar de la población, y lo hacía desde el rol simbólico de padre. A su vez, al proteger a las familias frente a algunos de los vaivenes del mercado, el Estado de bienestar permitía que la autoridad del varón como proveedor económico no fuera cuestionada, ya que las políticas sociales existentes hacían menos evidente la ‘falla’ del varón a la hora de sostener a su familia. Finalmente, durante la última dictadura militar, el Estado se autorepresentó como un padre autoritario que impone lí- mites, consolidando también la identidad masculina. Después de 1989, la caída del Estado de bienestar no solo implicó el abandono de la simbología paternalista, sino que además generó una erosión de la masculinidad ligada a la creciente proporción de varones imposibilitados de proveer a sus familias”.
Otro ensayo consiste en un balance autorreflexivo del Colectivo de Varones Antipatriarcales de Rosario, que se plantea algunas preguntas incómodas como ¿Qué privilegios tiene ser un varón antipatriarcal? Maristany: “Esa experiencia me parece muy interesante, porque implica un gran riesgo. Los varones antipatriarcales se cuestionan muchas cosas que son necesarias y enriquecedoras para las masculinidades, pero siempre está la duda: ¿Hasta qué punto eso no implica seguir perpetuando la supremacía masculina? No hay que dejar de preguntarse ¿No es otra coartada para seguir teniendo poder en espacios y territorios simbólicos donde las mujeres deben tener la voz principal?”.
La línea de fuga
Los ensayos centrados en arte indagan obras literarias, teatrales, cinematográficas y fotográficas. En este último caso en el texto La singularidad de los rostros, Ariel Sánchez analiza el ensayo fotográfico sobre los combatientes de Malvinas de Juan Trevnik. “La particularidad de la masculinidad no reside en ser una parte del binario de género, sino en ser precisamente la máquina que produce las fronteras y jerarquías y que habilita los modos de conocer, narrar y mostrar el mundo”, escribe Sánchez. Las imágenes de Travnik, según el autor, trabajan en contra de una idea de heroísmo y la fragilidad de los cuerpos retratados disocia la masculinidad del su vínculo con la idea de Nación.
CEO patriarcal
Desde una perspectiva psiconanalítica, Irene Meler analiza una figura simbólica que hoy representa el ideal de masculinidad hegemónica: el CEO. En su texto Masculinidades hegemónicas corporativas, plantea cómo ese status laboral regula todos los aspectos de la vida y funciona como un “club privado” donde la necesidad de matrimonio y la división del trabajo entre hombre y mujer vuelve a sus formas más arcaicas.
Escribe Meler: “Encuentro un nexo inextricable entre el estatuto social de los sujetos y sus relaciones emocionales. Esta vinculación dista mucho de ser lineal, pero siempre es significativa. El intercambio amoroso no se acota al erotismo y la seducción, sino que circulan entre los integrantes de una pareja complejos lazos en los que el prestigio, y la estima de sí que se deriva del mismo, así como el bienestar material y sus réditos auto-conservativos y narcisistas, o su contracara, el malestar económico y el deterioro vital que implica, juegan un rol muy importante”.
Maristany: “Estamos en una época donde hay un campo de tensiones muy fuerte. Todo varón está siendo interpelado. La masculinidad está siendo interpelada porque cada vez más desde distintos espacios se está revisando y poniendo en crisis sus principios. Hay que indagar constantemente la masculinidad, cuáles son esas exigencias, demandas y restricciones que sienten los varones respecto de la sociedad y lo que se espera de ellos, para ser considerados exitosos o visualizados como hombres”.
Desde su variedad de enfoques y disciplinas, Cuerpos Minados es un libro que no solo salda una deuda pendiente sino que abre las puertas para pensar las masculinidades en plural, para cuestionar, sobre todo, un modelo de hombre que parece estar en agotamiento.
Como ese compadrito del tango Malevaje de Discépolo que citan en el prólogo del libro, que al ver a una mujer libre bailando altanera y sensual, siente que toda su hombría se reduce a una mera pose y solloza:
Decí, por Dios,
¿qué me has dao,
que estoy tan cambiao?
¡No sé más quién soy!

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Memoria, verdad y un nuevo reclamo de justicia a 3 años sin Carla Soggiu

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A 3 años del femicidio de Carla Soggiu su familia realizó un ritual junto a un mural con la cara de la mujer asesinada por su ex pareja, que no fue juzgada por el crimen por decisión del fiscal César Troncoso. Recordaron así y ahí, en Nueva Pompeya, los alertas que Carla le hizo a un Estado que no la protegió de la violencia machista ni la encontró cuando se encontraba desaparecida. La causa por el femicidio fue investigada recientemente por MU: lo que el expediente oculta y tergiversa, y lo que devela sobre la falta de funcionamiento del sistema de botón antipánico. Una historia que demuestra paso a paso cómo lo judicial puede encubrir la responsabilidad estatal y archivar procesos, convalidando la impunidad.

En uno de los límites de esta ciudad infinita está el mural que recuerda a Carla Soggiu sonriendo. “Madre, hija y vecina del barrio Nueva Pompeya” proclama con delicadas letras esta pared pintada que hoy da lugar a una ceremonia de dolor y memoria. “A esta hora empezó el infierno” dirá Roxana, la mamá, en este sábado de calor asfixiante. Señala entonces la esquina para marcar el lugar donde Carla activó por primera vez el botón antipánico que el Poder Judicial le entregó para protegerla. No funcionaba.

Aquel 15 de enero de hace ya tres años Carla pidió ayuda cinco veces y cada vez el patrullero policial llegó a la casa de la familia Soggiu preguntando dónde estaba. Comprendieron así, cruelmente, que Carla estaba en peligro y que nadie podía ayudarla. Cuatro días después un trabajador de limpieza encontró su cuerpo en el Riachuelo, que en ese límite es apenas unas cuadras.

Días antes Carla había sido torturada y violada por su pareja, con su hija de 2 años como testigo. Cuando logró escapar presentó una denuncia: fue la que originó la entrega del botón, una medida de protección que en esta ciudad portan tres mil mujeres al año.

La pareja de Carla fue condenada por esos delitos, pero la causa por su femicidio fue archivada: el fiscal César Troncoso consideró que no había delito alguno que investigar. Haber sido golpeada y violada días antes, soportar golpes en la válvula que calmaba su hidrocefalia, pedir ayuda a través de un dispositivo inútil, entre otras tantas de violencias, no son considerados por el fiscal como indicios de una trama que une ambas causas. La familia de Carla se enteró del archivo hace apenas unos días y de casualidad y ahí está ahora, parada frente al mural, clamando ayuda porque contra tanta injustica “solos no podemos”.

A su lado están Susana y Daniel, padres de Cecilia Basaldúa, víctima también de un femicidio y de un Poder Judicial cómplice de la impunidad. Está su tía y su primo y una vecina con su hijita y en ese abrazo la familia de Carla encuentra la fuerza para recordar sin lágrimas lo que necesitan: justicia. La exigen por sus nietos que todavía no accedieron a la pensión a la que tienen derecho según la Ley Brisa. Tras reclamos y trámites solo tuvieron una Asignación Universal por Hijo. Un abogado les cobró 40 mil pesos para renovarla, pero el trámite no lo completó y quedó nulo. De eso también se enteraron hace apenas unos días y de casualidad, cuando acudieron a la Defensoría General a pedir ayuda y se encontraron allí con la abogada que asistió a Carla en su primera denuncia. Ella los ayudó a solicitar la renovación del subsidio, pero en esta tarde de infierno Roxana cuenta que ya pasaron los 10 días previstos y la asistente social que debía visitarlos para darles la aprobación nunca llegó, así que tendrán que seguir esperando a ese Godot que es la justicia en Argentina. Mientras, el sustento sigue dependiendo de la espalda de Alfredo, que hace años trabaja en la misma empresa cumpliendo tareas de carga y descarga. Lo ayudan dándole horas extras: más peso.

En esta tarde de dolor y memoria hay flores y globos violetas, el color preferido de Carla, que su madre suelta para que rueden por las calles silenciosas del barrio de Nueva Pompeya. Docenas de globos mecidos por la brisa ardiente que anticipa una tormenta. Ahí quedan, en ese límite y a la espera.

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Lo que falta: 16va Carta al Presidente de Familiares Sobrevivientes de femicidios

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A plena luz del sol y en un centro desolado, las familias que componen el grupo Familiares Sobrevivientes de Femicidios se reunieron en Plaza de Mayo para dejar por vez número 16 una carta al Presidente Alberto Fernández, pidiendo que los reciba, exigiendo justicia por sus hijas y acercando medidas concretas para que eso suceda.

En la jornada de hoy estuvieron presentes Daniel y Susana, papá y mamá de Cecilia Basaldúa, asesinada en Capilla del Monte, Córdoba; Marta y Guillermo, padre y madre de Lucía Pérez, asesinada en Mar del Plata; y Analía Romero, mamá de Camila Flores, asesinada en Santa Fe.

En todos los casos estas familias debieron trasladarse hasta Plaza de Mayo; recorrido que significa a la vez que las causas que se tramitan por las muertes de sus hijas distan muchos kilómetros de la Casa Rosada; distancia que garantiza la impunidad, ya que facilita las trabas judiciales y las tramas territoriales; y complica el acceso a la justicia como un derecho para familias que no cuentan con recursos para viajar ni para sostener abogados ni peritos.

Así lo denuncia la mamá de Camila Reyes:

Así reclama Guillermo Pérez, papá de Lucía, que Alberto Fernández los reciba:

Estas son las fotos de algunas de las jóvenes asesinadas por la violencia machista, cuyas causas siguen impunes:

Estas son las cartas que entregan las familias al Presidente cada segundo miércoles del mes:

Esta es el informe que junto a las cartas las familias entregaron en la Rosada, un diagnóstico y una muestra de lo que falta para lograr un Nunca Más de la violencia patriarcal, de la que el Estado es parte:

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Infeliz año nuevo: trabajadores de alfajores La Nirva con orden de desalojo

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“Resuelvo: disponer el lanzamiento de los ocupantes de la planta fabril deudora ubicada en laa calle Dorrego Nº854, Lomas del Mirador, La Matanza, Provincia de Buenos Aires y restituir la posesión de la misma a la concursada”.

El fallo lleva la firma del juez nacional en lo Comercial Fernando D’Alessandro, está fechado el 30 de diciembre, y precisa dos aclaraciones: cuando se lee “lanzamiento” debe entenderse “desalojo” y “ocupantes” a 57 familias de la tradicional fábrica de alfajores La Nirva que recuperaron sus fuentes de trabajo en plena pandemia después de la estafa de los exdueños Matías Paradiso y Marcelo Iribarren. Las familias pusieron las máquinas a producir nuevamente luego de conformarse en una cooperativa de trabajo, y así trabajaron este año y medio pandémico hasta recibir el fallo previo al año nuevo.

“Estamos laburando muy bien”, dice a lavaca Marcelo Cáceres, presidente de la cooperativa. “En este último tiempo estábamos con pan dulces y muchos proyectos de ampliar la máquina de galletitas y alfajores, de inaugurar una línea más: estamos en crecimiento. El síndico ya había venido a revisar la fábrica y quedó sorprendido de lo bien que estaba. La decisión nos lleva a pensar que hubo un arreglo político con plata de por el medio, porque el juez no se fijó en esto, y directamente decretó el desalojo”.

La decisión, por ahora, no tiene fecha, pero las familias sí están en alerta y la noche de año nuevo reforzarán la presencia de guardia en la fábrica.

Dice Cáceres: “Vamos a aguantar la que se venga”.

Compartimos la nota de MU sobre la recuperación de la empresa.

Triple sabor: La Nirva, recuperada por sus trabajadorxs

Luego de estafas patronales, amenazas de la Bonaerense y dos meses en la calle durante la pandemia, la popular fábrica de alfajores de La Matanza se hace cooperativa. La autogestión como salida ante la crisis. Por Lucas Pedulla.

(publicada en julio 2020)

Después de trabajar 20 de sus 42 años en el control de la máquina de chocolate de La Nirva, Lorena Pereyra se encontró en pleno aislamiento social, preventivo y obligatorio enviándole al dueño una foto de su tupper en la olla popular que cocinaban al frente de la empresa, con un mensaje: “Mirá a lo que llegué”. La foto era la misma para cada una de las 65 familias que desde el comienzo de la cuarentena tuvieron que desoír el consejo de quedarse en casa, con los riesgos que eso implicaba, e instalar una carpa frente a la fábrica de alfajores en el partido bonaerense de La Matanza para reclamar por sus fuentes de trabajo.

Allí permanecieron durante casi dos meses con venta de torta fritas y budines para el fondo de lucha, y con carteles que explicaban la necesidad preventiva, social y obligatoria de otro virus:

  • “Nuestro virus tiene nombre: Matías Paradiso y Marcelo Iribarren (los dueños)”.
  • “Nos dieron cheques sin fondo en diciembre. Nos estafaron”.
  • “Si nos quedamos en casa nadie escucha que pasamos hambre. Queremos recuperar nuestro trabajo y vivir dignamente”.
  • “Queremos cobrar”.

Con cuatro hijos y su marido que había sido despedido de la misma empresa años atrás, Lorena nunca imaginó que atravesaría la lucha en medio de una crisis sanitaria sin precedentes. “La patronal cambió hace tres años y vimos cómo empezaron a irse compañeros. De 120 pasamos a 65. Hace dos años que no tenemos aportes, mientras vemos cómo en la ANSES figura que cobramos sueldos de 70 mil y 80 mil pesos, cuando hace nueve meses que no cobramos nada. Pero ante la necesidad te hacés fuerte, quieras o no”.

Lorena ya no habla desde la olla popular en la calle, sino desde adentro de la fábrica, donde permanece de forma pacífica junto a sus compañeros y compañeras en resguardo de las maquinarias y su fuente de trabajo que hoy toma una forma que augura un futuro pospandemia sanitaria y laboral: la forma cooperativa.

Foto: Ramiro Dominguéz

Conflicto grandote

La popular fábrica La Nirva es la encargada de hacer los famosos alfajores Grandote y La Recoleta, entre otros productos como cubanitos y copitos de chocolate y dulce de leche. El 80 por ciento de su personal son mujeres. “Mi pareja trabajó 31 años acá: lo echaron el año pasado pagándole una sola cuota de 51 mil pesos como indemnización”, contaba María de los Ángeles Santillán, 46 años, 23 en la empresa, cuando MU se acercó a la fábrica una semana después de iniciado el acampe. “No tiene nada fijo. Y la plata no alcanza, las boletas aumentan, tenemos mamás enfermas que tenemos que dejar para venir acá. Se complica todo: no tenemos ni para cargar la SUBE, por eso estamos vendiendo tortas fritas”. 

Marcelo Cáceres (34 años, 12 en la fábrica) pasó de ser delegado sindical a presidente de la futura cooperativa. Desde esa transformación recuerda que la caída  comenzó en 2018, cuando la firma cambió de dueños. “Se vendió al grupo Blend. Durante dos meses seguimos con el ritmo de trabajo que teníamos. Al tercer mes, el salario empezó a retrasarse. De a poco, se fueron cerrando líneas. Al tiempo, nos cortaron todos los servicios: agua, gas y luz. Nos quedamos literalmente a oscuras”.

Empezaron los despidos de personal administrativo: de más de 120 trabajadorxs quedó la actual planta de 65 personas. Y como en la pandemia, se contagió el miedo. Santillán: “Había miedo a hablar porque si alguien criticaba, al día siguiente era despedido”.

Cáceres aclara que el problema no era la producción. “Por quincena, y laburando una sola línea, hacíamos un millón 200 mil alfajores. En 2001, año de la peor crisis, ni se sintió: hasta horas extras se hacían. Fue un mal manejo. No sabemos lo que es cobrar un sueldo completo. Eran puchitos: de 2.000, 3.000 pesos. De octubre a hoy, solo en salarios la deuda con nosotros es de 18 millones de pesos”.

Hay más: “En diciembre nos dieron cheques a 60 y 90 días. El dueño nos dijo que vayamos a cobrarlo a una financiera, que nos iban a sacar un porcentaje, pero que lo íbamos a poder cobrar. Nadie vio un peso”.

Cáceres tuvo que vender su auto para poder pagar deudas. El 24 de diciembre llamaron al dueño para que les diera algo de efectivo para pasar las fiestas: “Nos dieron 3.000 pesos”. Y el 2020 arrancó con más promesas. “El primer día de febrero nos prometieron 40 mil pesos para arrancar y que, mientras producíamos, iban a abonar la totalidad de la deuda. Trabajamos una semana: nos dieron 20 mil. Hay buena predisposición, pensamos. Trabajamos otra semana más, pero ahí ya dijeron que no había efectivo. Como veníamos de dos años de mentiras, decidimos dejar de trabajar hasta que nos pagaran”.

Así llegó marzo, la pandemia agudizó todas las crisis y la situación  de los trabajadores era desesperante. Al combo se sumó que un vecino les avisó que un camión había ingresado de madrugada a la fábrica a llevarse cosas. No dudaron: estaba en juego la fábrica y sus fuentes de trabajo. 

Y votaron la instalación de la carpa.

Foto: Ramiro Dominguéz

Unión & galleta

Cuando el acampe cumplió una semana, recibieron una visita inesperada. Cáceres: “Apareció la policía, con la excusa de que no podíamos estar en la calle por la pandemia, cuando hacía siete días que estábamos ahí. Y nos corrieron por todo el barrio: un grupo terminó en la plaza, otro cerca de la ruta”. El efecto se vio al otro día: entre vecinos, vecinas y movimientos sociales hubo 200 personas apoyando a las familias en la puerta con olla popular. Y la policía no volvió más.

Ante la evidencia del apoyo, los dueños firmaron un acta en la que se comprometieron a cumplir el 100 por ciento de los salarios adeudados. Pero esta promesa tampoco se cumplió. “Agotamos todas las instancias legales que había. Primero, el dueño nos tomó el pelo a nosotros. Segundo, al sindicato. Y tercero, al Ministerio de Trabajo: hicimos cinco audiencias y no cumplieron ninguna, hasta que con los abogados del sindicato decidimos cerrar el acto y quedarnos en asamblea permanente, pero ya adentro de la fábrica”.

Lorena Pereyra hace una lectura de todo el proceso: “20 años son toda una vida. Tuvimos un mes en la puerta sin la ayuda de nuestro sindicato, con la ayuda de los vecinos. Ahí te das cuenta de que tu lucha vale, y que tiene un poder. Antes, con un pago mínimo entrábamos y desistíamos, pero ahora la pandemia terminó de desatar todo. Fui aprendiendo mis derechos. Uno viene acá, exponiéndose a todo, cuando lo que más queremos es estar en casa, pero lo valió”.

Mientras los trabajadores y trabajadoras buscan volver a la producción, Cáceres fue denunciado por “usurpación” por los exdueños, causa que tramita en los tribunales matanceros. “Por ahora el fiscal actuó bien. Y entre nosotros tenemos mucha unión. Sin eso, no hubiéramos llegado a nada. Esa es la base: la unión y la convicción que tenemos”.

Paula Rojas, 30 años, fue una de las últimas trabajadoras que entraron, hace cuatro años, en el área donde se colocan las galletas y empieza el proceso del alfajor. Sus compañeros la eligieron para que sea la tesorera de la futura cooperativa. “Me gusta y es una responsabilidad, porque si nos hubiéramos quedado en casa no habríamos conseguido nada. Mucha gente va a quedar desocupada después de todo esto, y si no recuperábamos también nos íbamos a quedar sin nada. Por eso tampoco podíamos quedarnos en casa. En casa estábamos todos separados, cada uno en su vida, aislados. Acá es distinto, estamos apostando a un mismo objetivo: recuperar nuestras fuentes laborales”.

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