El legado de Barrick

El pueblo de Jáchal cumple una semana de asambleas y movilizaciones, con un pico de 6.500 personas el viernes y la iniciativa encaminada de una nueva marcha a la capital sanjuanina para presentar un proyecto de ley que prohiba la megaminería con cianuro en toda la provincia. También se cumplen diez años desde que Barrick Gold comenzó a producir en Veladero. ¿Qué (no) deja la mina?

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Ojos que no ven

En Jáchal e Iglesia le dicen “la báyik” y la ubican con el brazo estirado en dirección al noroeste y arriba, en algún lugar de la Cordillera de los Andes. La nombran como quien habla de una prima lejana que llegó para entrometerse en la vida y la paz cotidiana de una familia (de su pueblo), hace ya diez años o quizá más.
En el centro de Jáchal la presencia de la empresa se reduce a una oficina (que cambió de dirección el lunes después del derrame de 224 mil litros de cianuro sobre el arroyo Potrerillos) y también a alguna campera roja con el logo de Barrick Gold, vestida por ex mineros o familiares que la siguen usando porque está buena. Los vecinos calculan que hoy, de los más de 3 mil contratados que dice tener la mina, apenas 30 son de Jáchal y tienen camperas nuevas.
En las rutas cada tanto se ven pasar colectivos que llevan y traen personal desde San Juan o camiones que llevan y traen combustible o cianuro, pero más allá de esas referencias, la convivencia con Barrick se fue volviendo costumbre a partir de los casi 200 kilómetros, y todas las montañas, que separan visual y físicamente al pueblo de la mina.
Lo que une a Jáchal con Veladero es el agua, el agua del Río Jáchal que se carga del Río Blanco, de Las Taguas y en la naciente del arroyo Potrerillos, sobre el que la empresa derramó, al menos, 224 mil litros de cianuro el domingo 20.

El río Jáchal
El río Jáchal

Los vendidos

La noticia del derrame llegó por Whatsapp como la confirmación del peor pronóstico de la asamblea de Jáchal que ya en 2004 alertaba sobre los impactos de la instalación de esta mina; y, también, como la gota que rebalsó la paciencia de todos los sanjuaninos que fueron comprobando, en todo este tiempo, cómo las promesas del progreso y desarrollo minero se convirtieron en mentiras.
“Hubiera preferido no tener razón”, dice Silvina, profesora de biología y parte de la vieja guardia que en 2004 alertó del peligro del cianuro y, junto a otra decena de jachaleros, terminaron tildados de “locos”. “Nosotros tenemos una posición tomada desde hace muchos años y la hemos advertido. Me pregunto: ¿El gobierno y la empresa tuvieron tanto poder? ¿O la asamblea se equivocó en el modo?”. Silvestre, otro de aquella y de esta asamblea, responde con una teoría: “Barrick no compró a la gente: la gente se vendió”.
Fredy Espejo, vecino de Iglesia, confiesa ser uno de los vendidos y hace la historia larga que cuenta la estrategia que utilizó la empresa para desembarcar con éxito en el departamento de Iglesia: “Mi padre sembraba lechuga y porotos; las semillas de Iglesia eran muy famosas. En los 90 nos instalaron un control fitosanitario y no pudimos sacar más semillas de Iglesia: papa, ajo, porotos. Después vino la otra parte, y es que una empresa llamada La Nogalina SRL fue comprando a muy buen precio las tierras que eran de siembra. Ellos ofrecieron comprar la tierra y seguir cultivando y dando mano de obra. Y así fue”.
Fredy empezó a trabajar como jornalero en siembra, raleo y cosecha de peras y manzanas, que luego eran exportadas a Holanda. “Pagaban buen sueldo, en blanco, todo bien, pero de pronto dijeron: ‘no cosechamos más’. Y nos empezamos a mirar entre nosotros: ‘¿qué hacemos?’. Entonces fuimos para arriba”, dice, mirando la Cordillera de los Andes. “Antes de llevarnos a la mina nos crearon la dependencia laboral”. Además, marcaban el fin de una agricultura que nunca volvería a ser la misma.
Fredy trabajó durante diez años en los distintos puestos que la Barrick tuvo en la montaña y cuenta con gracia el momento en que la empresa descubrió que ahí había oro “en el pozo 38”. Su historia, que será contada en la MU de octubre, sigue con su labor en la parte de control ambiental de Barrick, su posterior despido y persecución. Hoy Fredy reparte cartas de OCA, vende seguros y tiene su pequeña siembra, todo parte del rebusque para sobrevivir.
Dice Silvina, de Jáchal: “Nunca estuvimos en contra de los laburantes. Teníamos corazón y lo seguimos teniendo. Hay mucha gente que en ese momento pensó con la panza y las tripas de los hijos. Y el corazón y la materia gris quedaron relegados porque nos hicieron creer que no quedaba otra. Como pueblo tenemos que hacer un mea culpa al respecto”.

Silvia
Silvia

La década minera

Jáchal era mundialmente conocida por sus cebollas, según cuenta el agricultor Bernabé, por una composición particular del agua que las hacía jugosas. Hoy ya no lo es más. Silvina: “Mi papá era un tipo productor de cebollas y no lo es más. Por diferentes motivos, pero nunca más pudo arrancar. Porque tampoco hubieron políticas aplicadas para impulsar a los pequeños y medianos productores. La mina se llevó todo. Al no impulsar estas políticas y darle tanto vuelo al trabajo minero, quedó como que no quedaba otra que trabajar en las mineras”.
“No han sido capaces ni de mantener lo que tuvimos antes del 2000”, dice María Inés, maestra rural. “No tenemos la agricultura, el agua está contaminada, el desarrollo que venía a partir del desarrollo minero tampoco está. ¿Para quién es sustentable? Para nosotros los jachalleros no lo es”.
Otros indicios del anunciado progreso:
-“Somos los mismos 20 mil habitantes que hace 20 años”, compara Rodolfo.
-“El hospital parece una sala de primeros auxilios”, afirma Leonesa, y todos asienten.
-Jorge, mecánico de Rodeo, dice lo mismo de ese pueblito iglesiano: “Gracias a dios soy papá hace 3 años y conocí una sala de pediatría: 4 paredes, una ventana, una cunita y listo. No hay insumos”.
En el hospital de Rodeo no se hacen partos. La mutación en estos diez años del hospital, describe Jorge, es la misma que en Jáchal: “Es una sala de primeros auxilios”.
Silvia, vendedora de ropa cuenta de un crecimiento: “Si hay un crecimiento fue de un 5%, lo que más pudo haber crecido acá son los electrodomésticos. Pero, por ejemplo, éstos de en frente que venden comida, a ellos los hicieron inscribirse como grandes contribuyentes, como proveedor del Estado para darle alimentos a la Barrick, pero al final jamás les pidieron”. Silvia suma la historia de una ferretería quebrada por las promesas: “Yo tengo un amigo que tenía una ferretería y le hicieron comprar un montón de cosas. Creía que iba a vender todo eso y el chico cerró porque se metió con ese material y no compró lo que le vendía al cliente de todos los días”.
Además de las anécdotas aisladas que terminan armando un panorama, en Iglesia ocurrió en febrero una marcha de desocupados que reunió a 50 iglesianos que marcharon desde el Municipio hasta la sede de Barrick para pedir trabajo. “Yo calculo que hay en el Departamento de Iglesia un 60% de la fuerza laboral sin trabajar”, dijo Hernán Montaño, uno de los afectados. Las únicas oportunidades, según relató, son las obras públicas del Municipio “pero que involucran al dueño de la constructora y algún ayudante; son contadas, realmente muy pocas y las posibilidades laborales son casi nulas”. Montaño cuenta que manejan una base de datos de 450 iglesianos desocupados.
Jorge, de Angualasto, mientras mira a su hijo jugar al fútbol en el equipo del pueblo dice que la realidad es más compleja: “Yo ahora estoy desocupado, pero tampoco se puede decir desde afuera que la mina se cierre, porque hay gente que vive de esto. Es complicado. Es cierto que no hay trabajo y también lo del agua… Yo no sé, si sigue así nos vamos a volver un pueblo fantasma”.
El derrame de cianuro ahora “ha generado un impacto no sólo ambiental, sino económico y social. ¿Quién te compra un cultivo de acá ahora?”, pregunta Silvina. El golpe al turismo también fue otro de los efectos inmediatos: las reservas en los hoteles se cayeron tras la noticia del derrame.

Roberto
Roberto

La mala palabra

Entre los balances también entra la sensación de que en Jáchal hay más enfermos que antes. El famoso “algo está pasando” que precede al espaldo científico, y lo reclama.
El atractivo del trabajo minero fue siempre y únicamente la alta remuneración, que puede rondar entre 30 y 40 mil pesos, aunque en la práctica, según cuentan empleados actuales, existen distintos tipos subcontratos como maniobras para eludir los sueldos del sindicato AOMA. “Hay más de 500 empleados con sueldos del sindicato de comercio”, asegura Roberto, uno de los trabajadores mineros vecinos de Jáchal.
Los sueldos intentan equilibrar las condiciones laborales: “Creo que nadie se fue a trabajar a la mina por gusto, a estar a 4.500 metros de altura, a morirte de frío, a enfermarte de presión arterial, estar lejos de tu familia 14 días”, dice Roberto, quien por estar tanto tiempo fuera de su casa, asegura: “perdí el respeto de mi hijo”.
Roberto es en los papeles contratado de Barrick, aunque su médico le prohibió “subir” hace 2 años. En los estudios le encontraron fibrosis pulmonar e hipertensión arterial. “Se me agrandó el corazón”, grafica él, en su casa que es a la vez una tienda de zapatos.
Deolinda sostiene que en Jáchal hay una mala palabra: cáncer. Ella lo tuvo y, según cuenta, se operó y ya está salvo. María Inés, por su parte, relata que tiene tres personas en su familia con esa enfermedad.
Silvia tiene una casa de ropa frente a la plaza principal, una de las más exitosas de Jáchal, al que se acercan muchas mujeres. Hace dos años, junto a clientes y comandadas por una psicóloga social formaron un grupo llamado “Cadena de luz” que reúne a mujeres con cáncer. “Tratamos de ayudarnos y darnos afecto, decir “te va a pasar esto con la quimio”, enseñar a cómo poner el pañuelo; tenemos pelucas para el que quiera usarlas, o gorritos en invierno. A la gente le cuesta mucho aceptar que tiene cáncer”. El grupo reúne a casi 30 mujeres de Jáchal.
La casa de ropa se ha transformado así en una clínica de contención psicológica. Qué percibe desde ese termómetro: “Yo lo que estoy viendo es mucho cáncer de hígado. Puede ser por la alimentación, para mí es por el agua. El agua siempre ha tenido mucho arsénico. Y te estoy hablando de que sabemos cáncer de mujer. De hombres sé que hay muchos también”. Su marido, ex intendente del municipio, murió a los 47 años por un cáncer de riñón.
Dice sobre la atención médica: “Todos los pacientes oncológicos viajamos a San Juan, acá no hay oncólogos ni el hospital tiene herramientas. Por eso no existen las estadísticas”.

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