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La Asamblearia: otra forma de consumir

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Una cooperativa formada por asambleístas de Núñez y Saavedra, se dedicará a vender en un local de la calle 3 de Febrero -barrio de Belgrano- productos y alimentos de movimientos campesinos, cooperativas agrarias, fábricas recuperadas y socioemprendedores urbanos. Piensan distinguir a su idea con un logo, Economía Solidaria, para pasar a distribuir algunos artículos a mercados y supermercados. ¿Se trata de un proyecto capitalista, o no capitalista? ¿En qué se diferenciará de los mercados y supermercados convencionales? Ideas sobre el nuevo cooperativismo, la toma del poder, y cómo establecer el valor de los pollos.

¿Existe alguna alternativa económica, a la vez social y solidaria, y a la vez eficiente? ¿Existe semejante cosa en tiempos de crisis, pobreza y mediocridad? Los integrantes de algunas asambleas vecinales parecen considerar que sí, y empezarán a demostrarlo en pocas semanas al inaugurar una iniciativa sin antecedentes donde -entre muchos otros proyectos- están dispuestos a poner huevos.

Huevos agroecológicos, sin hormonas, antibióticos ni contaminantes, empollados en cooperativas de Florencio Varela.

Y pollos (no los de supermercado sino los verdaderos, esos que son criados naturalmente y tienen un inesperado gusto a pollo).

Y yerba Tietrayjú del Movimiento Agrario Misionero (heredero de las Ligas Agrarias; el nombre de la yerba sintetiza las palabras Tierra, Trabajo y Justicia).

Y carbón del Mocase (Movimiento Campesino de Santiago del Estero).

Y verduras orgánicas (que también tienen la rara cualidad de ser verdura verdadera).

Y pan francés posiblemente insuperable, de empresas recuperadas. Budines y bizcochos de grasa. Y prepizzas de otras recuperadas. Esta restitución del pan puede ir acompañada con toda clase de embutidos, quesos y muzzarella (para las prepizzas) de una cooperativa flamante. Y habrá tapas de empanadas y de pascualina. Y grisines.

Y envases plásticos fabricados por otra cooperativa.

Y calzado, alpargatas, pañales, trapos de piso, dulces y multitud de productos de altísima calidad -algunos decididamente artesanales- realizados por socioemprendedores, a los que en esta cooperativa no llaman «microemprendedores» porque sus proyectos están sintonizados con la idea de economía social, y porque «micro» parece hacer alusión a capitalistas petisos.

Teoría y práctica

Este proyecto quedará inaugurado en los primeros días de junio, en la calle 3 de Febrero al 3200, por la cooperativa La Asamblearia. La cooperativa reúne a unos 50 socios, y es consecuencia del trabajo de dos grupos vecinales. La Asamblea Barrial de Núñez, y la Asamblea Popular de Núñez-Saavedra.

La idea -que ya es mucho más que una idea- está desarrollada en un documento finamente escrito. No es casual: el autor, asambleísta e inspirador de algunas de las ideas que la cooperativa acordó aplicar como teoría y práctica, es un escritor fantasma. O escritor en las sombras, que redacta para otros tesis doctorales y presentaciones varias. Tal el oficio de Lucio Salas, un hombre que ha pasado por la izquierda de los ’70, por el exilio en Suecia, por el ahogo cultural que representó la sombría década menemista, y que asegura que encontró en estas iniciativas vecinales una forma de resignificar su propia vida (ver nota aparte).

Las asambleas de Núñez y Núñez-Saavedra empezaron por intentar ayudar a empresas recuperadas como la imprenta Chilavert, de libros de arte, o a Zanón, a vender sus productos. Por otro lado, hacían compras comunitarias, sobre todo de verdura, para luego vender en el barrio.

«En un momento, comenzamos a ligar las dos cosas -cuenta Salas- la venta comunitaria de verduras, con la idea de sumar a las empresas recuperadas como Panificación 5, que ahora es la Cooperativa El Aguante y Grisinópolis, que ahora es la Cooperativa La Nueva Esperanza, Limitada». Alto ahí.

Salas se ríe: «Quedó medio mal el nombre porque al poner cooperativa, al final tiene que decir ‘limitada’: así son las cosas, no hay que andar exagerando».

Sin esperanzas ilimitadas, pero con las suficientes, comenzaron a aprender sobre alimentos, sobre su elaboración, distribución y comercialización, hasta que se les hizo visible la asombrosa idea de que podían intentar poner en red a toda esa cadena a través de una cooperativa.

«Habíamos empezado a comprar las cosas en el Mercado Central. Después entramos en contacto con productores quinteros de la zona del Parque Pereyra. Aprendimos lo que era la producción orgánica. Dentro de lo orgánico hay otro grado: ¿cómo es la organización social de esa producción? Hay cooperativas, hay cooperativas medio truchas, y hay productores que son empresarios capitalistas. Nosotros buscamos a los que contienen un proyecto de gestión social más interesante, que por lo general tienen origen en comunidades cristianas de base.»

La red siguió creciendo por el contacto con productores agrarios y campesinos del interior, como los misioneros que elaboran la yerba Tietrayjú. «Es interesante para los que somos más viejos porque son los herederos de las Ligas Agrarias, que sucumbieron por la represión en la dictadura y se reorganizaron como cooperativas agrícolas. Y dieron después origen a este movimiento agrario misionero que está relacionado con el Mocase, entre otros de los que van a enviar sus productos para que vendamos aquí».

La estrategia se completa con los propios socioemprendedores de la asamblea. De allí surgirán muchos de los productos que se venderán en el local de La Asamblearia. «Es todo un submundo económico, que es parte de la economía informal, pero con esa característica adicional: lo social. Habíamos empezado a desasnarnos». Encontraron libros y experiencias previas en lo que se suele llamar Economía Solidaria o Economía Social, o economía vinculada a sectores populares, o como se la quiera llamar.

Una sociedad distinta

El origen de esta historia está en el cooperativismo que surgió en la primera mitad del siglo XIX y que fue quedando diluido por la sociedad salarial -recapitula Lucio Salas- y las luchas sociales en defensa del salario que no cuestionaban la propia relación asalariada.

Otra cosa que jugó en contra de las ideas cooperativas fue la siguiente, según Salas: «La perspectiva que muchos hemos compartido de una construcción de una sociedad distinta a partir de una toma del poder del Estado es un poco contraria al hecho de ponerte hoy mismo a construir una forma de relación social alternativa. La idea de que cuando conquistes el poder del Estado vas a resolver desde arriba los problemas de la sociedad, en un grado u otro te inhibe de concentrarte ahora en hacer algo para transformar la vida que vamos viviendo».

Pero esa visión, al no plantearse una estrategia de poder, suele ser acusada de puro reformismo:

«Es real que son iniciativas dentro del marco del capitalismo. No es que lo aceptemos: es lo que hay. Uno trata de desenvolverse en un modo de producción capitalista pero tratando de desarrollar una forma de producción y de gestión que no es capitalista. Para nosotros lo distinto es que las formas de producción , distribución y relaciones sociales que establecemos en el plano económico, no son capitalistas. Hay una cita de Lenin del año 23 que dice más o menos: ‘bueno, ahora que hicimos la revolución, tenemos que hacer cooperativas’. ¿Cuál era la forma de organizar la producción y distribución en el socialismo? No había modelo. Los bolcheviques se oponían al cooperativismo por su concepción revolucionaria de la toma del poder. Pasan por una guerra civil y aplican una política capitalista a ultranza, la Nueva Política Económica. Y luego Lenin dice que, llegados a ese punto, la única forma de organizar al socialismo es a través de cooperativas. Se ha olvidado, pero es una cita interesante. De alguna forma el desprestigio y achanchamiento en que fue cayendo el movimiento cooperativo ensombreció esa imagen original que tenía, como propuesta auténticamente anticapitalista. Sigue siendo una forma de producir, distribuir y consumir que rechaza el lucro y pone el acento en la forma de decisión igualitaria y democrática».

La cura del neoliberalismo

Para Salas el valor de todo esto frente a la otra idea, la de la toma del poder, es que esta puede funcionar -en la vida que vamos viviendo- y la otra ha demostrado no ser muy exitosa.

La evolución del cooperativismo y de la Economía Solidaria, según Salas, es la contracara de la infección neoliberal de los últimos 25 años.

Y va produciendo cambios acaso históricos: «La crisis ha hecho mucho. Si el capitalismo argentino funcionara de un modo más o menos estable, esto no hubiera sucedido. Pensá que hace 4 ó 5 años, cuando quebraba una fábrica, los trabajadores cobraban la indemnización y ponían un quiosco, o compraban un remis. No se les hubiera ocurrido asociarse para conservar el trabajo».

Otro cambio es que el cooperativismo actual no es como el anterior que -simbolizado en la Cooperativa El Hogar Obrero- se volcó a un manejo de lógica capitalista, venta de cualquier cosa, casta gerencial dominante, y mala administración dentro de esa lógica. «No hay una teoría muy cerrada. Por principio en una cooperativa no debería haber asalariados, pero algunas los tienen porque la situación los ha llevado a eso».

El ejemplo que más atrae a Salas es el del Movimiento de los Sin Tierra de Brasil. «Es que además incorporaron esta idea de la Economía Solidaria, tienen hasta un logo que identifica sus artículos para que exista la relación más directa posible entre los productores campesinos y los consumidores».

La forma de la cooperativa fue otro tema de debate. Se resolvió integrarla como cooperativa de Vivienda, Crédito y Consumo: «A diferencia de una cooperativa de trabajo, así pueden participar los que trabajan, y también los que no vamos a estar con un trabajo específico con horario, pero sí con trabajo voluntario. Eso se hizo para evitar que, por necesidad, y en todo su derecho, los que están trabajando terminen vendiendo cocacola si eso responde a una necesidad puramente económica. Sería perder todo sentido de autogestión y vínculos solidarios. Para los que la creamos, es importante que esta cooperativa esté al servicio de la Economía Solidaria».

Sociedad en movimiento

Una punta de este asunto es la producción de movimientos campesinos, fábricas recuperadas y socioemprendedores. En el otro extremo aparecen los hipotéticos clientes. Para La Asamblearia, hay un sector de lo que llaman «consumidores responsables» que está gestándose y que aspiran a ayudar a crear. El problema es que algunos pocos productos (pollos y huevos, fundamentalmente) tendrán un precio mayor que el que cobran los supermercados por sus pollos y huevos plásticos. «Claro, una producción orgánica es diferente que una industrial, como es diferente también la calidad del producto. El huevo orgánico es más grande, con yema roja, con otro sabor. Te dicen que le des un huevo por día a tu hijo por las proteínas, pero si es un huevo orgánico, le podés dar uno cada dos días y son las mismas proteínas, y encima sin antibióticos ni hormonas».

Por eso en la cooperativa más que de precios caros y baratos, prefieren hablar de un precio justo. El que considera el valor del producto, el trabajo y la distribución. Y agregan otro elemento: «Además, en esa producción no media la explotación de nadie, ni el lucro capitalista. Ese es otro valor adicional».

De todos modos, ¿no podrá convertirse la cuestión en un área de consumo para un nivel adquisitivo alto?

Dice Salas: «Sabemos que esto tiene que ver con la capacidad adquisitiva en algunos casos, pero sólo algunos productos van a ser más caros, y no mucho más que en los supermercados. El pollo orgánico, por ejemplo, es un 50% más caro pero hay bastante conciencia, más de lo que uno cree, acerca de que los pollos de supermercado son un paquete de hormonas de consecuencias imprevisibles».

Un dato: los futuros clientes y vecinos, podrán asociarse por 10 pesos anuales, y tener un descuento del 5 % en todas sus compras.

La cooperativa va a colaborar (como lo viene haciendo la asamblea) con el comedor popular Padre Mujica del barrio, «y eso nos permite que estos productos lleguen también a sectores marginados que ni van a los supermercados, y que compran poco y caro, las veces que pueden. Esa es la realidad un poco pavorosa de la Argentina».

Otra diferencia de la cooperativa, como administración, será su transparencia económica. «La apuesta a una gestión popular económica en el contexto capitalista, para que vaya siendo asumida por cada vez más personas, debe tener criterios muy estrictos de transparencia».

Transparencia. Entonces, ¿de donde obtuvieron el dinero para comenzar a moverse? Salas cuenta que 40 pintores argentinos que viven en Paris donaron sus cuadros: «4.000 euros». Hubo donaciones de integrantes de Znet, donde colaboran el propio Lucio y su esposa, la escritora Cristina Feijóo. Otro aporte (1.000 dólares) fue de la fundación Vallas y Ventanas, de los canadienses Naomi Klein y Avi Lewis. Y hubo una colecta en los Estados Unidos, a través de relaciones personales, y ayudados porque los traductores de Znet difundieron una versión en inglés del proyecto.

Salas cree que todos estos participantes del proyecto funcionaron como el crédito que no existe en la Argentina. «Como pensamos que nuestra idea es perfectamente sustentable y razonable, cualquier banquero honesto nos debería dar un crédito. Pero no hay. Ni crédito ni banqueros honestos, pero sobre todo crédito».

Hasta ahora reunieron 7.500 dólares, y piensan conseguir otro tanto para comprar un vehículo: «Un utilitario con caja para conservar la cadena de frío». El detalle, dice Salas, no es menor, y representa una maduración de los que asumieron el proyecto para hacer las cosas bien. No romper la cadena de frío es un criterio de calidad central. «Cuando surgió, el cooperativismo decía que debía ofrecer productos puros. Cuando asumís esta responsabilidad no te podés permitir fallar en esas cosas. No se puede defraudar al consumidor».

Autogestión y después

De los 50 socios de La Asamblearia, 30 ó 35 pertenecen a las asambleas, y el resto llegó por esta propuesta en sí misma. Creen que el número de asociados crecerá mucho. Se formó hace 45 días: «Somos optimistas sobre sus posibilidades, pero como pasa con las asambleas, lo importante no es cuántos miembros tenga, sino cuán expandidas puedan ser sus relaciones. La cantidad de colectivos, consumidores sociales o asociados, con los que podamos establecer una relación y llegar con los productos autogestionados» dice Lucio.

El local tendrá más de 200 metros cuadrados, y esperan instalar allí un área para actividades culturales, y también una Escuela Popular de Economía Solidaria.

«Queremos salir de la pura práctica que es común en el movimiento social, y generar un conocimiento que sea aprovechable para la construcción de otras experiencias». También aspiran a que exista allí una matriz o incubadora de emprendimientos económicos, algo tomado de las universidades brasileñas. «Se concentran personas, se concentran saberes, se resuelven cosas y se ponen proyectos en marcha» sintetiza Salas.

Otro proyecto es que toda esta producción salte también a las cadenas convencionales de comercialización, incluyendo a los supermercados, para lo que imaginan un logo (por ejemplo, Economía Solidaria). En Brasil ya lo aplican los Sin Tierra para sus productos.

Salas cree que ni siquiera Naomi Klein pondrá objeciones al logo: «Es un logo que es un no-logo, un logo contracultural».

Los vendedores del futuro emprendimiento serán tres desocupados del barrio. «Por ahora no tenemos plata para más. Pensemos que son tres nuevos puestos legítimos de trabajo, y ojalá que los dupliquemos en poco tiempo. Además, al multiplicar la distribución de los productos de empresas recuperadas y cooperativas, estamos ampliando las posibilidades que tienen ahora. Ojo, que en una planta recuperada donde hoy hay 30 trabajadores, llegó a haber 70. Los otros 40 probablemente se reincorporarían si hubiera trabajo. Apostamos a poder hacer más sólida la economía de muchas de las fábricas recuperadas que están en condición endeble».

No falta demasiado para comprobar a cuántas de estas esperanzas se las puede ir aliviando de la palabra «limitadas».

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