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Manuel Delgado: el espacio público asusta

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El catalán Manuel Delgado visitó Buenos Aires y vio las vallas que protegen a la Casa Rosada con optimismo: “Quiere decir que el poder no se siente tan seguro” dijo a lavaca en esta entrevista donde cuestiona al progresismo que se ha vuelto más amable que justo y al poder que busca el control social. El rol del Estado y los discursos “culturales”, reivindicación de la calle como lugar de expresión, y la crítica a los barrios como “parques temáticos”. La diferencia entre las villas argentinas y la pobreza europea.
Irónico, mordaz y provocador, el antropólogo catalán Manuel Delgado atizó al público que lo escuchaba en el Teatro Municipal General San Martín. Primero dijo que para hacer una buena tesis académica había que juntar “dos o tres frases con palabras difíciles para que no se entienda nada”. Después agregó que lo que se tienen que preguntar sus colegas no es “sobre el futuro de las sociedades, sino cuánto cuesta un alquiler”. Por último acusó a los arquitectos de asociarse al capital privado y el Estado “para comprar tierras a precios públicos y vendérsela a la gente a precios privados”.
Delgado, especialista en la investigación de los espacios públicos, llegó a Buenos Aires para participar del Tercer Encuentro Internacional de Pensamiento Urbano. Paró en un hotel del centro porteño y lo primero que hizo cuando arribó fue salir a dar una vuelta para descubrir la ciudad. “Estuve en la Plaza de Mayo, vi a estudiantes que iban a sus clases, oficinistas que se dirigían a sus trabajos, gente durmiendo en la calle y un montón de vallas que protegían el Palacio de Gobierno. Eso me dio mucho optimismo”, le dijo a lavaca.
-¿Por qué las vallas le dan optimismo?
-Que el poder le tenga miedo a lo que eventualmente pueda suceder en una plaza, advierte que no se siente tan seguro. Hay un texto de Mijail Bajtín, La cultura popular de la Edad Media y el Renacimiento, donde explica que la cultura popular es la cultura de la plaza. El último momento del libro es cuando el príncipe se asoma al balcón y ve al carnaval, y ve como la gente ríe y lo señala. El príncipe, entonces, dice:“Me siento solo y tengo miedo”. Los poderes en el fondo tienen algo de impotentes. Todas las evidencias de que los poderes tengan algo de impotencia están bien. Que de pronto el poder insinúe lo que en la práctica es una suerte de agorafobia (miedo a los espacios abiertos) es buen síntoma. Todos los poderes son agorafóbicos. No hay nada que asuste más a los poderes que una calle, donde puede pasar cualquier cosa.
Doctrina Gene Kelly
-Esta ciudad tras los acontecimientos de 2001 enrejó masivamente sus plazas, sus monumentos públicos, sus palacios gubernamentales…
– Y lo bien que hace. Está justificado.
-El arquitecto Rodolfo Livingston, dice que a mayor cantidad de rejas, menos democracia.
-Obviamente. ¿Pero qué es el espacio público? Es el espacio accesible a todos. Pero ¿dónde está? Búsquenlo. El espacio público no existe. Ese concepto tan vinculado a la tradición del republicanismo kantiano, vinculado al libre ejercicio de razón y la libertad por parte de individuos e iguales, no existe.
-¿En donde se manifiesta la gente, entonces?
-En la calle. Lo que quisieran los diseñadores y los políticos es que la calle fuera un espacio donde la gente vaya y venga de trabajar. O de compras. Pero además es el lugar donde pueden pasar cosas, donde uno puede reclamar y ejercer su derecho a pensar en voz alta, donde puede reunirse con otros para hacer cosas distintas a circular en coche. Donde uno puede perderse o encontrarse, caerse y volverse a levantar, morir y resucitar. O como diría Virgina Wolf, donde las cosas se juntan. Gene Kelly lo vería clarísimo: donde uno puede cantar y bailar bajo la lluvia.
-También es el lugar donde se hace visible lo invisible.
-Hombre, la única forma de controlar la calle es el toque de queda. Y un toque de queda, por lo menos en Europa, con frecuencia se realiza en nombre de las “normas cívicas” y de las “leyes de urbanidad”, que sirven para hacer invisible a los excluidos. Ya las antiguas leyes de vagos y maleantes servían para garantizar las calles libres y limpias de cualquier cosa que las afeara y que desmintiera la presunción que esas calles debían tener de ser espacios míticos, con seres angelicales que se dedicaban a la práctica de la amabilidad y cortesía.
Una defensa del despotismo
-¿Qué pasa cuando no es el poder sino otras personas las que piden limpiar los espacios públicos?
-Es la gente de orden, esa tensión no se puede conciliar nunca.
-¿Y qué pasa entonces? ¿Cómo se resuelve esa tensión?
-Pues, emerge la vida. La cuestión es que por definición, la calle, que es espacio de las visibilidades, no puede ocultar los conflictos. Se nutre de lo mismo que la altera. No se trata de hacer el elogio de la pobreza y la delincuencia, pero no son la consecuencia de que las calles estén abiertas, sino de factores estructurales que son por definición injustos. ¿Qué vas a hacer para evitarlos? Vigilancia privada y toque de queda. O cerrar las calles. Pero lo que no se puede hacer es evitar que la injusticia emerja. Puedes cambiar de sitio, esconderla. No es elogio al desorden, la calle es lo que es, porque refleja: es un escenario por naturaleza, lo que hay se escenifica, en definitiva es un teatro. No es más que eso.
-¿Por qué el poder se empeña, entonces, en legislar ese teatro?
-Hay que desconfiar de un poder que legisla únicamente en relación a la calle pero no en relación a otras cosas. A mí me encantaría que el poder legislara más, que sea más severo, más duro. Pero depende más duro con quién. Yo estaría encantado con que en Europa los poderes legislen sobre la temática de la vivienda. Ahí estoy dispuesto a formas radicales y despóticas de gobierno, con tal de garantizar que los jóvenes y los que tienen dificultades tengan acceso a la vivienda. Pero esas legislaciones no existen, lo que existe es una legislación para lo que rodea a esas viviendas que no serán jamás de quienes más las necesitan. Se actúa con frecuencia de manera enérgica y vehemente sobre aquellos aspectos que son acompañamientos de iniciativas inmobiliarias que deben ver garantizado el entorno. Si yo construyo pisos, hago promoción inmobiliaria, tengo que garantizarme que el entorno quedará bien vigilado. Que no me vigile a mí, sino que vigile a estos desgraciados que pueden robar o simplemente afear.
Lo que perdió la izquierda
-¿Ya no existe el Estado como mediador y ‘colchón’ de las desigualdades?
-El poder no es neutral. Los estados no sirven a toda la sociedad. Los estados están al servicio de los grupos hegemónicos y no hay que ser marxista para verlo. Los discursos de “espacio público”, “ciudadanía”, “urbanidad”, sirven como nuevas estrategias discursivas para hacernos creer que el Estado es neutral. Y lo hacen básicamente porque quieren convencernos de que el espacio público es de todos, que somos ciudadanos y que tenemos idéntico acceso a él. Y no es verdad. Ni las mujeres, ni los jóvenes, ni los pobres, ni los feos en contextos cada vez más diseñados, tienen el acceso que tiene la gente de clase media con aspecto amable y adecuado. Lo que hay son estrategias de mediación para convencernos de que el Estado representa a todos y no sólo a aquellos sectores que en el seno de la sociedad ocupan los lugares de los privilegiados.
-¿Usted diría que es el nuevo marketing estatal?
-Por supuesto que sí. Como siempre, defendiendo su posición de acuerdo a supersticiones que la realidad desmiente constantemente. ¿De qué ciudadanía se habla? En Europa, el 30 o el 40 por ciento de los habitantes de ciertos barrios ya no son ciudadanos. Directamente no son. De ahí su naturaleza de ser ilegales. Pero no nos engañemos, la ciudadanía se ha vuelto también el último refugio de la vieja izquierda, que se ha vuelto “ciudadanista”.
¿La izquierda perdió mística revolucionaria?
– (Vale aclarar que Delgado se refiere a la izquierda europea y en muchos casos gobernantes, equiparable con lo que aqui llamamos «progresismo») Perdió la vergüenza y cualquier tipo de perspectiva de transformación social en nombre de la ciudadanía, que es la apología de las virtudes. El objetivo ya no es generar una sociedad justa, no es perseguir la pobreza, sino perseguir a los pobres. Además, lo hace a través de categorías abstractas, de valores presuntamente universales. El mundo es injusto y el objetivo es crear seres virtuosos, tolerantes, amables, receptivos. No justos.
La cultura es una cruz
¿Ahí nace su crítica a las políticas urbanas culturales, como la de Barcelona o Buenos Aires?
Claro que sí. Hoy por hoy todo es como vender un producto. La cultura es la nueva religión del Estado. La gran pregunta, en verdad, es cuánto vale el metro cuadrado después de levantar esos templos de arte. Lamento mucho parecer tremendamente prosaico pero estamos hablando básicamente de que este tipo de operaciones está pensada para elevar el tono moral del territorio con transformaciones que seguramente serán traumáticas y tendrán como víctimas a los de siempre. Me hace acordar a conquistadores españoles que iban con la cruz por delante: hoy las grandes operaciones de colonización del espacio urbano llevan a la cultura delante. Yo no estoy en contra de la planificación, sino de esto que se llama planificación. No me parece mal que alguien tenga una idea global de lo que debe ser la ciudad, que sea capaz de ordenarla de manera que beneficie a la mayoría. Pero una cosa es ordenar la ciudad, pero otra es ordenar lo urbano.
¿Cuál es la diferencia para usted?
-La ciudad es una morfología, infraestructura, servicios, espacios que deben ser mantenidos. La administración tiene la obligación de mantener la ciudad en buen estado. Lo urbano es otra cosa. El problema es que se quiere planificar lo urbano, no la ciudad. Administrar lo urbano es ejercer el control. Y hoy se controla todo menos lo que hay que controlar. Se convierte en poco menos que un mero instrumento policial e ideológico, la función es garantizar la ley y el orden. La ecuación de la vivienda es terrible. En Santa Fe me llevaron a ver los suburbios, las villas miserias. Y yo les dije, irónicamente, que no estaban tan mal. En Europa ni eso: ha habido movimientos a favor de las viviendas de emergencia, subnormales. Sé que como solución es detestable, que la autoconstrucción es detestable, pero al menos es una solución. En Barcelona y en Francia, hay miles de personas que viven en formas de barraquismo invisible: amontonándose en apartamentos o pisos en formas inimaginables. En Barcelona se alquilan camas por hora, duermen en balcones, en bañeras, en armarios, en patios interiores convertidos en pensiones ilegales. En Barcelona está prohibido ser pobre, está fuera de la ley. No se concibe y, sin embargo, hay cientos de miles de personas sin recursos, inmigrantes, personas mayores, jóvenes, que no tienen donde estar. Entonces estos barrios y villas que conocí aquí pueden resultar detestables, pero me permiten enfrentar el problema de la vivienda. Si tú no me lo solucionas, déjamelo solucionar a mí. No es que sea la misma miseria aquí que la de Europa, pero la de aquí se ve. Allí no es la misma, pero no se puede ver.
Gardel es un parque temático
-Sin embargo, los distintos gobiernos traen asesores catalanes para crear la marca de Capital Cultural del Mercosur.
-Es que Barcelona es eso, somos un producto de promoción. Únicamente existe en los libros que regala el ayuntamiento y en las revistas de promoción para cotizar el metro cuadrado y generar turismo.
-Los defensores de ese modelo dicen que el turismo y la cultura generan fuentes de trabajo y riqueza.
-No puedes hacer que una ciudad dependa del turismo, porque es como los locales de moda: cambian el lugar que ocupan en el ranking de atractividad. Es extremadamente frágil. Barcelona sólo produce su propia imagen. Y sirve también para Buenos Aires. Ahora trata de tematizar el Abasto, gardelizarlo. No se puede vivir en un parque temático. Yo vivo en Barcelona, no puedo vivir en una tienda. Mi hija paga 600 euros de alquiler por 30 metros cuadrados. Aun tiene suerte. Vivir en Barcelona es un infierno, de locos. Finalmente se arma una ciudad prohibitiva.
 

publicada 29/08/2007

Protesta social

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

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Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse. 

Por Lucas Pedulla   Fotos Juan Valeiro/lavaca.org

A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.

–Si no trabajo, no como.

Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación. 

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas
Luis y la batalla cultural.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:

–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?

La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”. 

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas
La evolución de las variables económicas.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.

–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas
Gadalupe y otros discas acompañando la marcha de jubilados.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión. 

–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.

Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas
Congreso con atención de coiffeurs para jubilados y gente de la calle.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor. 

A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.

–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja. 

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?

Luis es crítico:

–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”. 

La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.

¿Qué espera?

–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo. 

¿Hay opción B?

–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come. 

Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.

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Revista Mu

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La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

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Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.

Por Bernardina Rosini

El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.

Lo que no se puede creer

Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.

Varones

Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org

«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org

La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.

Dónde está Delicia

Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.

Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.

Justicia sin apellido

Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»

Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.

La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org

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