Nota
Qué hace la gente con el arte: La profe que ama al teatro
Esta es la historia de una profesora de secundario que todos hubiéramos querido tener: Graciela Dos Santos convirtió su pasión personal por el teatro – o por algunas obras en particular- en una actividad extracurricular y en una extensión cultural que le cambió los paradigmas e intereses a muchos de sus alumnos y completó en ella sus aspiraciones de enseñar aprendiendo. Por Carlos Ulanovsky para lavaca.org
Docente desde hace más de veinte años, Graciela de los Santos dicta la materia literatura en dos colegios de nivel medio de la zona sur: el Instituto Sáenz, de Lomas de Zamora, y el San Juan de la Cruz, de Banfield. La mayor parte de sus alumnos tiene entre 15 y 17 años y proviene de familias de clase media heterogéneas: padres unidos, separados, jóvenes a veces contenidos, a veces solos. Desde hace doce años, y como si fuera una aventura que no se encuentra en las aulas, decidió compartir sus hallazgos teatrales con los alumnos. A veces de un modo formal, como parte de la actividad escolar, con frecuencia por iniciativa propia, en algunos casos por invitaciones y en muchos otros poniendo dinero de su bolsillo, la excursión de Graciela y sus muchachos se inicia en la estación de tren de Banfield y culmina en distintas salas de Buenos Aires. No solo se acercaron de su mano a ver teatro por primera vez, sino que estos “hijos del auto de sus padres o de los colectivos” tampoco habían salido de sus barrios.
Rompe cabezas
Con ella completaron otras travesías iniciáticas: viajaron en subte, conocieron librerías y se admiraron con el Obelisco. A partir de esas útiles experiencias de despegue muchos de los discípulos dejaron de ser cachorros de esquina de conurbano, crecieron, superaron cuestiones personales complejas y hasta eligieron rumbos vocacionales inesperados. Como estudiar teatro.
Ahora mismo, cuenta, varios de los que ya vieron Mi hijo solo camina un poco más lento fueron a ver Parias, otra obra del mismo autor y director. ”Es una obra larga, difícil, pero te aseguro que es emocionante escucharlos hacer sus apreciaciones con una pureza increíble. No son críticos (tampoco yo lo soy) pero tienen el discernimiento suficiente como para decir ‘me gusta, no me gusta, me emocionó o no me pasó nada’. La frase más común que dicen cuando salen es: ‘Esta obra me rompió la cabeza’ “.
Lo primero que la profe Dos Santos les dice es que “ir a ver teatro es como leer, pero mejor. Porque es ver y escuchar las palabras pero con movimiento, color y sonido”. Gestora de gratificaciones juveniles inolvidables, Graciela le cuenta a lavaca que para ella “no hay alegría más grande que ver a un pibe agradecido y emocionado por lo que vio”. Y de esas experiencias, una de las devoluciones que hace de inmediato es contarle las sensaciones y modificaciones de sus alumnos a actores y directores «para que a ellos les quede claro todo el bien que provocan con sus trabajos”.
Nada de esto podría suceder de no haber sido por la temprana atracción que Graciela tuvo por la representación: ”Actuaba en el colegio, me fascinaba leer en voz alta, conducía algunos actos escolares”, cuenta.Sin embargo, asegura que por timidez nunca estuvo en sus planes ser actriz. Cuenta que en su casa no había fondos para consumos culturales extras, de modo que, con sus padres, nunca fue al teatro. Pero en el suplemento de espectáculos del diario del domingo se fijaba en la cartelera registrando títulos y direcciones de las salas. «Sin tener idea de argumentos o protagonistas jugaba a que veía tal o cuál obra”, relata, y añade que ya en la universidad (la Nacional de Lomas de Zamora), en donde estudió Letras, fue con unos compañeros a ver la obra -ópera Los miserables. La visión de ese clásico musical se constituyó para ella en una experiencia profunda y reveladora. «Vi las últimas cinco funciones y eso me generó un acto de comunión enorme entre lo que veía y lo que sentía”, afirma. En esos primeros tiempos otra obra que le resultó “catártica” fue Super Crisol, interpretada por Los Macocos. «Salía de dar clases, de allí el viaje, largo, en tren, en subte, caminata hasta el teatro Presidente Alvear y entraba a verla todos los días, de miércoles a domingo. Necesitaba, una y otra vez, escuchar dos frases que me representaban: ’Bienvenidos a este rincón del paraíso’ y ‘Usted me ha desilusionado, padre’».
A paso lento
Después vinieron otras obras. Musicales como Sweeney Todd, Forever Young, El cabaret de los hombres perdidos y especialmente El fantasma de la ópera o piezas de texto como La muerte de un viajante, El loco de la camisa, Rey Lear y fundamentalmente dos de las que fue espectadora cantidad de veces sin cansarse: Terrenal, de Mauricio Kartun, y Mi hijo solo camina un poco más lento, dirigida por Guillermo Cacace.
Con esta última le pasó algo especial:la vio dos veces el mismo día (se exhibe en horarios no tradicionales: sábados y domingos a la mañana y a primera hora de la tarde) y en una tercera ocasión al poco tiempo. Desde entonces,calcula, habrá estado en más de cuarenta funciones, con resultados distintos y sorprendentes porque, afirma, “me ayudó a sanar algo pendiente con mi padre”. Desde aquella primera vez sigue yendo cada semana, en general a la segunda función del domingo. ”Es como si la viera por primera vez. En cada función descubro una frase que me resuena nueva, particular. Sigo celebrando ese momento de comunión intensa. Lo que más me impresionó de la obra es cómo está contada, la estética, lo auténtico del elenco”, reseña Graciela que no se permite llegar a una función con las manos vacías. Siempre lleva una rosca de almendras, manjar al que alude un momento de la trama: ”Es una humilde devolución.El teatro acercó personas hermosas a mi vida”.
Amiga de los intérpretes que hacen la obra en la Sala Apacheta, en el barrio de Balvanera, también cercana del director Gullemo Cacace y a través de las redes sociales del autor, Ivo Martinic, esos vínculos indujeron a Graciela a poder cumplir con otro proyecto soñado: una versión de Mi hijo solo camina un poco más lento interpretada por sus alumnos. Y aunque siga sosteniendo que jamás quiso ser actriz, es sincera cuando asegura que con ensayos suficientes podría hacer cualquiera de los papeles femeninos porque los sabe de memoria. “Creo que sería una digna Mía; el de Sara es otro papel hermoso, aunque estoy grande para hacerlo».
Luego de la entrevista, Graciela envió un texto con pedido de publicación.Es éste: «Cuando era chica, soñaba con que mi realidad fuera muy diferente de la que tengo hoy. Pensaba estar casada, con hijos, vivir en una casita con jardín, pasar vacaciones en el mar de vez en cuando. No tengo nada de lo que soñaba: ni el marido, ni los hijos, ni la casa con jardín. A cambio siento que el amor por el teatro y todo lo que este amor trajo aparejado hizo que la vida me sorprendiera infinitamente porque puedo comunicar a mis alumnos una vida que va más allá y que, incluso, me supera. Cuando ellos terminan el secundario, o la universidad, o empiezan a trabajar las posibilidades se reducen, pero así y todo, muchos siguen viniendo.Y me hacen saber lo importante que resultó para ellos convertirse en espectadores, desde chicos. Me enamora esa idea: la de pensar que la rueda seguirá girando y que la vida frente a algún escenario seguirá creciendo. Hay algo más grande y profundo que no vemos pero sentimos fuerte: el amor.Tan simple y verdadero como eso.Y los vínculos humanos que nacen, se sostienen y crecen gracias al amor”.
A vuelta de mail, este cronista se permitió la siguiente afirmación: ‘Tenés, y de sobra, lo que muchas otras mujeres no tienen. Tal vez les sobren maridos de los que están aburridas; hijos que preguntan mamá cuando llegamos; casas con jardín que terminan ignorando. A cambio, tenés unos sentimientos extraordinarios y fraternos; le abriste la cabeza a más de cuatro chiquilines y lo seguirás haciendo. Sos solidaria, creés en cosas como en la función sanadora del teatro y bajás esto a la realidad para que otros aprendan y se beneficien. Ese es tu mundo de amor, el que elegiste para vos y para compartir’.
Protesta social
Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse.
Por Lucas Pedulla Fotos Juan Valeiro/lavaca.org
A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.
–Si no trabajo, no como.
Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:
–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?
La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.
–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión.
–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.
Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor.
A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.
–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja.

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?
Luis es crítico:
–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”.
La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.
¿Qué espera?
–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo.
¿Hay opción B?
–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come.
Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.
Revista Mu
MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo


Ley de Tierras y después: Cambio de tema
Durante meses el gobierno logró imponer los temas, los tiempos y las preguntas. Hasta que una discusión sobre la tierra parió otra cosa. Lo que apareció detrás y después de ese debate no es –solo– una disputa jurídica ni económica, sino una pregunta más profunda sobre la soberanía, la identidad y el futuro. De César Aira a Peter Thiel, una lectura de la actualidad para crear lo que falta.
Por Claudia Acuña

Viaje a la vida en el Paraná II: En modo Costa Pobre
Los incendios y el dragado que rompen el ecosistema, los countries ocupándolo todo, el extractivismo de arena para el fracking, las privatizaciones, la contaminación masiva, la indolencia estatal: el Paraná debería ser un río de todos, pero parece un río de nadie. Navegación desde Escobar hasta las Lechiguanas, pasando por Costa Pobre, barrio popular amenazado, que simboliza mucho de esta historia. Voces e imágenes de quienes siguen defendiendo la vida del aire, el suelo, el agua y la justicia.
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Atanor condenada por contaminación: La odisea
Más de 200 muertes en seis manzanas del Barrio Química, la contaminación probada del agua, aire y suelos, y el “daño irreversible” al Paraná en San Nicolás ratificado por la Corte Suprema bonaerense. La sanción económica es mínima para una multinacional (equivalente a dos camionetas) pero está por comenzar la causa penal a sus ejecutivos. Lo que cuentan el barrio y el abogado Fabián Maggi sobre este viaje de más de una década para que no haya impunidad.
Por Lucas Pedulla
Fotos: Sebastián Smok/lavaca.org

Agroecología en Misiones: El libro de la selva
Una cooperativa agroecológica de quince familias produce alimentos sin químicos en medio de la selva misionera y muestra cómo cultivar de un modo sano y rentable. Unión Campesina, los secretos de la tierra, la casa de las semillas, y una decisión: hacer mucho y hablar menos. El método del Fukuoka misionero. ¿Cuál es la rueda que está girando?
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Delia Tedín, decoración, política y clases altas: Mucho gusto
Con tupido árbol genealógico y privilegios de cuna, aprendió el valor de la diversidad y la rebeldía frente a un ambiente que “olía a odio”. Eligió su propia vida como decoradora, sin perder nunca de vista el contexto social. Sus pasiones: fomentar el trabajo y la creatividad del país, y combatir la idea de que las personas tienen la culpa si les va mal en estos tiempos. Conversación sobre bombas, estupidez, poder, Nerón y el arte de mantener los ojos abiertos.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Juan Valeiro

Carne de cañón: las víctimas travestis-trans de la dictadura
A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.
Por Evangelina Bucari

El libro La nueva oligarquía: Tecnopoder
¿Quién gobierna el mundo? ¿Qué transformaciones y deformaciones de la democracia se están intentando? ¿Qué pasa con la soberanía? ¿A quién hay que vigilar? Temas de La nueva oligarquía, del sociólogo argentino Ariel Goldstein y editado por Marea. Aquí, fragmentos que invitan a su lectura para bucear varios dilemas del presente.

Zoe Hochbaum: Comerse el mundo
Actriz, bailarina, escritora, productora: 27 años, una nueva película y un programa de radio. Zoe puede oscilar entre la comedia con flamenco, los monstruos literarios y la reconstrucción de los vuelos de la muerte. El homenaje al radioteatro, y el ejercicio de la amistad como salvavidas para los tiempos en los que la realidad parece querer fagocitarnos.
Por María del Carmen Varela
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Crónicas del Más Acá: Rambo al sur
por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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